Los jóvenes y los viejos no se diferencian mucho (y en la política menos)

No hay duda de que la edad de una población define la expectativa de vida productiva promedio; se presume que cuanto más jóvenes son los individuos, mayores serán las oportunidades de seguir haciendo, prolongándose cada vez más las posibilidades de un vivir productivo con calidad, máxime cuando en estos tiempos, y sin temor a equivocarnos, en los por venir, las exigencias laborales son y serán cada vez menos demandantes físicamente.

La realidad señala que la coexistencia de jóvenes y viejos, interactuando en condiciones de igualdad deja de ser un problema de años para pasar a ser uno de competencias y que las mismas solo se logran a través de procesos formativos y con el ejercicio continuamente perfectible de lo que se ha aprendido.

Por si no ha quedado claro, lo importante no son los años que tienes sino lo que sabes hacer y como lo haces, y en condiciones de competencias igualadas, los más jóvenes están llamados a ser los que asuman las responsabilidades de avanzada, mientras que los mayores se ocupen de apoyar los nuevos desafíos utilizando sus experiencias como referencia.

Lo anterior es relativamente fácil de implementar en desempeños laborales que exigen exclusivamente conocimientos y experiencias, no siéndolo así en los que se demandan, adicionalmente, principios y valores, elementos estos que se adquieren inicialmente en el seno familiar y posteriormente en el entorno social cercano en que el que se han desenvuelto los individuos.

Por lo tanto, preocupa una política que carezca de principio y valores expresados a través de doctrinas claras, que le indique a la gente que puede esperar de aquellos que aspiran a ser sus representantes y ofrecen legislar o gobernar para su beneficio y no del de ellos y su círculo “intimo”.

Venezuela necesita regresar a la pluralidad con honestidad; podemos y debemos disentir en todo aquello en lo que no estemos de acuerdo, pero tenemos que respetarnos y ese respeto solo puede consolidarse al reconocernos como demócratas con escrúpulos, lo que no es una redundancia. Una vez logrado ese reconocimiento, alcanzar acuerdos en torno a políticas qué, reconociendo la libertad como valor fundamental, tengan en cuenta que la misma nunca será posible a menos que reduzcamos al máximo las desigualdades y que ello ocurrirá si todos tenemos acceso garantizado a las oportunidades de educación, salud, trabajo y vivienda, sin olvidar al indispensable tiempo para el esparcimiento.

La corrupción nos ha venido cercenando el mencionado acceso y su erradicación debe ser propósitos firmes que nos acompañen en los esfuerzos por construir ese país que queremos. Jóvenes y viejos debemos asumir el compromiso, siempre recordando que indefectiblemente y por fortuna, dirán muchos, los unos irán reemplazando a los otros.