El toque de la muerte

Crónicas del Olvido

El personaje se retuerce entre las líneas del texto. Se sacude el polvo de algunos adjetivos. Revisa sus acciones. Escoge los verbos y sale como cualquier intruso.

Sabe que debe moverse, accionar el cuerpo. Obedecer.

El personaje, un hombre, una mujer, qué más da, suele calmar su ansiedad mientras usa un arma de fuego. O un cuchillo. Total, el resultado será el mismo.

Se viste, se pone el uniforme. Se revisa los granos de la cara. Mira sus ojos. Se los cubre con unos lentes negros y sale al mundo.

Ingresa al cuartel donde recibe las órdenes. Entonces es otro.

Ya no es el mismo personaje. Ha cambiado de rol. No es el anterior en un texto, preparado para manipularlo como una marioneta y convertirlo en un joven apuesto que alcanzaría la felicidad al lado de una morena que siempre lo llevaba al cielo.

No; ahora es Pérfido, así lo llaman y así atiende cuando lo nombran.

Sube a su gran motocicleta multiplicado en varios vestidos como él. Conducen con aspavientos y una extraña alegría en las entrañas. Entonces se topan con otro grupo de uniformados en el encuentro de cuatro esquinas para llevar a cabo la emboscada.

Unos en motos. Otros en tanquetas que también lanzan humo y agua.

Pérfido es feliz. Está en su ambiente. En su elemento.

No es un sujeto de ficción. Se ha salido del libro que algún soñador ha imaginado. El personaje se le ha ido de las manos. Ya no será el galán. No es el conquistador bajo una ventana o sentado al lado de su chica frente a la gran pantalla donde existen otros en la imagen del amor y los colores, como pretendía el escritor de telenovelas.

Pérfido cabalga bien. Hace cabriolas con su caballo de metal. Traspasa calles, praderas, avenidas, desiertos, llanos, montañas, semáforos, intersecciones. Lleva detrás de la máscara que lo representa una sonrisa que sólo él puede concebir como parte de su futuro.

(***)

Pérfido vuelve a casa. Su traje de civil lo muestra como un ciudadano decente. Carga una bolsa de caramelos. Chucherías para los niños. Y un cuadrado de chocolate para su mujer.

(***)

De nuevo sobre el caballo de metal. La rutina.

La calle incendiada. El humo. Los gritos y los cuerpos en el piso caliente de la autopista. Sombras enmascaradas. Muchachos que saltan como liebres y devuelven las bombas con la misma rapidez del viento. Las balas, los perdigones.

Y un pecho abierto. “Commotio cordis”. Se ven las costillas rotas, el corazón detenido. Un agujero oscuro.

Pérfido ha disparado con su escopeta de escupir lacrimógenas. Y ha dado en el blanco.

El día se recuesta de su espalda. Está contento: aprobó el examen de puntería.

Sonríe y bromea con su vecino de motocicleta, un catire bachaco a quien le dicen el Muérgano.

En el cuartel nadie tiene un apodo simpático. Nadie.

Pérfido retorna a su rincón de soldado. Se desviste. Se despoja del casco. Se lava la mirada de la calle y se estruja la piel para parecerse al otro que quiere ser pero no puede.

(***)

Vuelve a casa y enciende el televisor. En la misma calle, en la que estuvo hace rato, el cuerpo de un muchacho. Almuerza mientras su mujer le sirve una cerveza. Sus hijos pequeños comen sentados en el piso frente a la pantalla. Ven la película diaria de una guerra en la que su padre es uno de los héroes.

Pérfido pierde la sonrisa. Una cámara lo capta en el momento en que dispara la lacrimógena. La cámara sigue la elipsis del proyectil. La imagen queda detenida un instante –en cámara lenta- cuando el objeto da en el pecho del muchacho flaco. Sus ojos se quedan detenidos cuando brota la sangre. Cuando la bomba abrió el agujero en el pecho del carajito.

Se llevó la cerveza a la boca y uno de sus ojos dejó caer una gota producto del trago de licor.

-Bueno, estaba atravesado- dijo en voz muy baja.

Su mujer se levantó de la silla y lavó los platos. Pérfido eructó y se fue al recibo para ver más de cerca el espectáculo. Estaba feliz. Era un personaje de película.

El video de una televisora extranjera había penetrado la censura y él era parte de la curiosidad de un aficionado que lo descubrió.

Ahora no sonreía. Un insecto peludo se le movía bajo la piel. El escalofrío. El miedo.

-En todo caso, se dijo frío, mañana será otro día.

Y se acostó a dormir, porque de noche el sueño aparta los fantasmas del día. 

En la cama, mientras el texto cerraba la historia, el personaje fue atrapado por las espinas de un gerundio.