La narrativa del cambio de régimen es un animal que no camina: se desliza. No avanza por los pasillos institucionales sino por debajo de la piel colectiva, como una corriente subterránea que empieza siendo murmullo y termina siendo oleaje. No es un concepto técnico: es un clima, una humedad que se mete en las paredes del discurso y las ablanda hasta que todo huele a inminencia.
Cuando aparece en boca de políticos, analistas o ciudadanos, no describe un hecho: invoca un terremoto. “Cambio de régimen”. Es la frase que abre una grieta en el suelo, aunque el suelo siga quieto. Es un conjuro que anuncia que el orden ya no es suelo firme sino una tabla que cruje. Y en ese crujido, cada quien escucha lo que teme o lo que desea. La frase promete un amanecer, pero también insinúa un incendio. Es un filo que corta en ambas direcciones: para unos, es la puerta luminosa hacia la reparación; para otros, es el lobo que ronda la casa.
Los medios, cuando la repiten, no informan: tocan un tambor. Y el tambor, lo sabemos, no necesita melodía para convocar. Basta el ritmo. Basta la insistencia. La narrativa se vuelve atmósfera, y la atmósfera se vuelve comportamiento. La gente empieza a caminar como si el futuro estuviera a punto de doblar la esquina, aunque la esquina sea la misma de siempre.
Pero la narrativa, cuando es puro humo, termina por desnudarse sola. Si el discurso promete terremotos y lo único que tiembla es la voz del que lo pronuncia, el público afina el oído. La narrativa sin sustancia se convierte en ropa mojada colgada al sol: al principio pesa, parece importante, pero el viento la sacude, la adelgaza, la deja en evidencia. La percepción colectiva es una costurera implacable: deshilacha. Mira el relato como quien mira un disfraz mal hecho: se ven las costuras, se ve la máscara, se ve la intención.
Entonces ocurre algo curioso: el relato, que nació para inflamar, termina apagándose por exceso de repetición y flacura de resultados. La palabra pierde filo, como un cuchillo que se usa para cortar aire. Y el público, que al principio escuchaba con sobresalto y atención, empieza a bostezar. Una narrativa que queda desnuda ya no convoca, no asusta, no promete ni compromete. Apenas hace ruido, como una puerta que se quedó con bisagras oxidadas.
La narrativa del cambio de régimen es, al final, un relámpago: ilumina por un segundo el paisaje completo, pero también deja sombras más largas. Y en ese destello, cada quien decide si ve un camino o un abismo.
Al final, la narrativa del cambio de régimen queda ahí, flotando como un globo que nadie sabe quién infló ni quién sostiene. Unos la miran con expectativa, otros con miedo, y otros simplemente esperan a ver si se desinfla sola. Porque, seamos sinceros, después de tanto ruido, tanto tambor y tanto relámpago sin lluvia, lo más probable es que el famoso “cambio” llegue como llegan las visitas incómodas: tarde, sin avisar y preguntando dónde está el baño.
Pero bueno, siempre queda la esperanza de que esta vez sí. O al menos la certeza de que, si no pasa nada, siempre podremos decir que lo vimos venir… o que lo vimos irse sin saludar.
Canta Carlos Baute en una pieza muy sabrosa para bailar: “Cuidado… Sabes que estoy colgando en tus manos
Así que no me dejes caer…”
Soledadmorillobelloso@gmail.com
https://www.analitica.com/opinion/cambio-o-pura-narrativa/