La corrupción no es más la que describe la historia política de nuestros países. Esta vez forma redes complejas de poder, dentro de un ecosistema que sustituye a la meritocracia para privilegiar las lealtades.
El dilema entre la libertad-hacer y la libertad-deber con sus consecuencias culturales e institucionales de mucho peso, sigue corriendo y se ha sostenido como río sin madre a lo largo de nuestros magros siglos de historia.
La saña cainita que absuelve o condena a Pérez o que condena, sin más, a Caldera, actores fundamentales del siglo anterior, es sólo saña y miopía, alimentada, sí, por quienes le dieron soporte mediático y financiero al candidato militar Chávez en 1998, acompañados por la embajada norteamericana.
“Sin legitimidad democrática no habrá seguridad duradera para el capital; sin instituciones confiables no habrá reconstrucción real para el país”, ha señalado Machado, con escalpelo a mano.
Las democracias europeas y las industrializadas –no así los países del sur, americanos, africanos, los del Medio Oriente– consideraron al pretendido derecho humano a la paz como una categoría moral, jamás reducible a obligaciones jurídicas. “La paz es una aspiración, más que un derecho”,...
“A pesar de la trágica situación que tenemos ante nuestros ojos, la paz sigue siendo un bien difícil, pero posible. Como nos recuerda Agustín, «nuestros supremos bienes consisten en la paz»”
El encuentro entre Trump y Machado, indispensable, muy esperado, de suyo habrá de tener y tendrá un significado histórico decisivo para todos los occidentales.
Celebraron los venezolanos, la nación en su conjunto, la extracción del narco dictador imperante en el país, responsable junto a sus inmediatos operadores, de la comisión de miles de violaciones agravadas y sistemáticas de derechos humanos.