Cuesta recodarlo, pero el siglo pasado los consumidores europeos hacían más caso a los ecologistas que a los científicos. Hace 30 años, los ecologistas dijeron que los transgénicos eran malos y sumieron a Europa en un atraso biotecnológico que apenas empieza a superar ahora. Dio igual que los científicos se desgañitaran proclamando que las plantas transgénicas no suponen ningún riesgo para la salud, que un centenar de premios Nobel acusaran a Greenpeace de crímenes contra la humanidad por haber puesto en contra de los transgénicos a unos países africanos que los necesitaban desesperadamente, y que el resto del mundo investigara en semillas modificadas genéticamente sin causar ninguna de las catástrofes que predecían los amantes de la naturaleza.
A Estados Unidos siempre le dio igual la opinión de Greenpeace, China puso a sus expertos a trabajar en lo que demandaba su población y, uno tras otro, los países africanos empezaron a investigar en las plantas de cultivo modificadas que necesitaban para protegerse de las plagas y mejorar su nutrición. Europa mantuvo la legislación más restrictiva —y absurda— del mundo para no tener que hacer frente al bulo verde. Pero bueno, esto acaba de cambiar, así que demos a Europa la bienvenida al siglo XXI.
¿Qué ha cambiado para que el Parlamento Europeo entre en razón? Para empezar, hagamos un esfuerzo por no caer en las habituales pelmacerías de la nomenclatura burocrática, que es la especialidad de Estrasburgo. Los transgénicos ya no se llaman transgénicos, ni siquiera organismos genéticamente modificados (OGM), sino “nuevas técnicas genómicas” (NGT por sus siglas inglesas). Ya sé que esto daría para una mesa redonda de 14 horas, pero el tiempo es un recurso valioso, y lo mejor que podemos decir es que todas esas cosas son lo mismo. Se trata de modificar genéticamente una planta de cultivo para aumentar su rendimiento o su resistencia a las plagas locales, incrementar su aguante a la sequía y al calor —algo particularmente importante en nuestro tiempo de cambio climático pertinaz— y mejorar sus propiedades nutritivas cuando la cosecha en cuestión va a alimentar a poblaciones sometidas a estrecheces alimentarias.
Como decía el premio Nobel Norman Borlaug, “los ecologistas rechazan los transgénicos porque tienen la panza llena”. Borlaug se la ganó por este tipo de comentarios, por supuesto. Ahora se estará removiendo en su tumba. Me pregunto dónde estarán los bravos jóvenes que le insultaban con tanta soltura. Qué osada es la ignorancia.
Afinando un poco más, hay que reconocer que las nuevas técnicas genómicas son menos agresivas que las antiguas. Eso no quiere decir que sean menos peligrosas, sino que son más aceptables para un público que ha sido intoxicado a conciencia. Antes se introducía en una planta un gen de otra especie que le procuraba alguna cualidad deseable. Eso se aprovechó por los ecologistas para tildarla de comida Frankenstein, o Frankenfood. Las técnicas de manipulación genética se han vuelto ahora tan sofisticadas que una planta modificada puede ser completamente indistinguible de una natural, entendiendo por natural una que solo lleva 10.000 años sometiéndose a la selección e hibridación típicas de la agricultura convencional.
De hecho, la nueva legislación europea considera esas semillas completamente equivalentes a las naturales a efectos legales. Es cierto que llevan alguna minúscula alteración, tal vez una sola letra de los miles de millones que componen un genoma, pero lo más común es que esa alteración exista ya en la naturaleza. Introducirla en la planta de cultivo por hibridación convencional, sin embargo, llevaría décadas, y con las técnicas actuales se puede hacer en minutos. ¿Mi opinión? Si Greenpeace no existiera, habría que inventarlo. Todos nos equivocamos, y el grupo ecologista tiene ahora una excelente oportunidad de reconocerlo y seguir adelante con su trabajo, que es cada vez más necesario.
https://elpais.com/opinion/2026-06-20/la-agricultura-europea-llega-al-siglo-xxi.html