Recordando a Luis Beltrán

¿Sabías que Rómulo y mi tío Luis Beltrán discutieron por culpa tuya?

Toñito Espinoza Prieto me ha tomado por sorpresa con tan inesperada pregunta. Estamos en un bar-restaurant de la Gran Avenida al que me ha invitado.

—Desde hace tiempo quería decírtelo, pero es ahora, cuando los ribetes bélicos de la oposición han desaparecido, que puedo hablarlo con la franqueza que ambos nos debemos.

—Dame pormenores, que la noticia me resulta difícil de creer.

—Bueno, yo estaba presente y pude escucharlos. El presidente era Raúl Leoni, quien estaba tentado a indultar a Américo, antes de que lo hiciera Rafael Caldera una vez que derrotara a Gonzalo por solo 30.000 votos, según creo recordar.

Había una inclinación a devolverme la libertad entre los seguros vencedores de la contienda. Se lo prometieron –o algo así– a mis familiares y amigos. Por mi parte, recordaba las palabras del general-presidente de la Corte Marcial: «Recuerda, Américo, que en Venezuela no hay prisiones largas».

Ojalá esa generosa tradición no se hubiera roto con el acceso a la cúpula de Miraflores y Fuerte Tiuna de Chávez y su curioso socialismo bolivariano. No se habrían perpetuado en las cárceles sin debido proceso, valientes como David Smolansky, Leopoldo López, Gilbert Caro, Iván Simonovis, Freddy Guevara, Roland Carreño, María Lourdes Afiuni. La represión y maltrato a los perseguidos habrían sido borrados del mapa y tendríamos un país respetuoso de los derechos humanos. Además, la diabólica conexión entre la polifacética crisis y la mala gestión gubernamental nos va a costar recuperar la excelente reputación de nación próspera, de excepcional estabilidad monetaria, que por años se nos dispensó en el mundo.

—Pero sigues sin aclararme por qué discutieron Rómulo y Luis Beltrán…

—Los dos partían de lo mismo, es decir, coincidían en lo contraproducente que podía ser la impunidad. La diferencia es la vista de águila que se espera del liderazgo para apreciar si esa medida pacifica los ánimos o enturbia más la turbamulta violenta.

—Es un riesgo, sin duda, pero se supone que se elige a presidentes experimentados, aptos para separar el trigo de la paja y, por lo tanto, inteligentes a la hora de adoptar las decisiones políticas complicadas.

Me cae bien Américo, pero creo que no se sienta un buen precedente favoreciéndolo en forma tan prematura.

Estás equivocado. Es un hombre confiable, rodeado del afecto de su familia, gente luchadora por la democracia y en mayoría militante de nuestro partido. En la dictadura militar Luis José, Federico y Gerardo Estaba repartieron sus años de prisión ente la cárcel Modelo, San Juan de los Morros y el espantoso campo de concentración de Guasina.

Por lo demás —insistió Luis Beltrán—, ¿tú crees que yo podría optar, no digo por un año, sino por un día más de cárcel para un hijo de María Estaba?

—Me conmueve mucho esa referencia de Prieto a mi mamá. Luis Beltrán era margariteño y los Estaba, cumaneses; dos ciudades venezolanas donde reinan el valor y la simpatía, el sacrificio y el buen humor.

—No, eso no tiene nada que ver —vuelve Toñito, quien por cierto es tan adeco como aquellos grandes líderes.

Esas conductas tienen sobre todo un cimiento político sólido, pero no dejemos de lado la parte emocional, porque los Estaba se ganaron el afecto de todo el que tenía la suerte de conversar un rato con ellos. Incluso en el pudridero nazi, que fue el campo de concentración de Guasina.

Años más tarde se producirá la tercera división de AD. Prieto se llevó cerca de la mitad del partido; y no ganó la presidencia, pero configuró una poderosa fuerza a la que adornó con el nombre de Movimiento Electoral del Pueblo. Betancourt habría barrido de haber apoyado al negro margariteño en vez de al portugueseño Gonzalo Barrios. Buen político, Gonzalo, pero carente del magnetismo de Luis Beltrán y menos aún del que irradiaba Rómulo. El problema es lo difícil que suele ser el prestar popularidad y movilidad.

¿Por qué no respaldaste a Prieto y preferiste a un buen político, pero sin tu energía ni la de Luis Beltrán? Por lo demás, Prieto era en lo personal tan amigo tuyo o incluso más que Gonzalo —la pregunta se la dispara a Betancourt Luis José Oropeza, amigo desde siempre de Rómulo, Barrios y Prieto.

La aguda respuesta del caudillo adeco era la esperable. Barrios era un calmante en la agitada campaña de Caldera. Lo conocía demasiado bien para saber los ángulos que perfilaría Prieto. Podía equivocarse y perder el control del arsenal de diablos que cargaría contra el hábil líder democristiano; claro, pero si el negro margariteño le arrojara al hábil copeyano el arsenal de diablos que llevaría en el alma, le responderían de manera poco manejable. Aprovecharían para acusarlo de mala fe, de ser «enemigo personal de Dios» y con esa tontería tratarían de sacralizar el rol de Rafael.

Tenemos todo para ganar, pero si conservamos la calma y no nos dejamos arrastrar a debates religiosos. Prieto y Barrios son brillantes, pero en estas circunstancias lo mejor es mantener el dominio de sí mismo. Mi opinión esta vertida ya, pero la pasión por vencer que no se vuelva contra todos.

Twitter: @AmericoMartin

Américo Martín es abogado y escritor.