Al leer el Salmo 77 pienso en ese evento extraordinario en la vida del pueblo de Israel cuando fueron liberados de la esclavitud en Egipto. Cuentan las Sagradas escrituras que Dios abrió el mar Rojo para que sus amados pasaran en medio del mar, como por tierra seca. Era el mismo Dios guiando a su pueblo en medio de las embravecidas aguas del océano; a pesar de que su mano estaba sobre ellos y su brazo no se había acortado para dejar de bendecirlos, ellos no pudieron ver las huellas del SEÑOR. Tuvieron que creerle, sencillamente caminar como viendo al Invisible. “Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y el SEÑOR hizo que este se retirara con un fuerte viento del oriente que sopló toda aquella noche e hizo que el mar se secara, quedando las aguas divididas. Y los hijos de Israel entraron en medio del mar en seco, teniendo las aguas como muro a su derecha y a su izquierda.” Éxodo 14:21-22.
Entonces, me viene el recuerdo de aquella vez cuando clamé a Dios con todo mi ser por mi hijo Leonardo que atravesaba una de las situaciones más difíciles de su vida. Con lágrimas en los ojos, en medio de mi angustia, Dios me consoló con una imagen que vino a mi mente: Veía la orilla de una playa en la que íbamos caminando, él en el centro, yo tomándolo de la mano izquierda y el Señor Jesucristo tomándolo de la mano derecha. Mientras me deleitaba en aquella imagen, sentí en mi corazón que Dios me decía que confiara en Él, que entregara a mi hijo porque Él lo llevaba tomado de la mano. En mi oración susurré palabras de entrega; lo hice desde lo más profundo de mi alma. Luego, una segunda imagen, clara y nítida, vino a mi mente, como un abrazo del Cielo. Vi a mi hijo con nuestro Señor que caminaban juntos, tomados de la mano; mientras la imagen se iba haciendo cada vez más lejana, el Señor me decía: —Yo estoy con él y estaré a su lado todos los días de su vida.— Sin duda, una de las experiencias más trascendentes y hermosas que haya vivido.
La fe no nos vuelve inmunes a la duda, la tristeza y el desaliento. El salmista Asaf lo expresó en el Salmo 77 (7-9) “¿Acaso nos desechará el Señor para siempre? ¿Ya no volverá a ser propicio? ¿Se ha agotado para siempre su misericordia? ¿Se han acabado sus promesas por generación y generación? ¿Se ha olvidado de ser clemente? ¿En su ira ha cerrado su compasión? Selah”. Me identifico con las preguntas de Asaf. Quizá, algunas de estas preguntas se hayan cruzado por nuestra mente; sin embargo, las hemos repelido, pensando que podríamos ofender a Dios. O hemos decidido caminar sin invocar su nombre, pensando que Él nos ha olvidado. No obstante, lo más precioso del amor del SEÑOR es que Él nos ama con amor eterno y recuerda que somos polvo. Él sabe que estamos hechos de fibras nerviosas que se alteran con los acontecimientos del mundo.
Por el contrario, el creer en Dios nos ofrece un lugar donde llevar nuestras dudas, nuestra tristeza y nuestro decaimiento. Es el lugar de la memoria espiritual de las intervenciones divinas en nuestro pasado; lugar desde el cual podemos restaurar nuestra fe. Es el punto de inflexión. Aunque las circunstancias no hayan cambiado, el salmista las contempla desde la perspectiva del recuerdo de la fidelidad de Dios.“Me acuerdo de las obras del SEÑOR; sí, me acuerdo de tus maravillas del pasado. Medito en todos tus hechos, y reflexiono en tus actos. Tú eres un Dios que hace maravillas; has hecho conocer tu poder entre los pueblos.” Salmos 77:11-12,14. El pensamiento de Asaf nos es muy valioso en estos tiempos; porque la duda, la tristeza y el desaliento no significan la negación de la fe; constituyen emociones dolorosas desde donde la fe aprende a clamar, y Dios responde a la fragilidad de quien lo llama.
La intervención divina ante la oración de sus hijos es algo que podemos comprobar a todo lo largo de las Sagradas escrituras, en las vidas de los grandes héroes de la fe, cuya grandeza espiritual no estuvo en superar la aflicción, sino en llevar su quebranto delante de Dios. Una y otra vez en los evangelios podemos encontrarnos con ese Jesús misericordioso, capaz de mirar a los ojos y tocar el corazón. Más allá de esos encuentros, en medio de la soledad que atravesamos podemos acudir a Él. Aunque no veamos las huellas de Dios en el camino, tal como lo vivieron los israelitas, eso no significa que Él no nos esté abriendo caminos en el desierto y en la soledad. El profeta Isaías, con poesía en sus labios, nos recuerda la voluntad de Dios: “He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a la luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en los lugares devastados.” Isaías 43:19.
Moisés fue escogido e instruido por Dios para sacar al pueblo de Israel de la esclavitud y entregarle los Diez Mandamientos. A pesar de su comunión con Dios, al menos en una ocasión, se sintió tan abrumado por las constantes quejas de los israelitas que deseó la muerte y le dijo al SEÑOR: “No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía. Y si así lo haces tú conmigo, yo te ruego que me des muerte”. Números 11:14-15. También Elías abrumado por tanta adversidad, después de su enfrentamiento con los profetas de Baal en el monte Carmelo, supo que la reina Jezabel había ordenado matarlo y sintió deseos de acabar con toda su aflicción. Entonces, le dijo a Dios: “Basta ya, oh SEÑOR, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres”. I Reyes 19:4.
El profeta Jeremías atravesó momentos semejantes. Fue ridiculizado y perseguido por anunciar la Palabra de Dios. La presión que llegó a sentir fue tan intensa que quiso dejar de proclamarla y dijo: “Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra del SEÑOR me ha sido para afrenta y escarnio cada día”. Jeremías 20:8. Incluso, el apóstol Pablo tuvo momentos de profundo desaliento. Lo podemos comprobar cuando escribió a la iglesia de Corinto: “Fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida”. II Corintios 1:8.
Ahora bien, aunque podemos pasar por las mismas circunstancias de estos hombres de Dios. Pienso que podemos decidir por un camino mejor, revelado a nosotros a través de la vida de la reina Ester. Cuando leemos la historia de Ester, encontramos a una mujer de fe que también se sintió desfallecer debido a la terrible amenaza que comprometía la vida de todo el pueblo judío. Cuando Ester se debatía en medio de las dudas sobre cómo debía proceder, las palabras de su tío Mardoqueo iluminaron el propósito de Dios para ella, escondido en medio de las circunstancias: “¿Y quién sabe si para esta hora has llegado a ser reina?” Ester 4:14. Aquella pregunta le hizo comprender que había llegado hasta ese lugar para convertirse en intercesora por su pueblo. Ante el edicto proclamado a petición de Amán, que acababa con la vida de cada judío, Ester decidió clamar personalmente a Dios, y procuró la oración y el ayuno de toda su comunidad. Tuvo la certeza que debía actuar en su condición de reina, a pesar de que la ley del rey Asuero expresamente establecía que cualquiera que entrara a su presencia, sin previa autorización, sería condenado a muerte. No obstante, Ester dijo:“Entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a ley; y si perezco, que perezca”. Aquel ayuno colectivo representó una búsqueda espiritual, una humillación y una dependencia que precedieron a la acción. Su valentía, no consistió en una fe ciega que ignoró el peligro, sino en poner su vida en las manos de Dios y avanzar hacia el lugar en donde su fe podía convertirse en salvación para otros. Ester 4:14-17.
Por esa razón, cuando nos sintamos abrumados, lo primero que necesitamos comprender es que estamos en la compañía de Dios. Luchar ante las dudas, sentir miedo, o incertidumbre y preguntarnos por qué Dios actuó de una u otra manera, no nos separa ni del SEÑOR ni debería separarnos de nadie; mucho menos de otros creyentes. Son experiencias que también atravesaron hombres y mujeres, llamados por el autor de la carta a los Hebreos, “Héroes de la fe”.
Lo segundo que debemos comprender es que el temor y la fe pueden encontrarse separados por una línea muy delgada, una frontera que puede desdibujarse a medida que las circunstancias adversas se vuelven inmanejables. Debemos estar conscientes de que las emociones tan intensas nos hacen decir en un momento: “Todo está bien; no hay ningún problema”. Y poco tiempo después, sentirnos hundidos en la desesperación y, tal como estos hombres y mujeres de fe, caer en la más absoluta tristeza y desesperanza.
¿Cuál es, entonces, la respuesta?
Necesitamos reconocer que somos humanos, como también lo fueron los grandes personajes de las Escrituras. Debemos depositar nuestras cargas en Dios y pedirle la fortaleza necesaria para contemplar nuestros problemas guiados por el Espíritu Santo, quien nos revela la voluntad de Dios. Cuando estemos atravesando los días en los que la tristeza nos impida ver más allá de la hora presente. Días en que la duda cubra el camino y el desaliento nos haga pensar que Dios ha guardado silencio para siempre. Entonces necesitamos volver la mirada hacia las antiguas misericordias, como hizo Asaf, y recoger las huellas que la memoria todavía conserva para recordar que el Dios que abrió un camino en el mar continúa obrando en las aguas que hoy parecen cerrarse delante de nosotros.
Quizá, no veamos sus pisadas. Quizá todavía no comprendamos el rumbo. Pero sigamos en las manos del Pastor. Y llegará el día en que, mirando hacia atrás, descubriremos que también durante la noche, también en medio de la duda, también cuando creíamos que Dios nos había abandonado, Su mano nos estaba conduciendo.
“Me acordaré de las obras del SEÑOR; sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas”. Salmo 77:11.
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