Seguimos llamando polarización a la utilización política de la exaltación. De ella pasamos a la hiperfragmentación de las sociedades. En ambos fenómenos lo que ha desaparecido es el criterio.
La democracia peligra no solo por el avance de populismos de todos signos, sino por sociedades que parecen haber perdido el interés en las reglas del juego democrático.
El mundo arde, pero nuestra vida cotidiana sigue igual. Esta desconexión es el resultado de un modelo que ha configurado Estados débiles y ciudadanos indiferentes.
En nombre de los integrismos se quemaron los libros del gran filósofo árabe Averroes. Otros integrismos hoy, en foros mundiales, se pelean con la historia y el pasado compartido.
Decir que estamos en un momento de ruptura parece proporcionar cierta seguridad ante la incertidumbre. Pero no entendemos si ese quiebre es tal, ni cuál es su naturaleza.
En todo el mundo se repite el fenómeno: frente a gobiernos que actúan en contra de principios democráticos o demandas de la sociedad, oposiciones que se muestran indecisas sobre el lugar que deben tomar.
La radicalización encuentra en sus propias cámaras de eco la justificación a sus actos. A veces, esas cámaras no piden más que a un sujeto reafirmándose consigo mismo.