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Opinión

Carlos Raúl Hernández

En las ciencias sociales las crisis sustituyen laboratorios y experimentos, y son por eso importantísimas en el estudio del comportamiento colectivo. Permiten observar a dirigidos y dirigentes de la escena pública, políticos, empresarios, iglesias, sindicalistas, influencers. Yehzekel Dror fue una figura mundial que creó para analizaras el concepto de sala situacional, aplicado hoy en muchas partes para enfrentar coyunturas críticas.

En una Maestría que cursamos con él, tarde en la noche, cuando estábamos cansados, con hambre y sueño, “convertía” el curso en “gabinete de guerra” para que supiéramos cómo era gobernar en crisis. Entonces planteaba como ejercicio un conflicto bélico-político que debíamos resolver divididos por equipos, en dos horas a base de café y cigarrillos.

Según nos dijo, él sabía que saldríamos mal en las pruebas, porque en nuestras decisiones simuladas –según explicaba- privaban las simpatías o antipatías ideológicas, el orgullo, la moral, las creencias, la adrenalina, la imprudencia -y el sueño- sobre la razón. Lo que quería enseñarnos el profesor Dror es que los líderes para serlo deben esforzarse por decidir más allá de esas emociones.

Tener como norte que el interés fundamental es ganar, aun desafiando los propios prejuicios y el rechazo momentáneo de quienes cuestionan nuestra posición, porque con el triunfo nacería popularidad perdurable. ¿Qué quiero? No era relevante si para obtenerlo había que amenazar, adular, fingir, maniobrar, siempre que condujeras una victoria. En la actual ola mundial de antipolítica y neopolítica por hundimiento de los partidos históricos, es útil examinar el debate sobre Covid-19.

Dos cepas letales

Aparecen los bloqueos emocionales para tomar decisiones de política pública y entenderlas. La conspiranoia, por ejemplo, pretende que los actores visibles son marionetas que manos negras manejan, y muy a pesar, tales cotilleos contagian la opinión pública. Una necedad “de derecha” asegura que la pandemia es operación vitanda, ejecutada perfectamente por China contra occidente. Esparcieron el virus a voluntad y crearon pánico financiero entre trasnacionales que operan allá.

Así lograron que se remataran acciones que el gobierno maquiavélicamente adquiriría. Descartando imaginarios planes demenciales o genocidas, el Estado chino actuó como las autocracias: quiso enterrar el virus en el silencio, dejó morir al médico que alertó, y su error expandió la epidemia. Pero igual tomó posteriormente medidas acertadas. Según la lógica de algunos zafios gobiernos de la antipolítica y neopolítica latinoamericana, los venezolanos estamos obligados a morir.

Nos toca purgar culpas de revolución y pagar con sangre el socialismo XXI. Eso cuadra con la lógica de esa excrecencia que defiende la tesis de que el hambre y las desgracias derrocarán al gobierno ¡Qué importa que la gente muera si mueren los chavistas! Aunque los planes antipandemia del gobierno lucen acertados y con nueva orientación solicita apoyo del FMI, la reacción primate es cuestionarlo y bloquearlo.

Al otro lado del Estigia de la necedad, los portadores de la cepa “izquierdista” dilaceran la sociedad abierta por cualquier razón, pese a que sabemos cuál es la génesis del desaguisado. Sería una torva conspiración “neoliberal” de Estados Unidos en la que están involucrados grandes laboratorios norteamericanos, y Trump, con el fin de vender medicinas y golpear a China. O que el virus lo diseminó Israel para vender luego la vacuna que al parecer tienen en camino.

Casi todos mal y bien

Se calla que el manejo más irresponsable ha sido el español, que pese a tener la información una semana antes no suspendió la marcha del 8M ni tomó medidas por politiquería revolucionaria. Las instituciones más calificadas, el Instituto de Virologia de España, las más importantes revistas científicas (Virology, The Lancet, Maldita Ciencia) descartan que la amenaza global sea producto de una manipulación. Pero el radicalismo no cesa de ignorantear.

Ante la preocupación de los mandatarios en preservar la economía, es decir, la comida y el empleo de la gente, se escribieron fulerías tales como que para el capitalismo (kapitalismoa) la economía es más importante que la vida. Boris Johnson, no globalista y poco liberal, al parecer entendió que “dejar correr” el virus para estimular la reacción inmunológica de la población, conducen a las tragedias italiana y española (la primera por ineptitud y la segunda por razones revolucionarias).

Pero la gafedad ideológica acusa su error de ser un impromptu neoliberal. Otros cerebros telarañosos, casas de debates fantasmas contra un supuesto “neoliberalismo” que solo existe ahí, ven en las medidas que se toman un debate entre Hayek y Keynes. Así las acciones gubernamentales no son correctas o incorrectas, sino liberales o intervencionistas y es eso lo que les daría o quitaría solvencia.

Se burlan de Macron por establecer un subsidio de guerra a la economía para frenar el paro que vendría con una recesión, pero lo descuartizan si no lo hace. Confiemos que el liderazgo se guíe por los consejos de Dror: que quienes gobiernan agoten la información técnica e histórica, consulten. Debatan y actúen fuera de climas emocionales envolventes. “No reclames cuando estás furioso. No prometas cuando estás feliz”.

@CarlosRaulHer

https://www.eluniversal.com/el-universal/64978/la-pandemia-de-los-necios

 4 min


Federica Mogherini

Hace unas pocas semanas, nadie hubiera puesto en duda que la tendencia más relevante y evidente de la política mundial de estos tiempos es priorizar lo nacional. El unilateralismo y la lógica del «juego de suma cero» se presentaban como la nueva normalidad: «para que yo gane, tú tienes que perder»; «yo primero».

Frases que parecían el rasgo distintivo claro y casi indiscutido de este siglo. Un rasgo que además casi no tiene límites en términos de geografía o ideología: con diferentes matices, es posible hallarlo en todos los continentes, en todas las orientaciones políticas (incluidas muchas variedades de movimientos políticos no catalogados), en una amplia diversidad de sistemas institucionales e incluso dentro de algunas organizaciones internacionales. La tendencia parecía consolidarse día a día, con muy pocas voces que intentaran defender una visión internacional cooperativa, el multilateralismo, las soluciones mutuamente ventajosas y la búsqueda de consensos, y políticas comunitarias en vez de una visión puramente individualista de la sociedad.

Hoy, mientras la pandemia del coronavirus se extiende por todo el mundo, poniendo en riesgo tantas vidas y sacudiendo los cimientos de nuestra cotidianeidad, debemos preguntarnos si seguirá siendo este el paradigma predominante. ¿Se intensificará la pandemia, o aprenderemos de sus enseñanzas?

¿Puede un virus poner en duda algunos de los supuestos en que se basa el actual panorama político internacional? ¿Nos hará concentrarnos en lo que realmente importa, en lo que nos une en cuanto humanidad, o alimentará la sensación de miedo y sospecha entre comunidades y dentro de ellas, nos dividirá todavía más, intensificará retóricas y conductas tóxicas que ya han envenenado nuestras sociedades y paralizado en parte nuestra capacidad colectiva de actuar con eficiencia? ¿Usaremos esta crisis como una oportunidad para llamar por su nombre algunos de los errores de los últimos años y ajustar finalmente nuestra trayectoria a la realidad?

Esta pandemia nos está diciendo muchas cosas, fuerte y claro. Si estamos dispuestos a escuchar sus enseñanzas, he aquí algunas muy sencillas.

Primero: la comunidad global existe. Lo que sucede muy lejos tiene un impacto (incluso vital) aquí y ahora. Un estornudo en un continente repercute directamente en otro. Estamos conectados, somos uno. Todo intento de pensar en las fronteras como líneas divisorias y de clasificar a las personas según su nacionalidad, etnia, género o creencia religiosa pierde significado inmediatamente, ya que nuestros cuerpos están igualmente expuestos al virus, sin importar quiénes seamos.

Segundo: el bienestar de mi vecino redunda en mi interés. Si mi vecino tiene un problema, el problema es mío también. Si no me preocupo por mi vecino, más me vale preocuparme por mí. Porque en un mundo interconectado como el nuestro, el único modo eficaz de cuidarme es cuidar de los otros. La solidaridad es el nuevo egoísmo.

Tercero: se necesitan, con urgencia, soluciones globales coordinadas, y esto demanda invertir en las organizaciones multilaterales internacionales. Pensar que a una crisis como esta se le puede dar una respuesta eficaz con medidas de nivel nacional es lo que en Italia llamamos «tratar de vaciar el mar con una cuchara»: trabajar mucho y no conseguir nada.

La eficacia de la respuesta depende de un esfuerzo sistemático y coordinado en el nivel global, con un nivel adecuado de inversión política y financiera colectiva en la estructura multilateral internacional necesaria para hacer un seguimiento de los hechos, darles respuesta y evitar que empeoren. Destruir la credibilidad y la capacidad de acción de las organizaciones internacionales es restarles eficacia para cuando las necesitemos, y seremos nosotros los que pagaremos el costo.

Cuarto: la toma de decisiones políticas basada en la ciencia es el único camino racional y útil. La evidencia científica es el único punto de referencia confiable que tenemos. Felizmente llevamos miles de años invirtiendo en ciencia, en todo el mundo, en todas las civilizaciones, y por muy sabias razones. Cualquier desviación respecto de la decisión basada en la evidencia científica, por motivos políticos o económicos cortoplacistas, es lisa y llanamente peligrosa.

Quinto: la salud es un bien público. No es algo meramente privado. Es una cuestión de seguridad nacional (incluso internacional) y de prosperidad económica. Como tal, demanda un nivel adecuado y sostenido de inversión pública y una idea colectiva de responsabilidad, cuyo ejercicio es tarea de todos y cada uno de los ciudadanos. Evitar el contagio no es sólo un imperativo individual del que depende la propia vida, sino también un aporte esencial a la supervivencia de las comunidades y al funcionamiento de los servicios de salud pública y en última instancia del Estado.

Sexto: la economía global necesita que las personas estén sanas. Invertir en salud pública, ciencia e investigación es invertir en la prosperidad de las economías en todo el mundo. La producción, el consumo, el comercio y los servicios (la base del sistema económico) dependen de la salud y seguridad de las personas. ¡Es la economía, estúpido!

Séptimo: el buen funcionamiento de las instituciones democráticas es literalmente cuestión de vida o muerte. No nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que corremos riesgo de perderlo. En tiempos de crisis, el funcionamiento (o la falta de funcionamiento) de los mecanismos de toma de decisiones es la prueba definitiva. Si a la democracia se la ve como un lastre que frena o incluso impide la implementación de medidas rápidas y eficaces, cobrará fuerza el argumento a favor de sistemas de gobernanza más autoritarios, con todas las consecuencias negativas que eso tendrá para nuestros derechos y libertades. Hacer que las instituciones democráticas funcionen es invertir en salud, en seguridad y en nuestras libertades y derechos.

Finalmente, pero no menos importante: nada es más preciado, más valioso que la vida. A veces lo olvidamos, especialmente cuando es nuestra propia vida la que está en juego. Es simple sentido común: tal vez sea hora de volver a las bases.

Toda crisis puede usarse como una oportunidad para aprender de los errores del pasado, modificar políticas, cambiar de rumbo y corregir falencias que incluso nos negábamos a aceptar que existieran. Depende de decisiones que tomarán personas de todo el mundo, empezando por las que tienen responsabilidades institucionales y políticas, pero en definitiva, son decisiones que tendremos que tomar todos. ¿Usaremos esta crisis para obtener ganancias individuales inmediatas, con el habitual juego de buscar culpables, o será un llamado de atención? No es idealismo, es puro realismo.

Traducción: Esteban Flamini

17 de marzo 2020

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/covid19-pandemic-makes-shor...

 5 min


Antonio Di Giampaolo

La aritmética de la pandemia (3)

Hace apenas unos día China celebraba que había finalmente logrado contener la expansión del nuevo coronavirus y el gobierno reportó que no había registrado ningún nuevo caso de pacientes infectados en la ciudad de Wuhan “zona 0” de la pandemia. Esa misma tarde Delcy Rodríguez, al frente de la comisión presidencial, anunciaba al país que no había registro de nuevos casos de pacientes afectados con el COVID-19, la noticia que sin duda fue motivo de alegría para muchos, se convirtió también en tema de suspicacia y discordia para otros.

Las dudas razonables podrían tener asidero en que el mismo gobierno que anunciaba que la pandemia en su territorio estaba cediendo fue el que amedrentó y persiguió al valiente galeno Li Wenliang quien alertara sobre el caso, en diciembre desde un hospital en que laboraba en Wuhan, y que terminó falleciendo víctima de la enfermedad que había detectado. Aquí, entre tanto, el gobierno que niega la existencia de presos políticos, ha desestimado las cifras de la diáspora de venezolanos por el mundo, ha escondido las cifras del BCV y suspendido los reportes del boletín epidemiológico del Ministerio del Poder Popular para la Salud asegura, en el tercer día de cuarentena, que afortunadamente no había casos nuevos que reportar.

La verdad es que la pandemia ha causado estragos en el globo terráqueo. A la fecha más de 150 países, en los cinco continentes del planeta, admiten casos graves, severos, moderados o leves. Van más de 11 mil muertos, millares de pacientes hospitalizados o confinados en sus hogares, y millones de personas sometidas a cuarentena. La cotidianidad de la vida está cambiando a un ritmo vertiginoso como el virus mismo. Hay actividades escolares y académicas suspendidas, negocios y establecimientos comerciales han cerrados sus puertas. Hay gente angustiada por sus puestos de trabajo. Las oficinas públicas no esenciales han cesado operaciones. La banca y las empresas aseguradoras registran pérdidas. Los mercados bursátiles se han deprimido y las firmas financieras acusan la recesión global.

Sorprendieron las imágenes de personas desvaneciéndose por las calles de Wuhan. Causó angustia el dramático video del actor italiano Luca Franzese junto a la hermana en su lecho de muerte de su casa de Nápoles. Conmovió la triste entrevista al joven paciente madrileño Luis Daniel recluido en una habitación de hospital en su batalla campal contra sus patologías agravadas por el coronavirus Covid-19. Las complejas estadísticas y las frías matemáticas, que en la práctica constituyen la aritmética de la pandemia, no logran mostrar en su justa dimensión la tragedia a la que asiste la comunidad internacional. ¡Amanecerá y veremos!

La polémica por la ayuda humanitaria (4)

En días pasados Nicolás Maduro Moros dirigió una carta al denostado Fondo Monetario Internacional solicitando asistencia financiera por el orden de cinco mil millones de dólares para hacer frente a la pandemia del coronavirus al tiempo que se anunciada el arribo de un contingente de médicos cubanos y materiales e insumos procedentes de China para enfrentar la contingencia sanitaria. Entretanto Juan Guaidó Márquez exige el ingreso de la ayuda humanitaria dispuesta para Venezuela por la comunidad internacional, crea un comité de expertos de las sociedades médicas y las universidades para monitorear la situación de la pandemia e instruye la adopción de medidas preventivas en las comunidades para enfrentar la emergencia.

A pesar de que en Venezuela, desde hace varios años se habla de la necesidad implementar un canal humanitario para la asistencia a las personas más vulnerables no fue sino hasta el año pasado que el gobierno admitió la necesidad requerir la ayuda humanitaria a través de la Cruz Roja Internacional. Representantes de Organizaciones no Gubernamentales, líderes sociales y dirigente políticos han argumentado que la colectividad, por si sola, no puede hacer frente a las carencias alimentarias, la escasez de medicamentos o las precarias condiciones asistenciales, y que las acciones gubernamentales son insuficientes, incorrectas o ineficaces para subsanar esos problemas.

El gobierno alega que la guerra económica es la responsable de la crisis que padece la sociedad venezolana. La verdad sea dicha, los reclamos de los pacientes con VIH en Mérida, las sempiternas colas para abastecer de combustible en San Cristóbal, el calvario que padecen los maracuchos con las interrupciones periódicas del servicio de energía eléctrica, los padecimientos de los habitantes de La Petare por la escases de agua, las penurias de la gente de San Félix con el gas doméstico o los reclamos por el precario transporte público en Cumaná, por citar unos pocos ejemplos no empezaron con la aplicación de las llamadas sanciones unilaterales. Las expropiaciones, la aplicación de medidas fiscales, monetarias y cambiarias que provocaron distorsiones económicas, la corrupción y el clientelismo político han sido caldo de cultivo para la situación que hoy vivimos, y que se ha agravado por efecto de las sanciones de carácter económico y de naturaleza política.

Así las cosas, ante la pandemia el tema de la ayuda humanitaria cobra una importancia vital. Más allá de la diatriba política hay algunas cosas en las cuales debe haber coincidencia. Es fundamental la implementación de campañas educativas a la población. Resulta indispensable la disponibilidad de materiales de bioseguridad para el personal de salud que está en la primera línea de batalla contra el virus. La dotación regular de agua y el suministro seguro de energía eléctrica en los centros asistenciales debe ser una prioridad. La existencia de kits de detección, medicamentos para los tratamientos y la habilitación de unidades de terapia intensiva en hospitales son indispensables. Se requiere una dosis de sentido común ante la emergencia.

¡Amanecerá y veremos!

@ADIGIAMPAOLO

#CronicasdeCuarentena

 4 min


Para decirlo de un modo breve y simple: lo político es lo antagónico.

Por cierto, no todos los antagonismos son políticos. Para que lo sean deben ser públicos, con representantes y representados, con debates y con polémicas. Pero a la vez- y ese es el punto- no hay política sin antagonismo. En esa premisa - desde Carl von Clausewitz, Carl Schmitt, Max Weber, Hannah Arendt, Jacques Ranciere, Claude Le Fort, Ernesto Laclau, y otros líderes de la filosofía política moderna - hay un común acuerdo. La política no puede existir más allá de sus antagonismos.

La política, lo sabemos todos, es hija natural de la guerra. Es el medio que inventamos para no matarnos unos con otros y así dirimir nuestros antagonismos de modo gramático. Eso no quiere decir que la guerra sea absolutamente diferente a la política. En tanto hija de la guerra, la política conserva muchos de los rasgos y facciones de su madre.

Desde el fondo de la guerra fueron gestados los genes de la política, observación muy pertinente de Immanuel Kant quién vio en el “alto al fuego”, o armisticio, la posibilidad de emergencia de la política. Caminando un paso más allá de Kant, la política podría ser entendida como un largo armisticio entre bandos enemigos. Un armisticio irregular y prolongado. Y si se quiere agregar: institucionalizado y, en en los mejores casos, constitucionalizado. Por eso, al igual que en la guerra, la política, para existir, necesita de la representación.

En la guerra (interna o externa) nos representan los soldados. En la política, los políticos. Son los portaestandartes de nuestros intereses y pasiones (A. O.Hirschman) pero también de nuestros ideales y visiones, extendidas sobre ese campo cruzado por líneas divisorias donde las diferentes partes luchan entre sí en busca de mayores espacios de poder. Eso quiere decir, la unidad en la política siempre se gesta en contra de algo. Ello presupone la previa existencia de ese “algo”. Después, solo después, viene la unidad. Pues ese “algo” es el agente que obliga a buscar amistades políticas, nunca al revés.

La política proviene de la enemistad, no de la amistad. De la presencia amenazante del enemigo político, ese que quiere ocupar el poder que yo quiero tener. La política es “lucha por el poder” (Weber). De tal manera que, como en el amor, en la política se necesitan por lo menos dos. Sin enemigo político constitutivo, no puede haber política.

¿Y si el enemigo no es político? Entonces la política es imposible. En ese caso estamos frente al escenario de guerra o frente a un momento de suspensión de la política. Puede ser por revueltas internas, o por catástrofes naturales, o como ahora está sucediendo, por un coronavirus de carácter global. En breve, y como el término lo indica, por un “estado de excepción” llamado en este momento a ejercer su soberanía (si quiere diga primacía o hegemonía) por sobre las demás instancias de la vida humana.

Emmanuel Macron comparaba al estado de excepción provocado por la amenaza del coronarvirus con una guerra. La analogía es válida solo hasta cierto punto. En el caso de una guerra sabemos perfectamente quien es el enemigo. Conocemos sus intenciones. Sabemos, por ejemplo, que ese enemigo intenta destruirnos. Pero a la vez, como miembros de una nación o de un grupo de naciones, sabemos también que ese enemigo es “nuestro enemigo” y al decir “nuestro” entendemos que de algún modo ese enemigo nos pertenece. Es un enemigo de nosotros pero no de todos. Muy diferente al Covid- 19 qué sí es enemigo de todos, uno que nos constituye como sus enemigos no como pertenecientes a una nación o a un pueblo, sino como miembros de la especie humana. Es fin, Covid 19 es lo que nunca puede haber ni en la guerra ni en la política: un enemigo absoluto y total. Su razón de ser es bio- lógica. Su lógica destructiva apunta a nuestra propia existencia como seres genéricos, habitantes de un mismo planeta.

Ni siquiera un ataque de los marcianos podría ser tan radical como coronavirus. Por lo menos en ese caso sabríamos que los marcianos vienen del exterior, son extraterrestres. Los virus del coronario en cambio son inter-terrestres. Proviene de las tinieblas más oscuras de la historia humana. Y sin embargo, o quizás por eso mismo, están “vivos”, tienen vida, son criaturas de la naturaleza. De este modo, y dicho sin ningún dramatismo, la que estamos viviendo sería una lucha de nosotros en nosotros. Entre la vida y la muerte de cada uno.

En otras palabras, el coronavirus no es un enemigo antagónico sino agónico. Cabe precisar la diferencia: el antagonismo es oposición de dos contrarios. El agonismo, en cambio, es la lucha del ser en contra de la muerte. Covid-19 no se antepone a nuestra existencia como es el caso del enemigo político o militar. Simplemente la niega. Es el enemigo radical y, a la vez, el enemigo total.

No cerremos los ojos. Si las cifras continúan su ritmo ascendente, todos seremos Italia. La guerra no declarada del coronavirus está recién comenzando. Todavía no tenemos armas (vacunas) para enfrentarlo. Mientras eso no ocurra, la lucha solo puede ser defensiva. Estamos en la fase -para decirlo en términos militares- del “repliegue táctico” el que, para que sea posible, debe ser llevado a cabo de modo muy ordenado. De ahí que los actores en la lucha en contra del coronavirus deben ser en primera línea los estados y luego los gobiernos que los representan, en estrecha articulación con la ciudadanía de cada nación. De lo que se trata por ahora no es es de derrotar al virus sino de entorpecer su marcha, de hacerla lenta y no fulminante, de impedir que se cuele en nuestros ojos, narices y manos, de “ganar tiempo", como dijo Angela Merkel.

No importa quien represente al estado. No todos los gobernantes son respetados por sus pueblos. Muchos de ellos están sumidos en crisis sociales y económicas que no pueden controlar. Los hay legítimos e ilegítimos, dictatoriales y democráticos, inteligentes y estúpidos, e incluso racistas. Como bien escribió Paul Krugman en un reciente artículo. “Uno entra en una pandemia con el presidente que tiene, no con el presidente que desearía tener”.

Quiso decir Krugman, este no es el momento del antagonismo político. El mismo coronavirus se ha encargado de demostrarlo al obligar a los gobiernos a desactivar los dispositivos políticos de cada nación. Todas las formas de representación, incluyendo la parlamentaria, han sido suspendidas. Con mayor razón las de auto representación o protesta, cuyo escenario son las calles. Y sin parlamentos y calles - convengamos al menos en eso - no puede haber práctica política.

La política, por supuesto, bajo las condiciones expuestas no desaparece, pero sí, ha de ponerse al servicio de la lucha por la existencia. Sobre todo bajo regímenes autoritarios o simplemente dictatoriales, sin posibilidades electorales a corto plazo, surge, además, otra forma política. Llámémosla, política de vigilancia. Se trata en este caso de exigir a los gobiernos melagómanos que mantengan la hegemonía de la lucha existencial por sobre la política, que no usen la primera para aumentar su poder fáctico sobre los cuerpos ciudadanos, que no utilicen la tregua sino explícita, tácita, que nos vemos obligados a asumir, que en fin no actúen como aliados objetivos de Covid-19.

Ya llegará la hora de regresar a la vida política tal como la conocemos. Esa será también la hora de pedir cuentas a esos políticos, sean de gobierno o de oposición, que intentaron capitalizar la crisis existencial que vive la humanidad en función de mezquinos intereses de poder local. Por ahora solo cabe denunciarlos ante la opinión pública internacional cuando las transgresiones son evidentes y notorias.

El momento no es político sino existencial. Reconocer la radical particularidad de ese momento es también parte del saber político.

22 de marzo 2020

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2020/03/fernando-mires-de-la-lucha-poli...(POLIS)

 6 min


Maxim Ross

No se si una de las lecciones que va a quedar de esta terrible pandemia, terrible de verdad por los destrozos que viene causando, sea como queda la sociedad civil, frente a una situación como esta y lo digo porque, como bien señala N. Harari[1] en su reciente comentario hay dos maneras de enfocar esta crisis, así como otras de similar envergadura. La vía, diría, “vertical” que él llama “vigilancia totalitaria” y que supone la actuación casi única del poder público y la otra, que llamaría “horizontal” es el “empoderamiento de los ciudadanos”

Es a esta a la que me quiero referir para el caso venezolano, con rasgos muy peculiares a la hora de enfocar el problema, pues, como bien explica el autor una de ellas tiene un alto componente arbitrario, de vigilancia y control social, característico de estos regímenes y la otra, por lo contrario, dibuja un amplio funcionamiento de la democracia, pero mas que todo, un rol prominente de la sociedad civil, cuestión que, en nuestro caso deja mucho que desear.

Una cosa es oír ese retorico y sistemático mensaje de quienes están en el poder de que esta crisis se resuelve con “unidad de mando”, “todo el poder del Estado” y con la “unión cívico-militar” para defender al “pueblo” del mal que nos acoge y otra cosa seria construir una presencia significativa y preponderante de nuestra sociedad civil, representada por la articulación de todos los afectados, pues no es lo mismo el llamado de los médicos, de las enfermeras a exigir transparencia en la información o a los cuidos que deben seguirse para evitar el contagio, no es lo mismo decía, que la sociedad civil venezolana tenga la capacidad de vigilancia y control, pues es ella en definitiva, representada en hospitales, clínicas, centros de abastecimiento, etc. las que realmente tienen las soluciones en sus manos.

Siguiendo el planteamiento de Harari, suena mucho mas pertinente el llamado a un empoderamiento de nuestra sociedad civil organizada, cuando existen dudas acerca de la capacidad gubernamental para atacar el tema, de la veracidad de la información y, en especial, al uso político que pueda darle.

En otro momento, menos crítico y dramático, hemos hecho un llamado a la creación de una Plataforma Civil o Cívica de nuestra sociedad civil, siendo que ahora podría ser mas imperativo intentar poner en práctica una propuesta en esa dirección.[2]

[1] “Las dos opciones más importantes son entre vigilancia totalitaria vs empoderamiento de los ciudadanos y entre aislamiento nacionalista o solidaridad global. Nota publicada en el Financial Times s/f por Noah Harari, el historiador israelí autor de Sapiens y Homo Deus.

[2] Ver artículos anteriores: “Propuesta de una Plataforma Civil para la sociedad venezolana”

 2 min


Antonio Di Giampaolo

Crónicas de cuarentena

Han transcurrido varios días desde el anuncio presidencial sobre la declaratoria de Estado de Alarma a propósito de la pandemia desatada por el coronavirus Covid-19. A través de los medios de comunicación vimos a Nicolas Maduro Moros firmar el decreto, mientras explicaba la necesidad de adoptar medidas severas y urgentes, para contener la propagación del virus mediante la estrategia del distanciamiento social y la restricción de actividades públicas y privadas, además de recomendar a la población la adopción de medidas sanitarias emanadas de la Organización Mundial de la Salud.

A partir de entonces, en medio de la emergencia, varios Gobernadores y Alcaldes de diversas regiones y localidades han decretado y publicado regulaciones que afectan el libre tránsito y suspenden libertades que implican restricciones a normal desenvolvimiento de la vida ciudadana. Resulta pues evidente, notorio, público y comunicacional que han sido puestas en práctica normativas que afectan temporalmente garantías constitucionales. En términos formales y legales, para su efectiva validez, el decreto presidencial además de ser publicado en la Gaceta Oficial, debe contar con la aprobación de la Asamblea Nacional y considerado por el Tribunal Supremo de Justicia.

Según la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999, el decreto de Estado De Excepción en la tipología de “Alarma” podrá restringir hasta por un lapso de treinta días y eventualmente una prórroga igual de las garantías constitucionales, salvo las referidas al derecho a la vida, el debido proceso, la prohibición de incomunicación y tortura, el derecho a la información. En medio de la circunstancia especial puede limitarse y restringirse el Derecho al Trabajo, a la Educación, la libertad económica y la propiedad privada, la libertad de reunión y asociación, el Derecho de Manifestación, la inviolabilidad del hogar y de las comunicaciones entre otros preceptos legales.

La Constitución establece que la declaratoria de Estado de Excepción no interrumpe el funcionamiento de los órganos del Poder Público. No podía prever el constituyente de 1999 que la confrontación política nos arrastraría a la anarquía, que en la práctica supone no solo las presidencias en pugna, sino la diversidad de organismos legislativos y judiciales. Aun en eventuales condiciones de regularidad institucional la pandemia afectaría la impostergable sesión de la Asamblea Nacional y también la operatividad de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia. Ante tales circunstancias, se impondría superar el conflicto político, lo cual luce insalvable, y emplear los recursos de la telemática para enfrentar la expansión de la crisis que se nos avecina.

¡Amanecerá y veremos!

@ADIGIAMPAOLO

 2 min


I.

El Coravirus se nos volvió pandemia y tiene tomado al planeta. Se dice que no ha habido desde la Segunda Guerra Mundial nada que haya generado tal sensación de vulnerabilidad en el mundo. En este caso en lo más básico, la salud, pero con secuelas graves en todas las esferas de la vida humana, de manera particular en la economía.

Se trata de un espécimen microscópico del que los científicos confiesan no saber todo lo que hay que saber, cuya vacuna no pareciera estar, a pesar de ciertos anuncios, a la vuelta de la esquina y que ha puesto en jaque a un mundo muy desacomodado, necesitado de una revisión a fondo.

II.

La crisis que ha desatado su aparición ha puesto de manifiesto las carencias de nuestro sistema de gobernanza global, en manos de instituciones que, empezando por la mismísima ONU, fueron concebidas hace varias décadas para un mundo que se parece cada vez menos al que va siendo en estos tiempos. No debe sorprender, entonces, que hayan fracasado en solucionar o, al menos paliar, problemas de dimensiones planetarias como el cambio climático, las migraciones, el terrorismo transnacional, el narcotráfico, los diversos conflictos bélicos o los ataques cibernéticos, problemas, entre otros, que solo se pueden resolver mediante acuerdos colectivos y compromisos de obligatorio cumplimiento.

No olvidemos a propósito de lo anterior, las transformaciones aceleradas y profundas originadas gracias a un conjunto de tecnologías, catalogadas como “disruptivas”, que le dan forma a la denominada Cuarta Revolución Industrial y han abierto la posibilidad de la integración de lo físico, lo biológico y lo digital. Las mismas impactan radicalmente la vida humana en todo el mundo, asomando alteraciones en el modo en que nacemos, vivimos, nos relacionamos, aprendemos, trabajamos, producimos, consumimos y hasta como rezamos, soñamos y morimos, dando motivo a una intensa polémica alrededor advenimiento de lo que se ha denominado el transhumanismo, que ya empieza a ser visible desde los desarrollos que se desprenden de la bioingeniería y de la inteligencia artificial.

En suma, el sistema internacional se ha vuelto crecientemente complejo, con innumerables actores locales, regionales y globales operando en un contexto de conectividad instantánea, marcado por una creciente interdependencia, que urge, desde luego, la transformación en la concepción de los Estado Nacional, en su formato, en sus modos, en sus competencias y en sus áreas de desempeño, a fin de acoplarlo a las nuevas realidades del Siglo XXI.

Existe, pues, un enorme y peligroso déficit en cuanto al armado institucional que fundamente la gobernanza global, como única vía de solventar los profundos desacomodos que sacuden hasta el último rincón del planeta.

III.

Ojalá que este bichito que, según nos cuentan, aunque quien sabe, se escapó de un laboratorio, nos obligue a reconocer que atravesamos por una crisis mundial severa que recorre todas las estructuras - sociales, económicas, políticas, culturales, institucionales … -, que nos hemos dado los humanos para vivir en la tierra.

En este sentido cabe destacar la falta de guiones que permitan la comprensión, la valoración y la regulación de lo que está ocurriendo. Se precisa elaborar los códigos requeridos para descifrar transformaciones de fondo que se suceden muy rápidamente, así como para trazar los mapas normativos (legales y éticos) que se requieren para desenvolverse con respecto a ellas.

Hay que ir pensando, entonces, en la creación de otro mundo para más de siete mil millones de terrícolas, cuya convivencia transcurra de un modo distinto, de acuerdo a otros valores y reconociendo que pertenecemos a una misma especie que, como argumenta, entre otros, el Profesor Jeremy Rifkin a propósito del cambio climático, no es equivocado definirla como una “especie en extinción”.

HARINA DEL MISMO COSTAL

Me uno a las miles de voces sensatas que reclaman la unidad de esfuerzos para atender un problema grave, como el que representa la presencia en nuestro país del coronavirus, pues como se sabe este bichito no sabe de ideologías ni enferma a la gente atendiendo a los criterios de la polarización política nacional.

El Nacional, miércoles 18 de marzo de 2020

 3 min