Abro un paréntesis en lo que estaba escribiendo sobre Magnifica humanitas o sobre política, tema sobre el cual suelo hacerlo. En algún momento retomaré la encíclica de León XIV, pues, además, creo que leerla puede ser muy útil. El paréntesis será para hacer unas cortas reflexiones.
En la circunstancia que estamos viviendo, que no necesito explicar, es poco lo que sirven las palabras de consuelo, probablemente solo sirven de desahogo; por eso, mejor es que cada quien trate de aportar lo que puede o sabe hacer. Lo que mejor sé hacer es escribir para explicar cosas que ayuden a reflexionar y eso es lo que pretendo aportar.
Destrucción física y mental
A la “destrucción física” que vive el país se le suma la “destrucción mental y moral”, durante los últimos 34 años −desde el 4 de febrero de 1992− que es tan grave o más que la primera. Sin reclamar la originalidad de los términos, empecemos con la primera de estas calamidades. Las consecuencias de la “destrucción física” y el desmantelamiento económico del país la estamos viviendo con esta tragedia en la que las llamadas "autoridades" no son capaces de gerenciar para resolver y peor aún, no son creíbles ni respetadas por la población; si acaso, algo temidas, cosa que ya también se ha ido superando. Así, nos encontramos sin recursos físicos ni personal para afrontar la tragedia y, por supuesto, no faltan quienes están absurdamente diciendo que eso es culpa del bloqueo económico.
Estado fallido
Los politólogos, como los demás científicos sociales, tampoco logramos ponernos de acuerdo en algunos conceptos; por eso, prescindo de la rigurosidad académica de muchos de mis colegas y me voy a lo básico de lo que se considera un "Estado fallido". En términos muy simples es un Estado que ha dejado de funcionar para las cosas básicas. Si se consulta cualquier texto o, más fácil aún, cualquiera de los programas de moda de IA dirá que el tal "Estado fallido" suele presentar las siguientes características, sin que el orden implique gravedad o prioridad, pues es solo una reflexión: colapso económico, incapacidad de proveer servicios básicos, erosión de la autoridad legítima, crisis humanitaria y desplazamiento masivo de población.
Algunos agregan la pérdida del monopolio de la fuerza o del control de las armas por parte del gobierno, que no lo incluyo entre las características pues es lo único que yo creo que aún mantiene el actual −al menos la fuerza represiva− aunque a veces tengo mis dudas acerca de quién tiene realmente ese control; pero lo que sí no hay duda es la existencia de grupos armados, guerrillas, cárteles de la droga que controlan partes del territorio.
Todos sabemos lo importantes que son las primeras 48 horas en una tragedia como esta. No voy a extenderme en la pregunta obvia que todos nos hacemos, pues creo que sabemos la respuesta, pero ¿en dónde estaban la FANB? Y, cuando aparecieron, ¿a qué se dedicaron? ¿a controlar, a ayudar o a entorpecer las labores de ayuda que emprendió la población civil, sin recursos, con las manos? No es extraño que se diga que es una institución innecesaria que solo sirve para controlar y reprimir a la disidencia del gobierno.
¿Politización?
No voy a abundar en las lamentaciones y descripción de la incapacidad oficial para enfrentar la crisis actual −o cualquier crisis−. Tampoco voy a hacerlo acerca de la responsabilidad de este gobierno −y los anteriores, desde 1998− en la destrucción y causas por las cuales, entre otras cosas, ahora no tienen capacidad de respuesta. Al no hacerlo es porque considero que resuelve poco, no porque crea que eso es "politizar" el tema, que lo es, pero no tengo tampoco nada en contra de quienes lo hacen; simplemente, no lo hago.
Destrucción mental y moral
Pero lo que verdaderamente me preocupa es lo que se denomina la "destrucción mental y moral" del país, que se manifiesta −entre otras cosas− en esa incapacidad de ponernos de acuerdo en cosas elementales. Y no me refiero a ponernos de acuerdo con el gobierno, en parte causante de todos nuestros males, para lo cual se necesita una química sanguínea que no todos tenemos. A lo que me refiero, y es lo que me preocupa, es que esa corrosión de la capacidad para dialogar, para entenderse, para dirimir diferencias, aflora también perniciosamente en lo que llamamos oposición democrática (fíjense que la califico, porque hay otra "oposición" a la que no incluyo en mi concepto, sino únicamente en mi pesar; eso ya es un síntoma de la "destrucción mental y moral" de la que hablo).
Ese colapso mental y moral tenemos la obligación de superarlo, pues la gravedad estriba en que cualquier acontecimiento: un proceso electoral, una reunión en el exterior, la firma de un documento, alguien que intenta "negociar" o se reúne con quien sea y a cualquier nivel del gobierno, y un largo etcétera, sirven como pretexto para ensanchar más la brecha, la miseria de la diatriba y la desunión en lo que llamamos "oposición democrática".
Ese colapso mental y moral que afecta la necesaria coordinación política para salir del marasmo que nos azota desde hace tres décadas, ha ido afectando también la credulidad y la credibilidad entre los venezolanos. Lo vemos en el incremento de la desconfianza paralizante. Ante una desgracia como la actual, mucha gente desconfía acerca de que su esfuerzo y aportes lleguen a donde realmente se necesita y no se queden por el camino, en burocracia, desorden o, peor aún, corrupción. Entre nosotros mismos ponemos frenos y límites a la natural generosidad del venezolano y frenamos iniciativas y actividades que podrían resolver problemas.
¡Venciste Galileo!
Es inevitable, llegado a este punto, recordar aquella célebre frase: "¡Venciste, Galileo!" (la original está obviamente en latín) que se atribuye históricamente al emperador romano Flavio Claudio Juliano, "el Apóstata", último emperador pagano, quien aun después de legalizado el cristianismo, por su tío Constantino el Grande, intentó inútilmente frenar la expansión del cristianismo y restaurar el politeísmo grecorromano. Probablemente es un mito, con poco rigor y mucha fantasía, pero el contexto de la frase es que con ella se refería a Jesucristo, originario de Galilea, y los autores cristianos con esa anécdota, verdadera o apócrifa, simbolizaban el triunfo definitivo de su fe, a pesar de los esfuerzos en contrario de Juliano, "el Apóstata".
Saldremos
De la emergencia inmediata saldremos en días o semanas; de la emergencia de mayor alcance que nos quedará −miles de familias que han perdido todo− nos costará más trabajo y tiempo. Pero con el esfuerzo que siempre vemos desplegado en estas situaciones límite, sé que también lo superaremos. Y será con esas mismas manos desnudas y generosas con las que se removieron escombros para rescatar víctimas, que se reconstruirá el país.
Contaremos, espero, con ese recurso, también de dolorosa recordación, que son nuestros compatriotas en el exterior. Siempre he pensado y dicho que es difícil que muchos regresen y ahora, con el nivel de destrucción que nos dejaron los terremotos, quizás sea todavía más difícil. Pero, hay muchas formas de "regresar", especialmente con presencia a través del apoyo que le den a sus familiares y amigos; es decir, bastará con que sigan haciendo lo que hasta ahora muchos han hecho para apoyar a familiares y amigos desde el exterior, antes y durante esta tragedia, para que eso nos ayude a todos.
Conclusión
Más difícil, pero necesario, será superar la barrera de la "destrucción mental y moral" sembrada durante años en el ánimo y corazones. Siempre soy optimista, estoy seguro que nosotros no tendremos que emular a Juliano el Apóstata y decir: ¡Venciste comandante! para referirnos a Hugo Chávez Frías, pues lo que vivimos es su infausto legado: dividir e impedir que se enfrenten las tragedias como un país unido. Pero esa no es la Venezuela que conocemos.
Porque ante la Venezuela que está bajo escombros, la verdadera Venezuela, el verdadero legado está sobre los escombros, está en la solidaridad de los miles de centros de acopio, en la valentía de mujeres y hombres denunciando y enfrentando a quienes intentan impedir, entorpecer el rescate o aprovecharse de la situación, está en la solidaridad internacional volcada en rescatistas y donativos por todo el mundo; eso es lo que nos ayudará a reconstruir este país y decir: ¡Venciste Venezuela!