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Opinión

Mariza Bafile

Mueren solas. A veces sus cuerpos y almas ya están marcados por cicatrices viejas dejadas por golpes y maltratos. Su culpa es amar demasiado, amar a la persona equivocada, nacer en la casa equivocada, o tener una sonrisa abierta y la inocencia de quien no se imagina el mal. Son mujeres, en su mayoría jóvenes, a veces niñas o apenas adolescentes. Sufren y mueren víctimas de una mentalidad machista, paternalista, enraizada hasta en los países que parecieran más democráticos y avanzados. Sociedades en las cuales el cuerpo de la mujer es considerado territorio de conquista, un bien común. De él deciden la familia, el esposo, las religiones.

A pesar de todo, la mujer sigue amando, sigue confiando, sigue culpándose.

Desde que empezó el año, en América Latina, hubo más de 280 femicidios. Seguramente más porque en muchos casos y en varios países no los tipifican de esa manera y por lo tanto quedan fuera de las estadísticas.

Desde enero hasta finales de mayo, solamente en Argentina, 133 mujeres fueron víctimas del odio. Murieron por el simple y sencillo hecho de ser mujer. Estamos hablando de un asesinato cada casi 27 horas, una cifra mayor de la que denuncia en su documental Cada 30 horas, la cineasta argentina Alejandra Perdomo.

Invitada a participar en el Congreso Latinoamericano LASA que se desarrolló en Boston, Perdomo vino a Nueva York para presentar su trabajo también en el Consulado General de Argentina. La acompañaba Jimena Adúriz, mamá de Ángeles Rawson, Mumi, como le decían en casa, una joven de 16 años quien fue al gimnasio y nunca regresó con vida. Fue asesinada, tras un intento de violación, por el portero, una persona de extrema confianza quien trabajaba en ese edificio desde hace 11 años y conocía a Ángeles desde que tenía cinco. El cuerpo fue encontrado, por simple casualidad, en una bolsa de basura en una planta de reciclaje manual. Si, como esperaba el asesino, hubiese ido a un reciclaje mecánico ese cuerpo hubiera desaparecido para siempre.

La muerte de Ángeles fue como la gota que rebosó el vaso. Tras tantas violencias, tantos homicidios, tanto dolor, la indignación desbordó y nació el movimiento Ni una menos. Una consigna que en los años se ha transformado en un grito internacional contra la violencia de género.

Jimena Adúriz, con entereza admirable y un dolor silencioso, palpable, que queda intacto y, como confesó ella misma, “a veces brota con la violencia de una erupción porque esos duelos no los mitiga el tiempo”, se dedica hoy a ayudar a otras mujeres víctimas de violencia, a tratar de evitar que más familias pasen por su misma tragedia y a trabajar con el Ministerio de Justicia para que esos delitos no queden impunes. Su lucha no ha sido en vano. En estos años, desde la muerte de su hija en 2013, hasta hoy, ha creado, junto con otros, el grupo Para que No te Pase, primer paso hacia la constitución de una Ley de Víctimas con la cual se logró, por primera vez, que se asegurara la protección integral de las víctimas. Actualmente Adúriz forma parte del Observatorio de Ley de Víctimas que tiene como objetivo controlar la aplicación de la ley y ofrecer ayuda en cada una de las etapas del juicio.

Es un rol mucho más importante de lo que cualquiera pudiera imaginar. Los delitos contra las mujeres, que hasta hace poco todavía eran considerados delitos pasionales, pocas veces logran la justicia que merecen. Casi nunca hay leyes ad hoc, ni los jueces, hombres y mujeres, ni los policías, están entrenados para hacerles frente y, a pesar de las denuncias, todavía es difícil evitar la reincidencia de la violencia. En la mayoría de los casos las mujeres y sus familias están solas. Y, peor todavía, cada vez que la víctima es una mujer, una parte de la sociedad y muchos medios amarillistas prefieren apuntar el dedo contra ella en lugar de hacerlo contra el asesino. Critican su manera de vestir, su modo de andar, si estaba sola de noche o había viajado sin compañía.

Las mismas mujeres, educadas con esa mentalidad, la aceptan y perpetúan. A veces empiezan a permitir pequeñas humillaciones desde sus primeros amores. No imaginan cuán invisible pueda resultar la frontera entre un insulto, una leve bofetada, y los maltratos más graves. Confunden los celos con el amor y no son capaces de poner límites a un control que se vuelve cada día más opresivo hasta volverse violento y muchas veces mortal.

El “no” de una mujer sigue siendo para muchos una palabra vacía y sin valor.

Las estadísticas indican también que, en muchos casos, los violadores fueron ellos mismos víctimas de violencia en su niñez. Para cortar ese círculo perverso, la sociedad debería prever una asistencia psicológica que permitiera, en lo posible, evitar que de adultos transformen su dolor en más dolor.

No hay diferencias de clase social ni de educación para la violencia de género aunque muchas veces las mujeres de clase media y media alta no denuncian por vergüenza o sencillamente porque temen al esposo maltratador conscientes de sus conexiones y poder.

Pensar que la violencia es algo que no nos concierne a todos es un error de enorme magnitud. Ese peligro está al acecho, siempre. La única manera de limitarlo es uniéndonos, trabajando como si todos fuéramos unas víctimas. Hay que denunciar, explicar, educar. En las casas, en las escuelas, en las Universidades, en cualquier espacio cultural. Las mujeres, los niños y las niñas, deben saber como defenderse, como anticipar lo peor y, si ya son víctimas, deben sentir que no están solos.

Valioso, realmente muy valioso es el trabajo que realizó la directora Alejandra Perdomo con el documental Cada 30 horas, que da una voz y un rostro a tantas víctimas y a sus familias.

Y aún más admirable es la lucha de personas como Jimena Adúriz, quien al transformar su dolor en activismo y su desespero en lucha, logró marcar una gran diferencia, un antes y un después. Escuchar de sus labios no solamente la narración de la tragedia que comporta la pérdida de una hija a manos de un violador y un asesino, sino todo lo que significa enfrentar el proceso, las calumnias machistas de una parte de la sociedad que vuelca sobre la víctima una curiosidad morbosa alimentada por la prensa amarillista y de un sistema judicial que no siempre termina con una condena justa, nos permitió conocer muchas facetas de una misma desgracia. Jimena nos dio la posibilidad de vivir junto con ella el desgarro de padres, abuelos, hermanos, obligados a mirar en la cara al asesino quien ensució con sus manos el cuerpo adolescente y lleno de vida de una joven. Pudimos sentir en nuestra propia alma la indignación que vivieron al escuchar sus declaraciones de inocencia a pesar de las pruebas abrumadoras de ADN en su contra.

Adúriz ha logrado, con su determinación y fuerza, evitar que Ángeles se transformara en un mero número de estadística. Ella emprendió esta lucha para sobrevivir a un dolor que mata, para evitar que su hija se convierta en un “caso”, sin nombre, sin rostro. La protege día tras día de otras violaciones, de otras muertes.

Cuando Ángeles cumplió 15 años pidió como regalo venir a Nueva York con su mamá cuando llegara a los 18. No lo logró.

Viajaron su madre y su abuela, para recordarla, para que nadie la olvide, para ser su voz. Para que ese Ni una menos se transforme en una consigna compartida, en una lucha de todos. Porque nadie está a salvo de la violencia.

Solo juntos podremos evitar que una mujer sufra y muera por el simple hecho de ser mujer.

@MBAFILE

Junio 3, 2019

Viceversa

https://www.viceversa-mag.com/causa-de-la-muerte-ser-mujer/

 6 min


Los resultados electorales no son siempre idénticos a los resultados políticos. Mientras los primeros atienden a los votos obtenidos por partidos o bloques, los segundos tienen que ver con las perspectivas que surgen hacia el futuro inmediato. Incluso, uno de esos resultados políticos tuvo lugar antes de que fuesen dados a conocer los resultados de las elecciones europeas, versión 2019. Me refiero a la notable alza de participación (51%) Ahora bien, dicha alza fue consecuencia directa de la politización de las elecciones. Hasta el 2019 consideradas como mero trámite formal para designar a funcionarios que cumplían una labor más administrativa que política, el 26-M estuvo caracterizado por dilemas que denotaban un renacimiento de la “pasión política”, expresión tan cara a Antonio Gramnsci. Politización directamente vinculada a un desafío: el lanzado por los movimientos, partidos y gobiernos del populismo-nacional.

POPULISMO NACIONAL (PN)

Populismo nacional: término que exige una explicación pues paulatinamente ha ido imponiéndose por sobre otros (neo-fascistas, ultraderecha, entre varios) para caracterizar a la nueva ola extremista que avanza sobre Europa. Por de pronto, es el que más aceptación ha obtenido en los medios y todos sabemos que cuando los medios imponen un término, es difícil sacarlo por muy errado que sea desde el punto de vista académico. En el caso del Populismo Nacional (de ahora en adelante PN) no es, sin embargo, tan errado. Populismo, porque todas sus representaciones se refieren al “pueblo” como sujeto histórico. Nacional, porque todos establecen una relación directa entre pueblo y nación (a cada pueblo una nación a cada nación un pueblo) articulados ambos por sus respectivos estados nacionales.

El pueblo del PN a diferencias del pueblo biológico fascista, del pueblo social de los comunistas y del pueblo político de los liberales, es el pueblo de las tradiciones arcaicas formadas sobre la base de la hegemonía de lo religioso por sobre lo político, punto que une al PN con el conservadurismo mas tradicional. Pero a la vez, y ese es el punto que hace la diferencia, los PN se consideran revolucionarios, vale decir, portadores de un futuro mesiánico: de una nueva Europa: la Europa de las naciones. Por eso han declarado la guerra política a la llamada democracia liberal, cosmopolita v post-moderna. En algún sentido estamos asistiendo a una rebelión de la pre-modernidad en contra de la post- modernidad.

LOS VENCEDORES

Los defensores de la democracia liberal, o sea, de la democracia tal cual la conocemos, sintieron el desafío a flor de piel antes aún de que lo reconocieran sus partidos políticos y decidieron usar el arma del voto para detener la amenaza que se cernía, no solo sobre la UE sino sobre el orden democrático que nos protege. Ahora bien, este hecho altera de por sí los procedimientos evaluativos. Pues mientras antes atendíamos a los resultados de cada partido, hoy lo primero que preguntamos es quienes vencieron: si los enemigos de la UE o los partidarios de la UE.

Matemáticamente vencieron los partidarios de la UE, no hay duda. Hecho numéricamente certificado. Desde el punto de vista político, en cambio, no ha sido así. Los PN no obtuvieron el tercio que esperaban, pero un 25% de los escaños, léase 172 representantes enemigos de la UE dentro de la UE, dista de ser poca cosa. Si a ello agregamos una tendencia de crecimiento en países donde tenían poca representación como en los países escandinavos, hemos de convenir que los PN aún se encuentran lejos de alcanzar el techo de su ascenso.

Más allá de lo cuantitativo los mayores éxitos del PN han sido cualitativos. En efecto, los PN, a diferencia de sus contrincantes, muy fraccionados entre sí (conservadores, liberales, socialistas) constituyen una unidad ideológica y políticamente compacta. Todos comparten el mismo credo “anti-liberal”. Todos -pese a declararse nacionalistas- aceptan una hegemonía que proviene desde fuera de la “Europa clásica”: de la Rusia de Putin y su proyecto euro-asiático. Todos defienden el principio de la democracia no-parlamentaria. Todos siguen a un máximo líder, llámese Wilders, Le Pen, Farage, Gaudan, Orban, Kaczystski y antes que nadie, Matteo Salvini quien, después de haber sobrepasado al populismo “de izquierda” de las 5 Estrellas, pugna, como si fuera un nuevo Duce, por alcanzar las dimensiones de un líder de líderes. Al menos Orban ya lo ungió. Textual dijo: “nuestro modelo ya no es Austria sino Italia”.

Algunas victorias locales del PN fueron, claro está, relativas. La de Reagrupación Nacional de Le Pen por sobre el En Marcha de Macron, por ejemplo. Si bien la Le Pen sobrepasó por un punto a Macron, descendió con respecto a las elecciones del 2017 en más de 2,5 millones de votos. Eso significa que pese a ser el partido mayoritario de la nación el lepenismo, a diferencia del salvinismo, no ha logrado crear una relación de alianza con otras fuerzas políticas por lo que seguirá condenado a ser el eterno perdedor de las segundas vueltas. Como sea, la irrupción del PN ha logrado dos innegables éxitos: el primero, derrotar tanto a las izquierdas socialdemócratas como a las más extremas. El segundo, producir un notorio encogimiento de la franja centrista. Hechos tan importantes que obligan a tratarlos por separado.

LOS PERDEDORES

Si bien en algunos países los socialdemócratas mantuvieron e incluso aumentaron levemente su votación (Holanda, Suecia, Rumania, Portugal) en otros su descenso fue enorme. En Grecia están al borde de la extinción. Lo mismo sucede en Francia. Sin embargo, la caída más dramática ocurrió en el país donde nació la madre de todas las socialdemocracias del mundo: Alemania. Ya nos ocuparemos de ese tema. Solo en la España de Sánchez los socialistas, después de haber sobrepasado una fase de estancación, crecen y crecen sin parar. ¿Cómo entender tal fenómeno sin recurrir al cliché de la tozudez hispana?

Sin duda, una razón es el propio Pedro Sánchez. Es definitivamente un animal político. Sabe donde están las fuentes del poder y a ellas recurre sin escrúpulos. Puede pactar sin problemas con dios y con el diablo, e incluso con lo impactables, los nacionalistas catalanes y vascos. No está sujeto a ninguna ideología o credo. Frente al poder todo está permitido, parece ser su divisa.

Pero más allá de la persona de Sánchez, hay dos razones que podríamos denominar de “física-política”. La primera, el aparecimiento repentino de un PN español, el Vox de Santiago Abascal, cuyo efecto inmediato fue enviar votantes asustados por el eventual renacimiento de un post-franquismo, hacia el polo izquierdo. La segunda razón deriva de la “corrida” de Cs desde el centro hacia la derecha, hecho que permitió a Sánchez, además de los de izquierda, ocupar espacios de centro con los cuales no había contado.

Hay quizás una cuarta razón a la que solo me limitaré hoy a enunciar, y no sin cierta timidez: el PSOE no es un partido socialista clásico. A diferencia de sus congéneres europeos no nació de las luchas obreras ni de las fábricas. Incluso fue (re) fundado desde el exterior durante la época de Franco. De tal manera el tránsito de la sociedad industrial hacia la post-industrial no lo vive de modo tan dramático como las democracias del centro y norte europeo. Hipótesis que, con cierto cuidado, podría hacerse extensiva al socialismo portugués. Y hasta aquí la hipótesis. Punto.

El hecho objetivo es que el encogimiento del espectro centrista se extendió más allá de la izquierda democrática y alcanzó a las extremas. Ninguna de las izquierdas con pretensiones de representar alternativas a la socialdemocracia tuvo una perfomance medianamente aceptable. Podemos, la esperanza mayor, obtuvo la peor votación desde su nacimiento. La Francia Insumisa de Melenchon, apenas un 6%, la Linke en Alemania es incapaz de sobrepasar el 5% y las fuerzas gobernantes del griego Alexis Tsipras, experimentaron una derrota catastrófica abriendo espacios para el avance de Aurora Dorada, el facistoide PN helénico.

Más impactante aún que la debacle de las izquierdas polares ha sido el desplazamiento de sus electores. En no pocos casos las migraciones provenientes de esa izquierda han dirigido sus pasos no hacia las socialdemocracias, como solía ocurrir en el pasado reciente, sino hacia a los partidos PN. Hecho por lo demás explicable: todos los partidos PN han robado de las extremas izquierdas determinados fragmentos discursivos: el anti-europeísmo, el anti-norteamericanismo, la lucha en contra de la globalización y, no por último, una admiración sin límites hacia Vladimir Putin, el padre de todas las autocracias del mundo. Si a ello agregamos la xenofobia, siempre latente en los partidos de la antigua izquierda, nos encontramos con el hecho de que los heterogéneos clientes de las izquierdas han encontrado en los PN un nuevo hogar, aún más acogedor que el primero.

LA “OLA VERDE”

Pero hay otro hecho altamente interesante. Solo donde los partidos ecologistas o “verdes” han obtenido una gran votación, el derrame de votos proveniente de las ruinas de las izquierdas hacia los partidos PN ha sido detenido. Y aquí nos encontramos quizás con el fenómeno potencialmente más decisivo de las elecciones del 26-M; nos referimos a la llamada “ola verde”. La más espectacular ocurrió en Alemania. Allí los Verdes se constituyeron con su 21% en un nuevo factor de poder llegando a ser el segundo partido de la nación, relegando a la socialdemocracia a un humillante tercer puesto. Para los conservadores socialcristianos algo muy seductor. Entre la conservación de las tradiciones culturales que ellos proclaman y la conservación de la naturaleza hay, se quiera o no, interesantes convergencias. A nivel comunal y regional cada vez que ha habido coaliciones entre conservadores y verdes estas han funcionado de modo óptimo.

Los Verdes alemanes bajo la conducción de su empático líder Robert Habeck han demostrado un alto grado de profesionalidad política. En cierto modo han asumido en toda su intensidad los desafíos que plantea la sociedad post-industrial. Han, además, captado que los problemas de nuestro tiempo, entre ellos los del medio ambiente, son temas transversales. En ese sentido los Verdes se asumen como un partido transversal y no como un partido “de clase”. Sin abandonar en ningún momento su carta ambientalista de presentación, son mucho más que simples partidos ecologistas. En oposición a los partidos liberales que solo defienden el liberalismo económico, los Verdes han decidido levantarse como el partido de las libertades públicas. Y, como no pocos de sus militantes y dirigentes provienen de alguna izquierda, quieren ser, además, un partido social.

Los augurios son optimistas. Todo habla a favor de un crecimiento continuado de la “ola verde”, toda vez que en diversos países los Verdes ya ocupan un lugar preferencial entre las nuevas generaciones de electores. Después de Alemania, los verdes obtuvieron un 16% en Finlandia, un 15% en Irlanda, un muy importante 13,5% en Francia (algo que Macron no dejará pasar cuando llegue el momento de formar coaliciones anti-lepenistas). En el sur y en el este, en cambio, la presencia verde es más débil.

En síntesis, los partidos Verdes han llegado a ser todo lo contrario de los partidos del PN. El conflicto entre ambos ya está programado.

En términos geométricos, pese, o quizás gracias a su transversalidad política, los Verdes europeos han llegado a la UE a reforzar el disminuido centro político. ¡Bienvenidos sean!

MÁS ALLÁ DEL 26-M

Las líneas de combate después de las elecciones del 26 M ya han sido trazadas: desde un lado avanzan las hordas de los PN, un conglomerado ideológicamente homogéneo repartido en gobiernos, partidos y movimientos. En diversas líneas defensivas los esperan destacamentos de conservadores (populares) y liberales, de socialdemócratas y ecologistas, para librar las batallas que en el futuro tendrán lugar en la Europa política

¿Una reproducción ampliada de las que fueron las guerras entre espartanos y atenienses? Si es así, ojalá esta vez sea la hora de los atenienses.

mayo 31, 2019

POLIS: Política y Cultura

https://polisfmires.blogspot.com/2019/05/fernando-mires-europa-2019-el-d...

 9 min


Carlos Raúl Hernández

La vida humana se rige por esos dos principios antagónicos y según filósofos de la cultura, las notorias diferencias entre sociedades y períodos históricos tal vez se deban al predominio colectivo de alguna sobre la otra. Entre nosotros estamos viviendo desde hace casi treinta años la edad de la ira, la destrucción, Leviatán. Tanto en la política como en la guerra y en cualquier actividad humana, el choque mal resuelto entre las dos fuerzas desgarra al hombre. Colón tenía la razón renacentista, la fuerte convicción de la redondez de la Tierra, pero no hubiera cambiado el mundo sin el fuego interior que lo hizo salir de la comodidad a retar su destino.

Así forcejeó años por hacer posible su alocada expedición, para luego embestirle al infinito mare tenebrosum. Sin pasión habría sido como miles de navegantes innominados que también sabían lo que él. Sócrates no habría inventado el conocimiento sin tentar a la muerte. Nada importante se logra sin voluntad, en una batalla que se da primero en el corazón y señala el destino de cada uno, aunque la cultura y las instituciones fuerzan a controlarla en beneficio de la razón, por lo menos en el dominio público. En el fuero interno la lucha es tan feroz que puede llevar al nirvana o a la destrucción.

Homero las encarna en dos personajes eternos. Aquiles, la violencia, “que soltó chorros de sangre negra”, incapaz de soportar la contradicción, esclavo de la soberbia, aplastante e inderrotable, salvo por su única fragilidad. El talón que simboliza su debilidad por dos seres, Criseida y Patroclo, su extraña pasión bipolar. Por él se dirige a la muerte y por ella muere. Aquiles un semidiós, cae a los veintinueve años. La otra es Ulises, el estratego, que a diferencia vive hasta muy anciano, un extraordinario coraje embridado por la razón, no para aplastarlo sino para triunfar. El valor no lo domina sino él domina su valor.

Simpatía por el diablo

No va perderse el canto de las sirenas seductoras y asesinas, pero se hace amarrar al mástil para no sucumbir a ellas. Es por ese equilibrio que logra conducir la guerra y ganarla, retornar a Itaca en la terrible Odisea y, casi perdidas sus propiedades y Penélope, utiliza la inteligencia para recuperarlo todo. Según documento confidencial del gobierno americano una intervención en Venezuela costaría miles de muertes, años de presencia militar, decenas de millones de dólares y no se sabe qué quedaría después de lo que fue un país.

El otro Moloch conduce a ahorcar la ciudadanía por hambre. Claro que la destrucción se debe al modelo socialista como en todas partes donde se aplicó, pero las sanciones operan como si a un presidiario enfermo, hambriento y debilitado, lo ponen a correr media maratón en vez de hospitalizarlo. ¿Existe algo o alguien con quien Ud. no hablaría para evitar que su país se destruya? “¡No se puede negociar con delincuentes!”, vociferan almas cándidas que piden guerra sin saber lo que dicen y a quienes nunca les secuestraron un familiar. Hablar hasta con el diablo si fuera necesario, y Fausto incluso pactó con él.

Pero por fin se enciende un bombillo con la reunión en Oslo, cosa que hay agradecer profundamente al gobierno Noruego. Que parlamenten, se vean, se sienten juntos civilizadamente, que hagan uso de todas las triquiñuelas y astucias odiseas, pero que lleguen en algún momento a un acuerdo, y aunque este encuentro no ofreció mucho, sirvió para que trastabillara el odio por las soluciones pacíficas en los gruppies y fans. Estimula ver en las redes a los mismos que excomulgaban la posibilidad de dialogar, comenzar su camino de Damasco.

Tripa vacía vs. fusil

Así es posible que aprendamos a no dejar escapar la palabra definitiva, a no pisar el terreno del letrero que dice “quien llegue hasta aquí, pierda toda esperanza”. A no incinerar los recursos de la razón, paz, elecciones, negociaciones, convivencia, tolerancia, ante los pies de dioses de la pasión desenfrenada, Moloch que se apaciguan con la sangre y el olor a grasa quemada de los sacrificios bárbaros. Cuando eliminamos o desacreditamos los instrumentos de la política civilizada, la sociedad se queda inerme, cede la capacidad de decidir a los fusiles de los que carecemos o a fuerzas exógenas que disponen de nosotros.

De las peores secuelas de abandonar las vías democráticas y electorales, es que perdimos la melena y el poder, y pasamos a ser cachorros en manos de otros. Citaba el dramaturgo José Tomás Angola una frase clásica: “para cualquier perro su amo es Dios. Por eso muchos hombres prefieren los perros a otros humanos”. Los conductores que hicieron historia, para bien o para mal, se cuidaron de dejar abiertas puertas para la oportunidad. Nixon negoció y pactó con Mao Zedong, Bolívar con Morillo, los norteamericanos con los vietnamitas.

El diálogo de Oslo está atrapado entre dos mantras de hierro, que confiamos puedan derretirse: Maduro no se va y cese de la usurpación. Si hay una posibilidad de cambio real, las elecciones supervisadas por el mundo entero debían darse con garantías para ambos bandos. Cambio del CNE, un reclamo masivo, y mecanismos y transicionales en manos que hagan institucionalmente imposibles las venganzas con o sin Maduro en el cargo. Pero llevamos casi tres décadas de tochadas irracionales…

@CarlosRaulHer

 4 min


Joseph E. Stiglitz

¿Qué tipo de sistema económico es más conducente al bienestar humano? Esa pregunta ha llegado a definir la época actual porque, después de 40 años de neoliberalismo en Estados Unidos y en otras economías avanzadas, sabemos lo que no funciona.

El experimento neoliberal –impuestos más bajos para los ricos, desregulación de los mercados laboral y de productos, financiamiento y globalización- ha sido un fracaso espectacular. El crecimiento es más bajo de lo que fue en los 25 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y en su mayoría se acumuló en la cima de la escala de ingresos. Después de décadas de ingresos estancados o inclusive en caída para quienes están por abajo, el neoliberalismo debe decretarse muerto y enterrado.

Hay por lo menos tres alternativas políticas importantes que compiten para sucederlo: el nacionalismo de extrema derecha, el reformismo de centroizquierda y la izquierda progresista (la centroderecha representa el fracaso neoliberal). Sin embargo, con excepción de la izquierda progresista, estas alternativas siguen estando en deuda con alguna forma de la ideología que ha expirado (o debería haber expirado).

La centroizquierda, por ejemplo, representa al neoliberalismo con un rostro humano. Su objetivo es trasladar las políticas del ex presidente norteamericano Bill Clinton y del ex primer ministro británico Tony Blair al siglo XXI, haciendo sólo revisiones tenues a los modos prevalecientes de financiamiento y globalización. Mientras tanto, la derecha nacionalista reniega de la globalización y culpa a los migrantes y a los extranjeros de todos los problemas de hoy. Aun así, como ha demostrado la presidencia de Donald Trump, no está menos comprometida –por lo menos en su variante norteamericana- con los recortes impositivos para los ricos, la desregulación y el achicamiento o eliminación de los programas sociales.

El tercer campo, en cambio, defiende lo que llamo capitalismo progresista, que prescribe una agenda económica radicalmente diferente, basada en cuatro prioridades.

La primera es restablecer el equilibrio entre los mercados, el estado y la sociedad civil. El crecimiento económico lento, la creciente desigualdad, la inestabilidad financiera y la degradación ambiental son problemas nacidos del mercado y, por lo tanto, no pueden ser resueltos, ni lo serán, sólo por el mercado. Los gobiernos tienen la obligación de limitar y delinear los mercados a través de regulaciones ambientales, de salud, de seguridad ocupacional y de otros tipos. También es tarea del gobierno hacer lo que el mercado no puede hacer o no hará, como invertir activamente en investigación básica, tecnología, educación y la salud de sus votantes.

La segunda prioridad es reconocer que la “riqueza de las naciones” es el resultado de la investigación científica –aprender sobre el mundo que nos rodea- y de la organización social que permite que grandes grupos de personas trabajen juntos para el bien común. Los mercados siguen teniendo un rol crucial que desempeñar a la hora de facilitar la cooperación social, pero sólo cumplen este propósito si están subordinados al régimen de derecho y son objeto de controles democráticos. De lo contrario, los individuos pueden enriquecerse explotando a otros, generando riqueza a través de la búsqueda de renta en lugar de creando riqueza a través de una creatividad genuina. Muchos de los ricos de hoy tomaron la ruta de la explotación para llegar adonde están. Se han visto muy favorecidos por las políticas de Trump, que han alentado la búsqueda de renta destruyendo al mismo tiempo las fuentes subyacentes de creación de riqueza. El capitalismo progresista busca hacer precisamente lo contrario.

Esto nos lleva a la tercera prioridad: abordar el creciente problema del poder de mercado concentrado. Al explotar las ventajas de la información, comprar a potenciales competidores y crear barreras de entrada, las empresas dominantes pueden comprometerse en una búsqueda de renta de gran escala en detrimento de todos los demás. El incremento del poder del mercado corporativo, junto con la caída del poder de negociación de los trabajadores, ayuda a explicar por qué la desigualdad es tan alta y el crecimiento tan débil. A menos que el gobierno asuma un papel más activo de lo que prescribe el neoliberalismo, estos problemas probablemente se vuelvan mucho peores, debido a los avances en el campo de la robótica y la inteligencia artificial.

El cuarto punto clave en la agenda progresista es disociar el poder económico de la influencia política. El poder económico y la influencia política se refuerzan mutuamente y se perpetúan a sí mismos, especialmente donde los individuos ricos y las corporaciones pueden gastar sin límite en las elecciones, como sucede en Estados Unidos. En la medida que Estados Unidos se acerque cada vez más a un sistema esencialmente antidemocrático de “un dólar, un voto”, el sistema de controles tan necesario para la democracia quizá no pueda resistir: nada podrá restringir el poder de los ricos. No se trata simplemente de un problema moral y político: a las economías con menos desigualdad en verdad les va mejor. Las reformas progresistas-capitalistas, por ende, tienen que empezar por recortar la influencia del dinero en la política y reducir la desigualdad de la riqueza.

No hay una solución mágica que pueda revertir el daño provocado por décadas de neoliberalismo. Pero una agenda integral según los lineamientos planteados más arriba decididamente puede hacerlo. Mucho dependerá de si los reformistas son tan decididos a la hora de combatir problemas tales como el excesivo poder del mercado y la desigualdad como lo es el sector privado para crearlos.

Una agenda integral debe centrarse en la educación, la investigación y las otras fuentes verdaderas de riqueza. Debe proteger al medio ambiente y combatir el cambio climático con la misma vigilancia que los partidarios del Nuevo Trato Verde en Estados Unidos y Rebelión contra la Extinción en el Reino Unido. Y debe ofrecer programas públicos que garanticen que a ningún ciudadano se le nieguen los requisitos básicos de una vida decente. Estos incluyen seguridad económica, acceso al trabajo y a un salario digno, atención médica y vivienda adecuada, un retiro seguro y una educación de calidad para los hijos.

Esta agenda es sumamente alcanzable; de hecho, no podemos no implementarla. Las alternativas ofrecidas por los nacionalistas y los neoliberales garantizarían más estancamiento, desigualdad, degradación ambiental y acrimonia política, lo que conduciría potencialmente a desenlaces que ni siquiera queremos imaginar.

El capitalismo progresista no es un oxímoron. Más bien, es la alternativa más viable y vibrante para una ideología que claramente ha fracasado. Como tal, representa la mejor oportunidad que tenemos de escapar de nuestro malestar económico y político actual.

Mayo 30, 2019

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/after-neoliberalism-progres...

 5 min


Se aproximan los días en que pongamos fin a la usurpación criminal de Maduro, Padrino, Cabello y sus cómplices fascistas. Hemos aprendido de su total falta de escrúpulos, de principios y de consideraciones éticas o humanitarias, para salirse con las suyas. Por tanto, debemos tomar todas las previsiones necesarias para evitar el saboteo de la mafia desplazada y asegurar que la transición hacia la democracia sea exitosa. Esto significa, entre otras cosas, saber lidiar acertadamente con las expectativas albergadas por tanto venezolano desesperado por resolver de inmediato sus condiciones de vida. Ciertamente, los lineamientos del Plan País, en manos de un gobierno competente, auguran una rápida mejora de la situación nacional, sobre todo si se cuenta con amplio apoyo financiero internacional, generando empleo cada vez mejor remunerado, abastecimiento pleno de bienes y medicamentos, recuperación de los servicios públicos y disminución de la inseguridad. El problema está en que el grado de destrucción bajo Maduro ha sido tal que plantearse alcanzar niveles medianamente aceptables de vida, como estábamos acostumbrados los venezolanos, no ocurrirá de pronto. Habremos de heredar un estado fallido, descompuesto, casi inoperante. Evitar que las dificultades a enfrentar o la velocidad de los cambios sea menor al deseado y se conviertan en pasto de la demagogia de las mafias fascistas para dar al traste con la transición es, por tanto, un imperativo en la conducción política del proceso.

Un aspecto a incluir como respuesta es dar a conocer profusamente los detalles y alcances de la devastación generada por estas mafias depredadoras. El aspecto comunicacional, reiterado y claro, será crucial. Que se evite, en lo posible, el choque de expectativas con la dura realidad como ocurrió con la victoria electoral de Carlos Andrés Pérez para su segunda presidencia, que llevó a muchos ilusionados a esperar un regreso mágico a la bonanza de la “Gran Venezuela” de su primer gobierno. Si bien el ajuste ahora no será contractivo, como fue entonces, sino expansivo, liberando las fuerzas productivas, las condiciones de las cuales se partirán son excesivamente precarias. Que se entienda que regresar a los niveles de consumo alcanzados durante 2012, último año del gobierno de Chávez, cuando el petróleo estaba a $100 el barril, se contaba con enormes sumas por endeudamiento público y se “botó la casa por la ventana” a cuenta de las elecciones, no será posible sino con el esfuerzos sostenidos durante años por incrementar la competitividad, aprovechar el talento y los recursos de la nación, estimular la iniciativa privada, atraer importantes inversiones extranjeras y reformar cabalmente el sector público. Que nadie se ilusione con que basta con salir de esta mafia criminal para que regresemos, por arte de magia, a la prosperidad que nos deparó en el pasado la renta petrolera.

La viabilidad social y política de la transición democrática habrá de descansar en que el venezolano entienda que la Venezuela rentista es hoy una quimera que quedará para siempre sepultada. Si en algo sirven modestas explicaciones como las ofrecidas en estas páginas, bienvenidas sean.

Economista, profesor de la UCV.

humgarl@gmail.com

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 2 min


No cabe duda que la permanencia del actual gobierno, del presidente usurpador y todo su gabinete, igualmente usurpador, impide cualquier solución a la grave crisis que vive el país. Teniendo ese punto claro, es preciso analizar otras variables que afectan cualquier negociación, en cualquier parte del mundo.

Por ejemplo, si algo quedó claro en las jornadas del 23F, y más concretamente del 30A, es que no hay fuerza militar, real, ni amenaza creíble que pueda desalojar del poder, en lo inmediato, a la dictadura venezolana. Quizás si de algo es “culpable” el presidente Juan Guaidó es de sobreestimar el carácter constitucional, institucional o democrático de la Fuerza Armada, error de cálculo que no puede ser reprochable.

Por otra parte, un “enfrentamiento” de la sociedad civil con el actual régimen –capaz de reprimir cualquier oposición en su contra, sin piedad, brutalmente, sin remordimiento, ni atención a principios constitucionales o democráticos–, es totalmente impensable. Sin contar con que, en un escenario semejante de represión, la FFAA se puede ver tentada a asumir el poder, directamente, sin ningún disimulo como el que ahora existe, lo que sería altamente negativo, pues perpetuaría por tiempo indefinido la actual situación.

Por lo tanto, no va quedando otro camino sino avanzar en una negociación, que tampoco es un camino fácil o despejado, sino duro y en el cual en la oposición no partimos con ventaja y debemos tomar en cuenta algunos factores.

Por ejemplo, creo que no podemos seguir alimentando la falacia o el mito de que es el gobierno el que busca “ganar tiempo” con una negociación; porque el régimen tiene “todo” el tiempo; somos nosotros los que tenemos que recuperar terreno. Podrá haber otros factores –que son un cierto “misterio”– los que impulsen a la dictadura a aceptar una negociación, pero no creo que sea la presión interna de la oposición. El régimen no “siente” esa presión, al menos por el momento, dada la poca movilización interna; la presión interna se debe mantener e intensificar, aunque en el pasado eso no parece afectar al régimen, pues ha demostrado que lo que les interesa es mantener el poder y no le importa lo más mínimo la suerte de los venezolanos.

Por otra parte, la presión internacional hasta el momento no se ha constituido en una verdadera “amenaza creíble, que le importe al régimen”; y por “amenaza creíble, que le importe al régimen”, me refiero a una que haga sentirse amenazados a quienes ejercen actualmente el poder; amenazados en lo personal, ellos, sus familias, sus bienes y fortunas, que sientan que su comodidad y seguridad peligra, que es lo único que podría moverlos o perturbarlos. Sin embargo, en el escenario internacional se está “tocando una tecla” que ha obligado a la dictadura a aceptar la negociación.

Al no estar nadie dispuesto al uso de una fuerza militar, no es extraño, entonces, que la vía “diplomática” y de la negociación es la que se esté imponiendo, fuertemente empujada además por la UE, Canadá y los propios EEUU. Se nos abre entonces, la opción de una negociación que al final –y conste que digo al final, sin establecer un límite de tiempo– conduzca a un proceso electoral y eso está sometido a varias condicionantes. Resuelto el tema de “mediadores” o “facilitadores”, que podrían ser Noruega, el Vaticano o cualquiera de los países del llamado Grupo Internacional de Contacto de la UE, queda por definir una agenda y en ella las condiciones de un proceso electoral que sea aceptable. Y deliberadamente no digo: “mutuamente” aceptable, digo aceptable para nosotros.

Las condiciones de la oposición, ideales, serían: habilitación de partidos y candidatos; un nuevo CNE; presencia de fuerte observación nacional e internacional; actualización del registro electoral, para que se inscriban varios millones de nuevos votantes, rezagados, y para que puedan votar varios millones de venezolanos que están en el exterior; que se cumplan –bajo supervisión internacional– las leyes electorales en materia de financiamiento de campaña electoral, publicidad, usos de recursos públicos; que se revisen los movimientos y ubicación de centros electorales; que se sorteen de manera imparcial los miembros de mesa; que se permita sin amenazas la actuación de testigos electorales.

Las preguntas son: ¿Cuáles de estas condiciones son las “mínimas”, para que la oposición acepte ir a un nuevo proceso electoral? ¿Tiene la oposición la fuerza suficiente para imponer o lograr que la dictadura acepte estas condiciones? ¿En que tendrá que ceder la oposición, a cambio de que se acepten sus condiciones? ¿O es que alguien cree que tenemos “ganada la apuesta”? Por eso dije que somos nosotros los que tenemos que recuperar terreno con la negociación.

Eso es lo que hay que trabajar con los aliados internacionales, para ver cuántos de esos puntos se pueden lograr. Que por otra parte son los normales y lógicos de cualquier proceso electoral. Solo lo de los nuevos votantes y los votos en el exterior es un punto específicamente venezolano, pero crucial, pues estamos hablando entre ambos de 5,5 millones de votos, que deciden cualquier elección. Pero además, habría que trabajar, con los aliados internacionales, –y esto es lo más difícil– el punto de tener dispuesta la amenaza creíble de una intervención militar si la dictadura desconoce o escamotea una victoria electoral opositora y se niegan a entregar el poder; eso podría implicar tener tendidos algunos “puentes de plata”, amnistía, para personajes del régimen, tema del que no les gusta hablar a muchos, que se rasgan las vestiduras cada vez que escuchan la palabra.

Al final, llegamos al mismo punto: ¿será la fuerza la que termine persuadiendo o forzando al régimen a que se acepte una salida?: la electoral; sí, y solo sí, nos aseguramos que tras el proceso electoral la dictadura acepte los resultados. En síntesis, tan solo esto es una larga y fuerte agenda de negociación, –interna, con los aliados y con el régimen–, que tiene por delante el gobierno del presidente Juan Guaidó. Y lo electoral no es lo único, ni el fin de la ruta, pero ese es ya otro tema.

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Advierto, para curarme en salud, que en estas cuartillas exponen ideas que no son nada nuevas e, incluso, reiteran algunas que yo mismo he escrito. Lo hago, además, a riesgo de que horas después de redactarlas, pierdan vigencia, tal es el clima de incertidumbre en el que transcurre el país. Pero lo hago porque es un asunto que importa demasiado para la vida de todos nosotros, no hay, pues, que quitar el dedo de la tecla. En este caso, la terquedad es un mandato. Hay que hablar, pues, de la política, de la urgencia que tenemos de rescatarla mediante el diálogo y la negociación, haciéndole frente a los vientos que soplan en su contra desde varios lados y diferentes argumentos.

I.

El ya viejo conflicto político venezolano fue agravado sensiblemente el 20 de mayo del año pasado como consecuencia de unas elecciones absolutamente irregulares, de las que diversas organizaciones dieron debida cuenta (puede consultarse, por ejemplo, la página web del Observatorio Electoral Venezolano), poniéndole, así, un nuevo condimento a la complicada situación nacional. Me refiero a la ilegitimidad de origen del nuevo gobierno.

Se ha replanteado, entonces, la necesidad de un diálogo que muestre la posibilidad de una salida que le abra otro escenario al país. Un diálogo que tiene, como es obvio suponer, sus particulares complicaciones derivadas de varios factores, entre los que cabe mencionar la profundidad y extensión a todos sus ámbitos de la crisis nacional, la fragmentación del liderazgo político, la enorme gravitación de los militares encuadrados en sus intereses corporativos, el peso de la comunidad internacional etcétera.

En parecido sentido a lo señalado en el párrafo anterior, es menester agregar que el gobierno se secó dese el punto de vista político - desgastó sensiblemente al chavismo - y no cuenta con mensaje ni propósitos creíbles ni factibles para la sociedad, tan sólo dispone de una épica mustia, ridiculizada por la terquedad de los hechos, al paso de que su gestión se ha ido pareciendo cada vez más al viejo socialismo real, con injertos provenientes de una cierta derecha y una dosis de la fórmula del “conforme vaya viniendo vamos viendo”. Un gobierno, en fin, que solo deja clara su intención de continuar gobernando - en función de intereses grupales y personales amparados por el poder-, cosa que hace en clave autoritaria, hoy en día sin siquiera la precaución del disimulo.

Por su parte, los sectores de oposición evidencian no tener una buena lectura de lo que ocurre en el país y no han conseguido aún capitalizar políticamente el inmenso rechazo existente contra el gobierno. Además muestran grietas internas inadmisibles que dificultan llegar a posiciones y estrategias comunes.

II.

La crisis venezolana no se puede intentar resolver de cualquier manera. Los acuerdos necesarios para superarla solo pueden nacer del dialogo, que, según lo indican los manuales correspondientes, supone la identificación de los límites del espacio común, reconociendo al otro y regulando las diferencias que separan. El fracaso en el diálogo es derrota para todos. Hay, pues, que recuperar la conversación política tras dos décadas sin tenerla. Regresar a la palabra para negociar en nombre del interés de todos, sabiendo que no hay otro invento a la vista para coser la vida nacional. Y, plagiando a Perogrullo - algunos dirán que en su versión más ingenua-, su trasfondo no debe ser la disputa por el poder, sino el drama que vive la mayoría de los venezolanos.

Tal como se encuentra planteada la ecuación política venezolana, no pareciera haber solución si no se opta por la vía electoral. Hay, así pues, que realizar unas elecciones presidenciales, bien sean solas o junto a otras (parlamentarias, por ejemplo), cumpliendo con los requisitos debidos y bajo la responsabilidad de un arbitraje institucional imparcial, que, es bueno apuntarlo, va más allá del CNE.

Acordando unas votaciones se habrá cumplido, entonces, con una condición necesaria, más no suficiente para encarar la crisis política y comenzar a despejar, aún antes de que se celebren, el camino que permita irla desenredando en sus otras dimensiones. Es así porque la democracia no se fundamenta solo en la agregación aritmética de preferencias traducidas en sufragios, sino en una cadena interminable de eventos que suponen la deliberación necesaria a fin de aterrizar en consensos que sustenten la convivencia social. En este sentido hay que recordar que la democracia no sólo existe a partir de la construcción de mayorías, sino de la construcción de amplios acuerdos. Como escribió el politólogo Robert Dahl, los votos no instruyen al gobierno, sólo lo integran.

III.

Desconozco, imagino que no soy el único, las maneras mediante las que el impasse venezolano llegó hasta Oslo, en donde desde hace algunas semanas está teniendo lugar un proceso de mediación, fase previa para que la oposición y el gobierno inicien un diálogo y una negociación. Menuda tarea, de bisagra, la que le toca llevar a cabo a los noruegos, labor que realizan a través de un equipo especializado, financiado por su cancillería, de larga experiencia en distintos países del mundo, obrando siempre desde su indiscutible neutralidad y sin esconder bajo la manga intereses propios.

A pesar de la adversidad y el escepticismo de algunos poderosos micrófonos, nacionales e internacionales, es éste un proceso que cuenta con el apoyo de la mayoría del país. A los venezolanos no nos queda otra, entonces, que presionar para que continúe y finalice dejándonos como saldo la oportunidad de poder vivir en una sociedad que no parezca calle ciega, sino horizonte.

El Nacional, 31 de mayo 2109

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