La tentación de volver al mundo anterior a 1945
Entender el pasado no es un ejercicio académico: es una necesidad política. Buena parte de la turbulencia que atraviesa hoy el mundo se explica porque el sistema internacional parece estar regresando, sin decirlo abiertamente, a un orden que ya fracasó.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, las relaciones internacionales no se regían por normas compartidas ni por instituciones eficaces, sino por el equilibrio inestable entre potencias, las esferas de influencia y los acuerdos bilaterales precarios. La estabilidad no provenía del derecho, sino de la fuerza relativa. Ese mundo no colapsó por azar: colapsó porque carecía de reglas capaces de contener la ambición y de mecanismos confiables para resolver los conflictos.
El orden que emergió a partir de 1945 —con todas sus imperfecciones— fue una respuesta directa a ese fracaso histórico. Las instituciones multilaterales, el derecho internacional público y la cooperación económica no nacieron del idealismo ingenuo, sino de una constatación dura: sin reglas compartidas, el sistema internacional deriva inevitablemente hacia la confrontación.
Hoy asistimos a una erosión progresiva de ese orden. Bajo el lenguaje del realismo, de la defensa de intereses nacionales o de la crítica a un multilateralismo imperfecto, se debilitan principios que durante décadas funcionaron como anclas de estabilidad: la soberanía, la integridad territorial, el valor de los acuerdos internacionales y la centralidad de los derechos humanos.
Lo más inquietante no es solo la crítica al sistema existente, sino la ausencia deliberada de una arquitectura alternativa. No se propone un nuevo orden: se desmonta el anterior. Se confía en que la negociación directa, la presión económica o la fuerza bastarán para garantizar estabilidad. La historia, sin embargo, muestra con claridad el costo de ese error.
En este contexto, el reciente discurso en Davos del primer ministro canadiense, Mark Carney, adquiere un significado particular. Más allá de matices ideológicos, su planteamiento apunta a una idea central: el repliegue nacionalista y la erosión de la cooperación internacional no fortalecen a los países; los debilitan. Carney no niega la legitimidad de los intereses nacionales, pero subraya que, en un mundo profundamente interdependiente, la cooperación eficaz es una forma superior de soberanía, no su negación.
Esa advertencia debería resonar con fuerza en Iberoamérica. Como corolario de la reflexión de Davos, los actuales líderes de los países iberoamericanos deberían verse en ese espejo. No por imitación retórica, sino por responsabilidad histórica.
Iberoamérica posee condiciones excepcionales para convertirse en un espacio de estabilidad y cooperación en un mundo fragmentado: una comunidad lingüística y cultural compartida, vastos recursos energéticos y alimentarios, una población joven y un potencial económico subutilizado. Sin embargo, la región ha sido incapaz de traducir esas ventajas en una integración política y económica eficaz.
En un contexto global donde el multilateralismo se debilita, las integraciones regionales sólidas pueden convertirse en anclas de estabilidad. Europa lo entendió después de dos guerras devastadoras. Canadá lo plantea hoy desde una lógica pragmática. Iberoamérica sigue postergando esa discusión, atrapada entre la inercia, la fragmentación y el corto plazo.
El mundo previo a 1939 no fue más libre ni más seguro; fue simplemente más frágil y más violento. El orden posterior a 1945, con todos sus límites, permitió décadas de crecimiento, cooperación y contención de los grandes conflictos. Desmontarlo sin reemplazo no es audacia: es irresponsabilidad histórica.
El presente se ha vuelto turbulento porque se ha decidido relativizar aquello que, con esfuerzo y dolor, se construyó tras la guerra. La historia enseña que los sistemas internacionales no colapsan de golpe: se erosionan lentamente, hasta que el costo ya no admite correcciones.
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