La importancia de las palabras

Ante la epidemia que azota al mundo he recordado a un consultor agrícola brasileño, José De Sousa, quién en una de sus entonces frecuentes visitas a principios de siglo, al ser consultado sobre cuando veríamos en Venezuela algunas de las innovaciones internacionales de las que hablaba, decía, palabras más, palabras menos, “cuando me digan que el mundo se va a acabar me vendré a vivir a este país, porqué aquí las cosas, según mi experiencia, pasan mucho después que en el resto de las naciones”. Ojalá su apreciación se demuestre errada y aunque sea solo en este aspecto, los venezolanos estemos sufriendo la enfermedad al mismo ritmo epidemiológico que nuestros congéneres del resto del mundo y que las cifras que se nos ofrecen representen fidedignamente nuestra realidad.

Ante el temor fundado de que esto no sea así, algunos sectores importantes, respetables en su mayoría, claman por una tregua en el panorama político nacional para que ella nos permita enfrentarnos al terrible escenario que se avizora.

Permítaseme diferir, con respeto, en cuanto a la validez del término utilizado. Tregua se contempla cuando hay dos bandos en guerra o en encarnizado enfrentamiento, mientras que la  realidad que vivimos es una situación de desastre generada por una minoría, cada vez más notable, apoyada en la fuerza de las armas, las legales y las otras, quienes han conducido al país a tal estado de precariedad que hoy, algo tan importante como el virus, seguro tendrá resultados muchos más desastrosos, inclusive para los que lo sobrevivan (esperamos que sea la mayoría y por supuesto, estar en ella).

La epidemia nos encuentra en un estado de desnutrición generalizada, que solo puede aumentar ante las dificultades para transportar los alimentos (los pocos que producimos y todos los que importamos), por la falta de combustibles (que no refinamos ni podemos importar), así como la terrible realidad que representan los productos alimenticios que están a nuestro alcance físico, pero que no se pueden adquirir por lo poco que ganamos los que tenemos la “suerte” de contar con un sueldo o una pensión. ¿Qué decir de los que tienen que ganarse diariamente el sustento con lo que cobran, si es que logran trabajar en estos momentos de aislamiento social y confinamiento físico?

Ni pensar en las condiciones de nuestros centros de salud; ya eran insuficientes para atender necesidades en momentos de normalidad sanitaria y hoy preocupa, al ver lo que está pasando en otros países, el imaginarnos todo lo que tendría que haber en ellos para aguantar los embates de este virus agresivo.

No hay excusas para la mala situación en la que nos encuentra esta emergencia sanitaria; los países interesados en lo que pasa en Venezuela se han encargado de ratificar de manera pública, y a través de los medios de comunicación social internacionales, que no existe ninguna restricción ni mucho menos veto, a las compras que podamos hacer en el exterior para sobrellevar la crisis de alimentos y de insumos sanitarios, y en cuanto a combustibles, hace ya mucho tiempo que dependemos de lo que traemos de fuera para poder mover los vehículos y hacer funcionar el equipamiento del sector productivo que sobrevive. Lo que no hay es dinero para importar y no lo habrá mientras se mantengan en sus cargos los que hoy, impropiamente, dicen administrar el país.

En consecuencia, no hay que dar tregua a las gestiones que conduzcan a un acuerdo que permita el cambio del ejecutivo nacional actual por un gobierno de emergencia que facilite la unidad en torno al combate del coronavirus y el comienzo del ineludible proceso de reconstrucción. Gobierno que entienda que hay que actuar como equipo honesto y capaz, sin individualidades iluminadas, por encima de intereses partidistas y grupales, conciliando posiciones y tomando las difíciles decisiones que demandan las dramáticas realidades sociales y económicas que venimos viviendo desde hace años y que hoy, con la llegada del famoso e indeseable huésped, solo se han puesto mucho mas en evidencia.

Hoy es tarde y mañana se ve muy lejos, pero habrá que seguir intentándolo hasta lograrlo.