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Opinión

Para efectos de este artículo entendemos por transición un período relativamente corto, posterior a gobiernos democráticos o dictatoriales, con un poder ejecutivo de facto. Concretamente nos referiremos a las siguientes: 1- Junta Revolucionaria de Gobierno del 18 de octubre de 1945 a febrero de 1948. 2- Junta Militar del 24 de noviembre de 1948 a diciembre de 1952. 3- Junta Cívico Militar del 23 de enero 1958 al 13 de febrero de 1959. 4- La presidida por Ramón J. Velásquez, del 5 de junio de 1993 al 2 de febrero de 1994. 5- La iniciada este año presidida por Guaidó, con las restricciones conocidas.

1- La transición producto de la llamada Revolución de Octubre fue presidida por Rómulo Betancourt, con participación de otros tres militantes de Acción Democrática, un independiente pro adeco y dos militares. Sus principales logros fueron establecer el voto universal y directo, y dejar sentado que las petroleras debían aportar al Estado el 50% de sus ganancias. Aplicaron la polémica política de no más concesiones para explorar petróleo, lo cual hoy muchos consideran que fue un error. Años después, miembros de AD reconocieron que fue un período de mucho sectarismo, incluyendo enfrentamientos con la Iglesia. Otro error fue aplicar medidas retaliatorias injustas en contra de algunas personalidades del medinismo. Todo ello fue caldo de cultivo para el injustificable golpe militar de noviembre de 1948. Hay que reconocer el desprendimiento de Betancourt al no aceptar ser candidato presidencial en 1947. Fue una transición con aspectos positivos y negativos.

2- La transición iniciada en 1948 puede dividirse en dos etapas. La primera, desde esa fecha hasta el asesinato de Carlos Delgado Chalbaud en noviembre de 1950, período autoritario sin muchas persecuciones políticas. Posteriormente asumió la presidencia de la Junta el abogado Germán Suárez Flamerich quien, incomprensiblemente, se prestó para sustituir a Delgado. Este período fue puente para que Pérez Jiménez fuese designado en 1953 presidente “constitucional”, por un Congreso fraudulento. Fue una transición injustificable.

3- El 23 de enero de 1958 se produjo la tercera transición a raíz de la huida de Pérez Jiménez por perder el apoyo de los militares debido al descontento popular. Después de algunos cambios, la Junta Cívico-Militar quedó integrada por tres militares y dos civiles. La presidió el contralmirante Wolfang Larrazábal. Esta transición estableció el llamado Plan de Emergencia, criticado por muchos. Durante este período hubo varias crisis por el descontento de los militares. A Larrazábal se le criticó por ser populista, quizá porque quería ser candidato en las próximas elecciones, lo cual logró con el apoyo de URD y Partido Comunista. También se le criticó por entregar armas a civiles, principalmente de extrema izquierda, punto que poco se menciona. Larrazábal renunció para ser candidato presidencial, siendo sustituido por Edgar Sanabria, quien elevó los impuestos a las petroleras. Fue una transición que permitió que regresara la democracia.

4- El periodista e historiador Ramón J. Velásquez fue designado presidente encargado cuando el Congreso, el Fiscal General y el TSJ defenestraron a Carlos Andrés Pérez, en 1993. Velásquez evitó que hubiese otro intento de insurrección militar y permitió la elección de Rafael Caldera por segunda vez. Fue una transición sin pena, ni gloria. Quizá solo se recuerda por el indulto presidencial al narcotraficante Larry Tovar, del cual el doctor Velásquez no fue responsable.

5- Ahora hay una transición sui generis encabezada por el ingeniero Guaidó, quien asumió la presidencia interina acatando la Constitución, pero sin poder ejercerla como corresponde debido al soporte de la Fuerza Armada al usurpador Maduro. Desearíamos que logre ejercer efectivamente la transición. De concretarse, sin duda será un período difícil, ya que los rojos destruyeron las instituciones, el aparato productivo, los servicios públicos y empobrecieron la población. Esta tiene grandes expectativas de que un cambio de gobierno solucionará los problemas a corto plazo, lo cual no pareciera posible. Si los ciudadanos perciben que la transición no logra resultados tangibles, el riesgo en la próxima elección puede ser alto.

La posición de la Fuerza Armada dificulta visualizar el futuro. Por ahora, no hay duda de que Guaidó es el dirigente que aglutina a la mayoría. Los demás tienen poca aceptación en las encuestas. Quizá no sea políticamente correcto plantear hoy que, en una negociación bien manejada, podría obviarse la transición y acordar la realización de elecciones transparentes. Para ello hay que ofrecer al electorado y al mundo un equipo de gobierno que inspire confianza, por competente y libre de sectarismo. La dirigencia debe evaluar esta opción.

Como (había) en botica:

Los argumentos esgrimidos por algunos para descalificar a Noruega como facilitadora no son válidos.

La demanda en contra de La Patilla es otro acto de cobardía de Diosdado y de los tribunales mal llamados de justicia.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

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Carlos Raúl Hernández

Hace décadas viajaba de Maracaibo a Caracas vía San Antonio, el DC-9 tuvo un accidente en la escala y los pasajeros decidieron no proseguir el viaje. Vine solo, entonces, con la tripulación y amablemente me pasaron a la cabina. Volando sobre Barquisimeto, el piloto me cuenta que está deprimido por una separación sentimental y me toma de confidente. En algún momento me dice “no sé cómo trabajo en esto, porque tengo miedo a volar. Además estoy seguro de que este avión se va a caer… recuerda -me dijo- lo reconoces porque tiene los emblemas de las dos líneas, Avensa y Aeropostal ¡No te montes. Se estrellará cualquier momento!”.
Me recorrió un velado ataque de pánico al verme en manos de un piloto despechado que temía volar y anunciaba la ineluctable catástrofe de la nave que conducía. La misma turbación me aparece cuando descubro los esquemas mentales de varios dirigentes, expresados por ellos o por sus escuderos y comentaristas en los chats. Circulan profusamente y hay abundante evidencia de que demasiados carecen de la menor idea de cómo se resuelve un diferendo (sueñan rendiciones). La sociedad destruyó sus partidos en busca de un príncipe azul, no tuvo tiempo de formar adecuadamente relevos y hasta ahora ha besado quintales de sapos.

Es la machtpolitik, la prepolítica, la antipolítica. Hegel la llama política del corazón, frenesí de la arrogancia, de respuestas simples y agresivas como el puñetazo contra la palma de la mano que usamos hasta hace poco. El crimen a nombre de la moral, declamado por el bien. Dice Hegel, “simula ser una muestra de excelencia, como si procurara el bienestar de la Humanidad… cuando se atraviesa esta etapa de destrucción, la ley del corazón es la perversión de sí misma, es la conciencia enloquecida”. Arteras embestidas, canalladas contra personas rectas como Mibelis Acevedo, María Eugenia Mosquera, Eduardo Fernández, entre tantas.

El aporreador digital

Revolucionarios de izquierda y de derecha llevan veinticinco años de destrucción y rechazan acuerdos. El pensamiento crítico, democrático y la política racional están condenados y perseguidos por disposición de prepolíticos. Durante algún tiempo pensamos que la “conciencia enloquecida” contra la convivencia se debía a aludes pasionales, pero la explicación es básicamente otra: el gamberro digital, ni sus patronos, tienen más nada que decir ni otra manera de enfrentar un argumento. Sus cabezas eriales como las de Marat y Desmoulins suelen terminar olisqueadas por los perros, reales o figurados.

La machtpolitik practica la infamia contra el interlocutor, como en el pasquín jacobino El amigo del pueblo, y mientras llega el momento de la agresión física, siembra calumnias sobre aquél, que “le pagan” por lo que dice. Hegel ironizó esa peste ética aunque le preocupaban las tragedias que produce. La primera revolución moderna, la francesa que comenzó imbuida del humanismo y la Ilustración, terminó chapoteando en el lodo sangriento de Robespierre, como toda revolución de izquierda o de derecha.

El Incorruptible intentó convertir Notre Dame en templo de la Diosa Razón, deidad que no era más que el otro nombre de la guillotina. Si alguien daba un paso hacia el centro y la convivencia, fuera de la estupidez criminal, le caía el hacha. A Condorcet símbolo de la sabiduría y la tolerancia, lo obligaron a suicidarse. No hay razón sino odio y muerte. Los jacobinos estaban intoxicados de principios, estupideces éticas y potenciales crímenes, igual que todos los revolucionarios. Después del Incorruptible vienen Lenin y Stalin, Mao, Hitler, Mussolini, Fidel y demás.

Mente de pollo

A ellos les importaban tanto los muertos como al que pide una invasión militar. Quienes no han vivido más política que la revolucionaria actúan así por reflejo, y vale como escribió Bertold Brecht, matar, hacer trampa, engañar, para salirse con la suya. Los reos siempre son los demócratas, los que practican el pensamiento crítico y quieren convivir. El gamberro fanático de la actualidad apela a lo único contundente: el machete de carnicero digital hasta que le toque uno de verdad. Es más fácil romper que transar y si decido que encarno el bien, la justicia, los grandes ideales, una opinión contraria es contra el bien, la justicia y los grandes ideales.

La visión del mundo del gamberro es primitiva, hormonal y se caracteriza por la incapacidad para concatenación. La realidad para él es un montón de episodios desarticulados, mientras el proceso comprensivo nace de establecer conexiones. Así piensan que Chávez fue un benefactor y Maduro traicionó el legado, cuando lo cierto es que ahora cosechamos lo que sembró aquél, y éste es su continuador. Otros no vinculan abstenerse en 2005 con la subsecuente entronización del chavismo y la caída de la alternativa democrática por una década, raíz de nuestras desgracias.

Ni cómo se relaciona la presión de no juramentarse hecha al gobernador electo en 2017 y el infierno que vive el Zulia. Ni cómo el skeetch del 30 de abril trae el arrase contra la AN. Ni qué tiene que ver la debilidad extrema de los demócratas hoy, con los errores precedentes. Los que decidieron abandonar todo en las elecciones regionales y municipales y en la presidenciales de 2018, nos privaron de mecanismos de poder y solo les queda rogar a Dios, los militares y EEUU, como el perrito que ante un perro grande se tira patas arriba y gime.

@CarlosRaulHer

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Jesús Elorza G.

El deporte presupone la igualdad, pero la naturaleza es injusta y la respeta poco. Recordemos a Eero Maentyranta quien ganó en 1964 tres medallas de oro en la modalidad de esquí en los Juegos Olímpicos de Innsbruck. Pero tenía una mutación genética debido a la cual gozaba de un 40% más de glóbulos rojos que el resto de los humanos. Charles Wegelius, corredor británico, sufrió un accidente que le supuso que le extrajeran el bazo, lo cual generaba que su cuerpo produjera un mayor volumen de glóbulos rojos, y con ello, que tuviera un mejor rendimiento físico. ¿Qué decir de aquellos jugadores de la NBA, como Yao Ming y Gheorghe Muresan que han nacido con una altura de 2,29 y 2,31 m, superior a la media, lo que les otorga una ventaja frente al resto de humanos para jugar a baloncesto? Y así podríamos seguir ofreciendo una lista casi inacabable de casos en los que la lotería genética ha favorecido a algunos atletas para que puedan rendir deportivamente por encima del resto.

Estos ejemplos son pertinentes para cuestionar la normativa del 2011 de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) sobre hiperandrogenismo, en que se establecía que las atletas debían tener un nivel de testosterona en sangre por debajo de los 10 nmol/l para poder competir en categoría femenina, al entender que no existía evidencia científica de que con esos niveles las mujeres obtuvieran una ventaja competitiva.

El 26 de abril de 2018 aprobó una nueva normativa determinando que las atletas con un nivel natural de testosterona superior a los 5 nmol/l que le provoquen efectos androgenizantes solo podrán competir en la categoría femenina de las pruebas de 400, 800, 1500 metros y 1 milla si se someten a tratamiento farmacológico para bajar esos niveles. En caso contrario podría competir en categoría masculina.

La normativa fue ampliamente criticada por la comunidad científica y por diferentes organismos de derechos humanos. El British Medical Journal, una publicación científica, señala que si la testosterona sola no sirve para diferenciar hombres de mujeres, tampoco es un elemento definitivo para el rendimiento, ni hace de las mujeres hombres ni de atletas mediocres súper campeones. “No se pueden definir ni el sexo biológico ni la función física ateniéndose solo a los niveles de testosterona”, señala. Una conclusión que también pone en duda la asunción habitual de que la testosterona es lo que hace hombre al hombre.

La principal afectada por esta normativa fue la campeona mundial y olímpica de 800 metros Caster Semenya, quien la impugnó ante el TAS, junto con la Federación Sudafricana de Atletismo, lo que provocó la suspensión de su entrada en vigor.

También, la Organización de las Naciones Unidas ONU en su resolución del 20 de marzo, expresó su preocupación, porque obligar a mujeres y niñas con diferencias de desarrollo sexual y de sensibilidad a los andrógenos a reducir médicamente sus niveles de testosterona en sangre “contravienen las normas y los principios internacionales de derechos humanos”. “El reglamento de la IAAF no es compatible con las normas y los principios internacionales de derechos humanos”, añade la resolución. “No hay pruebas legítimas que justifiquen el reglamento, de modo que podría no ser razonable ni objetivo”.

El 8 de mayo de 2019, el Tribunal Arbitral del Deporte (TAS), al mejor estilo cantinflerico “Si pero No” toma como posición de partida que esta normativa de la IAAF es discriminatoria, pero considera que resulta proporcionada para lograr el objetivo de preservar la equidad competitiva en estas pruebas.

La decisión del TAS deja muchos interrogantes en el aire y una honda preocupación entre los defensores de los derechos humanos de las personas intersexuales. La lucha por una categoría femenina en que no se discrimine por razón de condiciones naturales, vuelve a quedar en entredicho en el año 2019. El laudo del Tribunal Arbitral del Deporte (TAS) ha establecido que Caster Semenya, cuya fisiología la convierte en hermafrodita, no puede competir en sus circunstancias normales en las categorías femeninas, sexo en el que ella se siente persona. Como la segregación de testosterona es superior en aproximadamente un 12% al resto de las mujeres, Semenya tiene una evidente ventaja cuando compite con mujeres.

El argumento del TAS para justificar su decisión es interesante. No parece apelar para justificar la discriminación a la pureza del cuerpo, ni tampoco a la salud, dos argumentos recurrentes hasta el momento para castigar a todo deportista que se hubiera dopado. En el laudo se señala que si Semenya quiere competir con mujeres debe someterse a una operación para rebajar la testosterona, aunque ello suponga intervenir artificialmente en su cuerpo (sobre su integridad física) y a pesar de que ello le pueda generar efectos secundarios sobre su salud. Ahora bien, esto es más que discutible, en especial, cuando esa decisión conduce a contravenir principios y derechos fundamentales de las personas intersexuales, y deja en evidencia la incoherencia de las autoridades deportivas (IAAF-TAS) cuando obligan a la atleta a un “Dopaje a la inversa” pero simultáneamente sancionan el dopaje clásico.

La Justicia tarde o temprano se presenta. El Tribunal Federal Supremo de Suiza, que conocía de la apelación, dio ayer la razón a la atleta sudafricana Caster Semenya en su prolongado conflicto con la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) y ordenó a ésta que suspenda de manera temporal hasta el 25 de junio, cuando podrá presentar nuevos argumentos, su nueva regulación sobre las mujeres atletas con elevados niveles de testosterona. La corte federal suiza ordenó la inmediata suspensión de esa norma y permitir que la bicampeona olímpica y tricampeona mundial de 800m pueda competir sin restricciones, según lo señala un comunicado de la defensa de Semenya desde Lausana, sede de este tribunal.

La decisión del alto tribunal suizo y de la ONU, deja establecido claramente que a la máxima autoridad del atletismo internacional le salió “El tiro por la culata” al ordenar el “Dopaje Inverso”

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John Gray

La situación del planeta lo está empujando al centro de la mente humana. Para un número cada vez mayor de personas, el cambio climático es un hecho tangible. Las comunidades isleñas y las ciudades costeras sufren los efectos del aumento del nivel del mar, y todos somos testigos de los fenómenos meteorológicos extremos y el dislocamiento de las estaciones. Los políticos moderados han reconocido que se ha hecho urgente alguna clase de acción más radical que cualquiera de las emprendidas hasta el momento. Todo el mundo, excepto los negacionistas más contumaces, se da cuenta de que, en el mundo que los seres humanos han habitado a lo largo de su historia, está teniendo lugar un cambio sin precedentes.

Al mismo tiempo, como escribió Eliot en Cuatro cuartetos, la humanidad no puede soportar mucha realidad, y pensar en el tema resulta cada vez más ilusorio. El cambio, efecto colateral de la industrialización mundial basada en los combustibles fósiles, ha sido desencadenado por los seres humanos. Esto no significa que ellos mismos puedan pararlo. Como han señalado los climatólogos, el calentamiento global se prolongará cientos o miles de años después de que sus causas próximas hayan cesado. El rigor de las exigencias de Extinction Rebellion —unas emisiones netas de CO2 iguales a cero para Reino Unido en 2025, por ejemplo— las convierte en imposibles. Pero incluso si se pudiesen poner en práctica, no tendrían excesiva repercusión sobre las emisiones de gases de efecto invernadero ni evitarían una alteración del clima que ya forma parte inseparable del sistema. Los actuales movimientos ecologistas son expresión de un pensamiento mágico, intentos de ignorar la realidad o evadirse de ella, más que de entenderla y adaptarse.

Una de las realidades que el ideario ecologista pasa por alto es la geopolítica. Pensemos en la idea, tan de moda, de que el mundo —o, por lo menos, el Occidente capitalista— debería dejar de utilizar combustibles fósiles. Desde el punto de vista medioambiental sería algo altamente deseable aunque no detuviese el cambio climático ni las perturbaciones que lo acompañan. Desde el punto de vista geopolítico, la receta provocaría turbulencias en todo el mundo. Algunos de los Estados más importantes necesitan estos combustibles para su existencia. El reino de Arabia Saudí se hundiría sin los ingresos que recibe del mercado del petróleo. Las rentas nacionales de Irán y Rusia dependen en gran medida de que el crudo sea caro. Para todos ellos, el final repentino del consumo de hidrocarburos supondría un descenso brutal del nivel de vida, así como una fractura política a gran escala. Tanto mejor, dirán los ecologistas. No son regímenes demasiado deseables.

Pero sería una estupidez suponer que lo que surgiría a continuación sería mejor. El reino saudí se fragmentaría o sería sustituido por un régimen islamista más radical. Una Rusia empobrecida podría ser más belicosa y temeraria en su política exterior y de defensa. Con Irán privado de los ingresos del petróleo y sin perspectivas de seguir obteniendo beneficios, habría menos, no más posibilidades de un giro democrático en el país. La probabilidad de éxito de los cambios de régimen inducidos por las políticas ecologistas no es mayor que la de los cambios de régimen impuestos por la fuerza militar.

Otra realidad obviada por el pensamiento ecologista es la historia del siglo XX. Las protestas contra el cambio climático, como Extinction Rebellion, son hijas de los movimientos antiglobalización de hace más o menos una década, y al igual que estos, creen que el capitalismo occidental contemporáneo es defectuoso y se dirige hacia el desguace de la historia. En eso tienen razón. El mercado libre mundial ha sido siempre una entelequia, y la estructura tambaleante de los precios de los activos financiados a base de endeudamiento y de las crecientes rivalidades comerciales es frágil. Otra crisis crediticia como la de 2007-2008 probablemente la haría pedazos.

Esto no quiere decir que una economía socialista fuese más beneficiosa para el medio ambiente. Las peores catástrofes ecológicas del siglo pasado sucedieron en la antigua Unión Soviética y en la China maoísta, en las que —bajo la influencia de la ideología marxista, según la cual el mundo natural tiene que ser "humanizado"— la naturaleza sufrió un menoscabo y una degradación peores que en cualquier país occidental.

Las agresiones al medio ambiente incluyen una de las extinciones masivas de otras especies animales más rápidas de la historia. Hace 50 años, alrededor de 180.000 ballenas desaparecieron de las aguas que circundaban la Unión Soviética. En una muestra extraordinaria de vandalismo medioambiental, la industria ballenera soviética acababa con estos mamíferos con la simple finalidad de cumplir los objetivos de producción fijados por los planes quinquenales. Apenas al 30% de las ballenas masacradas se les dio algún uso económico. Era normal que los barcos regresasen con animales en estado de putrefacción inservibles como alimento. Cumplir con el plan quinquenal solo dependía de cuántas se matase. Las tripulaciones que no alcanzaban la cuota eran penalizadas con descensos y despidos, mientras que las que superaban las exigencias del plan recibían gratificaciones. Aparte de los equipos que igualaban o excedían la cuota, nadie obtenía provecho de la matanza. Algunas especies de ballenas quedaron al borde de la extinción, y los efectos del sistema sobre las poblaciones de cetáceos son visibles aún hoy. (Ver Charles Homans, The most senseless environmental crime of the twentieth century [El crimen medioambiental más absurdo del siglo XX], Pacific Standard, 14 de junio de 2017).

Por supuesto, los ecologistas les dirán que quieren un sistema económico diferente de una economía socialista planificada por el Estado, pero nunca han aclarado cómo funcionaría ese nuevo sistema, y en la práctica sus exigencias se resumen en poco más que lo que ellos llaman desarrollo sostenible. El problema es que las propuestas ecologistas implican un descenso del nivel material de vida de gran número de personas, lo cual sería insostenible políticamente. El impuesto de Macron al gasoil impulsó el avance del movimiento de los chalecos amarillos en Francia, y el principal beneficiario de la promesa electoral de Hillary Clinton de clausurar la industria del carbón ha sido Donald Trump. Cuando las políticas ecologistas imponen graves costes a los pobres y a la mayoría trabajadora —como ocurre con frecuencia—, el resultado es una reacción popular.

En teoría, la solución a la crisis ambiental es lo que John Stuart Mill, en sus proféticos Principios de economía política (1848), llamó una economía del Estado estacionario, en la que el progreso técnico no se emplea para expandir la producción y el consumo, sino para aumentar el ocio y la calidad de vida. El problema es que una economía sin crecimiento es políticamente imposible. La reacción de los populismos y la agitación geopolítica darían al traste con cualquier transición a un Estado estacionario. Detrás de estos obstáculos se esconde otra realidad que se ha excluido del pensamiento actual. A pesar de todo lo que se dice del descenso de la fertilidad en buen número de países, el crecimiento de la población humana sigue siendo la causa última de la actual extinción masiva. Las especies desaparecen a gran escala porque sus hábitats están desapareciendo, y la causa principal es la expansión humana. Puede que, efectivamente, entrado el siglo el crecimiento demográfico se estabilice en torno a los 9.000 o 10.000 millones de habitantes. No obstante, la biosfera ya estará arrasada. Si entonces el número de seres humanos desciende, lo hará en un mundo terriblemente depauperado.

Es interesante observar que John Stuart Mill ya predijo este futuro en 1848, cuando concibió la idea del Estado estacionario en sus Principios de economía política. No produce “mucha satisfacción", decía, "... contemplar un mundo en el que nada se deja a la actividad espontánea de la naturaleza; en el que hasta el más minúsculo pedazo de tierra capaz de dar alimento al ser humano se ha puesto en cultivo y el último retazo de pastizal florido ha sido arado; en el que los cuadrúpedos y los pájaros no domesticados por el hombre han sido exterminados como rivales que le disputan los alimentos; cada seto y cada árbol superfluo ha sido arrancado de raíz, y apenas queda sitio en el que una flor o un arbusto silvestre puedan crecer sin ser erradicados como malas hierbas en nombre del progreso agrícola. Si la tierra debe perder la enorme parte de su placidez que debe a las cosas que el aumento ilimitado de la riqueza y la población extirparía de ella con el mero propósito de sostener a una población mayor, pero no mejor o más feliz, espero sinceramente, por el bien de la posteridad, que se contenten con estar estacionarios mucho antes de que la necesidad los obligue a ello".

Más de 170 años después no parece que nadie se contente con estar estacionario. Nada en el actual clima de pensamiento goza de tan poca popularidad como el neomalthusianismo de Mill. Es verdad que él lo vinculaba a la emancipación de la mujer, y que llegó a pasar una noche en la cárcel por el delito de distribuir panfletos a favor del control de la natalidad entre las mujeres de clase trabajadora. Sin embargo, los liberales de hoy en día lo consideran una débil excusa para lo que denuncian como la siniestra misantropía del filósofo y economista, que prefería un mundo con una población reducida y grandes superficies de territorio salvaje a otro asfixiado y desolado por miles de millones de seres humanos luchando por sobrevivir.

Aquí es donde la crisis de la extinción asoma en el horizonte. La economía industrial no aceptará los límites al crecimiento porque la civilización a la que sirve ha rechazado cualquier restricción a su capacidad de logro. Según la mentalidad actual, el hecho de que un objetivo sea imposible de alcanzar no es motivo para no intentarlo. Más bien todo lo contrario. Los sueños imposibles —nos dicen innumerables predicadores laicos— hacen a los seres humanos únicos y especiales. En esta religión moderna, aceptar cualquier límite último al poder humano es el peor de los pecados. En consecuencia, el pensamiento mágico —que descansa sobre la creencia en la omnipotencia de la voluntad humana— es obligatorio.

Sobrevivir a la crisis climática no es un objetivo irrealizable por naturaleza. Lo que se necesita no es un desarrollo sostenible, sino algo más parecido a lo que James Lovelock, en su obra A Rough Ride to the Future [Una dura carrera hacia el futuro] (2014), denominaba una "retirada sostenible". Utilizando las tecnologías más avanzadas, entre ellas la energía nuclear y la solar, y abandonando la agricultura en favor de los medios sintéticos de producción de alimentos, se podría alimentar a la todavía creciente población humana sin seguir haciendo demandas aún más intolerables al planeta. La intensificación de la vida urbana podría permitir la recuperación de territorios salvajes que hubiesen quedado despoblados. Los recursos se podrían concentrar en construir defensas contra el cambio climático, que tendrá lugar hagamos lo que hagamos ahora los seres humanos. Los sueños soberbios de "salvar el planeta" se sustituirían por ideas sobre cómo adaptarnos a vivir en un planeta que nosotros mismos hemos desestabilizado. Si los seres humanos no se amoldan, el planeta los reducirá a un número menor a los condenará a la extinción.

Esta clase de programa es lo contrario de lo que proponen los ecologistas. También es profundamente incompatible con la cultura dominante. Una consecuencia de la decadencia de la religión es el declive simultáneo de la idea de que el mundo natural impone límites a la voluntad humana. En vez de verse a sí mismos como un animal entre tantos, como la especie que domina en el presente, pero que, al igual que todas las demás, no tiene asegurada su permanencia en la Tierra, los seres humanos se han crecido hasta pensar que tienen el poder sobre la naturaleza del Dios en el que ya no creen. Si Dios no hizo el mundo, la humanidad puede —y debe— rehacerlo a su imagen. Esta es la base sobre la que se asienta nuestra civilización supuestamente laica, y también la fuente última de la crisis de la extinción.

En estas circunstancias, cualquier programa fundamentado en el hecho de que los seres humanos se enfrentan a un cambio climático imposible de detener será tachado de fatalismo desesperado. Tratándose de una civilización que se enorgullece de su devoción por la ciencia, es una actitud curiosa. El propósito de la ciencia es la formulación de leyes universales independientes de las creencias y los valores humanos. Si estas leyes debilitan nuestras esperanzas y ambiciones, que así sea. Si el sentido del ejercicio es la verdad objetiva, se deben dejar de lado las emociones subjetivas. Y también la fe, ya sea religiosa o de otra clase. Si creemos a sus ideólogos, la ciencia es una indagación del mundo natural del cual el ser humano es parte consustancial. De hecho, la ciencia se ha convertido en un canal de la creencia ‒heredada del monoteísmo‒de que la humanidad puede trascender el mundo natural.

La paradoja de los movimientos ecologistas actuales es que fomentan esta religión antropocéntrica. La crisis de la extinción solo se puede mitigar reorientando nuestra mente para que aborde la realidad. El pensamiento realista, sin embargo, está prácticamente extinguido

John Gray es catedrático emérito de Pensamiento Europeo en la London School of Economics.

Traducción de News Clips.

8 de junio 2019

El País

https://elpais.com/elpais/2019/06/08/opinion/1559993302_726412.html

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George Soros

La elección del mes pasado para el Parlamento Europeo tuvo resultados mejores que los que uno hubiera esperado, y fue por una sencilla razón: la mayoría silenciosa pro europea habló. Su mensaje fue que quiere preservar los valores fundacionales de la Unión Europea; pero también quiere cambios radicales en su funcionamiento. Su principal inquietud es el cambio climático.

Esto favorece a los partidos proeuropeos, especialmente los Verdes. Los partidos antieuropeos, de los que no se puede esperar nada constructivo, no consiguieron los avances que esperaban. Tampoco pudieron formar el frente unido que necesitarían para aumentar su influencia.

Una de las instituciones que necesita cambios es el sistema de Spitzenkandidat, que supuestamente provee una forma de selección indirecta de la dirigencia de la UE. Pero en realidad, como explicó Franklin Dehousse en un artículo brillante, pero pesimista, en el EU Observer, es peor que si no hubiera ningún proceso de selección democrática. Los estados miembros tienen partidos políticos reales, pero su combinación transnacional produce construcciones artificiales que sólo sirven para promover las ambiciones personales de sus líderes.

Esto es evidente sobre todo en el Partido Popular Europeo (PPE), que se las arregló para capturar la presidencia de la Comisión desde 2004. El líder actual del PPE, Manfred Weber (que no tiene ninguna experiencia en un gobierno nacional), parece dispuesto a entrar en casi cualquier acuerdo con tal de permanecer en la mayoría parlamentaria, incluso aceptar al autocrático primer ministro de Hungría, Viktor Orbán.

Orbán le generó un grave problema a Weber, al incumplir abiertamente las normas europeas y establecer el equivalente a un estado mafioso. Casi la mitad de los partidos nacionales que forman el PPE querían expulsar al partido de Orbán, Fidesz. Pero en vez de hacerles caso, Weber consiguió convencer al PPE de plantearle a Fidesz una demanda relativamente fácil: que permita a la Universidad Centroeuropea (de la que soy fundador) seguir funcionando libremente en Hungría, como universidad estadounidense.

Fidesz no cumplió. Aun así, el PPE no lo expulsó, sino que sólo lo suspendió, para que pudiera contar como parte del PPE en la elección del presidente de la Comisión. Ahora Orbán está tratando de restablecer la participación plena de Fidesz en el PPE; hay que ver si Weber encuentra un modo de darle lugar.

Como el sistema de Spitzenkandidat no se basa en un acuerdo intergubernamental, cambiarlo no presenta mayores dificultades. Sería mucho mejor que la presidencia de la Comisión Europea surgiera directamente de una lista cuidadosamente elaborada de candidatos cualificados, pero eso obligaría a cambios en los tratados. En cuanto a la presidencia del Consejo Europeo, puede seguir eligiéndola una mayoría cualificada de estados miembros, como estipula el Tratado de Lisboa.

La reforma que sí demandaría modificar los tratados se justifica por la cada vez mayor legitimidad democrática conferida por las elecciones para el Parlamento Europeo. La participación en la elección reciente superó el 50%, un marcado aumento desde el 42,6% de 2014. Es la primera vez que la participación aumenta desde la primera elección en 1979, cuando participó el 62% de los votantes habilitados.

Inesperadamente, parece que esta vez del sistema de Spitzenkandidat puede salir un equipo soñado. Esta novedad se debe en gran medida al presidente francés Emmanuel Macron (que se opone al sistema de Spitzenkandidat por principio). En una cena con el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez (ganador de la elección general nacional en España, que precedió a la votación para el Parlamento Europeo), ambos líderes acordaron apoyar a dos Spitzenkandidaten que sean ideales para la Comisión y para el Consejo.

El principal sostén del sistema de Spitzenkandidat es Alemania. Si Weber pierde la competencia, Alemania tratará de conseguir que Jens Weidmann, presidente del Bundesbank, asuma la presidencia del BCE; pero esa designación distaría de ser ideal. De hecho, lo descalifica haber dado testimonio contra el BCE ante el Tribunal Constitucional Federal de Alemania en un caso en el que se pretendía invalidar las “transacciones monetarias directas” del Banco, una política que fue crucial para superar la crisis de la eurozona a principios de esta década. Espero que este hecho se vuelva más conocido.

Cualquier otro candidato cualificado sería preferible a Weidmann para la presidencia del BCE. Como están las cosas, Francia no se quedará con ninguno de los puestos principales. Sería bueno que Alemania tampoco los tenga, para dejar más espacio a otros países.

Hay muchas instituciones de la UE además del sistema de Spitzenkandidat que necesitan una reforma radical. Pero eso puede esperar hasta que sepamos si la promesa que se expresó en la última elección parlamentaria se cumple y en qué medida. Todavía no es tiempo de cantar victoria, relajarse y celebrar. Hay mucho trabajo que hacer para convertir a la UE en una organización funcional que haga realidad su enorme potencial.

7 de junio de 2019

Project Sybdicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/europe-silent-majority-want...

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Lester L. López O.

La Universidad Nacional de Defensa (NDU siglas en inglés) es un instituto militar de educación superior ubicado en Washington DC, dedicada a la formación de oficiales superiores, mayormente en el grado de Coronel con firmes proyecciones para ascender a general de las fuerzas armadas norteamericanas, recibe oficiales de la OTAN y de otros países amigos de USA pero también funcionarios civiles de diferentes agencias gubernamentales. Dentro de su misión académica está evaluar todas las amenazas internas y externas a la seguridad de USA y de otras regiones del mundo y muy probablemente muchos del alto mando militar norteamericano, directores de sus agencias de seguridad e integrantes del actual gabinete ejecutivo del actual presidente de USA hayan pasado por sus aulas.

El nombrado Comando Sur (US South Comand) es una fuerza militar conjunta con componentes del ejército, la marina, la aviación, marines, guardia costera y otras muchas agencias como la CIA, DEA, etc., su área de actuación va desde México hasta la Patagonia argentina, su poder militar es superior a cualquiera de las fuerzas armadas latinoamericanas incluyendo Brasil. Su misión es defender a USA de cualquier fuerza extranjera que suponga una amenaza a la seguridad del país, pero también puede colaborar con la defensa de cualquiera de los países amigos latino americanos, especialmente con asesoramiento y entrenamiento militar.

El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) es un acuerdo firmado en 1947 por todos los países americanos integrantes de la OEA cuyo principio fundamental es la defensa de cualquiera de sus integrantes ante la amenaza de una potencia extra continental, asumiendo el principio de que la amenaza para uno era la amenaza para todos. Eran tiempos de la guerra fría y evidentemente USA necesitaba una herramienta internacional para evitar que la URRS, o alguno de sus satélites, atacaran militarmente algún país americano. Sin embargo, caída la URRS y finalizada la guerra fría, este tratado había perdido vigencia en cuanto a la posible potencia invasora extranjera por lo que para mantener su vigencia se identificaron nuevas formas de agresión siendo la más reconocible el narcotráfico internacional y, últimamente, el lavado de dinero, la extracción de minerales estratégicos, etc..

Un reciente informe publicado por el instituto Inter American Trends (http://interamericantrends.com 30/04/19) titulado “Régimen de Maduro es una “Empresa Criminal Conjunta” conformada por 183 personas, 205 corporaciones y 26 países” cuyos autores son investigadores asociados a la Universidad Nacional de Defensa citada al inicio, vincula al actual régimen con diferentes y variadas actividades delictivas con redes en muchos países del continente y conexiones con otros de diferentes continentes. Esta “Empresa Criminal Conjunta Bolivariana (ECCB)”, como la denominan los autores del estudio, tiene suficientes recursos financieros, producto de sus actividades delictivas, como para sostener al régimen pero también para convertirse en un factor desestabilizador en cualquier país americano o, en otras palabras, una amenaza continental.

De allí que la aprobación por parte de la Asamblea Nacional de solicitar ante la OEA la incorporación nuevamente al TIAR (el régimen había retirado al país en el 2007) tendría como finalidad, una vez aprobada la reincorporación, que los países signatarios puedan activar sus agencias de seguridad, justicia y bancarias y al Comando Sur norteamericano para desmantelar y cortar el flujo financiero del régimen que lo mantiene a flote. También podrán activar medidas judiciales contra familiares y testaferros de muchos integrantes de la ECCB que actúan desde nuestro país.

Esta posibilidad TIAR-Comando Sur- Grupo de Lima de aplicarse coordinadamente puede asfixiar al régimen y finalmente forzarlo a buscar una salida negociada para entregar el poder que ahora ejerce, también justifica que los voceros gubernamentales del norte hayan bajado el tono en cuanto a la intervención armada sobre la mesa. Si por allí van los tiros, lo demás debemos hacerlo los venezolanos.

@lesterllopezo 07/06/19

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¿Por qué di a conocer en mi portal POLIS un artículo con el cual no estoy de acuerdo con casi ninguna de sus líneas? No por pluralista -nunca lo he sido-. Mas bien por lo contrario: para debatirlo. Pues uno no debate con lo que está de acuerdo sino con lo que está en desacuerdo. Y en ese punto el muy difundido artículo del empresario español Ginés Górriz es un adecuado objeto de discusión. Sin duda, bien escrito: con ingenio y pasión. Pero además reflejando una opinión generalizada entre una fracción extrema (no quiere decir minoritaria) de la oposición venezolana a la que muchos no nos hemos cansado de rebatir.

Quienes todavía no conocen el artículo de Ginés Gorriz cuyo título es “Venezuela, el verbo y la cuchara” puede leerlo en https://www.almendron.com/tribuna/venezuela-el-verbo-y-la-cuchara/

La actual “revolución venezolana” sigue, según Górriz, las pautas de un inteligente guion escrito por Juan Guaidó y Leopoldo López quienes de acuerdo con la resistencia pacífica de Gandhi y la primavera árabe intentan crear un mundo paralelo para atrapar “la antimateria del universo Maduro en supuesta implosión”. “La fuerza y la debilidad de la revolución Guaidó residen en esa voluntad de tirar a un tirano comunista sin tirar un tiro”. Sin embargo, “ninguna estructura de poder levantada en las fórmulas del comunismo militar ha sido derribada desde abajo” (ni siquiera Solidarnosc).

Se trata entonces la de Guaidó y López -según Górriz- de una “revolución” puramente simbólica. Por eso los embajadores nombrados por Guaidó “lo son de la nada mientras no se establezca un nuevo gobierno”. En suma, Maduro tiene el verdadero poder, el fáctico, el de las armas. Y lo demuestra sin titubear. El peligro, aduce Górriz, reside en que “la esperanza Guaidó puede tornarse en decepción y el régimen lo hará responsable de todos los males”. Y luego agrega: “No se puede pedir a un pueblo hambriento que salga a protestar bajo las balas durante mucho tiempo, Maduro lo sabe y los que defienden el diálogo hacen que no lo saben”. Por lo tanto – es opinión de Górriz - no quedaría más alternativa que una acción militar conjunta de la CI. En ese punto, el autor coincide con el extremismo que apoya a la señora María Corina Machado. Pues, si las estructuras del poder comunista no se derriban desde abajo, solo pueden ser derribadas desde arriba o desde fuera. ¿Y si la CI no realiza el acto salvador? Entonces todo está perdido. La revolución de López y Guaidó - es la conclusión lapidaria de Górriz- tiene sus días contados. Esta es la esencia del artículo. Lo demás es blablá.

Vamos por partes: la premisa de Górriz: “dictadura comunista militar no sale sin intervención externa” es una variante de la divulgada por el extremismo venezolano: “dictadura no sale con votos”. La del español es más selectiva. A fin de ajustar a su conveniencia esa premisa, Górriz recurre al peor ejemplo que se le podría ocurrir: el de Solidarnosc. Según el autor, las elecciones en Polonia llegaron después de una orden de Gorvachov. Lo que pasó por alto Górriz es que para que esa orden fuera efectiva se necesitaba de una oposición que hubiese puesto en primer lugar, y no en un segundo ni tercero, la lucha por elecciones libres. Pero además olvidó la otra parte de la película: que una de las razones, quizás la principal, que llevó a Gorbachov al poder, fue el avance de la disidencia en Hungría, en Checoeslovaquia en la RDA, por supuesto en Polonia y, no olvidemos, en la propia URSS. Y bien, en todos esos países la primera demanda ciudadana fue: lucha por elecciones libres.

No, señor Górriz: las elecciones en Polonia no tuvieron lugar como resultado de una orden de Gorbachov. Fue el cumplimento de una demanda elevada por Solidarnosc al primer lugar de la agenda desde el comienzo de su lucha. La premisa sobre la cual reposa la argumentación de Górriz es más falsa que Judas. Dictadura comunista puede salir gracias a la acción de las fuerzas internas – naturalmente contando con el concurso de fuerzas externas – e incluso, mediante la vía electoral.

En el caso venezolano, si bien existe una fuerza externa de apoyo, esta no se encuentra articulada en ningún modo con una salida invasionista. Una salida por lo demás hipotética. Ningún gobierno latinoamericano y ningún gobierno europeo se ha pronunciado por una salida de fuerza. Y una acción unilateral del gobierno Trump solamente sería pensable si la Venezuela de Maduro pusiera los intereses económicos o geopolíticos de los EE UU en peligro, lo que no es el caso. O si el nivel de conflicto entre Rusia y EE UU elevara su intensidad hasta el punto de situarse más allá de lo político, lo que tampoco, por ahora, es el caso. Tanto Putin como Trump no tienen ningún interés en que eso ocurra.

Pero Górriz no se contenta con torcer la nariz a la historia de Polonia. También lo hace con la de la reciente historia venezolana. Para el efecto tuvo que inventarse un movimiento de tipo gandhiano dirigido por López y Guaidó. No obstante la debacle del 30-A a la que Górriz ni siquiera menciona, mostró exactamente lo contrario. Ese día el guion de López/Guaido evidenció que ambos habían elegido una ruta golpista algo que con todo el esfuerzo del mundo sería imposible imaginar en Gandhi. De hecho, cuando en la triada guaidiana el cese de la usurpación fue situada en primer lugar por sobre la lucha por elecciones libres, y sin especificar nunca cómo ese fulano “cese” podría llevarse a cabo, estuvo claro que López/Guaidó habían optado por una salida anti- gandhiana. Por lo mismo, como el enemigo es militar, el pueblo desarmado no podría ser el sujeto de la insurrección. No quedaba más alternativa entonces que ceder el lugar del sujeto a eventuales generales. Sea invasión militar, sea golpe de estado, el fin de la usurpación ocurriría gracias a la acción de un agente violento pedido de prestado y sobre el cual la ciudadanía no ejercería el menor control.

Ese fin de la usurpación sin sujeto ni vía terminará desmovilizando a las grandes masas que hoy siguen a Guaidó. Ese es el verdadero peligro que se avecina sobre Venezuela. Pues una lucha contra un régimen militar como el de Maduro no solo supone trazar objetivos sino, además, rutas para alcanzar esos objetivos. Y bien, no haber sabido o querido trazar esas rutas ha sido hasta ahora el gran déficit del liderazgo de Guaidó. Por lo tanto, si un pueblo al que no se le muestran vías de tránsito, se desmoviliza, nunca será culpa de ese pueblo y mucho menos de la CI a la que Górriz de antemano, presintiendo lo que viene, pretende endosar la causa del fracaso anunciado, liberando de toda responsabilidad a la conducción ejercida por el extremismo opositor. El problema – hay que decirlo de una vez por todas- está en el libreto, no en la CI.

Quizás en un solo punto podría tener razón Górriz. El pueblo democrático venezolano está siguiendo un libreto escrito por López y Guaidó. Y es bueno que eso se diga. Pues ese no es un libreto escrito por el conjunto de la oposición. En el mejor de los casos es seguido por una parte de ella. No es ninguna infidencia por lo tanto afirmar que hay personas y partidos dentro de esa oposición que no comparten la posibilidad de una salida de fuerza ni interna ni externa. Nadie puede imaginar, por ejemplo, que un partido histórico como AD tenga en vista una salida insurreccional armada. Tampoco un Nuevo Tiempo. Incluso hay sectores de Primero Justicia que no comparten en su totalidad el libreto López/ Guaidó. Recordemos que Henrique Capriles se ha pronunciado infinidad de veces en contra de toda alternativa golpista, venga de donde venga. La talentosa Mercedes Malavé de Copei y el promisorio dirigente Luis Romero de Avanzada Progresista han sido algunas de las pocas voces que se han atrevido a mostrar públicamente su disenso con el libreto mencionado. Los demás partidos esperan quizás convencer a Guaidó -a quien las multitudes le tienen fe por razones más religiosas que políticas- de la equivocada opción que ha tomado. Si es así, deberán apurarse. El tiempo apremia. Y Maduro, el halcón del otro extremo, ya afila sus garras.

Desde el abstencionismo del 20 de mayo bautizado por Carlos Raúl Hernández como “la gran burrada” observamos con preocupación como la hegemonía de la oposición venezolana ha sido desplazada desde el centro hacia un peligroso extremo. Problema grave, pues si hay un hecho común, quizás el único que caracteriza a todas las transiciones democráticas de la historia moderna, es que las salidas hacia la democracia nunca han sido por los extremos sino siempre - y cuando decimos siempre decimos siempre- por el centro. Eso debería saberlo muy bien Górriz pues escribe desde un país donde Adolfo Suárez y Felipe Gonzáles, vale decir, la centro derecha y la centro izquierda, pusieron en forma a la república hispana.

Recuperar la centralidad política es la inmensa tarea que tiene por delante la oposición venezolana. Esa misma centralidad que hizo posible derrotar nada menos que a Chávez en el memorable plebiscito del 2007, la misma que llevó a la gran victoria del 15-D, la misma que trazó la ruta pacífica, constitucional, democrática y electoral. La misma en fin que nunca debió haber sido abandonada. Mientras esa centralidad, y por lo mismo su ruta electoral equivalente no sea recuperada, la ciudadanía venezolana estará condenada a vivir secuestrada por dos extremos: el de un gobierno militar -el del “pinochet rojo” en la expresión de Górriz- y el de una oposición que, al ceder la iniciativa a terceros, terminará desmovilizándose y, por lo mismo, convirtiendo al gran apoyo internacional que una vez tuvo, en una simple quimera.

En Polonia como en Hungría, en Checoeslovaquia como en la RDA, cuando los disidentes, aún en los peores tiempos, no contando con ninguna solidaridad internacional, pusieron la lucha por elecciones libres por sobre cualquiera otra, no lo hicieron porque pensaban que los regímenes comunistas iban a ser tan generosos como para concedérselas alguna vez. Lo hicieron porque sabían que, como Maduro hoy, a lo que más temen los tiranos es a las elecciones libres. Es la misma palabra a la que los extremistas venezolanos - los de allá y los de acá - han llegado a temer más que Drácula a los crucifijos. Y no por último, la misma que podrá mantener en el tiempo el vínculo entre la lucha interna y la llamada CI.

La lucha por elecciones libres es una vía: el fin del régimen opresor es en cambio un objetivo. Poner un objetivo sin señalar la vía significa destruir el objetivo. Si eso sucede, la culpa – y que lo sepa desde ahora Górriz - no será de la CI.

junio 06, 2019

Polis

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