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Opinión

Cuando en un país se presentan situaciones difíciles surgen ciudadanos perversos y ciudadanos virtuosos. Así, en inundaciones y terremotos algunos individuos se dedican a saquear a las víctimas, pero también hay quienes arriesgan su vida para salvar a desconocidos. Esto también sucede en regímenes dictatoriales. Recordemos el caso de holandeses y franceses que denunciaron a judíos ante la Gestapo, pero también a los valientes virtuosos que los ocultaron y ayudaron a escapar.

Durante la dictadura de Pérez Jiménez algunos soplones o sapos denunciaron a quienes estaban en la resistencia, pero hubo muchos compatriotas, ajenos a la política, que ofrecieron “conchas” a los perseguidos, con riesgo de ir a parar a la Seguridad Nacional. También hubo destacados profesionales perversos que apoyaron al dictador. Tal fue el caso del doctor Carlos Travieso, médico destacado que aceptó ser presidente de un Congreso Nacional espurio, después del robo de las elecciones de 1952. Ante este zarpazo, los virtuosos, Vicente Grisanti y Juan Carlos Saturno Canelón, presidente y vicepresidente, respectivamente, del Consejo Electoral presentaron la renuncia para no ser cómplices del fraude. Sin embargo, un Héctor Parra Márquez, aceptó presidir el órgano electoral que decidió a favor del partido de la dictadura.

Mencionar las perversiones del régimen de Maduro es llover sobre mojado, pero es ineludible recordar que no solo son perversos los guardias nacionales, agentes del Sebin y de la Policía Nacional que torturan. También lo son los profesionales con buenas credenciales académicas, pero que se han prestado a avalar las violaciones a la Constitución y, en particular, a los derechos humanos, tales como Herman Escarrá, Carmen Zuleta de Merchán, Jorge Rodríguez, Luis Damiani, Tibisay Lucena, Juan José Mendoza, José Vicente Rangel, Eleazar Díaz Rangel y otros que constituyen una vergüenza para la humanidad. Individuos perversos como Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez, Pedro Carreño, Freddy Bernal, Gustavo González López, Maikel Moreno, Iris Varela, Mario Silva y otros, están a nivel de los esbirros Ulises Ortega y Miguel Silvio Sanz, de la dictadura del nativo de Michelena. Afortunadamente son más los venezolanos virtuosos que los perversos que usurpan el poder.

Para bien, abundan los casos de ciudadanos de Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Brasil que apoyan a nuestros caminantes que se desplazan por esas tierras en búsqueda de comida, medicinas y seguridad. Desde luego que en todas partes se cuecen habas y se han presentado unos pocos casos de xenofobia. Eso no debe extrañar.

En Venezuela, en el pasado hubo algunos pequeños brotes de xenofobia, situación que aumentó exponencialmente desde que los rojos llegaron al poder. Seguramente porque los nacidos en otras tierras, que se hicieron venezolanos, son gente trabajadora que valoran el mérito. A los esbirros del régimen les molesta que muchos de esos inmigrantes y sus hijos, que tanto contribuyeron a nuestro desarrollo, ahora regresan a sus países de origen. Por ello, las trabas para sacar pasaporte y la interrupción de pagos de pensiones y jubilaciones a quienes están en el exterior. Recuerdo que en una marcha, quizá en el 2004, una abuelita bastante mayor mostraba orgullosa una pancarta que decía “Hijos de inmigrantes de m…”. Desde luego que esa anciana, así como quienes derribaron la estatua de Colón y otros, actúan incentivados por la dictadura.

Hay muchos ejemplos que permiten ser optimista. Cabe citar la gran labor que realiza Gustavo Lobig, un venezolano a quien no conozco, quien conjuntamente con la maestra Doris, apoyados por vecinos de Carapita y gente caritativa, suministran casi un centenar de almuerzos a los niños necesitados de ese barrio.

En el exterior hay varios grupos que envían comida y medicinas. Uno de ellos es “Venezolanos por la vida, Canadá”, el cual recaba fondos para despachar equipos médicos y medicinas a Venezuela. La semana pasada, Sofía Vargas Nessi y Ian Shanahan contrajeron matrimonio. No hicieron la tradicional lista de regalos a la que aspira cualquier pareja. Su petición a los invitados fue que hiciesen una donación a esa organización no gubernamental ¡Qué calidad humana!

Perversos existirán siempre. Maduro y sus esbirros seguirán declarando que no hay crisis humanitaria, pero la barbarie está a punto de ceder ante la civilización. Un paso importante en ese sentido es que la dirigencia opositora acate la petición de unidad recientemente firmada por destacados compatriotas. Caso contrario, pueden caer en la lista de los perversos por omisión.

Como (había) en botica:

A un perverso Rodríguez Zapatero, se contrapone un virtuoso Almagro.

El mayor apoyo que podríamos recibir de Estados Unidos es que apruebe renovación de visas y otorgue nuevas a quienes no sean corruptos, además de incrementar sanciones al régimen y, junto con otros países, apoyar a Almagro para lograr la ayuda humanitaria.

Para los rojos ahora no es pecado la participación de empresas privadas en convenios operativos y en empresas mixtas para extraer petróleo.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

 3 min


Javier Corrales

Una revolución bolchevique —con matices tropicales— está en marcha cerca de nuestras costas. El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, está usando toda su autoridad para diezmar lo poco que queda de la resistencia a su socialismo extremista. Tal como hizo el líder soviético Vladimir Lenin en octubre de 1917, en esta etapa de la revolución Maduro se propone librar una campaña final contra todos salvo sus aliados más radicales.

Recientemente, la mayoría de las noticias que salen de Venezuela cuentan la extraordinaria crisis económica del país. Algunos analistas tratan la crisis como un caso de influenza: algo que la nación contrajo sin culpa suya. Sin embargo, esta crisis o —más bien— su larga duración, no es un accidente. Se trata de un diseño revolucionario.

La devastación de los últimos cuatro años no puede ponerse en palabras. Al registrar la inflación más alta del mundo junto con una recesión que ha contraído la economía en casi el 50 por ciento desde 2013, Venezuela se ha convertido en el primer país en décadas en hacer una transición de nación de ingresos medios a una de ingresos mínimos —o casi inexistentes—.

Sin embargo, el aspecto más vergonzoso de la crisis es la indiferencia del gobierno. La principal respuesta gubernamental, bautizada como el “paquete rojo”, no incluye nada más que devaluar la moneda casi un 95 por ciento, redenominar los nuevos billetes al quitarles cinco ceros y vincular el nuevo bolívar soberano al petro, una criptomoneda no transable y que nadie utiliza. Estas medidas son una redecoración inútil. Hasta los economistas más indulgentes con el gobierno están poco impresionados.

Si acaso, el gobierno está empeorando la crisis al aumentar el precio de la gasolina a precios internacionales, restringir todavía más la importación de alimentos y medicinas, decretar más controles de precios y subir impuestos en medio de una recesión. Los gobiernos y las organizaciones internacionales ofrecen ayuda humanitaria, pero Maduro la rechaza. El gobierno se cruza de brazos mientras el hambre y las enfermedades se propagan.

Esta indiferencia sugiere una intencionalidad. Es fácil ver la causa. Un gobierno extremista como el de Maduro prefiere la devastación económica a la recuperación porque la miseria destruye a la sociedad civil y, con ella, toda posibilidad de resistir la tiranía.

Cuando las condiciones económicas se deterioran, los ciudadanos a menudo optan por la protesta. Pero cuando las condiciones económicas decaen a tal grado que hacen que las clases medias vivan con menos de dos dólares al mes (menos que en Haití) y diseminan condiciones cercanas a la hambruna, la mejor opción es arreglárselas como uno pueda o irse del país. Si a esta receta añadimos la represión, el resultado es un éxodo de al menos el 7 por ciento de la población, el más grande en el continente americano desde la década de los ochenta.

La privación económica, aunada a la represión, cambia los incentivos de la participación política por el exilio político. Esto es lo que Maduro ve con buenos ojos: la asfixia de la resistencia, tal como Lenin quiso. Es la razón por la que Maduro ha permitido que la crisis continúe por tanto tiempo.

Claro está que ningún acontecimiento es una réplica exacta de sus antecesores. La revolución de Maduro no es enteramente un bolchevismo revivido. Maduro no está tratando de derrocar a un gobierno existente, sino de consolidar un régimen viejo, anticuado y odiado. Maduro no lleva a cabo matanzas sistemáticas, aunque usa la represión sin remordimientos. Y lo más importante, los ciudadanos ordinarios o sóviets no se están levantando de la mano del Estado para impulsar más el extremismo.

El extremismo de Maduro es ejercido exclusivamente por el Estado. En ese sentido, toma como referencia otra campaña tropical también inspirada en el bolchevismo: la famosa Ofensiva Revolucionaria de Cuba en 1968. Esta fue una campaña de Fidel Castro, a nueve años de iniciado su gobierno, para nacionalizar lo poco que quedaba del sector privado. Castro confiscó 55.636 pequeñas empresas, incluyendo la mayoría de los proveedores de alimentos y granjas semiprivadas. Fidel quería acabar con las ganancias privadas y establecer un absoluto monopolio estatal sobre la distribución de los alimentos. La meta era hacer a los ciudadanos más dependientes del Estado.

Del mismo modo, Maduro está usando la miseria económica para extinguir lo poco que queda del sector privado en Venezuela y expandir el control estatal. Ya expandió el control estatal de la distribución de los alimentos al entregar “carnets de la patria”, que se reparten principalmente entre leales al régimen. Decretó un aumento del 3000 por ciento a los salarios mínimos, que resulta insuficiente para permitir a los trabajadores ajustarse a la hiperinflación, pero que es imposible de costear para los pequeños empleadores y empresarios, que ya están en apuros económicos debido a la recesión, los controles de precios, la falta de dólares y los continuos apagones. Desde que se anunció el paquete rojo, las autoridades han detenido a 131 personas acusadas de sabotaje, principalmente a gerentes de cadenas minoristas. Hoy, la industria privada de Venezuela opera al diez por ciento de la capacidad que tenía hace veinte años, cuando esta revolución comenzó. Hasta los restaurantes McDonald’s están cerrando.

No obstante, el modelo de Maduro tampoco es una réplica exacta de la Ofensiva de Fidel. Maduro todavía permite que algunos actores privados amasen riquezas, aun cuando lo hacen a través de actividades ilícitas o consiguiendo acceso al dólar barato que el gobierno siempre está dispuesto a ofrecer, legalmente, a sus compinches.

Además, existen elementos innatos que hacen que la revolución de Maduro sea más idiosincrásica que imitadora. Tal vez el elemento más idiosincrásico es el colapso del sector petrolero en manos del Estado. Las exportaciones de petróleo constituyen la única fuente de dólares de la revolución, aparte del endeudamiento. No obstante, la industria petrolera venezolana ha venido sufriendo un declive crónico en la productividad durante los últimos quince años. Con Maduro, dicho declive se aceleró. A pesar de la recuperación en el precio del petróleo a partir de 2016, la producción de Venezuela se ha estrellado y ha disminuido en más del 40 por ciento en dos años. La mayoría del resto de los productores importantes de petróleo han expandido su producción o permanecido estables.

Dejar que la única gallina de los huevos de oro de la revolución se derrumbara es una característica que lleva el sello de Maduro. No existe ningún antecedente histórico de una herida autoinfligida tan mortal como esta, ni en la Rusia soviética ni en la Cuba comunista ni en ningún petro-Estado en paz y abierto al comercio.

Es difícil argumentar que la negligencia de Maduro hacia su joya de la corona es intencional, debido a que su víctima más directa es él mismo. Esta negligencia sugiere que el gobierno de Maduro también es inepto.

Los analistas debaten si la debacle económica del país es resultado de la premeditación o la incompetencia. En muchos sentidos, este es un falso debate. Se debe a ambas cosas. El extremismo produce y necesita caos, y el caos a su vez aumenta las posibilidades de errores garrafales por parte del Estado.

Tan graves son los errores de Maduro en materia petrolera que le ha tocado a gente de su propio partido político tomar cartas en el asunto. La Asamblea Nacional Constituyente —electa ilegítimamente en 2017 y compuesta exclusivamente de maduristas— está considerando tomar medidas correctivas en el sector petrolero para permitir una mayor apertura petrolera. Pero mientras debaten, el ejecutivo sigue sin actuar para revertir el derrumbe petrolero.

En circunstancias normales, el caos económico socava a cualquier gobierno. Todavía puede poner en riesgo al régimen de Maduro en la medida que se propague el descontento, no ya entre los opositores, sino en las filas de su gobierno. Ya sabemos, por evidencia indirecta pero inequívoca, que el malestar dentro del gobierno crece: este año Maduro ha aumentado la represión hacia el ejército y a exfuncionarios gubernamentales.

Pese a estos riesgos, Maduro se ha inclinado por el caos y no por la recuperación, porque cuando el caos alcanza proporciones inhumanas, como ha sucedido en Venezuela desde 2015, es más probable que diezme a la oposición que al gobierno. Y si el gobierno aplica la represión con eficacia, en especial dentro de sus filas, tiene una posibilidad de sobrevivir mientras sus enemigos —dentro y fuera de la revolución— languidecen por miseria o huyen del país.

El caos, ya sea intencional o accidental, puede ser funcional para los Estados extremistas. Por tal motivo, no deberíamos contar con que el gobierno extremista de Maduro haga algo mínimamente prometedor para detener el descenso de Venezuela al infierno.

16 de septiembre de 2018

New York Times

https://www.nytimes.com/es/2018/09/16/opinion-corrales-crisis-venezuela/...

 6 min


Es muy doloroso observar como el pueblo que ayer marchó tras El Libertador sembrando de Repúblicas soberanas todo el territorio que ocupaba la América Hispana, hoy deambula sin rumbo fijo por los agrestes, peligrosos, escabrosos y culebreros caminos de Colombia, Ecuador, Bolivia, Panamá y Perú. Esto me recuerda el caos que se experimentó en las profundidades del mar primitivo entre los primeros seres vivos aparecidos sobre la tierra, cuando comenzaron a escasear los alimentos por falta de producción e incremento en el consumo. Pero este problema fue hábilmente resuelto por la evolución biológica, al liberar las fuerzas de producción contenidas en los cloroplastos, quienes de inmediato comenzaron a producir alimentos durante la noche y oxigeno durante el día. Tales fueron los altos niveles de producción logrados, que cada organismo vivo comenzó a consumir de acuerdo a sus necesidades individuales. Ahora bien, ante esta irrefutable enseñanza de la Evolución Biológica, la solución a la crisis alimentaria presente en Venezuela está en la liberación de las fuerzas de producción contenidas en todas y cada una de las empresas que existen en el país.

En consecuencia, es necesario desafectar todos los medios de producción y haciendas agropecuarias expropiadas para que comiencen a producir bienes y mercancías a toda máquina. Cuando esto ocurra, con la más absoluta seguridad los que se fueron en diáspora regresarán y entre todos comenzaremos a convertir a Venezuela en la tierra donde todo sueño será posible porque la reconciliación, la tolerancia y la liberación de las fuerzas de producción nos traerán la paz, la dicha y la felicidad.

Villa de Cura, sábado 15 de septiembre del 2018.

 1 min


Ricardo Sucre Heredia

Con un buen amigo del mundo de la política intercambio con frecuencia opiniones acerca de la realidad nacional. Hacemos análisis, pero al final, le comento más o menos lo siguiente, “Todo el análisis está muy bueno, pero cuando voy a la vida cotidiana, a mi día a día, no veo nada de lo que aquí analizamos y comentamos”.

Ese contraste me intriga, porque a nivel de los análisis el tema es que “ahora sí está cerca la cosa”, pero cuando voy a la cotidianidad, no noto que “la cosa esté cerca”. Lo más próximo que he percibido la situación tensa fue cuando arrancó el ajuste Maduro el 20-8-18. La calle la sentí pesada, y escribí una entrada para este blog titulada ¿Otro que sobre estima sus capacidades políticas? con la idea que la gran cantidad de medidas lanzadas por el gobierno, serían de difícil asimilación por parte de la sociedad, y habría alguna reacción adversa. No pensé en el coco del 27-F. Pensaba en protestas en diversas áreas como transporte, pensionados, consumidores, etc. Sólo ocurrió la movilización de los pensionados, pero por un fin de semana. Hasta allí, y ahora parece “normalizada”. Mi análisis no estuvo tan acertado en ese punto ¿Qué puede explicar la “normalidad”? No es que en 2015 hubiese habido alguna gran protesta, pero en 2018 hay más quietud, más aceptación, a pesar de las famosas “miles de protestas que ocurren todos los días”, comodín que se usa desde los 90, y que más bien, creo que ya no subvierte sino estabiliza un status quo.

El contraste entre un discurso de “fin de mundo” y una cotidianidad “normal”, es lo que me tenía pensando durante un buen tiempo hasta que un día leí en Twitter noticias acerca de varias encuestas. A vuelo de pájaro, sus datos me iluminaron para comprender la quietud, lo que a mi amigo político le digo cada vez que hablamos: “Cuando voy a la vida cotidiana, todo me parece muy normal, no noto nada de lo que hablamos”. Se me vino a la mente un enfoque que se usa en la psicología social para explicar por qué las personas aceptan un sistema injusto, que los oprime o los perjudica: las teorías que justifican al sistema (System Justification Theory o SJT) ¿Por qué este enfoque en particular y no otro, se vino a mi mente? Porque en la revisión al “ojo por ciento” de las encuestas –no vi estudios completos, sólo noticias o gráficas en cuentas de Twitter- noté contrastes en las respuestas a preguntas, que chocan con la discusión y el clima de opinión de las redes sociales que es de “fin de mundo” y de “colapso total”. Parece que Twitter es una cosa y los estudios de opinión otra, y el divorcio es total. Allí vino otra preocupación ¿Me estaré alejando de la realidad? Para mí, tener “el cable a tierra” siempre ha sido y es importante, incluso como criterio de salud política y mental.

Por supuesto, mi premisa es que le doy más crédito a un estudio de opinión –aunque tengo mis preferencias en cuanto a las firmas encuestadoras- que a una encuesta de Twitter o la opinión de redes sociales. Sin restar mérito a las últimas, las primeras pueden generalizarse a públicos con niveles de confiabilidad y validez, cosa que no puede hacerse con una encuesta de Twitter más allá del público que la respondió. Twitter sí permite acercarse a los climas de opinión y de ánimo. Hoy esta plataforma manda en la opinión, se acepte o no. De hecho, a veces pienso si tiene sentido mantener este blog, porque me parece que su lectura es poca. Eso no debe amargar, porque como sentenció Stevenson, “Uno escribe para sí mismo y sus amigos”.

Otro factor que me llevó a pensar en la SJT es mi cotidianidad. Prácticamente, me he restringido en todo. La crisis me ha empujado a cambiar muchas cosas de mi vida. Pero cuando voy a la calle, no noto eso en otras personas. En un supermercado, compro poco, luego de comparar productos, precios, pensar mucho. No obstante, en otros consumidores, no noto angustia. Si la tienen, son buenos artistas. Yo no puedo tapar la preocupación. Además, escucho mucho “está barato”, cuando a mí me parece que todo está caro. Por ejemplo, con el pan para sanduche Holsum o Bimbo. Hace 15 días estaba en 9 bolívares. En ese caso, tomaba dos bolsas. Ahora está en 64 bolívares, y tomo una bolsa, pero otros consumidores toman 4 o 5, y dicen “está barato”. Me siento extraño. Para mí, “está carísimo”, pero no estoy armando bronca que si “por eso estamos como estamos o cuando seamos ciudadanos”, y cosas de esas.

Ocurre lo de siempre, mucha queja contra el gobierno, pero hasta allí. Me parece que la vida de muchas personas sigue igual. Siempre me toca ir contracorriente: no me quejo, pero he tenido que cambiar muchas cosas por la crisis. Veo a gente que se queja, pero me parece que no han tenido que cambiar muchas cosas de su vida por la crisis. No me parece que representen el discurso de “los miles que sufren todos los días”. Si están, “meten bien la coba” de no estar (seguro por la fulana dignidad). Por esta vivencia es que pensé en la SJT: vivo la crisis con mucha intensidad, y me sorprendió algunas respuestas en las encuestas, que no se pueden despachar con “esos son los chavistas” o cuestionar a una firma determinada, que es lo clásico en Venezuela: descalificar y estigmatizar a los del exogrupo, a los que no son “mis amigos”.

Sintetizo lo que leí en las noticias sobre las encuestas. No son muchos los estudios de opinión pública registrados luego del 20 de mayo, accesibles al público. Pero poco a poco, aparecen algunos. Aquí se hará un recuento de tres de ellos. Todavía las firmas encuestadoras “serias” parecen estar en el “control de daños” luego de los no aciertos para el 20-5-18. Más sencillo sería que detallaran cuáles variables creen explican los yerros en los pronósticos, aunque no sé si en una sociedad conservadora y “donde todo el mundo se conoce” como la venezolana, esos comportamientos que ocurren en otras partes del mundo, funcionen aquí. Tal vez sea mejor bajar el perfil, y “salir de circulación” por un tiempo. Pero bueno, ese no es un asunto.

El primer estudio es Hinterlaces, con campo entre el 21 al 30 de agosto, y 1.200 entrevistas. No soy usuario de esta firma, ni siquiera cuando era muy citada por muchos que hoy “no la pueden ver ni en pintura”, pero ofreció sus números. Por eso la cito.

Entre los temas consultados, se preguntó sobre el desempeño de Maduro como presidente. Un 53% lo calificó de bueno (Muy bueno + Bueno + Regular hacia bueno), y 46% de malo (Muy malo + Malo + Regular hacia malo). Un 52% opinó que el país va “por buen camino”, mientras que el 47% va “por mal camino”. No obstante, un 37% expresó que los problemas económicos del país son por las políticas del gobierno, un 23% por la “guerra económica”, un 19% por los “empresarios y comerciantes”, un 10% por la caída de los precios petroleros, y un 9% por las sanciones de los EUA. Finalmente, un 46% afirmó no sentirse identificado ni con el gobierno ni con la oposición.

El segundo estudio es de la firma More Consulting. Halló que 7 de cada 10 venezolanos se sacó el carné de la patria. Por grupo político, un 96% de los chavistas, un 44% de los opositores y un 61% de los no alineados, lo poseen. Del 44% de opositores, 70% se registró en la página web del carné de la patria. Esta cifra es del 90% para los chavistas y del 80% en los no alineados.

El tercer estudio es de la firma de la UCAB que se llama Ratio UCAB. Sus datos indicaron que un 40% se definió como No alineado, un 33% como opositores, y un 27% como chavistas. Quienes perciben la situación del país muy mal, bajó de 51% en abril de 2018 a 45% en junio. Los que la evalúan mal aumentaron de 26% a 32% durante el mismo lapso. Los que consideran que la situación es buena pasaron de 17% a 20% entre abril y junio de este año. Una pregunta con un resultado curioso es la siguiente. Se interrogó “La reelección del presidente Maduro ha devuelto la tranquilidad a mí y a mi familia”. Un 59% dijo no estar de acuerdo con esta afirmación, mientras que un 41% afirmó estar a favor de la frase. La evaluación negativa acerca del desempeño del gobierno pasó de un 79% en mayo de 2017 a 65% en junio de 2018. Los satisfechos se movieron de 18% a 32% durante el mismo lapso. El 50,1% manifestó que el principal problema de su familia es el acceso a la comida, el 18% “la pobreza que padecen”, el 10% el “acceso a las medicinas”, y el 7% la inseguridad personal. Otra pregunta con una respuesta para analizar: un 40% reportó emociones positivas –feliz, esperanzado- luego del 20-5-18, mientras que un 48% reveló emociones negativas (tristeza, decepción). Como dato final, un 87% usa Facebook, un 37% Twitter, y un 36% Instagram.

¿Por qué la SJT con estos datos? Una breve explicación del enfoque. Las teorías que justifican el sistema se estudian dentro de un área que se llama psicología crítica. Esta corriente dentro de la psicología social plantea que la psicología “normal” se orienta a justificar un status quo, un determinado orden de las cosas que va en contra de los intereses de determinados grupos, como “algo natural”. La psicología crítica sugiere que hay que cambiar al sistema, no a la persona, que es lo que hace la “psicología social dominante”. Un área que se estudia es cómo las personas se adaptan a sistemas opresivos.

En un principio, se estudió a partir de la idea marxista de falsa conciencia, como negación de intereses que son normalizados mediante mecanismos cognitivos (cómo la persona se piensa a sí mismo y cómo piensa a la sociedad). En otras palabras, cómo procesos cognitivos “normales” –estereotipos, guiones, esquemas, sesgos, atribuciones, heurísticas, entre otros- se emplean para justificar relaciones de opresión, sin que la persona lo asuma como tal, sino como “algo normal”. Por ejemplo, la tesis del “mundo justo”: la gente merece lo que tiene, y cogniciones de ese tipo.

De la lógica marxista, la psicología social lo llevó a lo que llama una “cognición irracional” en el sentido que operan distorsiones cognitivas de la realidad. Se le quita la clase social de la falsa conciencia -aunque originalmente la falsa conciencia es de la burguesía- y se plantea como errores cognitivos en las personas. Verbigracia, para Thompson (2015), lo “irracional” es no pensar en las fuerzas que gobiernan mi mundo, ni entender los mecanismos de relación entre las personas y los grupos con poder. Algo como, “B acepta el poder de A, porque B acepta creencias que legitiman el poder desigual de A sobre B”. Lo importante es que la desigualdad se acepta como “algo natural”, sin que medie la coerción, aunque puede estar en el ambiente, pero la persona concluye su “irracionalidad” de modo natural, no se la imponen.

Lo racional es tener correspondencia entre lo que se piensa y los procesos que afectan la vida de una persona. Es la llamada en psicología social, “conciencia”: estar al tanto de algo (Deslauriers, 2011). Una manera práctica de activar la conciencia, una cue es siempre preguntarse, interrogarse ¿Por qué….? Esto ayuda a que el pensamiento pase de automático a controlado, y se pueda “agarrar la esencia de un fenómeno al estar al tanto de algo, especialmente dentro de uno mismo” (Deslauriers, 2011; Thompson, 2015).

Varios enfoques en psicología social explican cómo ocurre esta “irracionalidad cognitiva”. Dos conocidos son la Teoría de la gestión del terror (TMT), cuyo eje para explicar la aceptación de sistemas opresivos es hacer saliente la muerte; y otro son las Teorías que justifican al sistema (SJT). Tomo la SJT porque su poder heurístico me parece mayor que la de la TMT, aunque ésta es algo más parsimoniosa que el SJT.

La SJT parte de la idea que las personas están motivadas a justificar un sistema, porque operan mecanismos cognitivos (por ejemplo, guiones) y motivacionales (i. e. depender de un sistema). Esta motivación tiene como eje la necesidad que tienen las personas de poseer certezas y consistencia en una realidad, para que la disonancia de saber que se vive en un sistema que excluye no exista o sea reducida.

La tesis de la SJT –basada en la muy conocida propuesta de Festinger y Carlsmith (1959) acerca de la teoría de la disonancia cognitiva; Cognitive consequences of forced compliance- es que la conciencia de vivir en un sistema opresivo genera incomodidad, y una manera para reducirla es justificando al sistema. Aquí entran aspectos cognitivos, motivacionales, y situacionales, que llevan a que la persona, al final, racionalice que ese sistema “después de todo, no es tan malo y tiene sus cosas”.

No siempre funciona, porque hay personas que pueden soportar la disonancia y canalizarla hacia actos políticos, u otras variables (quienes cuestionan, preguntan, inconformes, los que tienden al “realismo depresivo”). Pero para la mayoría de las personas –el famoso 60% que obedeció en todo en el famoso estudio sobre la obediencia de Milgram, Behavioral study of obedience, 1963; aunque Reicher clama que la desobediencia fue del 58% en todas las situaciones, y que es mejor hablar acerca de estudios sobre la obediencia y la desobediencia- racionalizar, justificar es aceptable. “El gobierno de Maduro es una porquería, pero al menos tengo el carné de la patria y recibí el bono escolar para comprarle los zapatos a mi hijo” o “Chávez es autoritario, pero tiene 60% de popularidad y una conexión emocional-mágico-religiosa con el pueblo, por lo que es mejor no polarizar con Chávez. Mejor aprovecho mi cupo en Cadivi para viajar y conocer los museos”, son ejemplos de racionalizaciones que pueden ajustarse a la SJT. Algo de eso me parece que hay en estos tres estudios comentados.

Arranco con Hinterlaces. Lo primero es la evaluación de Maduro: un 53% favorable (la suma de clasificaciones) y un 47% desfavorable (la suma de clasificaciones). Si bien al desagregar se tiene una mejor evaluación porque un 28% lo evalúa como “Muy malo” mientras que un 8% como “Muy bueno”, no deja de ser llamativo una evaluación agregada favorable. Igual pasa con la pregunta sobre el “camino del país”: un 52% que va por “buen camino” y un 47% que va por “mal camino”. El dato que cuestiona mi hipótesis en este punto, es que la primera respuesta para explicar los problemas económicos de Venezuela son las políticas del gobierno: cerca de 4 de cada 10 opinó ese motivo. Pero también puede ser la opinión que haga viable la SJT: el gobierno tiene malas políticas económicas, pero ahora sí aplica un ajuste, por lo que el camino “se ve bueno”. Es decir, “No lo hace bien, pero bueno, ahora quiere hacerlo bien ¿Por qué no darle una oportunidad? Es mejor malo conocido que bueno por conocer. Además ¿Cuál es el programa económico de la oposición?”, puede ser el motivo para la SJT.

Con More es relevante el porcentaje de los opositores que tiene el carné de la patria: 44 por ciento. Relevante por la discusión en redes sociales sobre si es ético tenerlo o no. Si uno ve el mundo por Twitter, pensaría que el porcentaje de opositores que lo tiene es desdeñable. Pero en la realidad no parece ser así: cerca del 50% de los que se definen como opositores, se lo sacó. En otras palabras, la persona que lo posee tuvo que ir, hacer una cola, registrarse, exponerse a que los identificaran –como pasó con el integrante de PJ Máximo Sánchez- y, finalmente, registrarse en la web, donde un 70% de los 44% que tienen el documento se registró. En otras palabras, sacarse el carné es un proceso con costos, no lo envían a la casa.

Parece cumplirse un hallazgo de los estudios en psicología social sobre la influencia social, para explicar procesos de conformismo, obediencia, y aceptación. La llamada técnica con el pie en la puerta. Una pequeña petición lleva a otra más grande, y así ¿Si ya tengo el carné, por qué no registrarme? Si fuese un registro “bajo protesta”, pensaría que los porcentajes de registro en la web deberían ser bajos, “Me obligas a sacarlo, pero hasta allí, no me registro en la web”. Registrarse puede tener muchas explicaciones: desde temor a que sepan que no lo hice, pero también aceptación, “Bueno, ya me saqué el carné ¿Voy a pelar esos bonos?” o “Bueno, ya me saqué el carné, ya llegue hasta aquí, por algo lo tengo, sería tonto no registrarme en la web”. Este último motivo va más con la tesis de la disonancia cognitiva: si llegué a un punto ¿Por qué no dar un paso más? (justifico mis acciones; sería muy extraño afirmar “Coño, qué pendejo soy, me saqué el carné de la patria, qué bolas”, especialmente porque la justificación externa no tiene mucho peso, condición para reducir o no tener disonancia).

Antes de todo el revuelo por el carné de la patria en redes sociales, firmas hallaron que los opositores se registraron en el carné. IVAD al 1-4-18 encontró que el 52,5% del Bloque opositor afirmó tener el documento. Un 47% de la oposición más convencida y un 56,6% de la oposición moderada expresaron poseerlo. El 57,8% de los No alineados indicó que lo obtuvo. Por partido, los porcentajes de tener el carné son AP 70,3% AD 37,3% VP 55,3% y PJ 22,2 por ciento.

Contra mi hipótesis en este punto, está el hecho de los resultados electorales. El gobierno afirma que “16 millones de venezolanos tienen el carné de la patria”, pero el 20-5-18 su votación está en el promedio ponderado del PSUV desde 2006: 5 millones de votos. Puede ser la forma de protestar _”No voy a votar por Maduro, pero le saco vainas a este mardito –sic- sistema con el carné ese del coño”- pero también puede ser que el carné de la patria no sea para aumentar el caudal de votos chavistas, sino para conservar su promedio, por lo que no es necesario que voten 16 millones, con que sufraguen 5 millones está bien, porque el gobierno también tiene una estrategia para inhibir a la oposición en las elecciones. Si la tiene, le funciona.

Finalmente, con Ratio UCAB. Interesante, la firma constata como la autopercepción política se equilibra -33% opositores y 27% chavistas, una diferencia de apenas 6 puntos, cuando en otros tiempos no tan lejanos, las diferencias fueron de dos dígitos- y la percepción sobre la situación del país baja su intensidad: se percibe mal, pero menos “muy mal”. Igualmente, la subida en la evaluación favorable del gobierno: del 18% al 32% en un año, casi el doble.

Hay dos preguntas que llamaron mucho mi atención, porque contrastan con la forma cómo percibo mi cotidianidad y las cosas del país –percibo una cotidianidad dura y ruda; y una situación del país que va hacia lo que llamo desde 2016 un “Escenario gomecista con mínimas reformas” (aunque luce que Maduro optó por hacer más reformas de las que pensé para ese escenario)- y son las relativas a la tranquilidad luego del 20 de mayo, y las emociones que la persona siente luego de esa fecha.

Respecto a la primera, aunque la mitad opinó que la reelección de Maduro no trajo la tranquilidad a la persona y a su familia, un 26% dijo que sí. Es decir, uno de cada 4. Se dirá, nuevamente, “son los chavistas” (duros o lo que sea), pero aun así, no deja de ser sorprendente para mí, que con la intensidad y peso de la crisis, ese valor. Ciertamente, con Maduro hay un orden político, pero que se vive como conflicto. La doctrina política seguramente explicará la respuesta, pero no descarto un proceso tipo SJT (el orden político de Maduro frente al vacío que deja ver el orden político que propone la oposición).

En cuanto a la segunda, no deja de llamar la atención un 27% que dice estar “Esperanzado”. Aunque se dirá, “esos son los chavistas”, y si se suma el 13% que afirmó estar feliz, totaliza un 40% de la población. Es decir, 4 de cada 10 venezolanos manifestaron grados de esperanza y felicidad luego del 20 de mayo. Si se ve al revés, tal vez la idea de una SJT pueda tener base o verse con mayor claridad: la suma de “decepcionados” (23%) y “tristes” (21%) que totaliza 44% son emociones seguramente concentradas en el bloque opositor. Aunque como método no es válido lo que voy a hacer, es tentador pensar que un 44% con emociones negativas tiene su contraparte en el 44% que dice poseer el carné de la patria. Decepcionados y tristes, pero con su carné. Si esta actitud importa -hacia el carné de la patria- no quiero imaginar el nivel de disonancia que tendrán estas personas, lo que abre la puerta a una SJT.

Nota: no hago un juicio sobre quienes posean o no el carné de la patria, en términos de “mejores o peores”, “dignos e indignos”, o creerse mejor que el resto de las personas. Conozco a muchas personas que lo tienen. Mi conclusión luego de vivir en una forma autoritaria que comenzó a partir de 2002 y que tiene muchas pieles y cambia constantemente, es que se resiste un día a la vez, y aunque pases las pruebas, ninguna nunca es definitiva. Tal vez en la próxima prueba, te “quiebres”, de manera que lo esencial es la conciencia de las pruebas y las decisiones en el momento, cuando la prueba llegue, que nunca será la última. Citar a Hannah Arendt no te va ayudar, pero leer a Arendt puede darte luces para actuar cuando llegue la prueba. Pero en ese momento, eres tú y tu conciencia, no Arendt o cualquier otro autor de ideas o filosofía política. Es mi aprendizaje: debo leer sobre ideas y filosofía política, pero no me van a ayudar a pasar las pruebas autoritarias. Al final, soy yo y lo que soy. Es algo más práctico, de carácter, que teórico o de conocimientos políticos o morales, porque se está dentro de un sistema, y es difícil decir que “de esta agua no beberé ”, aunque esa es la actitud. La fuerza de quien sabe que siempre está sometido a pruebas. Otro aprendizaje es a respetar cuando alguien se quiebra o lo quiebran. También entender la nuez de la frase, “el miedo es libre”, e igualmente respetar eso. Otra conclusión es que los que hablan duro, son los primeros que quiebran o se voltean en las chiquitas. La sobriedad es fortaleza, la gritería debilidad.

Todo lo explicado acerca de un posible SJT son conjeturas. Requieren de mayor validación, porque mi presunción puede estar equivocada. Sencillamente, la gente percibe lo que percibe, sin que medie ningún mecanismo de falsa conciencia. Genuinamente lo evalúan así. O tal vez medien otros procesos cognitivos. O tal vez sea yo el que proyecte mi incapacidad como clase media –la clase social que realmente ha sido sacrificada en todo este conflicto político- para manejar la crisis, frente al sector popular que indudablemente muestra mayores –no sé si mejores- niveles de resiliencia que la clase media. O tal vez estoy muy influido por el lenguaje de las redes sociales opositoras, que es muy negativo y paralizante, lo que también contribuye a explicar la poca eficacia de la oposición: su propio lenguaje la anula.

Sin embargo, como comenté al comenzar esta entrada, el contraste entre una vida cotidiana muy dura y las respuestas de los estudios de opinión –aunque sea “el chavismo el que habla”- me despertó la idea que puede haber méritos para considerar procesos de SJT en la población venezolana. En sencillo, la intensidad de la crisis es muy fuerte para ciertas respuestas que dan los estudios de opinión.

Si un proceso de SJT existe, no sólo podrá explicarse por las acciones del gobierno, sino también por lo que la oposición hace. Es decir, las personas aceptan con menos resistencia la realidad política de Venezuela. No significa que sean más pro gobierno por convicción, sino –y es mi tesis- en ausencia de la oposición como alternativa –ésta desapareció dentro de Venezuela, y la lucha política ahora se hace fuera de Venezuela- los ciudadanos aceptan la realidad que viven, y el sistema donde están. Tal vez esto lleve, por ejemplo, a que cerca de 5 de cada 10 personas de la oposición y 6 de cada 10 de los no alineados, tengan el carné de la patria. Igualmente, por qué 4 de cada 10 venezolanos tiene emociones positivas luego del 20 de mayo. Sencillamente, porque es lo que hay; porque al no percibirse alternativas distintas a Maduro, las personas aceptan al gobierno y sus políticas. Esto pudiera explicar por qué los números del gobierno mejoran. En algunos casos, habrá gente que realmente evalúe al gobierno bien porque así lo cree, pero en otros casos puede ser una respuesta instrumental (para sobrevivir, vivir, ajustarme o vacilarme al sistema, al chulearlo). En otras palabras, el gobierno es lo visible, lo que existe, y hay que vivir con él, por lo que se le acepta. La respuesta psicológica es justificarlo para explicar por qué viven en ese sistema, sin el “ratón moral” de no enfrentarlo o la conciencia de no poderlo cambiar, es decir, una SJT.

De manera que el gobierno tiene más aceptación, pero no por sus propios méritos o realizaciones –aunque su Estado de bienestar abarca a más personas- sino porque no hay una alternativa viable de poder que debería ser la oposición, pero en mi criterio, adoptó una mala estrategia, la diseño peor, y la aplicación fue desastrosa, y la fractura o quiebre fue en la oposición, no en el gobierno. En ese contexto, las personas se conforman, y para reducir la disonancia de saber que conviven con un gobierno que no les gusta, lo justifica y aceptan a través de los mecanismos de la SJT.

Si esto es así, la oposición debe abordar la situación desde otras perspectivas, que no se limiten a la “crisis humanitaria” o a la “transición”, sino a las micro-fundaciones del poder en Venezuela.

Parte de su poca eficacia política a mi modo de ver, descansa en un aproximación macro y muy alejada de lo que ocurre en Venezuela, que se manifiesta en un lenguaje muy sovietizante y sovietizador; todo se remite a la URSS, “con Stalin pasó tal cosa”, “en la RDA se hizo algo igual”, y en casos más extremos: Mao y Pol Pot hicieron tal cosa. Ese marco de referencia comunica a una oposición muy débil, vulnerable, y en pánico. Inerme. Tal vez se sepa mucho sobre la “transición en Polonia” o qué tanto todo lo que Maduro hace, replique a la URSS o a la RDA, pero se sabe poco sobre cuáles fundamentos de Venezuela o bases sociales, políticas, culturales, etc de nuestro país operan para producir una estructura así, si es el caso (que no creo será así de paso).

Huir a la URSS o a la RDA para no analizar la realidad venezolana o hacer que se analiza, no sólo me parece un mecanismo de evasión, sino una zona de confort que prestigia y “da caché” en la oposición a quien maneje ese lenguaje, pero lo debilita para analizar la realidad venezolana desde sus propios méritos, que es lo que habría que hacer si efectivamente se quiere un cambio de gobierno, y no que me cambien al gobierno, que es lo que en el fondo se desea, aunque no se reconoce así (la catarsis con la invasión o la operación de extracción).

Por lo pronto, con mi buen amigo del mundo de la política, seguiré analizando la realidad del país, aunque creo que por un tiempo, le diré como ahora, “Qué análisis tan bueno, y todo muy importante…..pero cuando voy a mi día a día, no veo nada de lo que examinamos, y lo que hablamos choca con esa realidad cotidiana”.

14 de septiembre 2018

Mesa de Trabajo

http://politicaconsentido.blogspot.com/2018/09/se-justifica-al-sistema.html

 21 min


Pedro Campos

El Apóstol de la independencia de Cuba José Martí escribió en abril de 1884 “La Futura Esclavitud”, un ensayo crítico de la obra homónima del filósofo Herbert Spencer, donde hacía la crítica más temprana conocida del “socialismo de estado”.

Allí escribió: “De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, ira a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo.

…El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre…

…construye Spencer el edificio venidero, de veras tenebroso, y semejante al de los peruanos antes de la conquista y al de la Galia cuando la decadencia de Roma, en cuyas épocas todo lo recibía el ciudadano del Estado, en compensación del trabajo que para el Estado hacía el ciudadano.”

Por su parte, Marx y Engels, los padres del concepto formación económico-social (FES), en varios escritos abordaron el Modo de Producción Asiático o de esclavitud generalizada, que identificaron en Egipto y otras regiones de Asia y África, con características parecidas a las señaladas por Martí en su Futura Esclavitud, que el estalinismo no contempló en sus manuales de “marxismo-leninismo” por la similitud con el estatal-socialismo.

Aquella “Futura Esclavitud”, que con pelos y señales describió y criticó Martí, se pudo apreciar por primera vez en Rusia con el estalinismo y luego se extendió a China y Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Era una especie de capitalismo de estado por la forma de explotación asalariada estatal, pero por el sistema de servidumbre, dependencia, sumisión y falta de libertades se trataba de una forma de esclavitud generalizada.

Por haberse convertido en una realidad económica y social esa “Futura Esclavitud” bien pudiera considerarse una FES formación económico-social integral con una base económica y una superestructura correspondiente propias. Por surgir y desarrollarse en el siglo XX, cabría llamarle la “Moderna esclavitud”.

La base de esta FES esclavista moderna, está compuesta por un modo de producción con fuerzas productivas propias del capitalismo del siglo XX (técnicas, instrumentos) y relaciones de producción caracterizadas por el trabajo asalariado para el estado todo poseedor, sueldos mal pagados, muy bajos, que no alcanza para satisfacer las necesidades fundamentales del trabajador y su familia.

No es el típico trabajo asalariado del capitalismo que por lo general paga la reproducción de la fuerza de trabajo y brinda otras posibilidades al asalariado, como buscarse otro empleo, defenderse en un sindicato, emprender un pequeño negocio, meterse en una cooperativa, etc. En este sistema, el único empleador ha sido el estado por muchos años y solo limitadamente se han permitido otras formas de trabajo no estatales-asalariadas, al punto de que está prohibido en Cuba su ejercicio por la mayoría de los profesionales.

Como a los esclavos antiguos a estos asalariados mal pagados se les garantiza un mínimo de alimentos, una asistencia médica cada vez más precaria para que puedan trabajar y un oficio o profesión para poderlos explotar el estado.

La superestructura se caracteriza por el control absoluto del estado y su burocracia, sin libertades ni derechos, como en la vieja esclavitud y está compuesta por la seguridad del estado, la policía, los tribunales, los abogados de la defensa que responden al sistema que los designa, junto a las organizaciones políticas, los sindicatos y gobiernos locales y estructuras del Poder Popular que nada deciden. Todos los recursos están concentrados en manos del poder central.

No podría imaginar el Apóstol que menos de un siglo después de su escrito en el Siglo XIX, la esclavitud estatal que él identificó como un peligro de las ideas socialistas de entonces se impondría en su patria, en nombre del socialismo y de sus propias ideas, por medio de la violencia castrista.

En Cuba persiste esa “deformación” económico-social. Los trabajadores cubanos, los nuevos esclavos del estado no tienen libertades para decidir nada importante en sus vidas. La población, los matrimonios y la procreación están limitados por las condiciones materiales, los bajos salarios, la falta de vivienda, los suicidios y la emigración. Cuba supera este desastre o muere como nación.

Aunque hay “elecciones” indirectas, solo los “revolucionarios” pueden participar efectivamente en la vida política, controlada por el partido dizque comunista a todos los niveles, tampoco hay libertad para expresarse, reunirse, elegir ni hacer otra actividad económica.

Por ser Cuba una Isla, miles que intentaron irse al Palenque, perdieron la vida en el mar o en las selvas de otros países.

Los modernos esclavos que se reviran van a la cárcel por miles, son golpeados, perseguidos y varios miles han muerto enfrentando este sistema desde que se implantó en el 59. Cayeron peleando, fueron fusilados sin juicios con garantías procesales, murieron en las cárceles o fueron asesinados mientras iban a hospitales o recibían atención médica.

En Cuba, ese modelo estatalista arropado de socialismo y vendido al mundo como la panacea de la modernidad, alcanzó los mayores niveles de concentración de poder económico y político jamás imaginados, para satisfacer los caprichos del caudillo quien, falto de ideología, eclécticamente echó mano del “marxismo leninismo” y a cuanta idea sirviera a su estrategia hegemónica.

En su voluntarismo, pretendió expandir su revolución violenta a medio mundo, se alió a la URSS, implantó cohetes atómicos apuntando al gran vecino, antes siempre aliado; pero no siguió los pasos reformistas de la Perestroika y la Glasnost, aunque sí se acercó al “enemigo” imperialista buscando sus dineros y realizó algunas modificaciones superficiales que no cambian el sistema.

Desaparecido el cabecilla, quieren garantizar la continuidad el modelo esclavista con la nueva constitución que mantiene la centralización de la propiedad, explotada en forma estatal asalariada como eje de la economía, reconoce la propiedad privada y asociada, pero con multitud de limitaciones y subordinadas a los monopolios estatales del mercado interno y externo.

El partido comunista, “único, martiano, fidelista y marxista-leninista” —vaya disparate— seguiría como fuerza supranacional y todo poderosa, sin reconocer el multipartidismo, la división de poderes ni las libertades fundamentales de expresión, asociación, elección y actividad económica.

En suma, un “perfeccionamiento actualizado” de la moderna esclavitud que Martí tempranamente explicó hace ya más de un siglo.

15 de septiembre de 2018

Polis: Política y Cultura

https://polisfmires.blogspot.com/2018/09/perdo-campos-cuba-la-esclavitud...(POLIS)

 5 min


Joaquín Estefanía

Al menos cuatro grandes transformaciones desarrolladas en las últimas décadas han alterado profundamente el contrato social que rubricaron implícitamente las fuerzas de la izquierda (socialdemócratas) y de la derecha (democristianos) tras la II Guerra Mundial, que formalizó las reglas del juego para la convivencia pacífica durante más de medio siglo. Se trata de la revolución tecnológica, que ha hecho circular al mundo de lo analógico a lo digital; la revolución demográfica, que convirtió a Europa, cuna de ese contrato social, en un espacio compartido de gente envejecida después de haber sido un continente joven; la globalización, que ha llegado a ser el marco de referencia de nuestra época desplazando al Estado-nación; y la revolución conservadora, hegemónica desde la década de los años ochenta del siglo pasado y que ha predicado las virtudes del individualismo y de que cada palo aguante su vela, olvidando los principios mínimos de solidaridad social. El conjunto de estas revoluciones —la tecnológica, la demográfica, la globalizadora y la política— ha dado lugar a una especie de refundación de lo que el gran pensador vienés Karl Polanyi denominó a mitad de los años cuarenta “la gran transformación”.

El concepto de contrato social pertenece en su inicio al pensador Jean-Jacques Rousseau, que a mediados del siglo XVIII escribió un libro del mismo título, considerado precursor de la Revolución Francesa y de la Declaración de los Derechos del Hombre, y que trataba de la libertad y la igualdad de las personas bajo Estados instituidos por medio de un contrato social. Ese contrato era una suerte de acuerdo entre los miembros de un grupo determinado que definía tanto sus derechos como sus deberes, que eran las cláusulas de tal contrato. Esas cláusulas no son inmutables o naturales, sino que cambian dependiendo de las circunstancias y transformaciones de cada momento histórico y de las correlaciones de fuerzas entre los componentes de los grupos.

El contrato social que surge en Europa y se extiende por buena parte del planeta, a distintas velocidades, después de la II Guerra Mundial decía básicamente lo siguiente: quien cumple las reglas del juego, progresa, logra la estabilidad y la tranquilidad en su vida. Una buena formación intelectual, la mejor educación, el esfuerzo permanente, la honradez y ciertas dosis de suerte (que había que buscar) aseguraban el bienestar de los ciudadanos y sus familias. Con un empeño personal calvinista, el funcionamiento de las instituciones de la democracia y el progreso económico general, el nivel de vida mejoraría poco a poco y nuestros hijos vivirían mejor que nosotros. Unos, los más favorecidos, se quedarían con la parte más grande de la tarta, pero a cambio los otros, la mayoría, tendrían trabajo asegurado, cobrarían salarios crecientes, estarían protegidos frente a la adversidad y la debilidad, e irían poco a poco hacia arriba en la escala social. Un porcentaje de esa mayoría, incluso, traspasaría la frontera social imaginaria y llegaría a formar parte de los de arriba: la clase media ascendente.

Esto ya no es así. Ese contrato social ha sido sustituido, por efecto de las transformaciones citadas, por lo que el sociólogo Robert Merton ha denominado “el efecto Mateo”: “Al que más tiene, más se le dará, y al que menos tiene se le quitará para dárselo al que más tiene”. Se inaugura así la era de la desigualdad y se olvidan las principales lecciones que sacó la humanidad de ese periodo negro de tres décadas (1914-1945) en las que el mundo padeció tres crisis mayores perfectamente imbricadas: las dos guerras mundiales y, en el intervalo de ambas, la Gran Depresión.

El historiador Tony Judt, entre otros, ha descrito con exactitud (Postguerra) cómo a partir de lo acontecido en esos 30 años nació otro planeta con distintas normas, ya que parecía imposible —decenas de millones de muertos después— la vuelta a lo que habían sido las cosas antes. Se acordaron señas de identidad diferentes, basadas en la intervención estatal siempre que fuese precisa, y con una nueva arquitectura institucional que pretendía que nunca más se pudieran repetir las condiciones políticas, sociales y económicas que habían facilitado los conflictos generalizados. Hubo un consenso entre las élites políticas (los partidos), económicas (el empresariado) y sociales (los sindicatos) para alcanzar la combinación más adecuada entre el Estado y el mercado, con el objetivo final de que toda práctica política se basara en la búsqueda de la paz, el pleno empleo y la protección de los más débiles a través del Estado de bienestar.

Recuerda Judt que en una cosa todos estaban de acuerdo, aunque hoy sea un concepto obsoleto: la planificación. Los desastres de las décadas del periodo de entreguerras (las oportunidades perdidas a partir de 1918; los agujeros ocasionados por el desempleo, las desigualdades, injusticias e ineficacias generadas por el capitalismo de laissez-faire que habían hecho caer a muchos en la tentación del autoritarismo; la descarada indiferencia y arrogancia de la élite gobernante, y las inconsecuencias de una clase política inadecuada) parecían estar todos relacionados con el fracaso a la hora de organizar mejor la sociedad: “Para que la democracia funcionase”, escribe el historiador, “para que recuperase su atractivo, debía planificarse”. Así se amplió la fe ciudadana en la capacidad —y no solo en el deber de los Gobiernos— de resolver problemas a gran escala, movilizando y destinando personas y recursos a fines útiles para la colectividad.

Quedó claro que la única estrategia con éxito era aquella que excluía cualquier retorno al estancamiento económico, la depresión, el proteccionismo y, por encima de todo, el desempleo. Algo parecido subyacía en la creación del welfare state: la polarización política había sido consecuencia directa de la depresión económica y de sus costes sociales. Tanto el fascismo como el comunismo habían proliferado con la desesperación social, con el enorme abismo de separación entre ricos y pobres. Para que la democracia se recuperase como tal era preciso abordar de una vez “la condición de personas” de los ciudadanos.

Estos elementos seminales del contrato social de la posguerra ya estaban de retirada antes de 2008. Entonces llegó como un tsunami de naturaleza humana la Gran Recesión, la cuarta crisis mayor del capitalismo, de la que estos días se cumplen los 10 primeros años. Sus consecuencias han exacerbado tal crisis y han regresado con fuerza las dudas entre muchos ciudadanos en la convivencia pacífica entre un sistema de gobierno democrático y un capitalismo fuertemente financiarizado: los mercados son ineficientes (el desiderátum de mercado ineficiente es el mercado de trabajo), y el sistema político, la democracia, que se legitima corrigiendo los fallos del mercado, no lo hace. Así surge la desafección respecto a la democracia (el sistema político) y el capitalismo (el sistema económico).

Una buena parte de la población ha salido de la Gran Recesión más pobre, más desigual, mucho más precaria, menos protegida socialmente, más desconfiada (lo que explica en buena parte la crisis de representación política que asola nuestras sociedades) y considerando la democracia como un sistema instrumental (somos demócratas siempre que la democracia resuelva nuestros problemas). Muchos ciudadanos expresan cotidianamente sus dudas de que los políticos, aquellos a los que eligen para que los representen en la vida pública, sean capaces de resolver los problemas colectivos. De cambiar la vida a mejor.

Además de la ruptura del contrato social tradicional, en la última década se ha aniquilado el pacto entre generaciones. No se cumple lo que hasta hace unas semanas decía un anuncio en la radio de una empresa privada de colocaciones: “Si estudias y te esfuerzas, podrás llegar a lo que quieras”. El historiador Niall Ferguson escribe que el mayor desafío que afrontan las democracias maduras es el de restaurar el contrato social entre generaciones, y Jed Bartlet, el presidente ficticio de EE UU en la serie televisiva El ala oeste de la Casa Blanca, comenta a su interlocutor: “Debemos dar a nuestros hijos más de lo que recibimos nosotros”. Este es el sentido progresista de la historia que se ha roto.

El estrago mayor que ha causado la Gran Recesión en nuestras sociedades ha sido el de truncar el futuro de una generación. O de más de una generación. Ha reducido brutalmente las expectativas materiales, y sobre todo emocionales, de muchos jóvenes que se sienten privados del futuro que se les había prometido. Se ha actualizado la llamada “curva del Gran Gatsby”, que explica que las oportunidades de los descendientes de una persona dependen mucho más de la situación socio¬económica de sus antecesores que del esfuerzo personal propio. Ello conlleva la transmisión de privilegios más que la igualdad de oportunidades.

Una joven envía un tuit que se hace viral, y que se pregunta: “¿Cómo hicieron nuestros padres para comprar una casa a los 30 años?, ¿eran narcos o qué?”. La Gran Recesión ha profundizado en los desequilibrios que ya existían antes de ella e introducido nuevas variables en el modelo; escenarios dominados por la inseguridad vital, que ya no es solo económica, sino cultural. Muchas personas, millennials o mayores de 45 años que se han quedado por el camino, sobreviven en la incertidumbre, la frustración y sin opciones laborales serias; no esperan grandes cosas del futuro, al que presuponen más amenazas que oportunidades, y que en buena medida no entienden. Estos jóvenes son los que han sido calificados como un “proletariado emocional” (José María Lasalle).

El nuevo contrato social habrá de tener en cuenta las transformaciones citadas y otros elementos que se han incorporado a las inquietudes centrales del planeta en que vivimos, como el cambio climático. El objetivo del mismo debería condensarse en la extensión de la democracia en una doble dirección: ampliar el perímetro de quienes participan en tomar las decisiones (ciudadanía política y civil) y extender el ámbito de decisión a los derechos económicos y sociales (ciudadanía económica) que determinan el bienestar ciudadano.

16 de septiembre

El País

https://elpais.com/economia/2018/09/14/actualidad/1536939958_497803.html

 7 min


“Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo y libraras cien batallas victoriosas”

Sun Tzu, El Arte de la Guerra.

Durante el gobierno de Nicolás Maduro, Venezuela ha sufrido la peor crisis de su historia moderna. El ingreso promedio por habitante ha disminuido a casi la mitad, una hiperinflación pavorosa ha hundido al 90% de la población en pobreza y todos los días mueren venezolanos por no conseguir tratamiento médico adecuado. El salario mínimo, recientemente incrementado, es ya menos de la décima parte del promedio latinoamericano. Al lado del desabastecimiento y el hambre, el país exhibe, junto a El Salvador, la tasa de muertes violentas más alta del hemisferio. Se contabilizan actualmente más de 200 presos por razones políticas y numerosas denuncias sobre la violación de derechos humanos, expresión ignominiosa del quebrantamiento del orden constitucional. En fin, indicios propios de una dictadura.

En atención a un desempeño tan funesto, debe preguntarse por qué no ha sido desplazado del poder. Entre otras cosas, es menester entender la naturaleza del gobierno que preside Nicolás Maduro:

Es el asiento de un régimen de expoliación establecido por una nueva oligarquía militar y civil, destruyendo todo contrapeso a su ejercicio discrecional y centralizado de poder.

Un régimen de expoliación es un arreglo orquestado desde un poder político autocrático para el usufructo de la riqueza social con base en relaciones de fuerza derivadas de una jerarquía de mando, en desapego a criterios de racionalidad económica y/o a indicadores que expresarían metas planificadas. Un Estado Patrimonial, en el que se confunde el patrimonio público con el de quienes mandan, sustituye al Estado de Derecho. Por ende, no está sujeto a normas sino a transacciones de naturaleza política que truecan obsecuencia y lealtad hacia aquellos por el derecho a participar en la depredación de la riqueza. Puede comprender actividades ilegales, como el tráfico de drogas. Favorece la acción de formaciones mafiosas que rivalizan entre sí en el despojo de lo que consideran “cotos de caza”.

Su apoyo fundamental proviene de estamentos hegemónicos en la jerarquía militar quienes, junto a altos funcionarios y amigotes, constituyen una nueva oligarquía, beneficiaria principal del régimen expoliador al controlar buena parte de las actividades económicas y ocupar los nodos decisorios que determinan las posibilidades de extraer rentas por medio de la intervención estatal. Si bien las encuestas revelan que su apoyo es mínimo, el monopolio de los medios de violencia del Estado está a su disposición. Junto a un poder judicial partidario, totalmente abyecto, se ejerce por su intermedio el terrorismo de Estado en contra de quienes protestan o realizan actividades que amenacen su control sobre la población.

La oligarquía se cobija en una falsa realidad erigida con simbolismos de la mitología revolucionaria para legitimar su apropiación de bienes públicos y privados, en nombre de un “socialismo del siglo XXI”. Avala su uso de tal apelativo con programas de reparto a sus bases de apoyo. Una representación ideológica maniquea moldea compromisos sectarios y excluyentes entre éstas, y les provee de subterfugios con los cuales absolver sus desmanes. Discursos de odio las instigan a confrontar a aquellos señalados por el liderazgo como enemigos de la “revolución”. Estas prácticas pueden englobarse bajo el amplio concepto de populismo pero, teniendo en cuenta su escamoteo de la participación democrática, su afición por la violencia y su militarización, un término más preciso es el de neofascismo.

Un importante locus de decisión del régimen reside fuera de Venezuela en quienes controlan el Estado cubano y, más recientemente, en acreedores, básicamente chinos, que constituyen poderosos intereses en torno a la permanencia del gobierno de Maduro. La aquiescencia con éstos es a expensas de la soberanía, incluida la renuncia a reclamos territoriales y el saqueo de recursos del subsuelo.

Implicaciones políticas

1. La oligarquía no va a acceder por cuenta propia a salir del poder por medios constitucionales. Los intereses creados en torno al despojo de bienes públicos y privados, basados en actividades que quebrantan el orden constitucional, están firmemente atrincherados. Su accionar de mafias hace de su compromiso con lo que puede denominarse un “Estado forajido”, un hecho irreversible.

2. En su defensa, esta oligarquía no conoce frenos morales ni éticos, ni reconoce límite en el respeto a los derechos humanos consagrados en la constitución. Retrata como enemigo a todo opositor con base en categorizaciones maniqueas patriotero-comunistas. Independientemente de que crea o no su montaje ideológico, éste sirve para dispensar de toda culpa a sus atropellos: “La Historia me absolverá”. En este ejercicio encubridor, la lucha política es una “guerra” donde todo se vale.

3. Lo anterior explica la terrible crueldad con que la oligarquía despacha el hambre causado por sus políticas, como las miserias que acompañan el éxodo masivo de venezolanos por las fronteras. Esta malignidad se magnifica con el despliegue de su opulencia y la revelación de sus enormes fortunas. “A falta de pan, buenas son tortas”, como se le atribuye a la reina María Antonieta.

4. Lo anterior se complementa con acciones desmoralizadoras que buscan desesperar y hacer cundir la resignación de los venezolanos. Para ello reprime toda protesta –protestar no llega a nada-- y chantajea al presentar el Carnet de la Patria como lo único seguro ante al hambre. Apertrechado de un vasto arsenal de recursos públicos, ejerce el terrorismo de Estado en contra de sus opositores.

Consecuencias para la acción de las fuerzas democráticas

1. Lo único que sacará a la oligarquía del poder es una acción concertada de fuerzas decididamente superiores. Esta verdad de Perogrullo implica resquebrajar las bases de apoyo militar a Maduro. No basta con disfrutar de una mayoría o tener la legalidad y la razón de nuestro lado.

2. Es menester una política abierta y diáfana frente a la Fuerza Armada, acotando insistentemente su papel profesional al “servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna” (Art. 328) y denunciando la represión de oficiales por estar comprometidos con este rol institucional. A aquellos incursos en complicidades con el régimen se les debe confrontar con su responsabilidad criminal en el sufrimiento del pueblo, de forma terminante. Lejos de ser herederos (“gloriosos”) del Ejercito Libertador, lo son de Pinochet, Videla y demás gorilas latinoamericanos.

3. Aunque a los mafiosos les importa un bledo la legalidad y la razón, éstas siguen siendo referencias básicas en la cultura democrática que aún pervive entre la gente. De ahí que una prédica política que conecte claramente Estado de Derecho y bienestar –mayores ingresos, comida, salud, educación, libertad y servicios públicos eficientes— contribuye a potenciar las fuerzas democráticas.

4. La participación en contiendas electorales convocadas por el Madurismo, por más fraudulentas que sean, será ventajoso si ello permite su utilización para movilizar a la gente y construir fuerzas. La denuncia del ventajismo, los atropellos y el abuso de poder en el escamoteo de la auténtica voluntad de la gente, tanto dentro del país como afuera, será primordial para tales propósitos.

5. Es menester desenmascarar la naturaleza fascista del Madurismo. Es insólito que siga alardeando de una supuesta democracia protagónica –superior—con base en discursos “revolucionarios” que sirven, más bien, para conculcarla a través de la militarización del país. Quitémosle la Hoja de Parra de un supuesto “socialismo humanitario” que no hace sino defenderse del “imperio y la burguesía”.

6. La base de la prédica democrática debe fundamentarse en la posibilidad de una vida digna, bien provisionada y en libertad, gracias a un proyecto claramente alternativo al reparto rentista hoy en bancarrota. No puede ser un simple “quítate tú pa’ ponerme yo”, a cuenta que soy honesto y bien intencionado. Una economía social de mercado, cuyo motor sea la iniciativa privado en un marco institucional que afiance la equidad y la justicia, debe traducirse en un lenguaje y unos conceptos que hagan suyos la gran mayoría de venezolanos. Es hora de enterrar el populismo paternalista.

Economista, profesor de la UCV.

humgarl@gmail.com

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