El uso de la palabra en la cotidianidad revela inexorablemente lo que guardamos en nuestro ser interior. La lengua traiciona aquello que el rostro intenta ocultar.
“Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda.” Juan 5: 6-8.