Lo estamos viendo en Venezuela. El 3 de enero, fuerzas militares estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Caracas. Dos días después, Delcy Rodríguez juraba como nueva presidenta de Venezuela ante una Asamblea Nacional con 256 de 285 diputados afectos al chavismo. El dictador había caído. La dictadura, sin embargo, sigue en pie ahora bajo tutelaje de Washington.
Esta paradoja resume el problema de fondo de las intervenciones externas. "Generan un cambio en el régimen, pero no un cambio de régimen. Eso es lo que hemos visto en Venezuela y estamos viendo en Irán", explica Aníbal Pérez-Liñán, profesor de Ciencia Política y estudios globales en la Universidad de Notre Dame. El episodio, que generó grandes esperanzas entre la diáspora venezolana de ver algún cambio en el país, ilustra el desafío monumental que representa la democratización de un Estado asfixiado por un aparato autocrático dispuesto a aferrarse al poder cueste lo que cueste.
Tsunami de autocratización global
El caso venezolano no es una anomalía. Es parte de una tendencia global que los principales institutos de investigación llevan años documentando con alarma creciente. En 2024, por primera vez desde 2002, hay más autocracias que democracias en el mundo: 91 frente a 88. El 74% de la población mundial vive hoy en autocracias, mientras que apenas el 6,6% reside en democracias liberales. Freedom House señala en su informe de 2026 que la libertad global disminuyó por vigésimo año consecutivo en 2025: 54 países registraron retrocesos en derechos políticos y libertades civiles, mientras que solo 35 mostraron mejoras.
Los regímenes antidemocráticos aumentan cada año su influencia y refuerzan su poder diseñando sistemas e instituciones sofisticadas capaces de prevenir cualquier amenaza.
Como sobreviven los regímenes autoritarios
Para entender cómo caen las dictaduras, primero hay que entender cómo se sostienen. Los expertos identifican tres pilares: la represión, la legitimación y, el más decisivo de todos, el control de la élite.
La represión va mucho más allá de la fuerza bruta. Incluye aparatos judiciales sometidos, tecnología de vigilancia masiva y fuerzas de seguridad cuya lealtad se compra con privilegios. Pérez-Liñán lo formula sin rodeos: "Son regímenes dispuestos a pagar el costo de mantenerse en el poder. Conceden beneficios a las fuerzas de seguridad de manera tal que cuando necesiten reprimir puedan reprimir", señala. La consecuencia es que el cálculo del poder se desacopla del apoyo ciudadano: "Su supervivencia en el poder ya no depende del consenso popular".
La legitimación construye relatos —revolucionarios, nacionalistas…— capaces de movilizar a una parte de la población, por muy reducida que sea. Pérez-Liñán distingue tres orígenes posibles: "A veces hay una legitimidad de origen revolucionario, como en Irán o en Cuba". A veces tiene que ver con la frustración de la población con el momento político anterior, como ocurría en Venezuela. Y a veces tiene que ver con la realidad o la ficción de una amenaza externa, que consolida a la población alrededor de un ideal nacionalista de defensa de la patria".
Y el control de la cúpula garantiza que los mandos intermedios —los generales, los burócratas, los religiosos— no tengan ni el incentivo ni la oportunidad de desertar. Es el corazón de cualquier sistema autocrático. Manuel Alcántara Sáez, catedrático de Ciencia Política, lo resume en tres cimientos comprobables: "Tienen un determinado momento fundacional. Tienen el control de la policía y del ejército, lo tienen clarísimamente. Y tienen un núcleo social que no es despreciable". Ese núcleo, recuerda, nunca desaparece del todo: "Siempre hay un núcleo social importante apoyando la dictadura. Como en España había un núcleo social que apoyaba al franquismo".
Por eso, como ha demostrado Irán en su guerra contra Israel y EE.UU, una cúpula blindada puede aguantar e incluso reforzar su influencia ante un ataque frontal. La amenaza más peligrosa para un dictador no viene del pueblo, sino de su entorno más cercano. Y el régimen lo sabe. Pérez-Liñán describe hasta qué punto: "Estos regímenes represivos no reprimen solo a la oposición democrática: también reprimen a sus propios cuadros. Cuando se sospecha que tienen algún contacto con la oposición, son reprimidos de manera todavía más brutal que los propios opositores".
El mito de la revolución popular y de la guerra democrática
La imagen romántica de la revuelta que derroca al tirano tiene poco respaldo empírico. Desde 1950, de los 473 líderes autoritarios que han dejado el poder, un tercio fue destituido por sus propias fuerzas militares, otro tercio abandonó el poder por decisión del propio aparato, y un 20% murió en el cargo. Las revueltas populares como causa directa del cambio representan apenas el 7% de los casos.
La segunda gran conclusión es igualmente incómoda: las dos herramientas más empleadas desde el exterior —las sanciones económicas y las intervenciones militares— tienen un historial de fracasos.
La idea de que una intervención militar puede democratizar un país es un mito persistente que EE.UU. ha logrado desmentir de manera espectacular y reiterada en Irak (2003), Afganistán (2001), Libia (2012) y, desde febrero de 2026, en Irán. Las intervenciones militares directas solo han derivado en transiciones democráticas exitosas en dos casos en toda la historia contemporánea: Alemania y Japón tras la Segunda Guerra Mundial. En otros casos, o refuerzan al régimen o generan el caos que abre paso a algo peor, como ocurrió en Irak con una guerra civil y el surgimiento del Daesh, el autodenominado Estado Islámico, o en Libia con una guerra civil todavía sin visos de solución.
Pérez-Liñán matiza por qué las intervenciones recientes ni siquiera persiguen ya esa democratización: "No es una intervención militar con una gran presencia para desmantelar el régimen y controlar el territorio. Es una intervención muy puntual para remover a Maduro del poder". El mismo patrón en Irán: "Una intervención militar muy selectiva para apoyar la acción de Israel y socavar al régimen, eliminando a sus principales líderes". El resultado, advierte, es predecible en su impredecibilidad: "Estas intervenciones militares, de por sí, nunca garantizan un resultado democrático".
Las sanciones corren la misma suerte, y por una razón concreta. "Tienden a ser poco eficaces porque estos regímenes represivos transfieren el costo económico y social de las sanciones a la población", explica Pérez-Liñán. "Erosionan la base económica del régimen, pero no necesariamente su estabilidad". Alcántara llega a la misma conclusión desde la evidencia histórica de Cuba: "Las sanciones nunca, nunca son totales. Siempre hay alguien dispuesto a romper el cordón sanitario".
A veces, además, el cálculo es mucho menos noble que la retórica geopolítica. Alcántara invita a leer la intervención en Venezuela con cinismo: "No es casualidad que la intervención en Caracas y la negociación inmediata sobre el control del petróleo venezolano se produjera antes de lo de Teherán y de la consiguiente subida de los precios del crudo. A veces uno puede contemplar la política desde perspectivas verdaderamente miserables".
Lo que sí funciona
Si las herramientas externas fallan, ¿qué queda? La investigadora de Harvard, Erica Chenoweth, identificó un umbral significativo: si un movimiento disidente logra movilizar de forma sostenida al 3,5% de la población, los gobiernos caen. No por la fuerza del número en sí —en España equivaldría a casi dos millones de personas—, sino porque esa masa visible implica un respaldo mucho más amplio, genera la percepción de colapso inevitable y, sobre todo, provoca deserciones dentro de la propia cúpula.
Ese es precisamente el mecanismo que Pérez-Liñán sitúa en el centro de cualquier transición: "La clave tiene que ver con la combinación de la movilización social —que muestra que el régimen ha perdido su legitimidad de origen— y una fractura interna dentro del régimen mismo. Eso es lo que permite que una facción se abra a la posibilidad de una transición". Sin esa grieta, la calle no basta: "En la medida en que el régimen mantiene la cohesión de los cuadros dirigentes y de las fuerzas de seguridad, puede reprimir a la población, como hemos visto en Irán, en Venezuela, en Nicaragua y en Cuba".
Y luego está el poder blando. Lejos de ser ingenuidad política, el soft power que teorizó Joseph Nye en 'Soft Power: The Means to Success in World Politics' (2004) tiene un respaldo sólido en los datos. Los regímenes atacados tienden a blindarse, reforzar su propaganda y cohesionar a su cúpula; las sociedades que se abren al exterior, en cambio, cambian desde dentro. Alcántara lo ilustra con una anécdota que vivió hace tres décadas, cuando escuchó a Manuel Fraga dar al embajador de EE.UU. su receta para la isla: "La solución del tema cubano es muy simple: llenen el país de turistas". La lógica, traducida, es la del poder blando: "A través del turismo, la gente que vive en la isla ve otras realidades, cambia". Su veredicto sobre seis décadas de la estrategia contraria es lapidario: "El modelo de las relaciones con Cuba no ha funcionado. Y el pagano de todo eso son las clases populares cubanas". Por eso reivindica "actitudes blandas para intentar mejorar la vida, mejorar la situación de la gente".
El largo camino
Nada de esto es una fórmula. Es, como recuerdan los expertos, una caja de herramientas cuya eficacia depende del contexto, del momento y, en última instancia, de si la fractura interna dentro del régimen llega a producirse. Pérez-Liñán lo ordena en dos tiempos: "La salida de una dictadura tiene dos momentos. Primero, el quiebre del régimen autoritario represivo, que puede ser resultado de una intervención externa, pero en general es el resultado de un quiebre interno de los cuadros del régimen. Y el segundo, el más importante, es la formación de una coalición social amplia que restablece las condiciones para la competencia democrática".
El segundo momento es el difícil y el que no admite garantías. "Hay muchos regímenes autoritarios que terminan, pero dan paso a un nuevo régimen autoritario", advierte. La caída del dictador no es la llegada de la democracia; es, en el mejor de los casos, la apertura de una posibilidad.
Lo que sí confirman los datos es que el camino hacia la dictadura es una cuesta abajo. Veinticinco años de retroceso democrático sostenido así lo demuestran. La pendiente de vuelta es larga y no tiene atajos garantizados. Pero tampoco es irreversible.
08.08.2026
https://www.rtve.es/noticias/20260808/indestructibles-como-se-derrumba-dictadura/17172266.shtml