Novelas del dictador/ Dictadores de novela

Crónicas del Olvido

1.-

Volvemos al pasado. Volvemos a las charreteras. Volvemos al héroe que luego se convierte en personaje de su propio espejo. Volvemos a los libertadores traducidos en caudillos, tiranuelos, dictadores y engreídos por sus acciones olvidadas por muchos de sus contemporáneos, y que gracias a “historiadores” y echadores de cuentos se han convertido en estatuas, en el imaginario de la estupidez.

Volvemos al mismo sitio. Al mismo látigo. El cuento de nunca acabar en América Latina, en la tan ­­­abordada América mestiza. En el tan cacareado paraíso terrenal donde el poder anida en la cabeza de quepis, gorras y sombreros, cachuchas y paraguas sostenidas por espalderos, tan criminales como quienes usan los dedos para colgarse las medallas de guerras de ficción.

“Novelas del dictador/ Dictadores de novela”, del escritor colombiano Conrado Zuluaga, publicado por Carlos Valencia Editores, Bogotá, Colombia, 1977, primera edición, y reimpresa en 1979, recoge ese pasado remoto, reciente y cercano para quienes aún tienen memoria y no la usan para apoyar los nuevos crímenes.

La obra de Zuluaga despeja en el índice este contenido: “El dictador como figura literaria central”, “La figura del dictador y su tipicidad”, “La ficción literaria y la realidad” y “América Latina no tiene memoria”.

Para desarrollar su labor investigativa, el autor neogranadino se basa en aquellas novelas cuya médula es la narrativa del dictador a través de, más que todo, “El otoño del patriarca”, de Gabriel García Márquez, pero sin dejar de tocar otras páginas de autores como Alejo Carpentier y su “El recurso del método”; “Yo, el Supremo”, de Augusto Roa Bastos” y, por supuesto, la larga lista de piezas narrativas que nacieron en otras latitudes, así como algunos que siendo de este patio han merecido menos atención.

Menciona con justicia a “Fiebre” y “La muerte de Honorio”, de Miguel Otero Silva, que relatan la experiencia del país durante los regímenes de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. Arturo Uslar Pietri aparece en escena con “Oficio de difuntos”.

La investigación de Zuluaga comienza con esta máxima:

“Así como se habla de la novela de caballería –y esto no la convierte en género aparte- hoy también podemos hacerlo de la novela del dictador”.

Determina apreciar los títulos que los tiranos, caudillos o dictadores usaban como rótulo de su accionar: Supremo, Benemérito, Patriarca, Tirano o Dictador, que Carlos Fuentes usa con acierto, pero que el colombiano desacredita al afirmar que se trata de “un voluminoso catálogo de lugares comunes”. Como el autor de este libro se refiere a Fuentes con tanto estornudo, cabría preguntar: ¿de qué manera calificarlos o nombrarlos cuando ellos mismos se bautizaron con esos sustantivos y adjetivos?

A pesar del sesgo ideológico de este autor (cuestión que más adelante aclararemos), es bueno decir que abunda en datos que ayudan a desentrañar el carácter violento, militarista, populista y totalitario de algunas de estas entidades políticas, así como de algunas de las novelas, que Zuluaga considera como dictadoras, para aludir a sus autores, al ahondar en algunas “fallas” de las novelas que estudia, sobre todo en la de García Márquez, Roa Bastos, Carpentier, etc.

No deja de tener razón en algunos casos, como es el del cubano, quien escribió acerca de las dictaduras militares de “derecha”, pero se refociló, vivió, engordó y “diplomáticó” con la de su jefe Fidel Castro. Cuestión que no toca Zuluaga por su inclinación hacia ese mundo que, en aquellos tiempos, era una fascinación para muchos intelectuales y artistas. Conrado Zuluaga no toca ni el pétalo de una rosa este aspecto.

Pero por un momento dejemos de lado este asunto.

2.-

El autor toma el ejemplo también del venezolano Pedro María Morantes, “Pío Gil”, quien escribió “El Cabito”, una pieza sobre los desafueros de Cipriano Castro.

Del otro lado del Atlántico, en la España de 1926, Ramón del Valle-Inclán trazó el dibujo de “Tirano Banderas / Novela de Tierra Caliente”. En ese tomo dejó plasmada la ruta de quienes durante ese siglo se hicieron del poder vestidos como militares sin escuela, militares de academia, cursis y renegados, guerrilleros, vengadores, utopistas y falsificadores.

Pero se va un poco más atrás y menciona a Joseph Conrad, autor de la novela “Nostromo”, dada a conocer en 1904, una mezcla de situaciones ubicada en la República de Costaguana, una ficción que se ancla en la realidad de nuestras repúblicas bananeras, cañicultoras, tabaqueras, jineteras, roneras, mineras o petroleras.  Allí se ven todas las dictaduras de diversos cuños: “La corrupción reina en todas las instituciones y el soborno es un instrumento cotidiano para el manejo de los asuntos públicos”.  

Es decir, la realidad de antes y la realidad de hoy.

Las dictaduras de Cipriano Castro,  Porfirio Díaz y Manuel Estrada Cabrera abren el abanico. Seguidas de los añadidos criminales de Gerardo Machado, Fulgencio Batista, González Videla, Maximiliano Hernández Martínez, Jorge Ubico, Tiburcio Carías Andino, Adolfo Díaz, Emiliano Chamorro, Juan Sacasa, los Somoza, Higinio Moriñigo, Sánchez Cerro, Odría, Juan Vicente Gómez, Pérez Jiménez, Rojas Pinilla, los Duvalier, Trujillo, etc.

México, Guatemala, El Salvador, Perú, Nicaragua, Venezuela, Haití, Cuba, Chile, Colombia, entre otros países, han sido portadores de estos fetiches que gobernaron con mano de hierro y mantuvieron esas nacionales sumidas en la miseria y la corrupción.

Por supuesto, el autor no menciona a Fidel Castro, quien es una suerte de duende libertador. La dictadura cubana –con 60 años de muertes y opresión- sigue siendo, para algunos, el centro de la justicia social. Una dictadura que ya tiene sus novelas escritas tanto por cubanos como por otros autores no antillanos.

El autor tampoco se pasea por la revolución mexicana donde abundaron los cristeros, locos y caudillos regionales alzados en armas y bigotudos, atajados por santidades y demonios que siguen apareciendo en estos días del siglo XXI.

3.-

La lista es larga. La lista que no aparece en el este libro porque se cerró en 1977. Pero dejó huecos por su gusto ideológico. Más adelante, aparecen otras obras de autores que tocaron el tema, como Rufino Blanco Fombona con “La mitra en la mano”, en 1927, y “La bella y la fiera”, en 1931. José Rafael Pocaterra con “Memorias de un venezolano de la decadencia” (¿novela, memorias, historia? en 1936), Gerardo Gallegos con “El puño del amo” (1939). “Mi compadre”, del colombiano Fernando González. Títulos de Manuel Bedoya: “La garra roja” y “El tirano Bebevidas”, contra los dictadores peruanos Sánchez Cerro y Oscar R. Benavides. En 1946 sale al público “¡Ecce Pericles!”, de Rafael Arévalo Martínez, un estudio crítico sobre Estrada Cabrera. En 1930, “El señor Presidente”, de Miguel Ángel Asturias, autor centroamericano que se hizo del Premio Nobel.

Una curiosidad: Manuel Estrada Cabrera le rendía culto a Minerva. En esa fiesta participaba Rubén Darío, quien también fue enamorado o fascinado por un dictador.

Y así sigue la interminable lista de críticos y aduladores a tiranos y sátrapas.

Si bien Rubén Darío se colgó de las amígdalas de Estrada Cabrera y Alejo Carpentier de su amo Fidel Castro, hoy, cuando van 60 años de ruina y dolor en la isla caribeña, aparecieron, hace casi dos décadas, los tumores que nos enferman y matan: las dictaduras militares y civiles electoralistas, populistas y socialistas de Hugo Chávez, Evo Morales, la ya repetitiva de Daniel Ortega. La siempre mencionada de Noriega en Panamá tuvo apoyo de Cuba, así como ha apoyado la isla todos los regímenes de ladrones y criminales de América Latina. África, Europa del Este y Asia.

4.-

Desvelados los egos beneméritos, los supremos, los patriarcas y sus otoños, nos llegan los populistas apellidados los eternos, los galácticos, dibujados santidades que aparecen en forma de pajaritos. Las dictaduras, con sus bustos, estatuas, guilindajos y consignas justicieras, terminan en emblemas de la cursilería, el caradurismo y una literatura lastimosa y lamentable. Pero peor, en cementerios y cavernas y “tumbas” de torturas donde sicarios criollos y extranjeros se valen de su poder para aplicar los más criminales dolores contra la disidencia. Y de nuevo, el destierro.

El éxodo de hoy desnuda la indolencia de quienes no baja de un avión, negocian y trafican con la miseria de un país petrolero, que en estos tiempos es imagen de miseria, vergüenza, hambre y muerte.

Los intelectuales seguidores de estos tumores actuales guardan silencio. Los que activan la dilatación del verano, los oficiantes de una poética anclada en el conuco y la rochela folklórica, los abracadabristas, los pequeños y envejecidos árboles, todos ellos, fabrican una nueva pesadilla individual: no escriben, sus novelas dejaron de existir porque la dictadura les prohibió la rebeldía. Una revolución iletrada, como la mayoría, los revuelca en la desmemoria y el desprecio del resto de la ciudadanía.

Aquellas novelas del dictador nos brindan al menos el reconocimiento de que existieron. Los dictadores de novela dejaron de serlo. Cambiaron de tema. Unos se murieron, pero aún por allí anda Vargas Llosa, quien en su madurez escribió “La fiesta del chivo”.

Los de este momento escriben las novelas del desastroso “socialismo del siglo XXI”, un parapeto que merece que sus personajes sean estudiados bajo la carpa de un circo. 

La historia continúa.