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Los rostros de la fe XII. El Gólgota al jardín del sepulcro: El ladrón en la cruz y María Magdalena

Resurrección
Tiempo de lectura: 5 min.

La historia de la redención está marcada por dos momentos decisivos: la cruz y la tumba vacía. Pero en ambos escenarios, no son los grandes personajes los que primero comprenden el misterio, sino dos figuras inesperadas: un ladrón y una mujer.

La historia del ladrón al lado del Señor en la cruz nos revela una fe que nace de cara a la condena, en el umbral de la muerte; un corazón que finalmente derrota la soberbia con la que ha vivido su vida, reconoce sus hechos alejados de Dios y discierne la inocencia de Cristo. “Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; más éste ningún mal hizo.” Lucas 23:39-41. Este hombre no tenía nada que ofrecer. No había tiempo para restituciones, ni buenas obras que compensaran su historia. 

Sin embargo, estaba arrepentido, y la congoja del corazón por el peso del pecado se convierte en luz que abre los ojos del alma. Este hombre tuvo la revelación para comprender delante de quién se encontraba. “Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.” Lucas 23:42. Mientras el otro despotricaba contra Jesús, éste reconoció que era Rey, y humildemente le pidió: Acuérdate de mí. Buscando la salvación, en un instante y, sin proceso alguno, encontró la eternidad: “Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” Lucas 23:43. Hoy estaba al borde de la condena eterna y Hoy conocerá el paraíso al lado del Rey. ¡Son los cambios radicales que ocasiona la fe! La fe que cree no porque las condiciones sean favorables sino porque hay un corazón contrito y humillado. Como lo expresara David muchos años antes: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” Salmo 51:17. Y ciertamente, no despreció a este ladrón.

El ladrón representa la fe en su forma más desnuda. No hay proceso, no hay mérito, no hay posibilidad de cambio externo. Su vida se extingue, y con ella toda oportunidad. Sin embargo, en ese límite absoluto, ocurre algo extraordinario: reconoce en Cristo lo que nadie más ve. No un derrotado, sino un Rey. No un final, sino un comienzo. Cree en un reino invisible desde una cruz visible. Esta historia nos demuestra que la fe no depende del contexto sino del encuentro con el Maestro. Es la fe que puede surgir en el momento más oscuro de nuestra existencia. La fe que puede sostener la espera más larga y agónica de nuestra vida. La fe que renuncia al ego y se rinde a la misericordia de Dios.

María Magdalena en el sepulcro

María estaba afuera llorando junto al sepulcro… “Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro).” Juan 20:16.

María Magdalena ha tenido una pérdida devastadora, está confundida y su alma gime de dolor. Muy temprano en la mañana va a visitar la tumba del Maestro y la encuentra vacía. ¡Lo único que le quedaba para aferrarse a Él! Ahora no sabe dónde está, dónde le han puesto, quién se lo ha llevado. Ella ha amado, ha seguido, ha creído y, ahora no encuentra ni siquiera el cuerpo. No lo ve, pero tampoco se va. Se queda allí, creyendo en un Señor ausente, llorando por su partida. Perseverando cuando otros se han ido. Entonces, en medio de su llanto, fue hallada por Aquel a quien buscaba: “Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro).” Juan 20: 15-16.

En los momentos más angustiosos de nuestra vida, cuando el llanto es el único lenguaje del alma, Dios se acerca y siempre nos llama por nuestro nombre. A ella le dijo: ¡María! Y cuando escuchamos esa voz que nos llama personalmente, nuestro corazón reconoce esa familiaridad, porque él nos hizo para Él. “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.” Juan 10:27.

María Magdalena había caminado con Jesús, había sido transformada por Él. De repente, en pocos días, una sucesión de acontecimientos le cambian la vida. 

Podríamos pensar que su dolor no era solo un dolor emocional, sino absolutamente existencial. Ella que había sido rescatada de la muerte espiritual, ahora siente que ha perdido la razón para vivir, el sentido mismo de la vida. Entonces, experimenta lo que hasta ese momento no había comprendido. Ella había sido testigo de la muerte en la cruz; ella había visto su cuerpo sin vida y, ahora, reconoce su presencia. ¡Es Él, el Maestro! Como declaró N. T. Wright “La resurrección no fue primero una doctrina, sino una presencia reconocida”. Esta historia nos revela la belleza de un alma que ha sido iluminada, desatada de las cadenas y su corazón tiene un agradecimiento eterno. Nos muestra que aquel a quien más se le perdona, más profundamente ama. Además, son los que permanecen fieles en las peores horas, quienes reciben los regalos más inesperados de parte de Dios.

Estos dos rostros de la fe acompañaron a nuestro Señor en los momentos más trascendentes de su vida. El ladrón estuvo con Él en el momento de su muerte: defendió su causa, reconoció su inocencia, y le pidió que se acordara de él en su reino. A éste Jesús le ofreció el paraíso a su lado ese mismo día. Una promesa que sigue vigente para todo aquel que cree en Él. María Magdalena, por su parte, fue fiel aún después de su muerte. Lo buscó y con profunda tristeza lo lloró; permaneció, aun cuando otros se habían ido. Ella sabía que más allá de todo lo que no entendía, Él nunca la dejaría. Entonces, escuchó, como un abrazo, su voz: —¡María!

Este domingo de resurrección te invito a creer como el ladrón, a dejar a un lado la soberbia y reconocer que Cristo es Rey. También, te invito a perseverar, como María Magdalena, aunque no lo veas, aunque creas que no está, que se ha ido. Permanece en fe, porque en la hora más oscura de tu alma verás la luz de la resurrección.

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.” Juan 11:25. 

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