El reino de arena

Crónicas del Olvido

1.-

Venezuela es un mapa arrugado sobre un charco de sangre. El país de los viejos caudillos retorna, gira como un carrusel, siempre regresa y se instala en el imaginario recurrente de quienes se encargan de trazarla, de revelar sus límites, de deshacerse del olvido para acomodar la tarima donde el populismo es la base de la demagogia.

Con ese espíritu ha sido escrita la novela “El reino de arena”, de Andrés Volpe, publicada por Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2017.

El largo relato de Volpe deriva en una suerte de ensayo en el que la ficción roza la realidad, la del pasado y la del presente actual, porque siempre habrá un presente ataviado con el mal olor del pasado y con ciertos rasgos triunfalistas reservados al futuro. En el caso de Venezuela, todo lo que se afirme acerca del poder, fraguado por caudillos cuyos desenfrenos concluyen en la muerte, se asimila a los escrúpulos que podrían ser parte también de una añoranza: soñamos con el paraíso perdido, con el que siempre hemos fantaseado. Con el que solemos tener frente a nosotros como una vieja película muda.

Venezuela siempre será un regreso a la ilusión. A un reino que jamás ha sido liberado, a los feudos que nunca han sido desterrados del inventario colonial. Las páginas de Volpe nos llevan a sabernos protagonistas o testigos de aquella Venezuela en la que las guerras, desde las de Independencia, pasando por las del siglo XIX, nos trajeron a ésta en la que Bolívar continúa montado en su caballo blanco dando órdenes y gritando sobre las cabezas de un grupo de soldados y mercenarios.

Novela que refleja la Venezuela de la Guerra Federal, las de los liberales amarillos, la de Zamora, los Monagas, Crespo o Castro  y la última de Juan Vicente Gómez, y tocada por la asignación de los nombres que hoy creen cabalgar en ese caballo que mira hacia otro lado. Esta borrosa capitanía general fue y es una rueda sin fortuna.

2.-

Venezuela es un mapa cuyos trazos borrosos animan a pensar que aún no ha consolidado su presencia en el concierto de las naciones, como suelen decir los diplomáticos e historiadores. Venezuela, desde estas páginas, es la imagen de una gran torta de la cual cada quien toma un pedazo. El federalismo fue un zumbido en el cerebro. Los andinos, los llaneros, los capitalinos, los zulianos, todos ellos, funcionarios del pasado remoto y del presente instalado en nuestras grietas, conforman el rompecabezas de una nación a punto de extinguirse o de refundarse como república. La ficción suele estar más cerca de la realidad que la realidad de la ficción.

Hoy, queda revisar los viejos cuadernos, los antiguos apuntes para poder entender que este país es la novela que el joven novelista Andrés Volpe ha puesto ante nuestros ojos.

Es el relato de una permanente confrontación. La narrativa de un cuestionamiento inacabable, porque la vida y la muerte siempre han encarado sus diferencias y las han usado como epitafio.

Los nombres de los vivos y los muertos en esta novela son los mismos nombres de los vivos y los muertos que nos han tocado conocer y enterrar. Desde la muerte de Bolívar hasta la agonía política de Nicolás Maduro. Desde la mitológica batalla de Santa Inés de Ezequiel Zamora hasta la canonización de Hugo Chávez. Desde el epiléptico Páez hasta el retaco Marcos Pérez Jiménez. Desde el brujo Guardajumo hasta aquel invento llamado el Negro Antonio. Desde el loco Funes hasta cualquier otro sociópata que se nos atraviese en el camino, Venezuela sigue siendo tierra de  caudillos y engendros populistas. Parcelas de dictadores y delincuentes comunes. Ayer a caballo, hoy en motos. Ayer en barcos, hoy en aviones privados o arrancados del erario público.

Los años de democracia sirvieron de semillero para que estos sombríos personajes decidieran dividirse el país en caseríos, hatos, fincas, reinos, fundos, cuarteles, comandos, prostíbulos, regimientos y otros sustantivos que tocan la costumbre militar y la de sus aduladores.

3.-

Un reino en la costa cuyo jefe “revolucionario” enfrenta a los republicanos, a quienes acusa de caníbales. Cada región tiene un jefe caudillo. Cada caudillo tiene un ejército. Cada ejército está formado por asesinos, locos y desmirriados que delatan, traicionan o dan la vida por el analfabeta que los oprime. Medina, el “mocho” Medina, heredero de un tal Pinto, gobierna el reino de la costa. Caracas y las ciudades más cercanas han sido destruidas por las locuras de los revolucionarios bolivarianos. En los Andes andan otros que se reparten botines y alijos. Ciudades que ahora están en manos de los republicanos. Los enemigos externos, calificados de caníbales, suerte de metáfora del Imperio o de otros enemigos de la revolución, son sólo parte del discurso de quien se dice el mandamás de la libertad.

Esta es una novela que permite en el lector dos viajes: uno hacia el pasado y otro hacia el presente que vive en nosotros, sin descontar la posibilidad de que el futuro asome su hocico como una alternativa de salvación.

Es una novela apocalíptica en la que tanto distopía como utopía se pelean sus espacios. Un relato donde la desesperanza tiene asidero en el terror, en las torturas, cárceles y abusos de quien se dice el hijo heredero de un legado. Un país hiperbolizado, un país forjado por la exageración; un símil le ofrece a la realidad el sostén de su existencia.

Una novela que destaca un referente en unas mariposas amarillas que representan la muerte. El realismo mágico tiene sello en tres o cuatro momentos en el que las mariposas aparecen y podrían sortear sus vuelos en un homenaje a quien las creó en el trópico colombiano, ese Mauricio Babilonia que encarnó en García Márquez.

Una novela que nos exprime. Podrían sobrarle algunos relatos, pero que también sirven para sostener la posibilidad de un nuevo intento para que el lector imagine su destino personal. La realidad, como la lectura, es un experimento. La ficción es su sostén.

Y así como “Los desconsolados iban a la playa  y le agregaban lágrimas al mar”, también –como cierre- tener en cuenta que “Este reino de arena sería despertado entre fuego y alarmas una vez que yo irrumpiera  entre el silencio de la noche para dar comienzo a la misión”.

Y la misión es la libertad. Salir de un régimen de oprobio acompañado de todos los personajes, los vivos y los muertos, que respiran o se pudren en el imaginario de una historia que se prevé interminable.