Obituarios de un no-país

Crónicas del Olvido

1.-

No sabemos cuántos son, pero sí hemos memorizado sus nombres. Sus apellidos. Asfalto-infierno, cuerpos caídos, sangre, banderas, gritos, disparos, patrullas, cruces rojas y verdes. Cruces, cementerios en la memoria, pero más que camposantos, calles, calles, cuerpos tirados en las calles. Cuerpos vivos que se enferman luego de cruzar un río enfermo. Cuerpos muertos en todo el mapa nacional. En toda la tierra seca, húmeda, silenciosa, llorosa. Cuerpos, cuerpos, nombres y apellidos de muchachos y muchachas, de adultos y niños, viejos y nombres, apellidos, cuerpos caídos, tumbas con flores. Sepulcros con ángeles. Pero más que todo, calles, calles, marchas, nombres, apellidos, escolares, universitarios, trabajadores, desempleados, muertos, muchos muertos, muchos nombres, muchos apellidos, muchas bazucas contra un grupo de jóvenes alzados, masacrados, ajusticiados, muchos nosotros muertos en un libro que encoge el ánimo, en un libro que Golcar Rojas ha escrito para que sepamos que la tristeza también es nuestra muerte: “Obituarios de un no-país” (2017).

Es un libro cementerio. Un libro de epitafios. Un libro donde la poesía se despoja y se convierte en heridas, disparos en la frente, en el pecho, en los costados, en el vientre, en los ojos, en las piernas, en el alma de un país que ya no es. En un país que fue y ahora es un llanto mundial.

2.-

Sí sabemos cuántos son. Y tenemos sus nombres y son versos, poemas. Son nombres y apellidos que recorren la memoria de quienes también pierden la memoria, porque el dolor no necesita palabras ni recuerdos. El dolor es la misma palabra, el mismo silencio que perdura mientras la bala cruza el aire y se incrusta en la frente. O en el pecho. O una granada explota en la cabeza de un muchacho parado en una esquina. Y otro que es quemado porque una bomba revienta ante sus ojos. Y aquel que vemos caer luego de un terrible golpe de agua que le hace fracturar el cráneo contra el asfalto. Y el niño que no llega a la casa luego de hacer el mandado. Y el que llevaba una bandera y fue impedido de contar las estrellas. Poemas, muerte, mensajes en la lápida, lágrimas sobre un montón de tierra.

El mapa es una tumba abierta.

Son muchos, tantos que nos aprendimos de memoria el olvido de sabernos vivos. Son tantos los muertos, los asesinados por quienes visten de verde, de policías, de jinetes del apocalipsis en motos desde las que disparan sus armas procuradas por los mismos verdes y rojos, por quienes luego acusan a las víctimas de ser culpables de sus propias muertes.

3.-

“…el rimo de la matanza” encuentra sentido en la danza macabra de quien ordena disparar, de quien desde la camisa verde, desde la guayabera de lujo, desde sus bigotes, desde su hechicería ideológica, disfruta de los denarios que el poco país produce. Dientes manchados de petróleo, lengua de sangre. Mirada bífida y viperina. Y “Es que la bala de esos días era mucho más rápida que mi pluma”, confiesa Golcar Rojas. Son tantos los muertos, tantos los obituarios, tantos los epitafios.

El mapa es una tumba que habla.

Aquí están todos los nombres, pero también los que faltan, todos los apellidos, todo el santoral, todos los ángeles de alas abiertas del país, todos los dolores y colores, todos los gritos y ruidos producidos por los lamentos, también los chirridos de los criminales. Ese ajuste de cuentas, esa venganza de una familia que ahora tiene como campo de tiro el cuerpo de miles de nombres y apellidos.

Una lista interminable. Hay muertos que hablan. Otros no tienen palabras. Son poemas mudos. Son poemas ocultos entre la maleza de la inocencia. E inclusive, entre la cizaña de quienes disfrutan con patear la cara de una muchacha flaca. Aquella imagen en la que una mujer militar golpea con su casco a una inerme enferma en Valencia.

Y entonces el país, el no-país nos recorre en su geografía: Caracas, Mérida, Valera, Barinas, Valencia, Cumaná, San Cristóbal, Maracaibo, San Felipe, Ciudad Bolívar, Maracay. Todo el país tomado por asalto por salvajes en dos ruedas. Por criminales que se ocultan tras mastodontes de hierro y desde allí disparan mientras los muchachos se cubren con escudos de cartón.

El mapa es un cañón contra los ciudadanos.

Las imágenes se convierten en poemas desnudos. Poemas de piel helada. Poemas muertos también con toda la vida de todos los muertos. Poemas que no son poemas. Poemas que son más que poemas porque se vierten poesía en la sangre coagulada, en lo que no quieren leer los culpables. Y en la sangre que no quieren ver los escrupulosos. Poesía en cueros. Poesía en músculo rasgado. Poesía con bala de plomo. Poesía agujero en la frente. Poesía dolor y arrechera. Poesía sin palabras. Poesía vientre abierto. Poesía para leer y marcar en las paredes. Poesía con nombres y apellidos. Poesía tributo. Poesía homenaje. Poesía para despojarnos del odio y darnos a celebrar la vida.

4.-

Hay cifras que abortan. Hay cifras que recorren el espinazo de la ira: 15.890 jóvenes asesinados de diversas maneras. Y “Los hospitales son los campos de concentración de la revolución”.

Imágenes, voces que nos llaman. Nombres y apellidos. Dolores que llegan y se instalan en algún lugar del espíritu, en los ojos de esos niños que reposan inermes a la orilla de una acera mientras un policía los mira con desdén. Mientras el arma aún humea. Mientras el escudo golpea la nuca de la mujer. Mientras unos barrigones masacran a un anciano en La Isabelica, estado Carabobo. Mientras un grupo de guardias de la monarquía acorrala a un joven con deficiencias mentales en el Oriente de Venezuela.

Y así lo dice la herida que Golcar Rojas nos entrega:

“La noche nos cayó encima/ Un manto pesado y oscuro”.

Y esa misma sombra que es diaria abre la boca para morder los pasos de los que caen:

“La noche se negó a marcharse”.

Nombres y apellidos acosados por las sombras, por los murciélagos del poder, por los payasos de la burocracia, por los saltimbanquis de los ministerios, por las insignias de quienes llevan más medallas que un mariscal ruso. Todos esos son los creadores de estas noches interminables.

“A mediodía la noche seguía oscura” y “En un luto por goteo”.

5.-

A esta hora aciaga, a esta hora cuando el poema obliga a seguir trazando nombres y apellidos, “Seguimos contando muertos”. Para ellos, para los que se dicen portadores del amor “Somos sus enemigos”. Ellos, los verde/oliva se visten de colgajos para enarbolar el miedo en las esquinas.

Son tantos que no termino de contarlos. Son tantos los muertos que no alcanzan los poemas. Son tantos los epitafios que recurrimos a todas las voces para pronunciar los epitafios. Pero sí, hay tiempo y habrá para dejar sus nombres y apellidos en la memoria, así olvidemos.

Los muertos también pasarán sus cuentas. Los muertos saben de estadísticas.

Ya llegará la hora de que la noche regrese a sus orígenes.