La noche escuece, de Renato Rodríguez

Crónicas del Olvido

1.-

Renato Rodríguez o el personaje que lo representa, su otro yo, escriben desde las vísceras del país. No viaja a Nueva York. No se instala en California ni mucho menos recala en Berlín o Roma, París, Santiago de Chile o Madrid. Su personaje, ese Renato transfigurado, que cambia de nombre como colores el camaleón, sitúa sus fracasos, su ficción y realidad en el mapa de su país, en aquella Venezuela de la cual extrae los relatos de quienes con él viajan en una suerte de odisea en la que no faltan los obstáculos y el deseo de no hacer nada, de dedicarse a la vagancia, a la insensatez.

El fracaso o la dejadez existencial son el venero de esta pieza narrativa.

Aquí no está el maestro Giuseppe que lo enseñe o aconseje pero sí el abogado Antonio Gómez Spreller, quien lo usa en sus trabajos legales ni tan legales. O Aurelio, el ladrón de libros, quien estudia filosofía en la UCV,  habla como filósofo, termina yéndose a Europa y regresa para suicidarse. Por aquí  naufragan los habitantes de sus otros libros, alcanzados por distintos paisajes y situaciones,  ubicadas en el país que lo vio nacer.  Aquí están los personajes criollos y disfraces, los venezolanos que elaboran un constructo desde la mirada y los afanes de un actante que se desnuda frente a quien los aborda.

Esta novela, en la que hay fallas de edición porque no hubo revisión en cuanto a estilo y gramática, es una de esas obras que avivan la realidad del lector porque lo convierten en un agobiado visitante de sus páginas, donde se desdibuja y descoloca,  quien concluye en una existencia en la que la estabilidad o la pertenencia no están presentes. Esta novela, que forma parte de nuestros más conocidos fracasos, descubre al venezolano que fue una vez y sigue siendo: el dedicado a la disipación, al juego riesgoso y aventurero con su propio destino, a la consagración del ocio inútil y de las trampas de una fe convertida en trasunto cotidiano.

Esta es la novela de las tantas que andan por allí donde el narrador/ personaje es un desdichado, un buscador de lugares comunes donde depositar su aliento. Se trata de un sujeto que no tiene futuro, que no le interesa el porvenir, que tiene en la vida y la muerte la misma escala de valores. Es decir, este personaje es el reflejo de tantos que dejaron sus huellas, sus pasos, en medio del desánimo.

“La noche escuece”, publicada por R.A. Rodríguez –RAR- en Caracas, en noviembre de 1985, constituye un yerro para quienes creyeron encontrarse con una novela idílica, dedicada a la contemplación de los astros durante la noche. Es una novela dura, escrita con un denso aliento y un profundo deseo de contar detalladamente: a veces las anécdotas se entremezclan y se pierden en el tejido narrativo, pero luego las recupera. Pero también muchas veces los detalles superan el hilo conductor de la pieza. Muchos de sus personajes se sostienen en diálogos  muy elevados intelectualmente para el perfil que los representa como sobrevivientes o abandonados por sus propias decisiones o por su preparación académica o escolar. Por ejemplo, un “raterillo” de la provincia que aprendió a robar con “maestros” del delito menor, como si se tratara de un genio de la NASA, habla como un filósofo. El relato se llena de datos enciclopédicos, como si el narrador estuviese ansioso por darlos a conocer. Personajes suicidas, dislocados.

Personajes que se construyeron como se fue construyendo el país desde la caída de Pérez Jiménez. Personajes que comenzaron a formar parte de la corrupción partidista y empresarial, muy parecidos a los actuales, pero aquellos basados en una ingenuidad pueblerina, si se quiere.  

2.-

Once veces menciona el narrador el escozor. En la presente edición, en las páginas 71, 156, 196, 198, 205, 209, 215, 224, 232, 243 y 249 aparece el malestar, la soledad, el vacío expresados con las palabras “noche” y  “escozor”. Cada vez que el personaje se extravía (la mayoría de las veces vive perdido en su andar), pronuncia una frase para determinar que la noche lo perturba, lo acosa si no anda en una de aventuras, de desarraigo, porque el sujeto sufre de un exilio que lo sacude permanentemente: un hombre que recorre el país como luego recorrerá el mundo en otras de sus novelas.

Personaje isla como la isla que lo vio nacer.

Renato Rodríguez es autor de una sola obra: la que habita en todas sus páginas es una suerte de fantasma que trata de asirse de algo para no hundirse. El personaje de sus novelas, en la mayoría de los casos, es un tipo angustiado por no estar en un solo sitio. La excepción la observamos en “¡Viva la pasta!”, novela/ recetario en la que se dedica sólo a la cocina, pese a ser una suerte de “utility” porque sabe hacer de todo, desde trabajos de fontanería hasta mandadero y maestro carpintero. O amo de casa.

En sus cuentos también se observan personajes que no logran romper con el pasado y se instalan en la pesadumbre o vagar físico o mental.

Margarita siempre es el punto de partida. La isla de nacimiento aparece como recuerdo de infancia. Regresa por momentos a rozar la memoria familiar, pero su mundo es ancho, largo y no tan ajeno. Es dueño de su libertad porque ésta lo constriñe. Lo consume. La misma libertad lo convierte en esclavo de su andar permanente, de una dromomanía enfermiza, patológica.

En este largo relato trabaja con el abogado Gómez Spreller como “testigo falso”, siempre al borde del precipicio porque se trata de una labor en la que la ética y la legalidad se contrapesan. El sujeto tiene conciencia de lo que hace, por eso huye y regresa. Se convierte en campesino, en chulo de burdel, en ordeñador de vacas, en vendedor de ilusiones con un vidente, en ayudante de toreros, en delator inmobiliario, en burócrata de empresa privada, en taxista, conductor, viajero impenitente, en buscador de mujeres de las que vive y se refocila. Es decir, un personaje con múltiples caras. Y detrás de sus máscaras, el país que lo consume, lo habita, lo desenvuelve.

3.-

El escritor Renato Rodríguez, como en otras de sus novelas, se nombra, se señala, se menciona como personaje. Desde esa práctica metaliteraria –autobiográfica ficcional- nuestro autor es una impostura en la realidad que asume como creación. Es real en medio de personajes que ambulan como duendes. Y son tantos los personajes que toma y retoma, que se hace con ellos vertiente y afluente para algunos esbozos narrativos que descubren el afán de contar, lo que hace que pierda el centro de la atención. Y la tensión se diluye por algunos excesos.

Como toda novela ambiciosa, a ésta le sobran pedazos. Pero la vida también es así; vivimos de pedazos que son sobras de otros. Las novelas no son perfectas porque la vida no lo es, y Renato Rodríguez cuenta la vida de otros a través de la suya, de su hiperquinetismo, de su tembloroso ambular. De su nervioso tanteo entre seres que lo alejan y lo acercan, lo cercan o lo dejan libre.

En estas páginas aparecen referentes literarios nacionales: autores y artistas de la época, poetas como Sánchez Peláez, cantantes como Adilia Castillo, una larga lista de vocalistas populares y de piezas clásicas de diferentes escuelas o corrientes. Citas en diferentes idiomas. En latín por haber sido monaguillo a la vieja manera de oficiar la misa; en inglés, en alemán, en italiano. Es una novela que ambiciona la totalidad. Es una novela quijotesca porque para Renato Rodríguez Venezuela es La Mancha, ese lugar cuyo nombre vibra en su manía por saberse en una carretera, en una cama ajena, en un hotelucho, en un mabil bar de mala muerte, en un apartamento caraqueño o bajo el cielo sombrío o iluminado de su isla.

Una novela cuyos molinos de viento siempre salen vencedores.

4.-

Esta es la novela de un hombre que no se encuentra en su propia búsqueda, que quiere aprender idiomas y tocar bongó, pero culmina jugando con las primeras palabras de “Doña Bárbara”: “Un bongó remonta el Arauca”, lo que hace ver que su destino es el mismo de la doña, quien es devorada por la sabana, así como el personaje de Rodríguez es tragado por la soledad, el fracaso y la libertad, de la que tiene un sentido surrealista al cerrar con:

“¡Escogí la meningitis!”,

y allí comienza de nuevo la realidad para los lectores, tan confusa como la ficción que elaborarán con su silencio.