Friedrich Hayek llamó la fatal arrogancia a la pretensión de creer que podemos conocer y diseñar desde arriba realidades que, por su complejidad, se construyen a partir de millones de decisiones, experiencias y relaciones humanas. Su reflexión estaba dirigida principalmente al terreno económico, pero contiene una advertencia que también puede ser útil para entender la política venezolana de hoy: ninguna estructura sostenible puede sustituir indefinidamente a la sociedad que pretende representar. En Venezuela, y particularmente en Aragua, corremos el riesgo de trasladar esa arrogancia al ejercicio político.
A veces pareciera que algunos creen que una nueva organización, una nueva dirección o una nueva arquitectura política puede construirse desde arriba, a partir de acuerdos entre dirigentes, posicionamientos en redes sociales o recursos económicos. Pero una sociedad no se organiza por decreto. Una estructura política puede anunciarse; una base social, en cambio, tiene que construirse.
Los likes no son organización. La capacidad económica para movilizar voluntades tampoco equivale necesariamente a liderazgo. Y una fotografía política puede mostrar presencia sin demostrar arraigo. La política real sigue estando donde están las personas: en las comunidades, en los barrios, en los gremios, en las organizaciones sociales, en quienes todavía tienen razones para participar y también en quienes han dejado de creer en la política.
Ese es, precisamente, el lugar que debemos entender quienes participamos en organizaciones políticas y sociales. Tenemos un papel importante, pero no somos dueños de la sociedad ni podemos imponerle una representación. Nuestro trabajo consiste en fomentar organización, participación, confianza y tejido social. En otras palabras, construir las condiciones para que exista una fuerza política capaz de sostener lo que viene.
La presencia de María Corina en este momento histórico ha tenido una importancia política evidente y no corresponde aquí desarrollar ampliamente su papel. Pero incluso una referencia política de esa dimensión no puede convertirse en la única estructura sobre la cual descansar una eventual reconstrucción democrática. Ser reconocido o designado puede abrir una puerta; solamente el trabajo político y social puede sostenerla.
El 28 de julio dejó, además, una lección que no debería perderse en la memoria política venezolana. La articulación social de más de 600 mil venezolanos, una dirigencia coherente y el rol fundamental de María Corina y Edmundo, sentaron las bases de este actual proceso de transición. La ciudadanía tiene memoria. Recuerda quiénes estuvieron, quiénes asumieron responsabilidades y también quiénes no lo hicieron, también a quienes posteriormente, tomaron decisiones que comprometieron el sentido de aquella expresión ciudadana. Los dirigentes, al igual que los ciudadanos tampoco podemos olvidar.
El proceso que actual ocurre en Venezuela es muy diferente a otros en el pasado, tiene de génesis el gran movimiento social entorno a María Corina y una tutela que ha podido frenar a la tiranía que ocupa el poder. Es un proceso muy importante y definitorio, en el cual no podemos repetir errores del pasado. Las cuotas partidistas, cuando se convierten en el mecanismo principal para distribuir responsabilidades, corren el riesgo de reproducir los mismos esquemas que han alejado a la política de su base social. El problema, sin embargo, no es la existencia de los partidos: somos necesarios y vitales.
El problema aparece cuando el partido deja de ser instrumento de representación y se convierte en un fin en sí mismo.
Aragua no necesita solamente una nueva distribución de cargos. Necesita una amplia base social, política y partidista capaz de asumir la complejidad de una institucionalidad profundamente deteriorada, de una economía golpeada y de una sociedad que necesita recuperar confianza, participación y capacidad de organización.
Amplitud, sí. Integración, también. Toda persona que haya sostenido democráticamente la bandera de la libertad debe tener un espacio en la construcción del futuro. Pero amplitud no significa amnesia. Integrar no significa olvidar. La reconciliación política no puede construirse borrando las responsabilidades del pasado.
Quizás allí encuentre sentido una idea atribuida a Václav Havel, que escuche de mi amigo sovietólogo Fredo Arias King en mi formación política en Praga hace unos años. Havel afirmaba que es preferible una inexperiencia temporal que un sabotaje permanente. La experiencia es valiosa, pero no puede convertirse en un argumento para preservar indefinidamente las mismas prácticas, los mismos intereses y los mismos mecanismos que han impedido la renovación. Havel, de hecho, insistió en la importancia de construir una base amplia de apoyo ciudadano y de reconocer que la política debe liberar las fuerzas sociales, no sustituirlas.
Aragua lleva demasiados años pagando el costo de una política encerrada sobre sí misma. El desafío no es simplemente cambiar quién ocupa los espacios de poder, sino construir una sociedad política capaz de sostener una nueva etapa. Porque, al final, la verdadera fatal arrogancia sería pensar que unos pocos pueden diseñar desde “arriba” con algo de manipulación, y unos cuantos dólares, el Aragua que miles tendremos que construir desde abajo.