Jóvito Villalba en el tiempo actual

Este 23 de marzo es el 104° aniversario del nacimiento de Jóvito Villalba. Fue él quien pronunció la palabra, con la sonoridad de su voz que retumbó como un trueno anunciando la tempestad, justo en el nacimiento de un hecho fundamental para la patria aletargada por 30 años de tiranía, de crueldad, de brutalidad, de persecuciones, encarcelamientos, cárceles y exilios. Flaco, catire, joven veinteañero que comenzaba a estudiar Derecho en la UCV y a quien sus compañeros le confiaron la responsabilidad de inaugurar, nada más y nada menos en el Panteón Nacional, recinto que guarda los restos del padre de la patria y de los hijos eminentes de este país, la Semana del Estudiante en el año 1928.

 Fue el líder estudiantil de las jornadas del año 1928 contra la tiranía de Juan Vicente Gómez, conductor del movimiento y orador en la manifestación y huelga general del 14 de febrero 1936, al frente de la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV), nacimiento de nuestra democracia y luego, capitán de la Unidad convertida en la victoria democrática en 1952 contra la tiranía del general Marcos Pérez Jiménez. Fue militante toda la vida a favor de la democracia y del pueblo venezolano. Resalto su insurgencia contra Juan Vicente Gómez, junto a otros iluminados del año 1928, constituida como una verdadera proeza. Sus años de prisión, su inflamada palabra de gran tribuno popular, sus exilios, su catedra de Derecho Público en la vieja UCV, contribuyeron a darle a Jóvito justificados acentos y perfiles de hombre de leyenda.

Jóvito Villalba nació en Pampatar, isla de Margarita, el 23 de marzo de 1908, hijo de Jóvito Villalba Roblis, carpintero de ribera, y de Ángela Gutiérrez Rojas, nativa de Clarines, Estado Anzoátegui.

Cumplió 20 años recluido en una prisión dictatorial, el Castillo de Puerto Cabello, en las más crueles condiciones; en ambos tobillos le quedo seco el hueso por la tortura vil de los grillos, pero su rebeldía no se apagó jamás para servir con dignidad e inteligencia a la causa de la libertad, la justicia y el progreso social de nuestro país.

Hombre de Derecho justo, fue también un versado constitucionalista, de profundas y avanzadas ideas que en esencia eran la doctrina de los derechos humanos, de los cuales podríamos afirmar, precursor visionario en Venezuela. Los derechos humanos no son políticos, expreso ante la campana electoral del presidente Carter, son también los económicos y sociales, el derecho a una vivienda higiénica, el derecho al trabajo, a tener garantizados medios para la educación de los hijos, a la asistencia médica, clínica y hospitalaria, a la igualdad de condiciones para todos.

Honra del foro y la tribuna, del trabajo político para darle al ciudadano cauce y herramientas en su lucha por un destino de superación nacional y de auténtico bienestar dentro de una vida fecunda. Jovito Villalba es hoy un símbolo viviente y verdadero de la democracia que nunca sucumbió a los cantos de sirena para atentar contra los gobiernos elegidos democráticamente. El premio nobel, Gabriel García Márquez, quien lo estudiara cuando vivió en Caracas, y pudo conocerlo, observó en su personalidad a un líder con nobleza y sin rencores; tres condiciones extraordinarias destaco en él, “optimismo, dinamismo y pobreza”, y, es que su esencialidad humana fue superior a sus detractores, a los tiranos de mayor o menor cuantía, y a los olvidadizos de la patria, que cargan esta palabra en la boca, porque para ellos la Patria es un negocio.

Cuando en 1952, la dictadura de aquel entonces, que asesinaba y torturaba, con toda malignidad hecha gobierno-, desconoció el clamoroso triunfo de la unidad liderada por Jóvito Villalba, en las elecciones a la Constituyente de ese año, solo una trampa contra la buena fe y la decencia política y moral, contra la Constitución y las leyes, pudo arrancarlo de su presencia junto al pueblo en las amargas horas de su destino. Después del duro y forzado destierro de largos años, que militares aventureros le impusieron, Villalba regresó a su trinchera cívica, pacífica y nacional, fiel a la democracia y a la Ley, y así fue un ardoroso y propulsor consciente de una gran Unidad de la nación venezolana para lograr la estabilidad y desarrollo de la democracia.

Aquel mismo verbo insuperable del brillante orador que en 1952 proponía una concertación política de todos los demócratas, “sin perseguidos ni perseguidores”, para enrumbar la nación a un mejor destino, reiteró su consigna de la unidad, de la unión honorable de las fuerzas y voluntades del pueblo en todos sus estamentos, en pro de la democracia y del desarrollo de sus Instituciones, de sus contenidos políticos, de su cultura y educación, y de su constancia moral con arreglo a la civilización y el Derecho. Solo por ello habría haberlo colocado, por la voluntad del pueblo, en la máxima dirección de la Republica. Explicables eventos y azares impidieron que así sucediera, pero la gran personalidad histórica, el convicto y fehaciente venezolano, el abnegado luchador, ejemplo de desprendimiento y de la honestidad de hombre público, siguió siendo, a contraluz de avatares infortunados, el símbolo viviente del ideal histórico de una grande y eficiente unidad para la democracia real.

Hoy vive Venezuela una dolorosa depresión de su destino histórico, estos últimos años han marcado la oprobiosa realidad de un régimen que con maligno delirio patológico, en términos humanos y políticos, se ha convertido en su insólito verdugo. El pueblo victimado y escarnecido ha visto regresar la tortura, los presos políticos y la represión contra quienes reclaman sus derechos más básicos. La carencia de bienes y servicios, los bajos y denigrantes salarios, la inflación galopante, la desbordada corrupción que abraza al estamento social y funcionarial, la politización descarada de la estructura judicial del país, la fuga de venezolanos, de cualquier clase social, esparcidos por el mundo en busca de mejores condiciones de vida, la impunidad y la agravación de los problemas nacionales, reflejan hoy día la tragedia política y social de nuestros conciudadanos.

En esta hora de agonía venezolana, de agravios a la nación y sangrientos ultrajes a la democracia, se hace indispensable una grande y efectiva y vigorosa unidad venezolana para la defensa propia de nuestra vida como República, como país y como pueblo. Surge entonces, el respetuoso y emocionado recuerdo de Jovito Villalba y su infatigable discurso, convertido en doctrina, por una verdadera unidad nacional y la defensa de la democracia; por ello recojo lo que Villalba expresara en sus tantas batallas parlamentarias  en defensa del sufragio y que hoy más que nunca reclamamos los venezolanos: “Cuando un gobierno es amigo de la democracia, tiene una política electoral democrática. Cuando un gobierno es enemigo de la democracia, tiene una política destinada a frustrar el derecho al sufragio de la ciudadanía”.

No pretendo prorrogar visiones del pasado, tampoco volver a hechos y circunstancias que ya pudiesen ser parte del olvido, pero el recuerdo afirmativo de Villalba, -el político de la democracia-, en esta hora de dificultades, se parece al que el propio Jovito dedicó al Libertador en una hora tiránica de Venezuela, en verdad menos escandalosa, pero igual de cruel, que osa consolidarse.

Este saludable buen recuerdo, reconforta el propósito de la Unidad, en mayúscula, de los venezolanos de hoy para librarnos del régimen del presente y de los autoritarios del mañana, para la gran causa de la convivencia democrática y de un destino mejor para Venezuela.

Subrayo que esta nota no es solo evocación, es también un modo de defendernos del escarnio actual.

Jóvito Villalba, prócer civil, insobornable demócrata, luchador esclarecido, voz que aún puede clamar a nuestro lado, sin impertinencias, visionario y promotor de la unidad como herramienta eficaz de la democracia, la libertad y el Derecho, bien vale un gran recuerdo en este 104° aniversario de su natalicio.

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