El 23 de enero de nuevo

La sociedad tiene rituales que se repiten, sucesos que vuelven del pasado cuando les corresponde, recuerdos que permanecen a través del tiempo. Hay un reclamo de los seres humanos alrededor de sus hazañas. Por consiguiente, no dejan de estar presentes. No podemos vivir sin esos hitos, sin esos vínculos con los hechos de los antepasados que nos convierten en parte de una empresa colectiva que no ha cesado, que los antecedentes nos obligan a considerar con orgullo en cada presente. Es lo que nos hace mirar cada año, pese a su aparente lejanía y pese a que no se puede calcar o repetir con exactitud, los hechos del 23 de enero de 1958.

En ocasiones las referencias a ese suceso trascendental han sido apenas una formalidad, un discurso de poco aliento, un trámite sin profundidad, una copa a medio llenar; pero en otras, como la que hoy experimenta Venezuela, es un ejemplo imprescindible y un palpitante llamado de atención. En horas apacibles hemos vuelto a sus hombres y a sus circunstancias sin apremio excesivo, sin que la vida dependiera de su memoria; pero en tiempos aciagos, como los de nuestros días, es una conminación dirigida a todos, un timbre que suena en las sensibilidades individuales para pedirles que se vuelvan un conjunto al salir de la casa para transitar por la vía pública, por los asuntos del bien común, un solo movimiento en cada individuo y en todos los rincones, un único proyecto de vida.

La evolución de una dictadura convertida en usurpación nos obliga a registrar con paciencia, pero también con inusual respeto, la épica del 23 de enero de1958 para que la imitemos, mas no como parte de la retórica sino como acicate ineludible de un movimiento de todos. La sociedad venezolana le propinó entonces una patada histórica a un régimen militar que parecía invencible. Los militares y los civiles, los partidos políticos prohibidos, los sindicatos silenciados, los intelectuales, los estudiantes, la prensa, los ricos y los pobres se juntaron para el rescate de la soberanía popular y para el restablecimiento de los usos republicanos hollados por Marcos Pérez Jiménez y por sus secuaces. Contra todo pronóstico, lograron su objetivo.

No hay manera de ignorar la evidencia de unidad gracias a la cual se rescataron los valores cívicos y la manera decorosa de vivir que un general de medio pelo y sus oficiales echaron al tarro de la basura cuando derrocaron al maestro Rómulo Gallegos, electo como presidente de todos los venezolanos en términos abrumadores, testimonio de pulcritud ciudadana, representación de la modestia sin fisuras y autor de letras fundamentales para el pueblo. A su tránsito y a su obra volvieron juntos nuestros antepasados el 23 de enero de 1958, en acto de justicia para lo que hizo por todos y para vengar una ofensa sin tasa. Hubo vacilaciones al principio, pero después el movimiento se volvió corriente torrencial, decisión unánime, faena compacta contra la mediocridad y contra la vagabundería que tuvieron la osadía de echarlo del Palacio de Miraflores.

De allí las obligaciones adquiridas por la memoria de la posteridad, por eso recordamos los históricos pasos una vez cada año. Pero ahora no se trata de cantar himnos de regocijo por lo que hicieron nuestros padres y nuestros abuelos, ya los hemos sonado hasta el cansancio como parte de una rutina, infructuosa en algunas ocasiones, sino de pensar en cómo la jornada cumbre fue posible por la unidad de todos los miembros de la sociedad y en cómo no la hicieron ellos solamente para la sociedad que les tocó vivir, sino también para la que vivirían sus hijos y sus nietos. Lo hicieron para ellos, pero también para nosotros, si dejamos las diferencias mantenidas como opositores frente a la usurpación y nos dejamos de perezas y

 

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