Imposible callarse, aun sabiendo que se corre el riesgo de llover sobre mojado. Imposible no hablar de Donald Tump, quien pareciera estar destruyendo el planeta, valiéndose de todas las herramientas que tiene a la mano, además del tuit, empleándolas conforme a lo que le indica su ombligo, pasando, así, a integrar el creciente grupo líderes narcisistas que han transformado la política en un proyecto personal. Así as cosas no es extrañar que Estados Unidos, hasta hace poco considerado como un ejemplo de democracia, haya pasado a formar parte de la lista que agrupa a los regímenes calificados como autoritarios.
Acabar con la civilización persa
Actuando sin ninguna limitación, pues ni siquiera el partido republicano ni su propio gabinete le plantan cara, Trump le ha declarado la guerra a Irán, “en nombre de Jesús”, según dijo, sin siquiera pestañear, el Secretario de Defensa, con el fin de eliminar sus instalaciones nucleares, calificándolas como una “amenaza para el mundo”, a la vez que añadía en modo “sin querer queriendo”, que el manejo de sus grandes recursos petroleros era “una opción”. Cualquier parecido con el caso venezolano es mera coincidencia.
Ha contado para ello con el respaldo de Israel, calificado como un estado terrorista gracias a Benjamín Natanyahu, su primer ministro, quien no disimula sus propios intereses a través de una suerte de “guerra paralela”, centrada en el bombardeo de Palestina
Mediante el uso de un lenguaje, cínico, ofensivo, irónico, fanfarrón y, en ocasiones vulgar, envuelto en mentiras y contradicciones, Trump envía decenas de mensajes diarios, refiriéndose a un conflicto que iba a ser resuelto en cuarenta y ocho horas y que se ha prolongado a lo largo de cincuenta días, recientemente bajo la amenaza explicita de que Irán será bombardeado hasta “desaparecer la civilización persa”. Además, recientemente ha descalificado al Papa León XIV por hacer una llamado a la paz, por reprobar la conflagración en el Medio Oriente “sin saber lo que es la guerra” y, encima, desconocer que su nombramiento como Pontífice se lo debe a él.
En suma, las propuestas de paz van y vienen, las treguas acordadas no se cumplen y los diálogos fracasan, uno de detrás de otro. Mientras redacto este artículo, tiene lugar un diálogo en Pakistán, país que se ofreció como mediador. Ojalá no sea un episodio más de esta novela de suspenso que tiene en vilo a la humanidad.
Sin entrar en mayores detalles cabe decir que Trump ha puesto en evidencia la decadencia del orden internacional, nacido mediados del siglo pasado, Lo ha hecho creando de facto, un conjunto de nuevas reglas, trazadas básicamente desde la geopolítica, colocando a Estados Unidos, China y Rusia como los actores principales, sin más normas que el respeto a zona geográfica que le “pertenece” a cada cual.
La Inteligencia artificial entra a la guerra
El conflicto descrito anteriormente ha estado fuertemente marcado por el uso de la Inteligencia Artificial. La misma ha influido tanto en la definición de la estrategia, como en la rapidez con la que se toman las decisiones y el ritmo en el que se lanzan los ataques. Sin embargo, hay que tomar en cuenta que, según dicen los conocedores del tema, la IA es probabilística y se encuentra expuesta a equivocaciones, o sea, tiene el sesgo propio de los algoritmos y puede aconsejar decisiones erróneas.
Por cierto, la fortaleza norteamericana en este renglón se debe al contrato del pentágono con Palanquir, una empresa de software, cuyo propietario es Peter Thiel uno de los magnates de Silicón Valley, cercano a Trump, y quien predica que “la democracia es incompatible con el progreso y con la libertad individual”.
Acabando de escribir estas líneas aparece la noticia de que Trump ha incluido a varios de los dueños de las empresas ubicadas en Silicón Valley como parte del ejército (con el grado de tenientes coroneles), a fin de mejorar tecnológicamente el sector militar.
La paz es desgraciadamente muy frágil. Estados Unidos e Irán no consiguen ponerse de acuerdo en casi nada, siendo la prueba más visible, vistos los efectos que causa sobre la economía, el desacuerdo con respecto al estrecho de Ormuz, ese pedacito de mar por el que es transportado el 20 por ciento de los recursos petroleros del mundo. Adicionalmente no se logró hacer del Oriente Próximo una región más segura a partir del control sobre Irán, ni derrocar la teocracia de los ayatolas y tampoco impedir que Irán se convierta en una potencia nuclear.
¿Y la gente de a pie?
Las guerras no solo se observan en los misiles que surcan el cielo en busca de objetivos definidos por unos algoritmos que, hasta nuevo aviso, no son infalibles, tal como reveló, entre otros casos, en el bombardeo de una escuela de niños en Beirut.
Las guerras, no se le consultan pueblo, perdóneseme la perogrullada. No se convoca, por ejemplo, a un referéndum para ver cuál es su opinión, ni siquiera se le avisa, a pesar de representar, sin estar en los campos de batalla, la mayor parte de los heridos y de los muertos, de los que tienen que migrar sin saber a dónde, de los que deben arrejuntarse en carpas para dormir en el suelo y de los que medio comen, gracias a los donativos provenientes de organizaciones humanitarias. Y, sobre todo, de los que han de sufrir la incertidumbre, la falta de futuro, dado que esta guerra no va a terminar cuando se termine, su huella quedara grabada durante mucho tiempo.
En fin, qué caminos habrá que desandar para que el mundo sea un sitio en donde se pueda vivir en paz y con tolerancia. Quizá la respuesta sea recordar lo obvio, esto es nuestra pertenencia a una común humanidad y la necesidad de contar con una ideal moral capaz de orientar la conducta humana en estos tiempos y circunstancias. De tener, en fin, una “ética generalizada de la responsabilidad”, como lo ha escrito la filósofa española Adela Cortina.