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Por qué es tan difícil entender

Periódicos
Tiempo de lectura: 3 min.

Hubo un tiempo, que hoy parece remoto, en que informarse era un rito de contornos precisos. El día comenzaba con el periódico matutino, escogido según la afinidad ideológica o el gusto por cierta prosa. Camino al colegio de los hijos o a la oficina, la radio entregaba las novedades de la hora. Y al caer la tarde, de vuelta en casa, el televisor completaba la jornada. Las semanas se redondeaban con las revistas: quien quería asomarse al mundo tenía The Economist, Time o Newsweek; quien prefería el cotorreo de los salones, el ¡Hola! Uno se acostaba con la sensación de estar bien informado.

Conviene, sin embargo, desconfiar de aquella certeza. El lector de entonces también elegía las noticias que quería leer y, por tanto, habitaba su propia burbuja, aunque la llamara criterio. Pero existía un orden: las fuentes eran escasas, reconocibles y tenían responsables identificables. Aquel orden informativo era, en el fondo, el reflejo de un orden cívico. Cuando uno se resquebraja, el otro suele acompañarlo.

En Venezuela ambos colapsaron al mismo tiempo. La prensa escrita prácticamente desapareció. ¿Quién compra hoy en un quiosco El Nacional, El Universal o Últimas Noticias? ¿Y qué decir de las revistas, de aquella Élite o aquel Momento que hoy pertenecen a la arqueología de la memoria? La televisión, aunque no desapareció por completo, dejó de ser una fuente confiable bajo la tutela de CONATEL. La radio, el medio de mayor alcance nacional, sufrió una suerte similar. Quedó internet, y hacia internet se trasladó la esperanza de encontrar la información que los medios tradicionales ya no podían ofrecer. Pero hasta allí llegaron las restricciones: medios digitales bloqueados, plataformas limitadas y páginas informativas inaccesibles cada vez que resultaban incómodas para el poder. Sobrevivieron las redes sociales y YouTube, espacios demasiado amplios para ser clausurados por completo.

Conviene detenerse aquí, porque esta realidad suele interpretarse de manera equivocada. Tendemos a ver dos problemas distintos: la sobreabundancia global de información y la censura local. En realidad forman parte de un mismo fenómeno. Cuando el poder destruye medios independientes y captura el espacio informativo, no solo silencia voces: también favorece el estruendo. La desinformación no es el efecto colateral de la censura; es uno de sus resultados más útiles. Donde faltan medios responsables proliferan las noticias falsas, las especulaciones y las emociones sin filtro. El resultado es un ciudadano expuesto a versiones contradictorias de los hechos, para quien el análisis se vuelve cada vez más superficial y que, con frecuencia, termina confundiendo esa superficie con la realidad misma.

Y, sin embargo, aquí está el punto esencial: aun si todos los medios funcionaran libremente, aun si existiera una prensa plural y robusta, seguiríamos sin estar completamente informados. Probablemente nunca lo estaremos. Porque aquello que realmente mueve los acontecimientos suele ocurrir lejos de la vista pública, en oficinas cerradas, reuniones discretas y conversaciones reservadas. Las grandes decisiones rara vez se toman frente a las cámaras. Y es natural que así sea. La negociación, el tanteo, la concesión y el acuerdo necesitan espacios protegidos de la exposición inmediata. La plaza pública es el escenario; las decisiones se toman entre bastidores.

Quien haya participado alguna vez en esos ámbitos —yo lo he hecho— sabe que las bisagras de la historia giran en silencio. Cuando un hecho se convierte en noticia, con frecuencia ya forma parte del pasado.

No se trata de una falla del periodismo ni de una anomalía de nuestro tiempo. Es la naturaleza misma de la vida política y social. Quien decide rara vez explica por completo sus motivos y, cuando lo hace, no siempre busca esclarecer. De ahí que el bombardeo constante de datos pueda terminar oscureciendo más de lo que ilumina. Confundimos cantidad con conocimiento, velocidad con comprensión y acceso con verdad.

¿Qué hacer entonces? No aspirar a la omnisciencia, que nunca estará a nuestro alcance, sino cultivar el discernimiento, que sí depende de nosotros. Los estoicos distinguían entre aquello que podemos controlar y aquello que no. El acceso a las salas donde se toman las decisiones no está en nuestras manos; el juicio con que interpretamos lo que de ellas trasciende, sí.

Aprender a desconfiar del estruendo, comprender que la ausencia de noticias no equivale a la ausencia de hechos y aceptar que detrás de muchos silencios pueden estar gestándose acontecimientos decisivos: en eso consiste informarse de verdad. No en saberlo todo, sino en reconocer los límites de lo que sabemos y ejercer con rigor la tarea de comprender.

Por eso entender resulta tan difícil. Porque lo que verdaderamente importa rara vez se muestra de manera directa y exige de nosotros lo contrario del consumo apresurado: paciencia, atención y capacidad para leer las sombras. Lo demás es ruido. Y el ruido, por abundante que sea, nunca ha informado a nadie.

https://www.analitica.com/opinion/por-que-es-tan-dificil-entender/