La falacia acerca de lo inapropiado de la utilización de la racionalidad en la comunicación política.

En reciente escrito en este medio, en un artículo intitulado: “3 vías de contagio de las emociones en la comunicación política”, se daba cuenta acerca de que: “La comunicación política está saturada de argumentos racionales. Largas y complejas cadenas verbales se apoderan del mensaje y lo enfrían hasta tal punto que lo desconectan de las personas a las que va dirigido. Es así que las palabras se congelan y el mundo de la política se distancia de la vida cotidiana de los hombres y las mujeres de carne y hueso.

Ante tales conjeturas, afirmamos que las mismas se constituyen en un malsano constructo para la cabal interpretación de nuestra realidad política actual y de la necesidad de construir un discurso comunicacional que nos permita elaborar una política acorde a las exigencias que dicha problemática requiere, a los fines de superar los grandes problemas que nos afectan en todos los órdenes de nuestro diario quehacer cotidiano.

Ante todo lo anterior, desde nuestra perspectiva dialéctico-racional, reivindicamos la enorme vigencia del uso de la racionalidad no solo para elaborar los parámetros de la comunicación política, sino sobre todo, abogamos por su empleo en todo lo concerniente a la interpretación de la realidad política en que nos encontramos inmersos. Pretender desplazar a los argumentos racionales en la comunicación política, -que dicho sea de paso, no siempre están presentes en dicha comunicación,  siendo ello uno de los más grandes problemas que encontramos en la construcción de soluciones cabales a los problemas que debemos solucionar-, para ser sustituidos por los elementos propios de la emocionalidad, nos remite directamente al mundo de la epistemología kantiana, al mundo de los idealismos, subjetivismos, emocionalismos, sensibilismos, psicologismos, entre otros, acompañados estos planteamientos de una buena dosis del discurso sofistico de la posmodernidad, elementos todos ellos que nos obnubilan, que nos sumergen en una auténtica “terapia de grupo”, en un auténtico atontamiento (en el cual los responsables de la comunicación política terminan expresando lo que los ciudadanos quieren escuchar y no precisamente expresando lo que los ciudadanos deben escuchar, con lo cual consideran que se han anotado un contundente éxito comunicacional),  y que contrario a lo expresado en el escrito que nos ocupa, en lugar de acercarnos a la solución del núcleo de los problemas que padecemos, nos conducen a un alejamiento del entender cabalmente la dura realidad que nos afecta.

En todo caso, lo que se logra con dicho artificio, es mantener distraídos, entretenidos a los receptores de un mensaje de naturaleza efectictista que de alguna manera puede lograr la adhesión de algunos ciudadanos, pero que los mantiene en un mundo de apariencias alejados de la realidad, en la más completa tontera o enajenación de la realidad, producto de una manipulación que en el fondo, obedece al cálculo de los intereses de diversa índole de políticos de todas las toldas e ideologías de diferentes signos, todo lo cual no permite construir una dinámica compartida[CF1] , que sea adecuada a los requerimientos de la actualidad, que nos sirva al momento de tener que darle respuesta eficiente a la resolución de los problemas que desde la diaria realidad nos afectan. 

Tras el señalamiento de que: “La comunicación política está saturada de argumentos racionales… Es así que las palabras se congelan y el mundo de la política se distancia de la vida cotidiana de los hombres y las mujeres de carne y hueso”. Nos encontramos con una opinión falaz, que no encuentra el menor de los asideros, toda vez que si nos atenemos a lo planteado por Gracián (1984; 48) en el Criticón (Editorial La Oveja Negra), respecto a que: “De modo que cuando llega la Razón, que es aquella otrora reina de la luz, madre del desengaño…”. La única viabilidad de lo antes señalado, no puede ser otra que la intención de engañar al ciudadano al pretender despojar de toda posibilidad de racionalidad al discurso político, ya que de acuerdo a Gracián es gracias a la Razón que podemos lograr que el desengaño triunfe sobre la apariencia, y/o el engaño, lo demás no deja de ser simple retórica, aunque sea retórica de la buena.

Al considerar que la racionalidad es el único elemento del cual disponemos para conocer la realidad de manera objetiva, privarnos de la misma, supone entonces, construir una comunicación totalmente subjetiva, adherida a la elaboración de un discurso que puede obedecer a los intereses de los voceros de turno, pero que no necesariamente representa los intereses de las grandes mayorías que en reiteradas ocasiones terminan siendo manipuladas precisamente gracias a la construcción de comunicaciones sofisticas alejadas de la realidad.

De lo todo lo anterior, se desprende que es evidente que no encontramos argumentos que sostengan la afirmación, de que ante la manifestación de un mensaje racional, tal racionalidad termina desconectándolo de las personas a quienes va dirigido dicho mensaje.

Debe quedar claro que no se trata de que estemos pretendiendo con este escrito solicitar que se suprima lo emocional del discurso comunicacional político, toda vez que ello –lo emocional-, es consustancial a lo que las comunidades políticas requieren, ello es así a partir del desarrollo del idealismo alemán, y toda la sensibilidad desplegada a partir del mismo, desde el Siglo XVIII, (a fin de cuentas muchos asimilan, no sólo el acto de la  comunicación política, sino la actividad política en general con lo que pudiésemos denominar una actividad destinada a la búsqueda de objetivos propios del mundo de la lectura de libros de autoayuda, respecto a esto último; fácilmente encontramos, por ejemplo, que el desarrollo de una asamblea de ciudadanos se convierte en la expresión no de la búsqueda de soluciones a nuestros problemas por la vía del debate a partir del conocimiento racional de las situaciones que objetivamente enfrentamos en el día a día.

Expresamos lo anterior, porque a partir de la expresión de emocionalidades y sensibilismos, dicha actividad se convierte en la proclamación por parte de los asistentes a esa asamblea, de sus más profundos deseos acerca de lo que debe ocurrir, de lo que ellos quisieran que ocurriese, tal como si se encontrasen frente a un altar contentivo de una “Lámpara de Aladino”, -muy al margen de la realidad operatoria en la cual estamos inmersos-, es decir, ocurre una expresión pública de deseos de emocionalidades de sensibilismos que a fin de cuentas terminan no conduciendo a nada, a no ser el confort del disfrute de los consabidos “5 minutos de gloria”, que le permiten al opinador sentir que ha alcanzado un status de confort con la proclamación de sus deseos (olvidando obviamente, la conseja de que los deseos no preñan), lo que efectivamente en nuestro escrito si pretendemos plantear es la necesidad de la reivindicación de la presencia, tanto en la interpretación de la realidad, así como también, en el necesario hecho comunicacional político, de la Racionalidad, racionalidad sin la cual no logramos interpretar objetivamente la realidad política de la manera más objetiva y en consecuencia tampoco logramos   la mayor  asertividad posible. Debemos interpretar, al igual que es imprescindible, al menos a nuestro juicio, que la elaboración del discurso político debe fundamentarse precisamente en el respeto a la capacidad racional de nuestros conciudadanos, muy por encima de su capacidad sensorial o emocional, la cual en ocasiones en nada se circunscriben a las posibilidades de entender las condiciones objetivas de la realidad que nos circunda.

Al presentar estos argumentos, fundamentándonos en un racionalismo crítico, conscientes estamos que no faltará quienes asuman, que lo de ellos, no sólo es la defensa de una inteligencia emocional al estilo de Goleman, sino que siguiendo a  Covey, con toda seguridad pretenderán reivindicar incluso, una inteligencia no sólo emocional sino también una inteligencia corporal al igual que una inteligencia espiritual.     

rafmujica@yahoo.es                                                                                  

 

Abril 2018

 [CF1]