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Venezuela debe convertirse en la primera potencia petrolera del mundo

USA/Vzla
Tiempo de lectura: 4 min.

Salgo de la conferencia petrolera de Houston con una convicción más firme que nunca: Venezuela no puede conformarse con recuperar los tres millones de barriles diarios que producía antes de la destrucción chavista. Venezuela debe proponerse producir entre 10 y 12 millones de barriles diarios y convertirse en la primera potencia petrolera del mundo.

Algunos consideran exagerada esta meta. Yo considero exageradamente mediocre aspirar solamente a reconstruir el pasado.

En Houston escuché a extraordinarios especialistas, empresarios y conocedores de nuestra industria explicar cómo Venezuela podría regresar a una producción de tres millones de barriles diarios. Es una meta razonable como primera etapa, pero insuficiente como proyecto nacional. Tres millones de barriles representarían apenas recuperar lo que ya producíamos hace casi treinta años.

Venezuela no necesita regresar al pasado. Necesita construir una realidad completamente nueva.

La gran lección de Houston

La mayor riqueza petrolera de Estados Unidos no está solamente en ExxonMobil, Chevron o ConocoPhillips. Está también en las miles de empresas grandes, medianas y pequeñas que compiten en exploración, perforación, transporte, oleoductos, refinación, servicios, tecnología, petroquímica, financiamiento y comercialización.

En Estados Unidos existen operadores capaces de producir apenas unas decenas de barriles diarios y hacerlo rentablemente. También existen compañías que diseñan equipos, perforan pozos, construyen tuberías, procesan crudos, desarrollan software, financian operaciones y resuelven problemas técnicos altamente especializados.

Ese gigantesco ecosistema empresarial, tecnológico y financiero convirtió a Estados Unidos en el mayor productor petrolero del planeta. No fue obra de una empresa estatal todopoderosa. Fue el resultado de la competencia, la propiedad privada, la innovación y la acumulación de miles de iniciativas empresariales.

Esa es la gran lección que Houston ofrece a Venezuela.

Nuestro país no debe sustituir el monopolio fracasado de Pdvsa por otro monopolio, aunque sea privado. Debemos abrir completamente la industria y atraer a las grandes petroleras, pero también a centenares de empresas independientes, operadores medianos, fondos de inversión, compañías de servicios y emprendedores especializados.

Pensar en grande no es delirio

Venezuela posee alrededor de 300.000 millones de barriles de reservas probadas. Durante los últimos treinta años, apenas hemos producido una pequeña fracción de ese patrimonio. Tenemos petróleo, gas, ubicación geográfica, acceso al Caribe, cercanía al mercado estadounidense y una tradición petrolera centenaria.

Lo que nos ha faltado no son recursos. Nos han faltado instituciones, libertad económica, seguridad jurídica y una visión nacional de largo plazo.

Producir entre 10 y 12 millones de barriles diarios exigirá inversiones de centenares de miles de millones de dólares en pozos, taladros, oleoductos, mejoradores, terminales, refinerías, gas, electricidad y petroquímica. Pero ese capital no debe provenir del endeudamiento público ni del bolsillo de los venezolanos.

Debe provenir de inversionistas privados dispuestos a colocar su dinero, asumir los riesgos y recuperar su inversión mediante operaciones eficientes y contratos transparentes. Venezuela aportaría los recursos y cobraría regalías e impuestos. Las empresas aportarían capital, tecnología, gerencia y acceso a los mercados.

No se trata de regalar el petróleo. Se trata de impedir que continúe enterrado mientras millones de venezolanos viven en la pobreza.

Una alianza estratégica con Estados Unidos

Durante las próximas décadas, los yacimientos estadounidenses irán agotando parte de su producción. Venezuela puede llenar cada barril que Estados Unidos deje de producir y convertirse en su principal aliado energético en el hemisferio occidental.

Esta complementariedad representa una oportunidad histórica para ambos países.

Estados Unidos necesita seguridad energética, reservas abundantes y proveedores confiables dentro de su esfera estratégica. Venezuela necesita capital, tecnología, mercados, seguridad y una transformación institucional profunda.

Una alianza petrolera entre ambos países permitiría construir el eje energético más poderoso del planeta. No sería una relación de dependencia, sino una asociación estratégica de largo plazo: Estados Unidos aportaría su formidable capacidad empresarial y tecnológica; Venezuela, las mayores reservas petroleras del mundo.

Con reglas claras, contratos estables y plena protección de la propiedad, las empresas estadounidenses podrían encabezar una movilización de capital y tecnología sin precedentes. Venezuela se convertiría en el gran aliado energético de Estados Unidos y Estados Unidos en el principal socio de nuestra reconstrucción.

El petróleo debe llegar a cada familia

El objetivo no puede ser reconstruir una Pdvsa gigantesca, opaca y politizada. Mucho menos repetir el modelo del Estado empresario que utilizó el petróleo para financiar corrupción, populismo y autoritarismo.

La nueva industria debe estar operada por empresas privadas dentro de un mercado abierto y competitivo. El Estado debe regular, cobrar regalías e impuestos y garantizar el cumplimiento de la ley, no perforar pozos ni administrar empresas petroleras.

Una parte sustancial de los ingresos petroleros debe alimentar un Fondo Patrimonial de los Venezolanos. Su componente principal debe acreditarse directamente en cuentas individuales pertenecientes a cada familia. El petróleo dejaría así de ser patrimonio abstracto del Estado y se convertiría en riqueza concreta de los ciudadanos.

A una producción de 10 o 12 millones de barriles diarios, esos recursos permitirían financiar la reconstrucción de la infraestructura, la educación, la salud y la seguridad, pero también formar patrimonio familiar y liberar a los venezolanos de la dependencia política del gobierno.

El tamaño de nuestra ambición

La discusión nacional no debe limitarse a cuánto costará recuperar la producción perdida. La pregunta correcta es qué debemos hacer para transformar las mayores reservas petroleras del planeta en prosperidad, desarrollo y poder estratégico.

Venezuela debe abandonar la mentalidad de escasez, dependencia y resignación que nos ha condenado durante décadas. La reconstrucción exige imaginación empresarial, disciplina financiera y una ambición proporcional al tamaño de nuestros recursos.

Houston me confirmó que el capital existe, la tecnología existe, las empresas existen y el interés existe. Lo que debemos construir es un país confiable, abierto a la inversión, protegido por el Estado de derecho y decidido a desarrollar aceleradamente sus recursos.

La meta de producir entre 10 y 12 millones de barriles diarios no es un pronóstico. Es una decisión estratégica. Tampoco es una fantasía: es un proyecto que requiere liderazgo, inversiones, instituciones y ejecución.

Venezuela no puede conformarse con volver a ser el país petrolero que fue.

Venezuela debe convertirse en la primera potencia petrolera del mundo.


https://www.elnacional.com/columnas/2026/09/venezuela-debe-convertirse-en-la-primera-potencia-petrolera-del-mundo/