En 1935 murió Juan Vicente Gómez. Con él terminó la dictadura más larga del siglo XX venezolano. No terminó por una revolución, ni por una guerra civil, ni por una derrota militar. Terminó porque el sistema entendió que seguir intacto era insostenible. La transición no la inició un opositor, la inició un hombre formado dentro del propio régimen: Eleazar López Contreras.
López Contreras no fue un disidente ni un reformista precoz. Conoció a Gómez en 1903. Le sirvió durante más de tres décadas. Ascendió obedeciendo, administró poder diciendo sí, sobrevivió dentro del engranaje autoritario. Y precisamente por eso, cuando comenzó a desmontar piezas del sistema, el gesto fue tan perturbador. No venía de afuera. Venía de adentro.
Liberó presos políticos. Permitió el regreso de exiliados. Cerró La Rotunda, símbolo del terror. Redujo el período presidencial. Aceptó límites. No desmontó el gomecismo de golpe, pero lo obligó a respirar por primera vez en casi treinta años. No por altruismo, sino por cálculo: entendió que el terror absoluto tenía fecha de vencimiento y que insistir en él aceleraba el colapso.
Ese detalle suele omitirse: muchos gomecistas odiaron lo que López Contreras estaba haciendo. No hubo unidad interna. El desmontaje generó rechazo, resentimiento y miedo dentro del propio régimen. Generales regionales, burócratas del terror, administradores de cárceles y feudos entendieron que el sistema que los había hecho poderosos estaba siendo desarmado desde adentro. Para ellos, López Contreras no era un continuador: era un traidor silencioso.
El gomecismo no era solo Gómez. Era una red. Estaban Eustoquio Gómez, Juan Crisóstomo Gómez, Victoriano Márquez Bustillos y una larga cadena de jefes militares, policías, carceleros e informantes que sostenían el miedo cotidiano. Cuando López Contreras abrió las cárceles y permitió el regreso de los exiliados, no solo liberó presos: despojó de sentido a todo ese aparato represivo.
Y aquí aparece el paralelismo que hoy incomoda. El gomecismo duró exactamente 27 años, de 1908 a 1935. La llamada Revolución Bolivariana, iniciada en 1999, alcanza hoy la misma cifra. Veintisiete años no son solo un número: es el punto en el que los regímenes largos dejan de creerse transitorios y comienzan a enfrentarse a su propia fatiga histórica.
Hugo Chávez fue el origen carismático del sistema. El mito fundacional. El muro de contención interno. Mientras vivió, muchas decisiones extremas no se ejecutaron porque él mismo las frenaba. Con su muerte, el régimen no se moderó: se degradó. Lo que fue proyecto se convirtió en mecanismo de supervivencia.
Nicolás Maduro no heredó autoridad, heredó estructura. Diosdado Cabello no administra gobierno, administra miedo. La revolución dejó de prometer futuro y pasó a administrar presente. El quiebre definitivo ocurre cuando Maduro es extraído del poder, no por una rebelión interna ni por una insurrección popular, sino por una operación externa que deja al sistema sin su figura central. En ese vacío, Delcy Rodríguez asciende no por consenso ni por liderazgo propio, sino por sucesión formal: era la vicepresidenta y el sistema necesitaba continuidad administrativa inmediata.
Desde ese momento, el poder deja de ser soberano y pasa a ser condicionado. Delcy Rodríguez no gobierna desde la fortaleza del régimen, sino desde la subordinación geopolítica. Su margen de maniobra no está determinado por Miraflores ni por el partido, sino por Washington. La relación ya no es de desafío, sino de obediencia táctica. Y ese detalle, como en toda transición, es más revelador que cualquier discurso.
López Contreras no fue el fin inmediato del gomecismo. Fue el comienzo de su desmontaje. Y el dato más revelador viene después: hoy casi nadie recuerda el nombre del carcelero más radical de La Rotunda. Nadie discute a los jefes de policía, a los verdugos menores, a los burócratas del miedo. Sus nombres quedaron sepultados hace cien años. La memoria histórica apenas conserva el de Gómez, y aun así, desdibujado.
Esa es la lección que muchos se niegan a entender cuando hoy exigen “cortar todas las cabezas”. Se mencionan nombres como Tarek William Saab, Jorge Rodríguez, Vladimir Padrino López, Alexander Granko, Nicolás Maduro Guerra, Iris Varela y otros operadores del poder como si la historia se resolviera por decapitación masiva. Pero la historia demuestra lo contrario: los aparatos represivos se disuelven, los operadores se diluyen, los nombres secundarios se olvidan. Exigir todas las cabezas no es justicia: es torpeza política.
Las transiciones inteligentes no borran la memoria, pero entienden el tiempo. Venezuela no salió del gomecismo por venganza total, sino porque el poder entendió que debía desarmarse para no desaparecer. Hoy, con otros nombres, otros símbolos y la misma cifra fatal de 27 años, el país vuelve a enfrentarse a la misma disyuntiva histórica.
La pregunta no es quién paga hoy.
La pregunta es quién entiende, a tiempo, que la historia ya empezó a girar.
17 de enero 2026