Canciones de la Dictadura, de Ezequiel Borges

Crónicas del Olvido

 “No, no soy yo, es otra la que sufre.

Yo no podría. Que ensombren

Lo ocurrido negros velos

Y retiren los faroles…

Noche.”

Anna Ajmátova (“Réquiem”)

1.-

Canta el joven, canta orillado a la acera mientras su novia devela el amanecer. Mientras la muchacha que trabaja en McDonald´s prepara una hamburguesa y lo mira a los ojos. Habla solo en versos, silabea la calle, mira el cartelón del militar que sonríe mientras un montón de niños, viejos y mujeres preñadas buscan en la basura el presente perfecto dela miseria.

Ezequiel Borges camina por Caracas con los versos en la punta de la lengua. Madura día a día una plegaria, la rabia poética convertida en oración urbana, en un canto contra lo que mira, huele y oye. La piel es su libro de sentir. Y los ojos los colores desvaídos del país, de la ciudad concentrada en una cola, en el hambre, en ambiente pesado que logra la fuerza criminal del totalitarismo.

“Canciones de la Dictadura” no son poemas para decir que provienen de un libro. Son un libro que no se ha editado. Es una poética que arrastra poemas que se hacen poesía en el lector, quien se dice el proveedor de las imágenes.

Cada poema que aquí encontramos es una experiencia personal que todos hemos sufrido. El dolor y la muerte son ahora colectivos. A diario morimos en el otro. A diario escapamos con el otro que se lleva nuestras maletas y camisas. A diario asistimos a un velorio, al del amigo que muró de cáncer por falta de medicamentos, al del vecino que fue asesinado por un malandro fanático para arrancarle un teléfono o la bolsa de comida. A diario nos vemos en la opacidad de los ojos de quienes tomaron la decisión de suicidarse. Son poemas réquiem, responsos, y por eso allí está también el rostro ajado de Ajmátova, aquella mujer que perdió todo, menos la poesía, los poemas, la poética del desgarramiento, la rabia de no saberse muda, la pasión de rezar con los versos y dejar el testamento de su tragedia.

He descubierto estos poemas en las redes. Los he visto gracias a una publicación de la página La Maja Desnuda/ Programa Radial de Poesía. Los he copiado y pegado. Me los he traído a casa para decir estas cosas. Los he asaltado porque ya ellos lo hicieron conmigo desde el dolor que contienen, desde la esperanza que nos arropa cuando habla de cantarle a una dictadura que, como todas las dictaduras, hurga en las vísceras de un país hasta destriparlo completamente.

Cantar en este caso es desgarrarse, decirse desde él y desde todos lo que acontece. Y lo hace con canciones/ poemas que se convierten en poesía por la conmoción que causan en quienes a diario forman parte de las mismas experiencias que nadan en los versos de Borges.

2.-

Podría pensarse que es Borges. Sí, es él que entra en el cuerpo del que anda como perdido por la ciudad. Es él y somos sus lectores lo que buscamos en la gusanera de una bolsa negra de basura. Soy yo, tú, él nosotros vosotros ellos los que jurungamos entre trozos de pollo descompuesto, entre restos de verduras, huesos, cartílagos, papeles, plástico, chapas de refrescos, botellas vacías. Nosotros todos, un país que hunde las manos en la mierda, en los desechos de nosotros mismos, en los cadáveres somos y que renacemos todos los días para volver a lo mismo, para doblar el espinazo y convertirnos de aves de rapiña, en carroñeros de un paisaje desgastado.

Muchas veces despertamos de la pesadilla y somos parte de una canción. Y sentimos haber soñado con un país hermoso, saludable, vivo. Pero la ventana nos dice otra cosa. La calle nos dice otra cosa. El desagüe de las cañerías nos dice otra cosa. El policía nos dice otra cosa. El soldado y el tenientico nos dicen otra cosa. Los milicianos flacos y esmirriados nos dicen otra cosa. Los motorizados nos dicen otra cosa. Y entonces no pensamos en el amor, en ella, en la muchacha, en las piernas y los besos de la novia, en la poesía, cantamos con rabia, con todos los versos que nos vienen a la cabeza aunque no es necesario inventar mucho porque está allá, sobre la acera, al lado de un carro destartalado o de lujo. Ellos, nosotros, agachados sobre la basura, sobre el cadáver de un país.

3.-

“…todos somos tus fantasmas/ y tus muertos…”

“¿Cómo haremos, mi amor,

mi gran amor,

para volvernos a poner de pie?”,

y así le habla a la dictadura, desde su gran amor, el país o la muchacha que prepara las hamburguesas o la novia que lo ve por la ventana.  Así lo dice, en plural, sosmos presencia ambulantes, cuerpos en la morgue, en plena calle con el rótulo de estudiantes terroristas, estudiantes contrarrevolucionarios, mujeres, viejos, niños, curas, monjas, escuálidos, según el gusto que salga de la boca amarga de quien habla desde la dictadura.

Estos poemas de Ezequiel Borges seguirán creciendo, madurando, siendo todos nosotros, hasta que la dictadura muerda el polvo y volvamos a levantarnos.

Y si este texto / crónica se desnuda con ellos, vale. Que la poesía también tiene ombligo.