Hay momentos, etapas en la vida en las que no podemos caminar por nuestros propios medios. Es la hora oscura del alma en la que pareciera que estamos en un túnel demasiado oscuro y largo; un túnel que pareciera no prometer una luz en su final. No se trata solo de lo que estemos afrontando, ya sea una enfermedad, una separación, una traición, una decepción, una vejación, o en pocas palabras, una tragedia; se trata también de la oscuridad del alma en medio del dolor desconocido, se trata de la imposibilidad de nuestro ser para lidiar con nosotros mismos. Es una herida que no para de sangrar, es un dolor que nos desploma y sigue punzante, desafiando nuestra fe, nuestro mundo tal como lo hemos concebido hasta ese punto. Es desfallecer, no tener fuerzas. Es perder la esperanza.
La historia del hombre paralítico que nos narra el evangelista Marcos (2), nos cuenta de un hombre que fue llevado por cuatro amigos hasta el Maestro. El no podía caminar, pero sus amigos prepararon un lecho, lo subieron en él y lo llevaron hasta Jesús. No fue fácil, Jesús estaba predicando en una casa que estaba abarrotada de muchas personas, no había acceso ni por la puerta ni por las ventanas; sin embargo, eso no fue obstáculo para sus cuatro amigos. Ellos subieron al techo de la casa e hicieron una abertura por la cual bajaron al paralítico hasta el lugar donde estaba Jesús. Entonces: “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.” Marcos 2:5.
Esta historia trae a mi memoria el relato que papá nos contaba sobre cómo la abuelita Cruz, su mamá, al enterarse de la noticia de que uno de sus hijos había tenido un accidente al precipitarse el helicóptero en el que iba en una misión muy importante, se arrodilló al instante y levantando sus brazos al Cielo clamó a Dios, pidiéndole que sanara a su hijo y que le permitiera vivir más años para continuar su labor de padre y esposo. Y Dios escuchó el clamor de la abuela y le devolvió a su hijo por muchos años más. Papá siempre decía que hay momentos en los que somos nosotros los llamados a interceder, a levantar a otros en oración delante de Dios. El, junto a mamá, pasaron años intercediendo por la vida y el retorno de mi hermano mayor a Dios. Al igual que aquella multitud, ellos vieron la gloria de Dios al ver la restauración de su hijo, más allá de lo que habían pedido o esperado. Recuerdo a papá orando y pidiéndole a Dios:_Permíteme ver este milagro antes de partir contigo. Y Dios se lo concedió.
Es profundamente desafiante enterarse de estas palabras que nos señalan que Jesús al ver la fe de los amigos, se dirigió al paralítico y le perdonó sus pecados. El Maestro no buscó en el corazón del hombre que estaba acostado en la camilla la fe. Jesús sabía cómo se sentía. Jesús vio la fe de los amigos, la fe que supera los obstáculos, la fe que trae ante el Señor al débil, al incrédulo, al atormentado, al enfermo y desahuciado. Porque esta historia no es solo sobre la fe sino sobre el compromiso de la amistad, de la hermandad y el compromiso que debemos tener por nuestra familia y por nuestro prójimo, el que Dios pone próximo a nosotros. Además, en primera instancia no le habla de su enfermedad, sino que se dirige a él y le dice que sus pecados son perdonados. Sin duda, mostrándonos que así como los amigos habían abierto el techo para llegar a Jesús, el perdón de los pecados derriba la muralla de separación entre Dios y cada uno de nosotros. Aún más allá, revelándonos que la sanidad del corazón, la limpieza del alma es la prioridad de Dios para nuestras vidas.
No obstante, como la duda ante la autoridad de Jesús estaba presente en medio de los fariseos que eran testigos de este milagro, Jesús decidió mostrarles que Si tenía (tiene) poder para perdonar pecados y todo lo demás que Dios quisiera sanar, les preguntó: —¿Por qué piensan ustedes así? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: “Tus pecados quedan perdonados”, o decirle: “Levántate, toma tu camilla y anda”? Pues voy a demostrarles que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados. Entonces le dijo al paralítico:—A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. El enfermo se levantó en el acto, y tomando su camilla salió de allí, a la vista de todos. Por esto, todos se admiraron y alabaron a Dios, diciendo: —Nunca hemos visto una cosa así. ” Marcos 2:8-12.
¿Es tu rostro uno que Dios puede mirar desde lo alto clamando, intercediendo por el débil? ¿Sabías que las Sagradas escrituras nos revelan, a través del apóstol Pablo, que nuestro Señor Jesucristo se encuentra a la diestra del Padre intercediendo por nosotros?
“¿Qué más podemos decir? Que si Dios está a nuestro favor, nadie podrá estar en contra de nosotros. El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la derecha de Dios e intercede por nosotros.”
Romanos 8:31-34.
Hoy, los rostros de estos cuatro amigos que valientemente llevaron al enfermo a Jesús, nos muestran otra dimensión de la fe. Pido al Señor que te de la gracia de ser ese amigo, hermano, esposo, padre e hijo comprometido que pone a sus amigos frente a Dios.
A veces la fe no es dar un paso, sino cargar al otro hasta ponerlo frente a Jesús.
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