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Opinión

Analítica.com

Editorial

Votar es un derecho, pero no es un deber. Por lo visto los venezolanos tenemos derecho a votar pero no a elegir, ni a que nuestra voluntad sea respetada. Veamos:

En las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre del 2005, la oposición se negó a participar. Sus técnicos habían demostrado que las máquinas de votación guardaban los votos en orden de emisión, cosa que había negado el CNE, y con lo cual no se garantizaba el secreto del voto. Además, como no había acceso a los detalles del conteo sino solo a los totales regionales, quedaba en duda la veracidad de los resultados. Finalmente, fue el TSJ quien designó a los rectores del CNE, nombrándolos únicamente entre partidarios del gobierno. Esas fueron, entre otras, las razones por las cuales AD, Primero Justicia, Copei y Proyecto Venezuela se negaron a participar por falta de garantías.

“Que se vayan al carajo” declaró José Vicente Rangel. Por supuesto, el oficialismo arrasó en aquellos sufragios y logró un control total del Parlamento. Por su parte Chávez declaró: “Los errores políticos se pagan”.

En los años siguientes se desató en aquel Congreso, de dudosa legitimidad de origen, un carnaval de leyes oficialistas que alteraron profundamente la estructura legal venezolana.

Pero Chávez no se conformaba. Quería modificar su propia Constitución de 1999, para transformarla en otra abiertamente socialista. Para ello convocó un Referendo Constitucional que habría de tener lugar el 2 de diciembre del 2007.

Aquel referendo se transformó en la primera derrota del chavismo. El pueblo no quería una Constitución socialista. El rechazo fue abrumador y un Chávez (con los nudillos destrozados según se dice por haber golpeado enfurecido las paredes ante la exigencia de los militares de que reconociera la derrota) se vio obligado a aceptar el fracaso. Aunque el CNE reconoció la “tendencia irreversible”, interrumpió el conteo de los votos para que no se conociera la verdadera magnitud del descalabro.

Como mal perdedor Chávez anunció: “Es una victoria de mierda … No retiro ni una sola coma de esta propuesta, esta propuesta sigue viva”. Y siguió adelante con su proyecto socialista ignorando claramente la voluntad expresada por el pueblo.

En las elecciones del 6 de diciembre del 2015 para la Asamblea Nacional, la oposición ganó 112 diputados y logró el control total del Parlamento. A pesar de que los diputados electos ya habían sido proclamados por el CNE (que felicitó al pueblo por “el triunfo de la democracia”), el TSJ desconoció la elección de 3 diputados del Estado Amazonas, para así robarles la mayoría calificada de las 2/3 partes de los escaños. Después, como si fuera poco, el mismo TSJ declaró a la Asamblea en “desacato”, figura no aplicable conforme la Constitución.

En abril del 2016, basándose en el Art 72 de la Constitución, se recabaron las firmas para exigir un referendo revocatorio contra Maduro. El oficialismo se opuso, alegando “firmas planas”. Convoca entonces el CNE un nuevo proceso de recolección de firmas. La oposición obtuvo 1,8 millones de firmas para exigir la realización del Referendo Revocatorio, a pesar de que sólo se requerían 200.000. Impúdicamente el CNE paralizó la convocatoria al Referéndum en claro desconocimiento a la Carta Magna.

En diciembre del 2020 tuvieron lugar nuevas elecciones parlamentarias. Ante Ia falta de garantías la oposición se negó una vez más a participar. El TSJ no sólo había designado (sin tener atribuciones para ello) a los miembros del CNE, sino que además intervino a los principales partidos de la oposición designándoles autoridades sumisas al régimen.

Las principales democracias del mundo, incluyendo a la Unión Europea, el Reino Unido, Canadá, EEUU, la OEA, el Grupo de Lima, Japón y muchas otras desconocieron los resultados por no haberse cumplido con estándares internacionales.

Pero el régimen sigue tan campante y tiene ahora la desfachatez de pretender convocar elecciones regionales y sugerir, en todo caso, un nuevo Referendo Revocatorio contra Maduro para el 2022. Repetimos lo que alguna vez dijo Churchill, “si olvidas el pasado, no tienes futuro”.

Si la oposición participa en las elecciones y triunfa, el oficialismo desconoce o desvirtúa, por una vía o por otra, el triunfo. Si no participa, el oficialismo arrasa con todo, a pesar de la ilegitimidad de su victoria, sin detenerse en limitaciones de orden constitucional.

¿Es esto una democracia? Si no nos agarra el chingo nos agarra el sin nariz.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

 3 min


Américo Martín

Se comprenderá que bajo el temporal que descarga su fuerza sobre la trémula línea fronteriza colombo-venezolana, librarse a debatir sobre las elecciones colombianas supondría que no reincidirán explosiones como las ocurridas en La Victoria, pueblo del municipio Páez, estado Apure. De lo contrario, cualquier consulta electoral podría ser severamente afectada. El caso es que no hay razones para descartar esa posibilidad. No creo que esté al alcance de los gobiernos de Colombia y Venezuela revertir, regular o manipular fenómenos violentos de tal índole, una vez que toman cuerpo.

La anatomía de la violencia en la ardiente frontera es de una complejidad tal que su dinámica parece deslizarse hacia desenlaces avasallantes, dado que los actores se multiplican sin disponer de controles ideológicos o materiales para dominar intemperancias.

Al definir confrontaciones análogas a las que acabamos de vivir en el estado Apure, la OTAN acuñó la denominación de «guerra híbrida». La considero pertinente con solo repasar la diversidad de sus actores y la propensión mutante que asomaron a las primeras. Semejante performance sugiere un caótico «todos contra todos». De allí que, tan pronto el Ejército venezolano enfrentaba a una facción guerrillera —quizá para favorecer a la facción disidente— cambiaba de pelaje, al compás de una flauta que interpreta el juego de las tendencias de las FARC envueltas en áspera pugna. Siendo Venezuela el teatro de aquellas luchas, se supone que el gobierno madurista o la FANB ejercerían el rol principal, pero no es eso lo que se apreció.

Si además de defender territorio intervenido por irregulares foráneos y encima proteger los derechos de los venezolanos agredidos sin provocar a nadie, las autoridades nacionales debieron convertir aquella legítima lucha en causa nacional, convocando al soberano y con objetivos claros, no confusos. ¿Es eso lo que estamos presenciando? Para nada. Escuchamos la declaración de un vocero de las FARC, quien desde tierra venezolana, con el pecho inflado de patriótica y bolivariana solemnidad, declaró que su guerrilla defiende a los venezolanos. Y lo notable es que a falta de partidos o grupos en plan de dar la cara por nuestro país, el líder de las FARC espere ser recibido con esperanza agradecida, aunque ciertamente no abunden los dispuestos a defender la soberanía duramente maltrecha. Defenderla, no con la aburrida retórica del imperialismo anglosajón, sino contra quienes se adueñan del territorio de Bolívar, Páez, Zamora, Andrés Bello, Cecilio Acosta, Vargas y lo hacen con tal desparpajo que sin rubor en las mejillas se autoproclaman sus legítimos defensores.

Por eso creo que toda confrontación permite ganar espacios que sirvan para la democratización de la sociedad y el Estado. Ninguna lucha es desechable, todas ofrecen posibilidades en el conjunto de una estrategia global. El torneo electoral colombiano no puede ser tirado a la orilla.

La candidatura de Gustavo Petro, cuya popularidad se mantiene alta, debería polarizar las opciones con el uribismo o con alguien presentado por un eventual frente unitario, seleccionado antes o después de la primera vuelta.

Por cierto, antes de la diabólica guerra híbrida de nuestros tormentos, el polémico expresidente parecía postular una candidatura no partidista, lo que daría vela al exalcalde de Barranquilla, el popular y efectivo Alejandro Char.

Conocí personalmente a Uribe en Madrid. Invitados él, Pedro Barnechea y yo a un foro convocado por la Fundación FAES. Se había postulado a la presidencia de su país, pero los sondeos lo colocaban en cuarto o quinto lugar. Con franqueza le pregunté si realmente esperaba vencer. Con un despiadado realismo me ratificó sus convicciones con la certeza con la que el gran Muhammad Ali anunciaba el round en que su rival caería. Me detalló paso a paso cómo superaría a sus cuatro adversarios. Si conserva tan singular realismo, ayudará sin duda al candidato de la unidad democrática en las próximas elecciones.

Que Gustavo Petro dispute con el expresidente Uribe el favoritismo de Colombia fortalecería el juego democrático.

Sería de lógica elemental que la corriente socialista no agitara trapos de violencia mientras se dirime el resultado comicial. Pero bueno, damos por entendido dos cosas: primero, un conocimiento compartido de lo que signifique «lógica elemental» y, segundo, que los mandatarios puedan mantener agarrados de la mano a los enfebrecidos irregulares.

Las fracturas que supuestamente los habrían debilitado no surtieron ese efecto porque el robusto músculo financiero del narcotráfico opera como fuerte estímulo para impulsar nuevas organizaciones que van básicamente a lo mismo, empoderarse política y económicamente y extender su influencia en el aparato estatal, los regionales y locales. Comprar legisladores, parlamentarios, magistrados y jueces, o simplemente practicar alianzas que se traduzcan en candidaturas narco financiadas.

Ojalá que nuestra querida tierra hermana colombiana, liberada de irregulares, paramilitares y mitigados los efectos de la pandemia, consolidara su tradicional estabilidad institucional y saliera bien librada de este proceso electoral.

Twitter: @AmericoMartin

 3 min


Carlos Raúl Hernández

El documento Estratregia general de seguridad (2017), del anterior gobierno norteamericano, trata a Rusia y China como un bloque (las llama “poderes revisionistas”), lo que debe haber hecho saltar a Kissinger. Arroja luz sobre la óptica norteamericana y las alianzas globales. La lucha antiterrorista deja de ser prioridad, en una transición mundial conflictiva y difícil que exige frialdad en el análisis. La multipolaridad de los nacionalismos fenece con la Segunda Guerra.

Nace la bipolaridad de la Guerra Fría, entre dos bloques ideológicos antagónicos, dos modelos de sociedad que querían destruirse recíprocamente. Al desastre del comunismo, adviene el mundo unipolar que analizó Fukuyama, y que se tomó por el triunfo de la democracia y la economía abierta. Hoy regresa la multipolaridad con dos superpotencias, EEUU y China, unas secundarias, Europa, Rusia, Japón, India y poderes regionales influyentes.

Varios polemólogos, estudian la tendencia histórica a que las potencias emergentes desafíen las dominantes, como el auge de Atenas confluye en la guerra del Peloponeso con Esparta. Vladimir Padrino publicó La Escalada de Tucídides (2020) que es como el sabio griego llamó al fenómeno. Se teme un choque militar EEUU y China, aunque la guerra convencional mutó en guerras económica o informática, pero incontables casos en la historia confirman la teoría de Tucídides.

Relaciones peligrosas
Aun así, variables actuales tienden a evitar desenlace tan siniestro. Ninguna de las dos potencias buscaría racionalmente colapsar la otra porque caerían ambas y la economía planetaria, el aparato productivo global. Además, los arsenales atómicos son disuasivos con demasiados megatones para ignorarlos. La URSS y China estuvieron durante comienzos de los sesentas al borde de la guerra y Kissinger entendió que occidente debía estar más cerca de cada una, que ellas entre sí.

Por eso insertó a EEUU en esa brecha. Fortaleció la “detente” con la primera y dio el salto inesperado y espectacular de establecer relaciones entre la democracia norteamericana y el maoísmo, el mayor genocida de la historia. Eso previno una alianza entre las dos potencias comunistas y ralentizó la virulencia de la Guerra Fría. URSS y China rabiaban mutuas afrentas históricas, ahora atenuadas por acciones de Occidente.


Rusia es uno de los mayores espacios territoriales sub poblados del planeta, y ha sufrido de temor demográfico a su vecino. Mientras en los límites con Manchuria hay unos 15 millones de habitantes, China tiene 100 millones. Hoy arrebató a Rusia (también a EEUU) la tradicional influencia en Asia Central con el tratado de libre comercio RCEP (dic.2020)


Lo firmaron Japón, Surcorea, Myanmar, Laos, Cambodia, Indonesia, Singapur, Filipinas, Malasia, Brunei, Tailandia, Australia, Nueva Zelanda, Vietnam, la zona de crecimiento económico más rápido en el planeta y hasta hace poco, sede de la mitad de la pobreza planetaria. La Ruta de la Seda erradica la influencia de Rusia también del Ártico, y ésta transfiere desde hace unos años su alta tecnología militar a China en prueba de confianza y admisión del liderazgo.


El rostro impenetrable
Luego de tener amigos íntimos en Gorbachev y Yeltsin, la llegada de un ex agente de la KGV, arrogante, de rostro duro y mirada de hielo, una especie de Clint Eastwood, occidente podía temer una resovietización. Vladimir Putin triunfa en 2000 con la idea de recuperar el orgullo ruso del desastre de la URSS y eso debió despertar reticencias y antipatías de EEUU y Europa. Pero su estrategia era correcta y después de veinte años tiene amplio respaldo electoral y más de 70% de apoyo.


Dio señales de aproximación a EEUU y Europa, y tal vez esperaba una recepción distinta. En 2001, Putin apoya la invasión a Afganistán, con una sonrisa socarrona de “te lo dije” para recordar que la CIA entrenó, asistió y armó a los afganos cuando Rusia los invade, e incluso Stallone les hizo un Rocky. En 2004 Putin presta sus bases militares en Asia central para la invasión a Irak. Pero las revoluciones de colores en 2002-2005, promovidas por EEUU, deben haberlo preocupado.

El dominó derrocaba gobiernos y podía llegar a Rusia. Pero el golpe decisivo a las relaciones entre occidente y Putin, fue la explosiva incorporación de Ucrania-Crimea y Georgia a la Unión Europea. Sebastopol era una ciudad autónoma dentro de Crimea, pero administrada por Rusia bajo litigio internacional, y uno de los cuatro puertos rusos estratégicos, donde surta nada menos que la Flota del Mar Negro.

Era demasiado simple pensar que podían “quitársela” según las quinielas del Euromaidán y Víctor Yanúcovich. Ese traspiés de 2014 condujo al contragolpe obvio: Rusia anexa Crimea, posiblemente el episodio final para entregarse en brazos de China y amachimbrar sus intereses. Tal vez influido por Kissinger, Trump suavizó el trato con Putin pero lo hizo tan mal que mejor no lo hubiera hecho. Y luego de la declaración de Biden y la respuesta de Putin, no hay de que alegrarse.

@CarlosRaulHer

 3 min


Cristina J. Orgaz

Ámsterdam, Bruselas y Copenhague. No es casualidad que las ciudades ricas hayan sido las primeras en abrazar el nuevo modelo de "economía de la dona", también conocida como "economía dónut" o doughnut en inglés. Tienen capacidad para actuar más rápido.

La propuesta, ideada por la economista Kate Raworth(Londres, 1970), publicada por primera vez en 2012 y convertida en un exitoso libro después (Doughnut Economics: Seven Ways to Think Like a 21st-Century Economist), ofrece una visión de lo que significa para la humanidad prosperar hoy y los pasos necesarios para lograrlo.

La premisa central es simple: el objetivo de la actividad económica debe ser satisfacer las necesidades básicas de todos y hacerlo en equilibrio con el planeta.

Hay quien ha descrito a Raworth como la "John Maynard Keyenes del siglo XXI", por considerar que sus ideas "redefinen los fundamentos de la economía" y su planteamiento no tardó en llamar la atención internacional: fue presentada como un documento de trabajo para Oxfam en 2012, tomó protagonismo en la Asamblea General de la ONU y fue un referente para el movimiento social Occupy London.

Tuvo tanta repercusión que las ideas se expandieron más allá de las páginas de un libro para dar vida a Doughnut Economics Action Lab, un proyecto que se encarga de proporcionar herramientas y equipar a todo aquel que quiera poner en práctica este modelo de economía, ya sea un barrio, una aldea o una ciudad entera.

La economista española Carlota Sanz es cofundadora de ese espacio, encargado de llevar a la práctica las ideas de Raworth.

"Muchas personas creen que no hay alternativa al modelo económico actual, pero la economía es una ciencia social hecha por personas y las personas pueden cambiarla", le dice en una entrevista a BBC Mundo.

"El hemisferio sur todavía tiene la oportunidad de hacer las cosas diferentes", añade.

Y es que no se trata de un simple debate teórico. Los datos empíricos indican que el capitalismo a su ritmo actual no es sostenible, subraya.

El modelo "consta de dos anillos concéntricos: una base social, para garantizar que nadie se quede corto en las necesidades básicas, y un techo ecológico, para garantizar que la humanidad no sobrepase los límites de la Tierra", explica.

"Entre estos dos conjuntos de límites se encuentra un espacio en forma de rosquilla, o dona, que es ecológicamente seguro y socialmente justo. Este es el espacio en el que la humanidad puede prosperar".

Lo que sigue es un extracto de la conversación que la economista mantuvo con BBC Mundo en la que repasa qué dinámicas económicas hemos heredado, por qué no funcionan y cómo podemos cambiarlas para alcanzar la prosperidad.

¿En que se quedan obsoletas, según ustedes, las grandes teorías económicas desarrolladas en el siglo XX?

Las teorías económicas más ortodoxas de siglo pasado se centraron únicamente en el valor que genera el mercado y en el papel que juega luego el estado en provisionar bienestar.

Hasta hace muy poquito, la narrativa predominante era la lucha entre el mercado y el Estado, y la dicotomía entre ellos.

La propuesta de la "economía de la dona" va mucho más allá: entiende la economía como algo que está por encima de ese debate.

Lo que proponemos es que hay que levantar la cabeza y ver que además estos dos, hay más agentes que generan valor, como el de los hogares, el de la economía doméstica tradicionalmente a cargo de las mujeres, pero también el valor que se crea en los comunes, o sea, en tu barrio.

Y de hecho, creo que esta visión más amplia de lo que es la economía ha quedado completamente en evidencia ahora con la pandemia.

¿Entonces, al hablar de las teorías económicas obsoletas, están hablando del capitalismo?

El capitalismo es una palabra muy grande.

Yo ahora mismo no estoy hablando ni de capitalismo ni de otros sistemas.

Me estoy refiriendo a las dinámicas del sistema capitalista que se han quedado obsoletas.

Una de ellas es este sistema industrial degenerativo.

Esa dinámica de tomar, hacer, gastar y perder, es lo que está provocando que ya estemos excediendo los límites que tiene nuestro planeta vivo.

¿A qué se refiere con industria degenerativa?

Al sistema de producción que tenemos en general.

Usamos plásticos, metales, vidrio, producimos cosas y luego las desechamos.

Eso tiene impacto en los océanos y lagos de todo el mundo. Y vemos residuos electrónicos en los vertederos de los barrios más pobres del mundo.

Las consecuencias de todo esto van desde el cambio climático a niveles de pérdida de biodiversidad catastróficos, o niveles de conversión de tierra que son excesivos.

También hemos heredado, a través de este sistema, unas dinámicas divisivas que centralizan el valor que se genera en una economía en las manos de unos pocos.

La forma en la que hemos estructurado las empresas, la forma en la que se ha desarrollado la ley, las tecnologías, provoca la centralización del poder y que la riqueza estén concentrados.

Y eso es lo que hace que ahora mismo el 1% más rico de la población mundial acapare el 50% de la riqueza global o que en la última década el número de millonarios en todo el mundo haya aumentado de 1.000 a 2.000.

Asistimos a una concentración no solo del valor, sino también de las oportunidades.

¿En qué fallaron las teorías del siglo pasado, según ustedes?

Yo creo que es un poco todo.

Al final hemos heredado un sistema donde el progreso tiene una forma de crecimiento indefinido y exponencial medido por el Producto Interior Bruto (PIB).

Tenemos economías que dependen estructuralmente de la expansión, sin importar que se esté traduciendo en una prosperidad real de las personas o que se tenga en cuenta el planeta en el que vivimos y del que dependemos.

A día de hoy, tenemos economías que son más ricas que nunca y, sin embargo, todavía creemos que prosperar significa una expansión ilimitada de una cifra económica como es el PIB.

¿No cree que eso sea así?

Yo creo que no es así.

Esto tiene implicaciones muy grandes en los países del hemisferio sur donde el crecimiento tiene cabida. Pero en los países ricos del hemisferio norte, hay que ver hasta qué punto una economía que ya está creciendo puede seguir expandiéndose indefinidamente.

Bajo mi punto de vista, el debate no es si una economía crece o no, lo importante es qué tipo de crecimiento tiene.

Pero además, hay que reconocer que tenemos países y economías que están creciendo, sin importar que estén prosperando o no.

Para definir qué significa prosperar, tenemos que pensar qué progreso buscamos en el siglo XXI.

Este siglo hemos visto repetidas crisis, como la Gran Crisis Financiera de 2008, la crisis del colapso climático que estamos viviendo o la pandemia mundial.

Y te das cuenta de que precisamente muchas crisis económicas surgen como consecuencia de esos sistemas que hemos heredado.

Y de que son sistemas que se han creado por las personas y que, por tanto, las personas los pueden cambiar.

¿Qué cambios necesitan las sociedades actuales con respecto a estos problemas?

Hay que cambiar ese sistema degenerativo a uno que sea regenerativo y circular por diseño. Uno que funcione dentro de los ciclos de la biosfera y el planeta.

Necesitamos una economía que esté basada en la energía renovable, en la que el principio más importante sea que la basura de un proceso se convierte en combustible para el siguiente proceso.

(Requerimos de) una economía que pueda ser modular por diseño; es decir, donde los objetos, los productos que compramos, puedan desmontarse fácilmente para ser reparados, y así no utilizarlos y desecharlos continuamente a la biosfera.

Pero para que una economía funcione es necesario consumir. Si alguien me repara el tostador significa que no voy a comprar un tostador nuevo y que la marca venderá menos, la fábrica producirá menos, tendrá que despedir trabajadores...

Es verdad. La economía, tal y como está diseñada, depende de que consumamos productos nuevos.

Y lo que plantea la "economía de la dona" es que habría que cambiar el diseño de esa economía hacia una regenerativa y distributiva.

Esto significa que la renta y la riqueza generada por terceros se reparte de forma mucho más equitativa.

He hablado de esa expansión indefinida que de hecho está muy ligada con tu pregunta del consumismo.

O sea, necesitamos consumir, porque si no la economía no crece y entonces no funciona.

Lo que planteamos en nuestro modelo económico es que en lugar de una economía que dependa de esa expansión indefinida, lo que se necesita son economías donde el progreso sea un equilibrio entre lo que las personas necesitan para satisfacer sus necesidades y preservar sus derechos en el marco de los recursos que tiene el planeta.

Estamos tratando de una forma muy distinta el concepto de progreso.

Está implícito en casi todos los discursos económicos que el bien es una curva exponencial, creciente, pero nosotros hablamos de un equilibrio nuevo.

Y este equilibrio tiene una forma distinta. Y en ese en este caso concreto, nosotros lo simbolizados con la forma de la dona (doughnut).

¿Puede explicar, con ejemplos concretos, cómo una economía degenerativa puede convertirse en regenerativa?

El primer ejemplo que me viene a la cabeza es de Ámsterdam, una ciudad que ha adoptado el modelo de la "economía de la dona" para guiar su recuperación social y económica tras la pandemia de covid-19.

En un barrio a las afueras de la ciudad se está construyendo un edificio que se ajusta completamente a los principios de construcción de nuestra propuesta.

Está hecho de materiales recuperados como madera o aluminio, es eficiente energéticamente y tiene un diseño modular.

Los muros no están pegados o cementados, sino que están atornillados y recortados para que se puedan desenlazar y desechar si hay partes que necesitan reparación.

Hoy en día, Ámsterdam está exigiendo a sus contratistas unos mínimos en cuanto a materiales y formas de producción para los edificios públicos.

Estas son medidas que están llevando a que la ciudad se convierta cada vez más en regenerativa por diseño.

Otro ejemplo que me gusta contar es el de la ciudad india de Bangalore, donde se están extendiendo los cafés de reparación. También pasa en Seúl o en ciudades de Ghana. Mitad café, mitad taller, tienen un elemento de comunidad.

Puedes ir con tu tostador y te enseñan a repararlo. O con ropa, muebles, electrodomésticos, bicicletas, vajillas, juguetes.

Por un lado, tienes más conexión comunitaria y por otro la gente está ahorrando dinero. Y, al mismo tiempo, se habilita una vía para reducir el volumen de basura y de residuos que se generaría si en lugar de reparar estuvieses comprando.

¿Y cómo hacemos que la economía no sea divisiva, que las oportunidades y la riqueza no estén siempre en el mismo lado de la mesa y se repartan de forma mucho más equitativa?

La energía es un buen ejemplo.

En India, una comunidad ha instalado microrejillas comunitarias de energías renovables.

Es una red local y descentralizada de generación y distribución, donde la energía fluye alrededor de una comunidad de acuerdo con la demanda.

Esto permite que millones de personas, especialmente en zonas rurales, consigan acceso a la electricidad y hay un uso más eficiente, ya que la transmisión no es centralizada.

Pero es que además, con este sistema se beneficia más gente.

Hay más población que ve cubiertas sus necesidades. Los beneficios se reparten de forma más igualitaria.

La propiedad de esa energía no esté en manos de una multinacional, que al final responde a la maximización de beneficios de los accionistas a corto plazo,

¿Cómo pueden las empresas sumarse a esta forma de pensar y de relacionarse con la comunidad?

Poniendo en marcha políticas que incluyan esa visión de economía más distributiva, como tener en cuenta a los empleados, asignar unos salarios dignos o establecer prácticas éticas a través de toda la cadena de producción.

También con compromisos fiscales.

La cadena de cosméticos Lush es una de las marcas comprometida con el fair tax pledge: pagar la cantidad de impuestos justa en el país donde se debe pagar y en el momento correcto.

Esta política contrasta con la de muchas empresas, que lo que están haciendo es lo contrario.

Es decir, emplean mucho esfuerzo y recursos en no pagar lo que tiene que ser y al país que debe ser.

¿Por qué cree que el pensamiento económico actual y las políticas económicas no está consiguiendo dar respuesta a los cambios sociales?

Creo que es porque estamos estancados.

A día de hoy la transformación que hace falta requiere un cambio muy profundo de mentalidad, de paradigma y de valores.

Se está viendo cada vez, sobre todo a pie de calle.

Hay un movimiento y hay interés por cambiar que se traduce en administraciones un poco más radicales e innovadoras en su forma de abordar los problemas ciudadanos.

Al final también es un tema de intereses y poderes, y de quién tiene poder para cambiar las cosas. Tenemos que pasar a tener un equilibrio.

La esperanza está ahí, en la escuela, en los profesores que se ponen en contacto con el Doughnut Economics Action Lab por que quieren enseñarle a sus alumnos otro tipo de economía.

Hay profesores de universidad que están intentando cambiar currículums, introducir nuevas ideas, introducir nuevos contenidos, explorar nuevos planteamientos.

Creo que también en muchos casos, no solamente va a depender de esperar a que el gobierno o que la jefa de turno dé los pasos.

Mucha de la presión va a venir por el movimiento de abajo, por una red a pie de calle que va a impulsar esos cambios.

@cjorgaz

28 de marzo 2021

BBC News Mundo

https://www.bbc.com/mundo/noticias-56283169

 10 min


Javier Marías

Esta anécdota supera en imbecilidad a las infinitas imbecilidades que desde hace décadas padecemos a diario..No sabemos por qué será recordada esta época en lo que se refiere a grandes acontecimientos —pandemia aparte—, pero, en lo relativo a la “pequeña historia”, me temo que lo será por su pintoresquismo y su extrema ridiculez. Más o menos como en España es hoy vista la censura franquista, que, como quizá no saben los jóvenes, cortaba los besos de las películas, cambiaba diálogos y tapaba con artimañas los escotes de las actrices. Claro que no estoy tan seguro de que hoy se considere risible y grotesca aquella censura: aunque jamás lo reconocerán, es probable que a algunas feministas de cuarta ola les parezca acertadísima y de perlas, por precursora.

La noticia es muy menor, pero hay que prestar atención a lo menor, a veces sintomático de lo grave. En la investidura de Joe Biden intervino una joven poeta que declamó sus versos, Amanda Gorman. Instantáneamente se hizo famosa, no tanto por la calidad de su poesía (eso ahora cuenta poco), cuanto por ser mujer, joven y de raza negra. Le llovieron las ofertas de traducción a otras lenguas, y al parecer ella deseaba que sus palabras fueran vertidas al holandés y que se encargara de la tarea Marieke Lucas Rijneveld. Según la prensa, “el perfil de Rijneveld, una joven no binaria, encajaba” para tan magna empresa, porque “tiene un estilo y tono propios, y ha puesto sobre la mesa temas como la igualdad de género y la resiliencia mental”. Confieso ignorar a medias qué significa “no binaria” e incluso “sí binaria”, y tampoco descifro con claridad ese tema de la “resiliencia mental”. Deduzco algo sobre lo primero al leer, líneas más adelante, que Rijneveld “se identifica como chico y chica a la vez”. Supongo que eso tendrá sus ventajas, pero también dificultades. Lo que no se me alcanza es por qué todo esto faculta a una traductora o traductor para hacer bien su trabajo. Fui traductor bastantes años, y lo requerido era buen conocimiento de las lenguas de partida (inglés en mi caso) y llegada (español), así como ciertas dotes para la escritura. Nada más.

La editorial holandesa (casualmente la misma que publica mis libros, y no sé yo, a la vista de su papelón en este asunto) defendió así su elección: “Ambas autoras son jóvenes y tienen mucho éxito, y sin miedo a decir lo que piensan”. Que yo recuerde, lo que piense un traductor es irrelevante: ha de limitarse a poner en su idioma un texto lo mejor y más fielmente posible, así le guste o repugne. Sin embargo, las redes y algún artículo idiota de prensa (queda señalado el diario Volkskrant) se sublevaron porque Rijneveld es blanca, lo cual es frecuente en Holanda, y eso la invalidaba. “Solo una persona del mismo color de piel que Gorman podría traducir adecuadamente sus poemas”.

En verdad esta anécdota supera en imbecilidad a las infinitas imbecilidades que desde hace décadas padecemos a diario, con un grado de bizantinismo casi imbatible. Según estos razonamientos —por darles honroso e inmerecido nombre—, yo nunca debería haber traducido a Auden ni a Frank O’Hara ni a Ashbery, siendo ellos homosexuales y yo heterosexual. Ni a Isak Dinesen, al ser ella mujer y yo varón. Ni a Conrad, al no ser yo polaco de nacimiento ni haber aprendido mi lengua literaria a los 20 años, como él la suya. Y en realidad no sé cómo me atreví con Sterne, Stevenson, Sir Thomas Browne, Faulkner, Hardy, Nabokov, Yeats, estando todos muertos entonces y yo en cambio vivo. De acuerdo con estos criterios dementes, Yo-Yo Ma o Seiji Ozawa no podrían interpretar a Haydn, Bach, Beethoven o Mozart, siendo asiáticos el violonchelista y el director, y europeos y blancos los compositores. A Ralph Ellison o a Zadie Smith solo podrían traducirlos negros o “aproximados”, por difícil que resultara encontrar traductores competentes de sus razas en Rusia o Hungría o Japón o China, por ejemplo. Y ningún negro ni asiático ni heterosexual ni mujer debería osar ponerse a traducir a Proust, así como ningún homosexual ni mujer ni negro a Hemingway, por dudas que afloren a veces sobre su sexualidad. A mí, dicho sea de paso, me han vertido excelentemente a sus lenguas una inglesa, una holandesa, una húngara, una francesa, una italiana…

Pero Rijneveld, asustada por las feroces críticas, renunció al instante: “Entiendo a la gente que se siente herida por mi elección”, dijo. Y la editorial, a su vez, se sometió: “Queremos aprender de esto dialogando”, y ya busca a alguien que comparta color de piel con la autora. Bien podría ser la activista de origen surinamés que se encargó de manifestar su indignación en Volkskrant y la de “muchos otros que expresaron su dolor, frustración, enfado y decepción”. Santo cielo, tanto agravio, tanto desgarro y tanto drama por la traducción de un poemario.

El asunto es tan ridículo que no sé ni por qué me ocupo de él. Pero es que refleja demasiado bien uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: ¿por qué nunca nadie —aquí Rijneveld, la editorial, el diario o la propia Gorman— se planta ante el cretinismo imperante, se niega a obedecer a los oportunistas lunáticos y dice sin más: “No, esto no procede, porque es una tremenda idiotez”?

27 de marzo 2021

El País Semanal

https://elpais.com/eps/2021-03-28/tanto-desgarro-y-tanto-agravio.html

 4 min


Ismael Pérez Vigil

En el interior y en la superficie de la oposición democrática, los temas de discusión se suceden y van cayendo como en cascada. El de la negociación está en el aire. Se siente, se huele, se masculla sobre él con cierta vergüenza todavía; nadie se atreve a asumirlo frontalmente, a proponerlo en voz alta de manera directa; excepto quienes se le oponen. La mayoría se limita a satanizarlo sin mayores argumentos. Pero el tema está allí.

Y no puede ser de otra manera. Si no tenemos la fuerza para acorralar al régimen y obligarlo a renunciar; o si no tenemos el apoyo de la fuerza armada o el respaldo de una fuerza internacional para deponerlo, ¿Qué alternativas nos quedan? En este momento solo tres; una es no “jugar”, no participar en nada y sentarse a esperar mejores tiempos.

Dos, aceptar participar con las reglas del juego que imponga la tiranía y tratar de sacar algún provecho de la situación. O tres, construir una fuerza tal que se oponga al régimen, ponga a dudar a quienes ahora lo apoyan, e ir resquebrajando eso que los especialistas llaman el “bloque hegemónico de poder” y se logre obligarlo a sentarse en la mesa de negociación para buscar una salida. Esa salida a la larga concluirá obviamente en un proceso electoral −con el perdón de la palabra− en el que se pueda participar en igualdad de condiciones.

Son pocas las personas en el país que hoy no concuerdan con que de este régimen de oprobio la única manera de salir es obligarlo a una negociación. El problema es cómo se logra eso.

Pero esta no es la “negociación” que está planteada en este momento, la que el régimen está propiciando y en la que ha accedido a participar. Por lo tanto, la oposición democrática, en esta etapa de reflujo en la que se encuentra, está transitando la ruta larga, pesada, de discutir internamente si debe abstenerse o participar en el próximo proceso electoral.

En realidad, se discute en torno a un mito. ¿Cómo llegar a unas supuestas elecciones “libres”, “competitivas”, negociadas con el gobierno, a cambio de levantar sanciones? Hay un cuestionamiento muy real de muchos analistas y consultores que se preguntan: ¿Por qué vamos a suponer que el régimen, todopoderoso, está dispuesto a negociar y conceder condiciones electorales favorables? ¿A cambio del levantamiento de las sanciones? Les parece contradictorio, un contrasentido y no les falta razón. Veamos.

Si en las circunstancias actuales, de acuerdo con todas las encuestas y la opinión de todos los consultores y analistas el régimen perdería de calle, como se dice coloquialmente, cualquier elección que se organice que sea más o menos libre, ¿Por qué negociaría la posibilidad de perder el poder a cambio del levantamiento de sanciones? ¿De qué le serviría el levantamiento de las sanciones si pierde el poder? La respuesta para algunos es que para el régimen es un buen negocio, eventualmente “cedería” algunas gobernaciones −que en realidad no le restan mucho poder y que siempre las puede controlar con los consabidos “protectores” − a cambio de que le levanten unas sanciones que sí lo perturban. Sobre todo, claro está, si le levantan las sanciones “personales”, las que recaen sobre los personajes del régimen, que varios las tienen y que los afectan y los afectarán, estando o no en el poder, para continuar sus «negocios» y disfrutar sus fortunas mal habidas en cualquier parte del mundo. Esa sería la razón y no el que consideren que su poder esté amenazado, que es lo que no parece muy claro en este momento.

Y no faltan razones para pensar que no vean su poder amenazado, a juzgar por la conducta política, impune, del régimen, para controlar el país. No vale la pena repetir de nuevo todos los abusos, ilegalidades y artimañas de que se vale para lograrlo, las doy por bien conocidas, y son una clara muestra del omnímodo poder del régimen, aunque solo esté sostenido por la fuerza armada nacional y sus colectivos violentos.

Sin embargo, en un mundo globalizado nada es gratis y el régimen ha pagado un precio por todas sus ilegalidades, abusos de poder y violación de derechos humanos, que lo han ido aislando internacionalmente, al menos del mundo occidental democrático. Sería absurdo negarlo. Han contribuido esas sanciones impuestas por algunos países como los EEUU y la UE, de las que el régimen ha tratado, hasta ahora infructuosamente, de librarse.

Siempre he compartido que las sanciones contra un país son inconvenientes pues no solo no logran su propósito de debilitar al régimen contra el cual se aplican y sí debilitan y empeoran las condiciones generales de la población del país. Pero tampoco tengo ninguna duda que las sanciones contra las personas, contra los factótums del régimen, sí tienen eficacia. Y la mejor prueba de esto es la insistencia del nuestro en intentar librarse de ellas y poner como condición su eliminación cuando se les plantea cualquier tipo de negociación.

El objetivo del régimen es utilizar su poder de negociación para librarse de unas sanciones que afectan en lo personal a algunos de sus componentes; ni por un momento podemos pensar que un supuesto daño de las sanciones a la población o una desmejora de su condición de vida sea algo que al régimen le preocupe y quiera resolverlo. Pero si una cosa debemos tener clara es que esa es una señal de que las sanciones personales sí le pesan y debemos tener claro también que el gobierno accedió a negociar en oportunidades anteriores por el peso que ejercen esas sanciones.

Por otra parte, y para finalizar el tema de las sanciones, no debemos cometer la ingenuidad en la que incurren algunos desprevenidos opositores, que favorecen las opciones del régimen, al aducir un cierto daño o empeoramiento de las condiciones económicas y sociales en Venezuela, producto de esas sanciones, sin percatarse de dos cosas; una, que el régimen lo que intenta es escudarse y tapar con el supuesto efecto de las sanciones la desastrosa gestión de casi 23 años en el poder; y dos, que a pesar de lo que dicen algunos voceros opositores contra ellas, varios estudios especializados, de universidades y connotados grupos de pensamiento comprueban que nuestro mísero estado de vida y el deterioro de las condiciones económicas y sociales son el producto de erradas y desastrosas medidas económicas que vienen de mucho antes del año 2017, que es cuando se empezaron a aplicar las mencionadas sanciones.

Como he dicho, no está muy claro que el régimen se sienta amenazado hasta el punto de flexibilizar sus posiciones y hacer concesiones a una oposición que considera, y está, debilitada. Pero lo que he descrito es el marco, el contexto, en el que se desenvuelve la negociación para encontrar una salida a la crisis política y la discusión acerca de si participar o no en el próximo proceso electoral, o en cualquier proceso electoral de ahora en adelante.

Politólogo

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​José E. Rodríguez Rojas

En el primer trimestre de este año se ha producido una reactivación del mercado petrolero, después del colapso del 2019. Ello se ha traducido en un repunte de los precios por encima de los 60 dólares. Uno de los logros del chavismo ha sido convertir a Venezuela en un actor marginal de este mercado, por lo que es poco probable que nuestro país se beneficie del repunte mencionado.

Desde el año 2019, o posiblemente antes, estamos entrando en una nueva era que podríamos llamar post-petrolera, donde los derivados del crudo no juegan el rol determinante que desempeñaban previamente. Las presiones de los ambientalistas y el cambio climático están impulsando la demanda de nuevas tecnologías basadas en otras fuentes de energía, como el carro eléctrico. Se esperaba que la demanda de crudo llegara a un tope dentro de varios años, pero, la Covid 19 hizo que esto se adelantara. Producto del confinamiento la economía global se contrajo, lo cual provocó un colapso de la demanda de crudo en el primer trimestre del año 2019. En consecuencia los precios del petróleo descendieron hasta cotizarse a niveles irrisorios.

Esta situación parece estar cambiando desde los inicios de febrero de este año, gracias a los avances en el proceso de vacunación y la aparición de nuevos tratamientos para la Covid 19, que permiten pensar en una ralentización de la pandemia y el inicio de una recuperación impulsada por el paquete de estímulos instrumentados por Biden y la Unión Europea. Esto ha alentado las expectativas de los inversionistas sobre una pronta recuperación de la demanda de crudo. Este proceso es todavía incierto. Los inversionistas temen que las nuevas variantes del Covid 19, más contagiosas y letales, puedan frustrar la recuperación. A pesar de ello lo precios del petróleo han entrado en una fase ascendente.

En verdad el repunte de los precios del crudo tiene más que ver con las restricciones en la oferta de petróleo que con la confianza en la recuperación de la demanda. En estas restricciones a la oferta ha influido la política del principal exportador de crudo a nivel global, Arabia Saudita, que aspira precios que ronden los 70 dólares y está tomando medidas para lograrlo, contando para ello con el apoyo de los otros miembros de la OPEP ampliada que incluye a Rusia. El cartel petrolero redujo su producción en siete millones de barriles diarios. En la última reunión de la OPEP se esperaba un cambio de política que moderara los recortes señalados y un acuerdo para un incremento de producción, pero se acordó mantener los niveles de producción. Todo ello impulsó los precios a niveles que rondaron los 80 dólares el barril.

En la contracción de la oferta está influyendo también la caída en otras zonas como África, donde algunos países petroleros están comenzando a sufrir por la reducción de la inversión en nuevos proyectos y la reducción de la producción en los existentes. En Estados Unidos la producción de crudo en enero fue un 13% más baja que hace un año. Las exportaciones de petróleo de Irán lucen poco probable que se incrementen rápidamente, pues la administración de Biden no tiene planes de levantar las sanciones.

La reducción de la producción en algunos países refleja la moderación en el gasto de las grandes compañías petroleras. Éstas están adoptando una mayor disciplina en sus inversiones en energía fósil y reorientándolas hacia nuevas fuentes de energía. En ello han influido las perdidas que han sufrido en el periodo reciente y la política energética de la Unión Europea y de la nueva administración de Biden. Representantes de esta última han señalado que su política energética se orientará hacia una más estricta regulación sobre las energías fósiles e incentivar las inversiones en las nuevas energías.

En este panorama global, Venezuela, que era un actor importante en el mercado petrolero antes de 1998, ha dejado de serlo. Uno de los logros del chavismo ha sido la destrucción de la industria petrolera, lo que se ha reflejado en el colapso de la producción y exportación de petróleo, agravado en los últimos años por el deterioro de los precios del petróleo. Venezuela tenía en 1998 una capacidad de producción de 4 millones de barriles diarios. Actualmente los niveles de producción se ubican en 10% de esa cifra. En otras palabras, el chavismo y los militares incompetentes que ha designado para dirigir PDVSA han destruido el 90% de la capacidad de producción de la empresa.

El régimen habla de una recuperación de la producción para llevarla a niveles de 1,5 millones de barriles diarios, pero ello exigirá unos niveles de inversión que el gobierno no dispone. Adicionalmente a ello la desconfianza de los inversionistas hacia el régimen de Maduro pone en duda que logren entusiasmar a empresarios del sector privado a invertir en la deteriorada industria venezolana.

Debido a los raquíticos niveles de producción, el incremento de los precios que se está produciendo desde febrero, no parece beneficiar a Venezuela y provocar un cambio en la situación de deterioro de la industria petrolera.

Profesor UCV

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