El ahijado de la muerte

Los debates son frecuentes en los partidos políticos, aunque la opinión corriente tienda a no valorarlos. Lo cierto, sin embargo, es que no pasa mucho tiempo sin que estallen encontronazos que por lo general envuelven, abiertamente o en forma recóndita, la ácida cuestión del dominio fraccional de la dirección o poder del partido que suele acompañarse de indeseadas prácticas fraccionalistas, descalificación de los amigos en un proceso envenenado, sin tregua, retroalimentado por la perversidad y el odio.

No se trata de una fatalidad, por supuesto. No siempre semejante degradación se impone porque los excesos sean contenidos a tiempo, aunque la potencialidad de las crisis permanezca incubada.

A la hora de los balances los protagonistas de estas pugnas –tal vez inevitables– se sienten obligados a dignificar las tesis que esgrimieron atribuyéndoles un carácter «ideológico». Como nadie se siente bien cuando es estigmatizado con el cargo de ser un tosco «pragmático» sin la menor noción ideológica, ha ocurrido que una de las grandes cualidades del hacer político, es la de trazar cauces tangibles para superar peligros inminentes y proporcionar estabilidad política.

Un líder incapaz de diseñar líneas estratégicas ni elaborar programas y consignas certeras no se salvará refugiándose en las falsas coberturas ideológicas que se convierten en dogmas casi al momento de ser invocadas. Las ideologías son sistemas propios de la filosofía, no de la política, la politología y la historia, que son ciencia y arte de y para la crítica porque fundamentan la flexibilidad del pensar.

Los movimientos de avanzada serios postulan programas y estrategias, sin perderse en las nebulosas de la ideología. Allí solo cadenas los esperan. Lo que en nada significa defender la ignorancia o pobreza intelectual. ¡Al contrario! Exige más estudio y originalidad y menos copia de sagradas escrituras doctrinarias.

Pese a que atribuirse la condición ideológica suene más atractivo que asumir la ciencia-arte de la política, es esta la que resuelve los enigmas y trampas que deben vencerse en la marcha hacia la dirección del Estado, timón del barco que aspira a navegar sin naufragar.

Leonardo Ruiz Pineda, jefe de la resistencia clandestina durante la dictadura perezjimenista, es la expresión del componente de Acción Democrática sobre el que poco me habían preguntado en el 80 aniversario de ese partido. Las organizaciones políticas históricas de nuestro país hicieron gala de valentía, ingenio y sacrificio bajo las feroces dictaduras de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, sin embargo pocas alcanzaron los niveles de martirio del partido fundado por Rómulo Betancourt. Y fue Ruiz Pineda el símbolo del coraje y sacrificio de ellos y en general de todos los que, desde los movimientos clandestinos, enaltecieron las virtudes de aquel gran luchador.

Enamorada de su temple heroico, la Muerte quiso protegerlo hasta donde pudiera. No encontró mejor manera que ofrecerle su padrinazgo. Sin embargo, le advirtió que cuando viera a su lado a su madrina –solo él podría verla–, debería aplazar cualquier compromiso y permanecer fuera de peligro.

—Hablo en serio, insistió su madrina.

El compromiso debió ser muy serio para que el héroe olvidara la cautelosa previsión. Pero vio la imagen parada a su lado. Tenía oquedades en lugar de ojos y un aspecto frío y amenazante. El héroe vaciló, mas en ese momento, José Agustín Catalá le urgía entregar su prólogo para editar la obra clandestina Venezuela bajo el signo del terror, cuya reputación se anticipaba a su primera edición, con el nombre de Libro Negro de la dictadura.

—Ella comprenderá que es una tarea inaplazable —se dijo y salió adelante.

Su Madrina le hizo ver una vela sin tamaño, cuya agonizante luz estaba por desaparecer. Al comprender que nada detendría a aquel temerario luchador, la Muerte aplastó la trémula vela con sus huesudas manos, el sicario «Suelaespuma» le disparó cuando intentaba escapar y cayó muerto en seco en el Pasaje de La Cocinera, en la caraqueña parroquia de San Agustín.

Leonardo Ruiz Pineda había muerto.

¡Ay Aurelena, Natacha y Tania!

¡Ay sus compañeros de la clandestinidad, cárceles y del exilio!

«El capitán de la resistencia clandestina», lo llamó Rómulo Betancourt, «el de la fina valentía y gozosa audacia», lo llamó Rómulo Gallegos.

Leonardo murió para renacer y ahora son millones los animados por las causas más nobles y la más noble de ellas, la democracia.

Los 40 años de democracia pudieron ser recordados con el discurso de Andrés Eloy, referido a los grillos de los pies arrojados desde el castillo al mar para despreciar el salvajismo de la tiranía gomecista, al que debería seguir el de los grillos en la educación, pues de no hacerlo se alentarían los caminos de la dictadura.

Educación y dictadura son incompatibles, tanto como lo son civilismo y militarismo. Amputarle a la democracia el brazo educativo es entregarla a las más altas expresiones del salvajismo totalitario. Trabajemos, si es necesario, con héroes como los mencionados, por una democracia plena, valiente y con sus brazos completos.

Twitter: @AmericoMartin

Américo Martín es abogado y escritor.