Gases del oficio

nicas del Olvido

-a mi hija Tatiana, periodista-                                                                    

I

Por ahí va, sí, por ahí va la cosa. Se trata de gases del oficio en medio de un torbellino del que emergen todos los presentimientos. Sí, eso de ser periodista en estos tiempos que trotan sin parar por el asfalto de esta realidad tan incómoda, en la que hay que entender que el lead debe reponernos del empellón del cuerpo que finaliza en cola. Pero nada del otro mundo con aquello de las pirámides invertidas, que los faraones nada supieron de estos asuntos tan vanidosos.

Y si de gases se trata, morigerar la dieta de informaciones que nos arrancan tantos imperativos, frases casi elocuentes y una que otra palabrota para aliviar el desgano de una pauta en pleno desarrollo de los eventos.

Ser joven o adolescente en estos momentos podría parecer trágico, pero es todo lo contrario. Vivimos tiempos buenos para aprender y aprehender de lo que sucede. Mirarnos en los ojos de quien quiere titularnos la vida con su mediocridad y hasta hacer de nuestro corazón un intertítulo desagradable. Trabajar con tesón, pero sobre todo con pasión y dejar atrás las malas noticias. Es decir, tratar de que en el momento del oficio no ser más importante que la información, pero sí destacarse para ser parte del desempeño de nuestras pequeñas historias. El oficio exige trasnochos, sobresaltos y mucho cariño por la lengua que escribimos y besamos. Saborearnos con las palabras, hacernos parte del texto que forjamos, sin miedo alguno.

 II

Hay otros gases que no tienen oficio, pero podrían hacerse parte de lo que confundimos con la verdad. Esta es tan noble que se multiplica. Ver una fotografía es intervenirla. Con sólo leer el reportaje, ya éste es otro en nuestro imago. Elan vital, no somos una verdad sino muchas, aunque debemos acogernos a la que nos ponen frente los ojos y decirla, sin trucarla. Sin soplarle cosas al oído. La verdad es tan delicada que no le gusta verse al espejo. Pero cuando el del oficio hace opinión o ensayo, vaya la verdad de quien la inventa, la re-crea, la hiperboliza, la acaricia o la borra.

Gases del oficio, un trauma estomacal, por aquello del friíto que entra cuando nos toca por vez primera entrevistar, o iniciar la pauta, redactar la noticia, porque buscarla es la aventura, la verdadera, la que incita a moverse con todas la teclas por el lomo de la realidad, tan perversa ella, tan estúpida. Pero ese es el oficio, tratar de dignificar la realidad sin atender al público de galería que aúpa sin saber por qué.

Multípara, la verdad gana terreno en boca del periodista, del que sabe que tiene en sus manos un diamante en bruto. Darle forma, con la elegancia que pueda imprimirle el estilo, o la coloquialidad de nuestro humor.

En estos días de Internet y digitalización, algunos “bajan” la información y ni la tocan. Ni siquiera la leen. La pasan, la distribuyen en su sección, y sale, como sale en el resto de los medios de la competencia. Se trata de darle la forma del intelecto, pero también la del espíritu. En eso se nos va la pasión, porque ella y sólo ella es la protagonista de estos gases del oficio periodístico, sin miedo alguno.

 III

La sonoridad de las palabras, la hondura de sus pasos, la riqueza de sus significados, el don de saborearlas y hacerlas parte permanente de los sueños, la duermevela y la realidad. Allí está el más importante rasgo de este oficio, en el que muchos van y vienen, otros se desperezan y algunos verifican la inutilidad de saberse lejanos.

Y sin miedo alguno, decir. Escribir, como decía un viejo camarada del oficio, Kotepa Delgado, “escribe que algo queda”, y mientras el aliento nos alargue la vida, seguir haciéndolo, con los libros de cabecera y hasta en los pies, que no estorban.

Otros, fantasmas de la academia, estrujo vocinglero de quienes tienen en la universidad un preescolar, aguzan sólo oído para placerse en el cuerpo. Espíritu convertido en carnet de afiliado que perdió el nombre de tanto manosearlo en grupos de fervor efímero.

Y si de culminar este asunto se trata, no hay último párrafo en este trabajo, tan afanoso que el viejo Aristóteles concibió casi eterno en el esquema de su flujo y reflujo de imágenes verbales. Nada termina, como la materia. La verdad se transforma, se hace otra verdad, o termina siendo una mentira desastrosa. Sin miedo alguno, derrotarla.