En 1936 Charles Chaplin dio a luz una de las grandes películas del siglo XX, Tiempos Modernos, seguida en 1940 por la extraordinaria sátira de Hitler en El Gran Dictador. En la primera Chaplin hace explícitas las penurias de un obrero durante la depresión y el impacto del fordismo sobre la psiquis de operarios pobres forzados a rutinas interminables y monótonas. En la segunda ridiculiza a Hitler y sus asociados más cercanos, paradigmas del autoritarismo, el racismo y la desmedida ambición de poder. Han transcurrido 90 y 86 años, tres generaciones, y aún tienen pertinencia estas dos grandes películas.
El desarrollo cultural y económico de la humanidad aún no ha podido borrar las asimetrías que Chaplin hizo evidente, no sólo en Tiempos Modernos, sino en muchas de sus películas donde hizo notorias las enormes diferencias entre ricos y pobres. Tampoco hemos sido capaces de erradicar el autoritarismo con sus variopintas expresiones. Asi, como Chaplin, en Tiempos Modernos, quien, por accidente, queda a la cabeza de una manifestación y es injustamente arrestado, también por accidente dimanan liderazgos aferrados a doctrinas fugitivas de catafalcos, que, bajo la propaganda de la conquista de la supremacía, usando la amenaza, el temor o la religión condenan a los pueblos a una miseria igual o peor que la precedente, o a conflictos innecesarios, como es explícito en el Gran Dictador. En común la idea del igualitarismo. Engavetada la realidad que señala que sólo se construye una sociedad equilibrada cuando nos damos cuenta que todos somos diferentes y tan sólo podemos aspirar a la existencia de igualdad de oportunidades y esto último no es fácil.
Derrotado el nazismo aumentó el número de gobiernos democráticos en Europa y en menor grado en los restantes continentes. Desaparecieron las colonias y las Naciones Unidas, con sus organismos vinculados parecían destinados a logros como reducir distancias sociales dentro de los países y eliminar o atenuar conflictos entre las naciones. Pero en muchos países persistieron autocracias y hasta el día de hoy, barreras a la democracia, el único sistema que, con sus fallas, trata de generar igualdad de oportunidades.
Las libertades básicas de los individuos: expresión, asociación, tránsito, religión y propiedad están ausentes en medio planeta, con frecuencia acompañadas de la violación de los derechos humanos bajo la férula de autócratas hábiles en la propaganda y la explotación de conductas primitivas que borran al individuo y lo someten a una masa manipulable.
A pesar de la fortaleza de los muros, la humanidad progresa: menos hambre, mejor salud gracias a enormes avances científicos como antibióticos, vacunas y disposición de aguas residuales, acueductos y electrificación. Casi ha desaparecido la esclavitud y progresamos mucho en cuanto a igualdad de género y otros derechos. Nuestra esperanza de vida al nacer supera, en promedio, los 70 años, treinta más que cuatro o cinco generaciones atrás cuando la democracia era una vaga y revolucionaria idea en un mundo plagado por autocracias.
El costo de ese progreso ha sido elevado: crecimiento poblacional desmedido, severos daños ambientales, drogas, terrorismo, sectas fanáticas. Dificultades en la gobernabilidad y regulación de las actividades de más de 8.000 millones de individuos separados por más de un centenar de religiones, 6.000 idiomas o dialectos, historia, culturas y tradiciones diferentes. Como en las primitivas sociedades tribales, siguen surgiendo líderes, gracias a dotes carismáticas y no por su preocupación por el destino de su pueblo, de sus aliados o de la humanidad, ansiosos por imponer un idílico pensamiento único.
Destacados analistas manifiestan preocupación por el panorama actual: tres potencias en lo económico, militar y político se disputan, por medios diversos, la supremacía global. Algunos señalan el fin apocalíptico del multilateralismo y del derecho internacional. Así como de las Naciones Unidas, sus organizaciones como FAO, OMS, OIT, UNICEF, UNCTAD, UNESCO, FI y miles de ONG”s, dedicadas a la alimentación, salud, aspectos laborales, desarrollo económico, cultura, educación y bienestar individual, gracias a consensos logrados a través del diálogo.
Pero, opinión personal, carente de suficiente y pertinente información, por la inalcanzable avalancha de las nuevas tecnologías, pienso que, si bien vivimos un lapso de profunda crisis, saldremos de ella en los próximos años. Tal como la humanidad lo logró en el pasado: Superamos el colapso del Imperio Romano, las hordas de Gengis Khan, la oscuridad parcial de la Edad Media, nos adaptamos a la Revolución Industrial, superamos una era de absolutismo e imperios coloniales. Observamos el surgimiento de nuevos actores en la economía global, así como acuerdos entre países de gran diversidad. Con transgresiones, bamboleos y transiciones, han crecido libertad y democracia.
No existe determinismo histórico, tampoco vivimos el fin de la historia, y paso a paso lograremos curar el planeta de sus graves heridas ambientales y limpiar nuestras sociedades del autoritarismo. Es más factible la irregular ruta de una humanidad consciente de la importancia de la democracia y el respeto a los individuos y a sus derechos, que el nefasto sendero hacia el apocalipsis global. Entre esos derechos, como individuo, me otorgo el de ser optimista.