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Reconstrucción, vicios y mitos

Quijote
Tiempo de lectura: 5 min.

“Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto…” (Salutación del Optimista, Rubén Darío)

Hablar de “reconstrucción” implica numerosas tareas; yo me ceñiré a considerar algunas áreas específicas: liderazgo, unidad y política. Pero, no haré consideraciones teóricas sobre ninguno de estos aspectos —a los cuales me he referido en ocasiones anteriores (ver en: ismaelperezvigil.wordpress.com)—, sino que me limitaré a proponer una reflexión sobre cómo algunos errores, vicios y mitos han deformado estos conceptos.

Liderazgo

La tarea de “reconstruir” el liderazgo es una de las más complejas que enfrentamos, pues las circunstancias actuales han llevado a nuestros líderes, mayormente políticos, al exilio, a la clandestinidad o a la cárcel.

No me refiero a cualquier tipo de dirigente. Para mí, un líder es quien entiende nuestras más profundas necesidades; alguien que nos alienta, nos entusiasma y nos motiva ante las enormes dificultades y frustraciones. Sobre todo, es quien nos acompaña como uno más en el duro camino de construir lo que queremos. En este sentido, hay dinámicas en la política venezolana que resultan peculiares.

Liderofagia

Una particularidad de nuestra política en el último cuarto de siglo, especialmente en los sectores políticos opositores, es el desarrollo de una verdadera “liderofagia”. Expresión tomada del del sociólogo Tulio Hernández (ver en César Miguel Rondón, 04/07/2020 https://bit.ly/4sUZ3e2), quien la define como: “…la pulsión de encumbrar a los líderes para luego devorarlos, hacerlos culpables de todo lo malo que nos sucede para liberarnos de la responsabilidad colectiva…”. Yo agregaría que también sirve para liberarnos de la responsabilidad individual.

Somos una genuina máquina de destruir liderazgos; ante cualquier error, no dejamos títere con cabeza. No importa cuánto haya sido apoyado o admirado un líder: en cuanto la “gente” −ese “dios sin cabeza”, anónimo, incorpóreo y todopoderoso que orienta los destinos del país− intuye o se da cuenta que este vacila o no logrará de manera instantánea el objetivo aspirado, comienza su destrucción. No hay piedad ni clemencia. Es inevitable su caída y pocas veces tiene la capacidad de recuperarse.

Mitos políticos

Nuestra mitología política es variada. Aunque pocos mitos son autóctonos −pues la mayoría son heredados de la “cultura occidental”−, nuestra experiencia y propia idiosincrasia los ha adaptado a la realidad local. Algunos son antiguos y se remontan al origen de nuestra maltrecha democracia; otros son nuevos. Ambos −antiguos y nuevos− desfiguran la realidad y resultan especialmente dañinos porque inhiben la acción e impiden una interpretación correcta de los hechos.

Por ejemplo, la idea de que “el pueblo nunca se equivoca, siempre tiene la razón” debería haberse desmitificado tras nuestra experiencia en un cuarto de siglo. Los venezolanos unimos esa frase a otra: “el pueblo siempre juega a ganador”, mito que proviene de una de nuestras pasiones recónditas, hoy menos conocida por los jóvenes: el juego del 5 y 6 y las apuestas los fines de semana en el hipódromo. Es una creencia que se alimenta de la esperanza de que será un golpe de suerte −y no del trabajo− lo que nos librará de las penurias.

Unidad

Otro mito poderoso es el de la “unidad”, compartido con casi todos los países occidentales que cuentan −o contaban− con sistemas democráticos y que han caído en la desgracia del populismo, de derecha o de izquierda. No hay duda de que el consejo de la sabiduría popular: “en la unión está la fuerza” descansa en años de comprobaciones políticas y experiencias concretas. Sin embargo, el problema surge cuando convertimos la “unidad” en uniformidad: la exigencia de que todos pensemos y hagamos lo mismo. Esto no solo es falaz, sino que atenta contra el principio democrático básico de decidir libremente lo que se piensa y pensar libremente lo que se quiera.

La deformación de este mito, que convierte la “unidad” en uniformidad puede conducir a que ciertos gobernantes se eternicen, ya que quienes tienen tendencias autoritarias no necesitan negociar sus ideas ni tolerar la disidencia. No es extraño que este tipo de gobernantes sean los que más hablen y apelen a la “unidad” que, en última instancia, significa “que todos piensen como yo” y usualmente es un “delito” penado que eso no sea así.

Lo que resulta inaceptable es que, una vez aceptada la “unidad’ como necesidad y tras adoptar una decisión mediante el debate, se produzca la disidencia pública. Al mezclar esto con la “liderofagia” en un ambiente polarizado, terminamos destruyéndonos unos a otros sin consideración por los años de lucha acumulados, que nos han llevado a la necesidad de esa “unidad”.

La discusión política

La mejor muestra de esta destrucción es el tono de las discusiones en redes sociales −porque las “presenciales” casi no existen−. La mejor explicación a este problema la encontré en un artículo del filósofo Pau Luque Sánchez (Si hay polarización, no hay conflicto, El País, 09/12/2025 https://bit.ly/4qYwUAY); cuyo planteamiento sobre esta materia resumo libremente: dada la creciente polarización, en la discusión política actual no se debaten ideas, sino que se intercambian argumentos, frases elaboradas o eslóganes, con un fuerte trasfondo de chantaje moral. Cada vez escuchamos menos a quienes piensan distinto y solo escuchamos a quienes piensan igual y quien no coincide con nosotros es visto como un enemigo o un «vendido». No llegaremos lejos si no corregimos este vicio.

Política sucia

Otro mito extendido y aceptado sin cuestionamiento es que la política es algo intrínsecamente “sucio” y sin principios. Curiosamente, este mito es cultivado especialmente por muchos políticos para crear una barrera que inhiba a los ciudadanos de involucrarse y disputarles el terreno. Pero también es alimentado por ciudadanos comunes, que se dedican solo a su actividad profesional o personal y que lo usan como justificación para su inacción, evitando así cualquier responsabilidad.

Para desgracia de ambos, en un sistema democrático, «políticos» somos todos y los dirigentes políticos están donde están porque los ciudadanos los hemos colocado allí, permitiendo por omisión aquello que después les reprochamos.

Conclusión

En los momentos actuales, el respeto y fortalecimiento del liderazgo, la necesidad de una unidad política real y el despojo de la creencia de que la política es algo sucio son tres pilares fundamentales para la reconstrucción. Un paso adicional es mejorar nuestra capacidad de tolerar; que no implica renunciar a principios ni valores, sino recordar lo que dijo alguna vez Gandhi: “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com