“Supéralo y perdónanos” es mucho más que una frase desafortunada. Es una radiografía. Una resonancia magnética moral. Un breve electroencefalograma del poder cuando la impunidad termina por corroer incluso los mecanismos mínimos del pudor. La pronunció alguien que, en otro tiempo, disfrutó de una formación académica privilegiada, tuvo maestros brillantes y recibió todas las herramientas intelectuales para comprender el daño y para curarlo. Y, sin embargo, terminó haciendo todo lo contrario: lo permitió, lo ocasionó y lo multiplicó. ¿Qué sucedió con este médico, con este psiquiatra que, otrora, fuese promesa de una práctica médica sensible, empática y de calidad? La política corrupta e inmoral del régimen chavista carió su precario sustrato moral hasta convertirlo en uno de esos especímenes que Carlo M. Cipolla, con implacable precisión conceptual, situó en su célebre teoría sobre la estupidez humana.
Cipolla sostenía que la estupidez no es una carencia de inteligencia, sino algo mucho más peligroso. Un estúpido, decía, es quien causa daño a otros sin obtener un beneficio racional para sí mismo, e incluso perjudicándose en el proceso. A partir de ahí formuló cinco leyes fundamentales cuya vigencia en América Latina parece ya menos sociológica que meteorológica.
La primera ley establece que siempre subestimamos el número de estúpidos que existen. La segunda afirma que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica suya. Tradúzcase: los títulos universitarios no inmunizan contra la estupidez. Tampoco la cultura, el coeficiente intelectual, el refinamiento verbal ni las bibliotecas. Un hombre puede citar a Martin Heidegger por la mañana y colaborar con la devastación de un país por la tarde.
La tercera ley —la ley de oro— define al estúpido como aquel que perjudica a otros sin beneficiarse él, o incluso dañándose también. La cuarta sostiene que quienes no son estúpidos subestiman siempre el poder destructivo de los estúpidos. Y la quinta remata la autopsia: el estúpido es el tipo más peligroso de persona.
Cipolla fue todavía más lejos. Dividió a los seres humanos en cuatro categorías: los inteligentes, que se benefician a sí mismos y a los demás; los incautos, que benefician a otros a costa propia; los perversos o bandidos, que obtienen ganancias causando daño; y los estúpidos, que dañan sin lógica ni utilidad. Lo fascinante —y trágico—, el gran mérito del personaje que nos ocupa, es que parece haberse graduado de manera simultánea en dos categorías: perverso y estúpido. El mérito por el que pasará a la historia, de seguro, será ese.
Perverso, porque participó a consciencia en un régimen criminal, devastador, hambreador y responsable del mayor éxodo humano de la historia contemporánea de la región. No fue un observador. No fue un distraído. Fue parte activa de una maquinaria que destruyó instituciones, arruinó generaciones, torturó y asesinó a miles de personas, normalizó la mentira y convirtió el sufrimiento colectivo en estrategia política.
Y estúpido, porque incluso después de haber alcanzado unas cuotas de poder y unos montos de dinero que no caben en la imaginación más delirante, terminó degradando aquello mismo que le daba legitimidad como ser humano: su formación, su reputación intelectual y cualquier posibilidad de dignidad histórica. Hay algo de verdad grotesco en ver a hombres brillantes poner su inteligencia al servicio de la demolición moral. Como si el narcisismo y ciertos rasgos antisociales, alimentados por la cercanía del poder absoluto, hubiesen ido desplazando poco a poco cualquier resto de empatía o de ética hasta dejar apenas una estructura verbal hueca, capaz de pronunciar frases como "supérenlo y perdónennos" con la convicción de estar haciendo un gesto magnánimo.
No lo es.
Es, de hecho, una confesión involuntaria.
Porque esa frase contiene dos elementos muy reveladores: cinismo y autoritarismo. El cinismo aparece en la pretensión de reducir años de hambre, persecución, exilio, cárcel, tortura y muerte a una molestia emocional que debería "superarse", como quien recomienda olvidar una mala relación o una derrota deportiva. El autoritarismo aparece en el imperativo: perdónennos. No se pide. Se exige. Se ordena a las víctimas que produzcan un sentimiento para aliviar la incomodidad psicológica del perpetrador.
Y aquí conviene detenerse en algo elemental que muchos criminales políticos jamás entienden: el perdón no es un decreto. No es un trámite administrativo. No es una consigna propagandística. El perdón es una emoción compleja y, como toda emoción auténtica, no obedece a la voluntad inmediata. Nadie puede ordenar amar. Nadie puede ordenar olvidar. Nadie puede ordenar perdonar.
Cuando el perdón ocurre —y muchas veces no ocurre— suele requerir, al menos, cinco condiciones fundamentales. Primero: el reconocimiento íntegro del daño. No parcial. No táctico. No redactado por abogados corruptos. Completo. Segundo: un arrepentimiento sincero. No performativo. No televisado. No pronunciado con la soberbia intacta en su magnífica, corrompida e infinita estupidez. Tercero: una explicación moral coherente. El perpetrador debe intentar explicar cómo llegó a convertirse en aquello que hizo daño, no para justificarse, sino para hacerse inteligible al mundo. Cuarto: otorgar una garantía confiable de no repetición. Porque el perdón sin seguridad es apenas una invitación a la construcción de nuevas víctimas. Y quinto: la reparación. Material, simbólica y humana. Cada víctima merece algo más que discursos ambiguos y ejercicios de relaciones públicas.
Sin eso, lo que se pide no es perdón. Es una absolución gratuita, un indulto sin desagravio, una indulgencia sin méritos.
Existe además una diferencia esencial que demasiados ideólogos confunden de manera conveniente y deliberada: perdón y amnistía no son sinónimos. Ni siquiera son parientes cercanos. La amnistía pertenece al ámbito jurídico y político. El perdón pertenece al territorio íntimo, emocional, psicológico y moral de las víctimas.
Una madre puede, quizá, llegar a perdonar el sufrimiento que ella misma experimentó tras el asesinato de su hijo. Puede incluso alcanzar una forma heroica y rarísima de paz interior. Pero no puede perdonar el asesinato mismo. Porque el asesinado no es ella. Solo el muerto podría otorgar ese perdón. Y los muertos, por definición, ya no están disponibles para absolver a nadie.
Por eso existen actos imperdonables. No porque el odio deba ser eterno, sino porque algunas víctimas fueron privadas justo de la posibilidad de opinar sobre lo que resulta perdonable y sobre lo que no.
Hay desaparecidos que no regresarán para pronunciar indulgencia alguna. Hay presos muertos bajo tortura que jamás emitirán reconciliaciones televisadas. Hay ancianos que murieron sin medicinas. Hay jóvenes asesinados. Hay niños que crecieron lejos de sus padres porque el país se convirtió en una estampida. Y todos ellos constituyen un límite moral que ningún propagandista puede atravesar mediante frases ingeniosas.
Lo que es de verdad notable —e importantísimo de comprender— es que las dos exigencias del personaje —superar y perdonar— ni siquiera están conectadas.
Se puede, por fortuna para las víctimas, superar sin perdonar.
Los seres humanos poseemos una psique con una capacidad extraordinaria para sobrevivir a casi cualquier horror. A eso lo llamamos resiliencia. Las víctimas pueden reconstruir sus vidas, volver a amar, trabajar, crear, reír, emigrar, reinventarse y hasta encontrar serenidad. Pueden dejar de vivir consumidas por el dolor. Pueden continuar creciendo, evolucionando y hasta siendo más dichosos y mejores de lo que eran antes de tus crímenes.
Pero eso no implica absolver.
La resiliencia pertenece a las víctimas. El perdón, cuando existe, también. Ninguna de las dos cosas le pertenece al victimario. Mucho menos a un hombre que todavía habla con la arrogancia de quien jamás terminó de comprender la magnitud del daño al que ayudó a dar forma. Todo el perdón que requieres, que necesitas, no puede comprarse ni con cien veces lo que le arrebataste a tus connacionales.
De modo que no.
No todos lo perdonarán.
Y quizá nunca deban hacerlo.
Pero muchos, por fortuna, sí lograrán superarlo. A ti. A tu régimen. A tu narcisismo tardío. A tu ávida necesidad de redención barata.
Esa es, sin dudas, la derrota más completa que un psicópata con ínfulas de político global puede sufrir.
Y, claro que volveremos.
Pero no para convivir contigo como si nada hubiera pasado. No para compartir sobremesas históricas ni participar en esa obscena operación cosmética mediante la cual los verdugos envejecidos intentan convertirse en "figuras complejas" o "hombres de su tiempo". No volveremos para lavarte la cara, ni para ayudarte a redactar la versión sentimental de tus crímenes.
Volveremos para algo mucho menos confortable.
Volveremos a corregir el daño que causaste. A reconstruir las instituciones que ayudaste a destruir. A reparar, hasta donde sea posible, el tejido moral y material de un país que tú y los tuyos intentaron aplastar bajo el peso combinado de la corrupción, la mentira y el fanatismo.
Volveremos para reconstruir hospitales donde ustedes sembraron ruinas, universidades donde ustedes promovieron obediencia, tribunales donde ustedes exigieron sumisión. Volveremos para rescatar la dignidad civil de un país entero después de décadas de pedagogía del miedo y del resentimiento.
Y eso es lo que tanto irrita a los autoritarios: descubrir que las sociedades, aunque heridas, sobreviven; que la verdad tiene una persistencia insoportable; y que incluso después de años de devastación existe gente dispuesta a recoger los pedazos que otros rompieron de forma deliberada.
Porque ustedes confundieron el poder con permanencia. Creyeron que destruir era fundar, que humillar era gobernar, que arrasar el futuro de millones de personas podía reducirse algún día a una frase cínica pronunciada desde la comodidad del retiro.
La historia no funciona así.
Los países pueden tardar años en levantarse. A veces décadas. Pero terminan recordando quiénes intentaron salvarlos y quiénes colaboraron en su demolición.
Y cuando por fin regresemos —porque regresaremos— no será para ofrecerte el alivio moral que con tanta desesperación buscas, sino para hacer justo lo contrario: recordar. Recordar a los muertos, a los exiliados, a los humillados y a los que no sobrevivieron lo suficiente para “superarlo”. Porque hay una diferencia brutal entre reconstruir un país y absolver a quienes intentaron destruirlo. Y esa diferencia llevará, para siempre, tu nombre. Ese será tu legado histórico. Ese será tu epitafio. Y no hay absolución que lo borre.
Médico.Psiquiatra. Psicoterapeuta.
Fundador del Instiuto de Gestalt en Vzla.