En medio de este mundo marcado por el desorden global, tuvo lugar la Copa Mundial de Fútbol en su edición número 23. Dada la trascendencia del evento, nuestros absurdos conflictos se disimularon echando mano de la diplomacia del balón y los seres humanos nos pusimos en “modo pausa”.
Se calcula que alrededor de seis mil millones de personas, es decir más de la mitad de los habitantes de nuestro planeta, observaron como gira una pelota en medio de un rectángulo engramado, algo que pareciera simple y hasta trivial. Sin embargo, pocos asuntos son más significativos en su simbología y de tanta relevancia desde el punto de vista cultural. Algunos han se han atrevido a decir que “El futbol es una metáfora de la vida” y otros, en una versión más radical que “La vida es una mala metáfora del futbol”. O que es “es una religión que no tiene ateos”, como lo le describió Eduardo Galeano, el escritor uruguayo.
El balón como negocio
Como se sabe, en esta ocasión se rompió con el formato tradicional de la Copa Mundial. Por primera vez se llevó a cabo en tres sedes (Estados Unidos, además de Mexico y Canadá, meras comparsas) y participaron más selecciones (48). Así mismo, se disputaron más partidos (104), lo que ha dado pie a que el sindicato de jugadores, radicado en Suiza, protestara alegando el abuso a la que eran sometidos los futbolistas, al tener que jugar con solo dos o tres días de descanso.
Asomaron algunas nuevas reglas que, si bien es cierto no alteran la esencia del futbol, le echan una mano de pintura que muestra claramente las intenciones comerciales de la FIFA, organización fundada en el año 1904, encargada de gobernar el futbol y que, a partir de las últimas cinco décadas, lo ha convertido, por encima de todo, en un gran negocio. Creada como una ONG (¡Organización sin fines lucro ¡), semeja una empresa transnacional, dirigida desde 2016 por Gianni Infantino, quien piensa reelegirse para ejercer cuatro años más el cargo de presidente y ya ha decidido que el mundial del año 2030 se celebrará en España, Portugal y Marruecos y participarán 64 equipos, asomando, según algunas lenguas perversas, la posibilidad de que clasifique hasta la selección del Estado del Vaticano.
Su compinche Donald Trump impulsó el evento buscando implantar el soccer, un deporte casi clandestino en Estados Unidos, pero sobre todo lavar su mala imagen política, consecuencia de un conjunto desaciertos y arbitrariedades, ubicando a su país en la casilla donde figuran los regímenes autocráticos, en los que, según se dice, apenas se respeta la Ley de Gravedad. Con su habitual modestia ha declarado que este último mundial ha sido el mejor de la historia y también “el mejor del futuro” y con su desparpajo característico va a proponer a Infantino para el cargo de secretario general de la ONU, cuya designación está prevista a la vuelta de la esquina.
El deporte tenido como el más popular del mundo fue convertido por ambos en un espectáculo. Como recientemente lo dijo Juan Villoro, el escritor mexicano, este no ha sido un “mundial para la gente” debido a los altos costos y a las medidas restrictivas impuestas, tanto por el gobierno norteamericano, como por la FIFA, cada cual según su “especialidad”
El futbol mestizo
Hemos llegado a lo que se ha descrito como el fútbol posnacional. La migración, si bien se trata de un rasgo distintivo a lo largo de la historia humana, actualmente es un fenómeno de grandes proporciones, claramente visibles en el reciente en la reciente Copa Mundial. En efecto, de las 48 selecciones presentes, apenas 8 estuvieron conformadas exclusivamente por futbolistas nacidos en el país que representan (Colombia, Austria, Arabia Saudita, Brasil, República Checa, Panamá, Sudáfrica y Suecia), mientras que el resto de ellas se integraron principalmente a partir hijos de migrantes o extranjeros nacionalizados.
Cabe señalar, así mismo, que una cuarta parte de los futbolistas compitieron defendiendo a una selección distinta a la de su país de nacimiento y que 40 de los 48 equipos contaron con, al menos, un jugador que nació en un país distinto. Francia es un buen ejemplo, pues podría armar hasta tres selecciones con los 67 jugadores que nacieron en su territorio, pero que integran el equipo de otra nación. Y, además, el equipo con el que participó en el mundial, 22 de los 26 convocados eran hijos de inmigrantes.
Estamos, así pues, ante la presencia de selecciones integradas por futbolistas de diferentes razas y culturas, en medio de contextos no libres de xenofobia, dando lugar al llamado “futbol mestizo”.
Se ha reconfigurado la identificación con las selecciones. En nuestro mundo globalizado el territorio y la identidad ya no se encuentran tan claramente dubujados. Se ha producido, según diversos analistas, una desterritorialización de la identidad de los fanáticos. El sentido de pertenencia depende del color de la camiseta y su territorio es la cancha.
En paralelo con lo anterior, se ha homogeneizado la manera de jugar. No hay un estilo nacional (el “jogo bonito” de Brasil, por ejemplo), actúan en la cancha de manera parecida. Ello se entiende porque el epicentro del futbol es Europa y en sus principales clubes milita cerca de la mitad de los jugadores que participaron en el mundial. En este sentido, no deja de ser curioso el hecho de que ninguno de los once titulares del seleccionado de Brasil, juega en la tierra que los vio nacer.
El VAR
La inteligencia artificial dijo presente en el futbol y actúa de diversas formas. Es una herramienta útil para identificar jóvenes con talento, escoger al director técnico del equipo, contratar jugadores y cuidar su alimentación y su salud mental, diseñar la estrategia del partido, y otras cosas más, sin duda beneficiosas, pero que tienen su parte negativa.
Actualmente los árbitros llevan consigo distintos dispositivos, a través de los cuales recibe información, incluso la proveniente del balón, convertido en un “cerebro”, a través de los cuales le “sopla” a los jueces como van yendo las cosas en el campo.
En el Mundial llevado a cabo en Rusia se adoptó el VAR (Video Assistant Referee), considerado como un parteaguas en la historia del balompié. El mismo es administrado por tres personas “escondidas” tras una cabina que miran tres pantallas. Desde allí se manejan cada vez más datos, los cuales se utilizan para ayudar a los árbitros al momento de decidir con respecto al faul, el orsay o el penalti. Por cierto, deja pasar los empujones, forcejeos y zancadillas, sobre todo en los saques de esquina, habituales en el balompié actual, ocasión en las que ni el árbitro ni el VAR se dan por enterados.
El sistema se acogió bajo el supuesto de que sería una herramienta insobornable, precisa e imparcial, santo remedio para las flaquezas asociadas a los jueces de carne y hueso, a las que hoy en día debe sumarse el variado menú de presiones, incluidas distintas maneras de soborno, que se ejerce sobre ellos con el fin de que se inclinen hacia un lado de la balanza.
No soy tecnófobo, ni nada que se le parezca, pero creo que el desarrollo tecnológico debe ser regulado. El futbol es un deporte que tiene sus misterios y secretos, admite el azar y el error, es incierto y le da cabida a la sorpresa. Es obvio que el VAR refuerza la administración de justicia en la cancha, pero el problema es que sus decisiones carecen de lo que se ha descrito como el “criterio futbolístico”. Por ejemplo, puede invalidar el gol resultante de una gran jugada, tejida desde la media cancha, debido a que la uña del dedo gordo del pie de algún jugador se encuentra fuera de la línea blanca que marca el orsay. No son pocos, entonces, los que han expresado que el VAR, destinado a traer precisión al juego, trajo mayor imprecisión.
En fin, el arbitraje (hay duda de si es a pesar del VAR o más bien como resultado del VAR) ha dejado muchas dudas a lo largo de la Copa Mundial. Han salido a la luz decisiones que favorecían a ciertos equipos, influidas por Trump e Infantino, sin siquiera apelar al disimulo como señal de respeto.
El Consejo de Europa, el principal organismo europeo de derechos humanos emitió hace unos días un comunicado en el que se cuestionaba la integridad de la Copa del Mundo. “La próxima crisis ya ha comenzado. Tiene dos nombres: dinero y poder”, advirtió.
Un toque de nostalgia
Añoro los mundiales anteriores, me parece que fueron mejores que éste. En materia de futbol soy perseverante y a pesar de Infantino y de Trump, ya estoy esperando la Copa del 2030, confiando que no se parezca a la que acaba de realizarse.