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Opinión

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

El rostro del Jesús sufriente que entre nosotros tiene expresión en la popular devoción del Nazareno, no es algo extraño ni lejano. En el rostro sufriente de la mayor parte de los venezolanos hay una identificación, mejor una experiencia personal y colectiva interpelante, desde la realidad que vivimos. Semana Santa es una invitación constante a descalzarnos, cercanos en lo profundo con quienes están sumidos en el mundo de la exclusión, para compartir con ellos el escándalo que no se puede comprender, la maldición de una cruz llevada a cuestas.

Para la mayoría de nuestros conciudadanos no hay respuesta racional al dolor de estar viviendo una marginación a la que no tenemos derecho. La falta de lo más necesario, el calvario de tener que mendigar comida, medicinas, empleo, seguridad, despojándonos de afectos, rebajándonos a la humillación de tener que pensar y actuar como quieren quienes nos gobiernan, tiene rostro concreto: el Siervo de Dios que nos narran las lecturas de estos días, no es alguien lejano. Está a nuestro alrededor, lo palpamos en cada esquina, en las colas interminables, en las caras tristes de quienes están ayunos y solitarios, sin seres queridos ni amigos con quienes desahogar sus penas. No podemos hacernos los indiferentes, ni pensar que es asunto que no nos incumbe.

Pero no estamos llamados a vivir quejándonos de las limitaciones de la existencia, la mayor parte de las veces provocada por quienes pretenden acapararlo todo, nuestra libertad, nuestras necesidades, nuestros bienes, para ponerlos al servicio de ellos y no del bienestar colectivo. Cuando se pierde el norte, lo esencial, que no es otro que el rostro de cada ser humano. Desde la entrada triunfal en Jerusalén, aclamado por unos y denigrado por los más poderosos, signo que se repite en todos los tiempos y lugares. La opción de Jesús por los más pequeños no es improvisado, indica bajar al lugar más denso de Dios: en la debilidad está la fuerza, en la aceptación del otro sin acepción está la medida del auténtico servicio.

Esta semana santa debe estar plagada de gestos de acercamiento y servicio a los más débiles y necesitados. Es una de las medidas de la auténtica caridad. Pero no basta, es necesario explorar los caminos del entendimiento con quienes no quieren ceder ni un palmo. Conjugar la doble dosis de la justicia y la misericordia nos abre las puertas a la reconciliación, aunque parezca imposible o inútil. La primera reacción humana es la de pagar con la misma moneda pero esa senda no conduce a buen puerto. Perdonar no es la actitud arrogante de sentirnos superiores porque perdonamos. El perdón se hace preciso cuando la acción del otro nos ha dañado de tal forma que hemos perdido el equilibrio de lo que somos: cuando nos han hecho daño de verdad. Es lo que está sucediendo en nuestra patria.

La consecución del perdón implica la restitución del daño. Por ello se requiere un gran sentido de unidad y de desprendimiento de apetencias particulares. Hay que transitar machaconamente todos los caminos pacíficos, racionales y emocionales que pongan en evidencia la falta y el daño de quienes no quieren ceder nada de sus privilegios y prefieren la esclavitud de los más. La vía hacia la pascua de resurrección, hacia la vida plena, pasa por la fe esperanzada. La resurrección da a la vida histórica de Jesús una actualidad permanente. La actividad salvífica de Jesús no termina con su muerte. El que curaba y aliviaba el sufrimiento hoy nos sigue llamando. Jesús no es algo acabado, está vivo y su historia se sigue escribiendo hoy en nosotros y con nosotros. Mirar la realidad lacerante que vivimos con los ojos de Jesús es el compromiso por un cambio de actitud personal y de transformación social que nos está vedado, pero que hay que romper. Que estos días santos lo sean en demasía para que nos lance hacia adelante como nos dice el Papa Francisco (EG 3). Así la Pascua es tarea para que las fuerzas del maligno no se impongan sobre nuestra flojera.

bepocar@gmail.com

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Thays Peñalver

Hace poco y el mismo día un reconocido influencer me hizo una acotación: “no hay que olvidar que el chavismo fue la mayoría”, mientras que otro, hablando sobre el Frente Amplio me indicó la necesidad de: “captar al liderazgo chavista”. Ambas frases me parecieron importantes, porque dominan en el pensamiento mayoritario incluido el liderazgo opositor, es decir que al repetirse continuamente terminan siendo de aceptación masiva y las masas como los niños, crean monstruos a la medida de sus angustias y esos monstruos terminan por parecer más peligrosos debajo de las camas, de lo que en realidad son.

Dos aspectos me parecen relevantes, el primero es que Chávez en los primeros siete años (1998-2004) no fue jamás un “fenómeno de masas”. En sus primeras dos elecciones no fue capaz de atraer a un tercio de los votantes y su partido es decir “el chavismo” a un 25%. Chávez llegó a ser presidente en esas dos primeras elecciones con menos votos que aquel a quien le dio el golpe -Carlos Andrés Pérez- diez años antes y el chavismo se llevó todas las gobernaciones y alcaldías en 2004 con menos votos que los que obtuvo Jaime Lusinchi. Y es que hay que decirle muy alto y claro a algunos líderes que tratan de vender la “Cuarta República”, que Hugo Chávez y en especial el “chavismo” fueron su nefasta consecuencia.

Porque a la “Quinta República” si hubiera que ponerle verdadera fecha de nacimiento sería la de diciembre de 1974, con el advenimiento de lo que fue el peor y más irresponsable gobierno que hubiera tenido el país –antes que esto- porque la “Gran Venezuela” fue un acto de chavismo salvaje, puro y duro, al igual que la forma en la que se manejó todo el esquema de nacionalización. A partir de allí y una vez terminado el acto más suicida de nuestra historia, antes del chavismo, Venezuela quedó pasmada para siempre. Desde 1979 hasta el Caracazo el país creció cero por ciento (Banco Mundial) y la economía fue arrasada por la improvisación de estos líderes cuyo mayor drama es que siguen sin tener un proyecto propio para el país, es decir que su único plan es esperar un golpe de suerte o el colapso total para volver. Por eso es que llegadas las elecciones de 1998 el país no había crecido económicamente y tenía más de diez millones de bocas nuevas que alimentar, la guinda en la torta había sido una crisis bancaria, perfectamente evitable, que arrasó con un tercio de los ahorristas es decir a más de la mitad de lo poco que quedaba de la clase media.

Por todo eso es necesario comprender que Chávez, lejos de cautivar a las masas, no tenía un contendor real. El partido Primero Justicia daba sus primeros pasos, AD se atomizaba en pequeños partidos regionales, Copei desaparecería y frente a él lo único que estaba era el viejo y desprestigiado aparato político, odiado por la inmensa mayoría, que había construido una Coordinadora. Un aparato lleno de líderes que a la vista de todos eran responsabilizados del descalabro económico, responsabilizado por las bases opositoras por haber sido quienes trajeron a Chávez y responsabilizado también por sus propios militantes por haber destruido internamente a los partidos. Chávez ganó su primera elección porque ese mismo liderazgo opositor, como lo explico en mi libro, destruyó primero a Irene Sáez y después a Salas Rommer ya que todos los recursos de las campañas fueron usados para demoler sus imágenes y beneficiaron a Chávez quien no hizo siquiera campaña. El asunto es tan increíble que en la segunda elección Chávez fue solo, pues competía con los suyos. Así que hablar de ese primer Chávez como “fenómeno de masas” es algo que no es cierto, porque el hecho de que usted acuda al hipódromo a competir con un burro, no hace del ganador un buen caballo.

Dos aspectos son relevantes a la hora de entender la “magia” posterior del chavismo. Cuando ocurrió el intento de golpe a Lusinchi en 1988, el país exportaba poco más de 1,3 millones de barriles (V mensaje a la nación), cuando se lo dieron a Carlos Andrés exportaba poco más de 1,8 millones de barriles (II mensaje a la nación). Por eso es que la segunda acotación importante es que desde 1986 hasta la primera elección de Chávez el barril había promediado menos de veinte dólares y el día de la elección el barril WTI cotizaba en 11,07 dólares (EIEA).

Chávez recibió un barril a ocho dólares, pero una producción de 3,3 millones de barriles. En un país desvastado después de veinte años de destrucción económica, de pronto ocurrió la “magia chavista”, para las elecciones regionales de 2004 vendía más de dos millones de barriles a 53 dólares, el día de las elecciones presidenciales del 2006 el petróleo cotizaba a 73 y a partir de allí la locura a cien dólares, cuando se convirtió en el comandante galáctico ultraterrestre y supra yacente mientras casi toda la clase media abordaba rumbo a Disney con cinco mil dólares de regalo en sus bolsillos por persona, con la clase media “popular” subvencionada a precios escandalosamente bajos y con los millones de pobres en listados de gratuidades nunca antes vistas, por eso fue que el chavismo se convirtió en un “fenómeno de masas” capaz de atraer al 41% de los electores.

El tercer punto a considerar es quizás el más necesario. Chávez jamás explicó cuál era su revolución, ni de que se trataba el socialismo del siglo XXI. Y por más que se declaró marxista, su mensaje era completamente contradictorio pues un día hablaba de los males del capitalismo y otro paseaba por la alfombra roja de Hollywood del brazo de una modelo. Hablaba de socialismo mientras en la práctica basó su gobierno en un estímulo salvaje al consumo y a sus “educandos” prometía socialismo pero siempre con el “mejor sueldo del mundo” y una vida de comodidades gratuitas jamás antes vistas.

Por eso siempre pregunto ¿A cuál chavismo es exactamente al que hacen referencia? ¿Y a cuál de lo que poco que queda, es al que tenemos que “capitalizar”? Porque los trillones de dólares y Hugo Chávez dieron pie a que al chavismo acudiera desde la izquierda trasnochada, hasta la “derecha endógena”, pasando por los “neoliberales escondidos” pero sobre todo a las mismas masas que se abalanzaron con los adecos hasta que se acabó el dinero.

Dicho esto, es necesario preguntarle ¿Cuánto del chavismo esta conformado por las masas que acudieron alucinadas por el derroche de dos trillones de dólares?, ¿Cuánto se puede cuantificar como de aquellos que creyeron que era un modelo político válido y que funcionaba?, ¿Cuántos son los beneficiarios directos del petróleo, cuya vida transcurre pensando que lo que viven es una crisis temporal?, ¿Cuántos llegaron porque el despelote les permitió hacerse de algo de poder y dinero en cualquiera de los niveles de gobierno? Y finalmente ¿A qué porcentaje - asignaría usted- se trata de personas que creen que la vía del comunismo cubano es la mejor para Venezuela?.

La respuesta a ¿Quién asesinó al chavismo? Es fácil. Porque si algo ha demostrado la historia de Venezuela hasta el cansancio, es que la seducción del guzmancismo: “sobre las masas ignorantes para extraviarlas y conducirlas a su ruina, con ruina general” terminó con las mismas pobladas de ignorantes destruyendo sus estatuas o más recientemente aprendimos que: “adeco es adeco, hasta que se acaba el billete” y miren que esos proyectos si fueron de “masas”. Por eso cuando hablamos del chavismo y de la “magia del chavismo” es necesario entender que este pueblo siempre se va con el mejor postor. Pero solo cuando tiene dinero en las cuentas.

Lo que nos lleva precisamente a la retórica de: “atraer al liderazgo chavista”. ¿Exactamente de cual liderazgo hablamos? Porque si usted contestó que la mayoría fue atraída por el despilfarro y el populismo, entonces no hay liderazgo allí. Si habla de quienes fueron atraídos por poder y dinero, olvídense de ellos porque saben que solo lo tendrán si siguen allí y si usted quiere atraer a los líderes que creen en el comunismo, pues pásese de bando de una vez. Si hoy todas las encuestas sostienen que el 75% está en contra del gobierno, me temo que quedan muy pocos que atraer y además sirvan para algún fin. Y allí es donde vamos no a la cantidad, sino a la calidad –medida ésta por a cuántos seguidores reales puede atraer-. Y no me refiero a seguidores de twitter, sino a apoyos reales.

Y esto no es una tontería. Por eso hay varias preguntas que parecen tener una misma respuesta. ¿Por qué la oposición no es capaz de capitalizar, nada menos que al 70% de los votantes que hoy no son chavistas?, ¿Cuánto le cuesta en imagen a la oposición tener a chavistas sin poder alguno entre sus cuadros?, ¿Qué ganan captando al 10% de los apoyos de lo que queda en pie, si pierden el apoyo de un número igual o mayor de aquellos que han sido sus víctimas políticas, además de sacrificados y leales?.

¿Acaso no recuerdan que cuando se creó el primer frente amplio (Coordinadora) y captaron a los primeros chavistas, el impacto en la imagen los llevó al desprecio del 70% de los votantes? ¿Quieren captar a “otro poder” con fines de una transición y hacerse digeribles? Pues el proyecto para una alternativa de gobierno, comienza por una definición seria y responsable de cómo llegarle al 70% que no los quiere.

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La tragedia que vive Venezuela ha creado la necesidad de romper tabúes para buscar soluciones. Esto es positivo porque la forma actual de manejar la economía es lo que nos llevó a este desastre y, por tanto, la solución de nuestro problema pasa por cambiar sustancialmente esa manera de hacer las cosas. En el proceso, muchas vacas consideradas sagradas van a tener que dejar de serlo y otras prácticas comunes se tendrán que convertir en nuevos tabúes.

Una de las propuestas que está en discusión es el tema de la dolarización, el cual promete acabar rápidamente con la inflación y presumiblemente ayudar a recuperar la economía. Desafortunadamente, la dolarización es una buena solución para problemas que no tenemos, pero no resuelve –sino más bien agrava– los que sí tenemos. Es un espejismo que nos llevará a un desierto seco y que nos desvía de las cosas importantes que debemos estar discutiendo.

Empiezo por decir que no veo el tema de la dolarización como algo que se puede discutir en términos ideológicos o universales. No es algo que puede ser bueno o malo a menos que se tome en cuenta el contexto. Grecia, Italia y España en el año 2000 se beneficiaron durante casi una década por su decisión de abandonar la moneda nacional y adoptar el euro. El Salvador optó por abandonar su moneda en favor del dólar a pesar de que en ese momento la inflación estaba en un dígito. Más aún, desde mi posición en el Banco Interamericano de Desarrollo trabajé con el presidente Jamil Mahuad en la preparación del conjuntos de reformas legislativas que hicieron viable la dolarización de Ecuador en 1999, esfuerzo que continué en el año 2000 y 2001 con el presidente Gustavo Noboa.

Pero las razones por las que era conveniente dolarizar el Ecuador en 1999 se parecen poco a la realidad actual de Venezuela.

La dolarización puede ayudar a bajar la inflación rápidamente y prácticamente sin costo, cuando el país tiene una deuda pública interna grande en moneda nacional y la moneda no goza de confianza. En esos casos, tipo Ecuador 1999 o Italia por esos mismos días, la falta de confianza lleva a la gente a demandar una alta tasa de interés para adquirir bonos públicos en moneda nacional, comparada con la tasa que exige si esa deuda es en dólares, porque anticipa que la moneda nacional va a perder valor. Pero si el gobierno tiene que pagar una tasa de interés más alta sobre su abultada deuda interna, eso aumenta el servicio de la deuda y el déficit fiscal y obliga al gobierno a financiarse emitiendo dinero en forma inorgánica, confirmando las expectativas de los tenedores de bonos. Este círculo vicioso –es decir, expectativas de inflación-devaluación, altas tasas de interés sobre la deuda interna, alto déficit fiscal financiado inorgánicamente, alta inflación–devaluación– se puede eliminar, en ciertas condiciones, de un solo golpe: dolarizando. De esa forma, la deuda se convierte de inmediato a dólares, las tasas de interés bajan y el déficit fiscal desaparece como por arte de magia y con él, la necesidad de emitir dinero y depreciar la moneda. Este mecanismo es el que explica por qué, entre los países que bajaron la inflación de más de 1.000% a menos de 100%, los que dolarizaron o fijaron el tipo de cambio lo hicieron en promedio más rápido: se beneficiaron de una caída más acelerada de las tasas de interés.

Los números en Ecuador eran dramáticos. La moneda nacional –el sucre– arrancó el año 1999 con una cotización cercana a los 3.500 sucres por dólar. Para diciembre llegó a 25.000. Las tasas de interés sobre la deuda interna fluctuaban en torno al 450%. Con el solo anuncio de la dolarización, incluso antes de que se adoptara, las tasas de interés bajaron al 15% en diciembre de 1999 y eso permitía proyectar la eliminación del déficit para el año 2000. La dolarización rompió el círculo vicioso. Algo similar, aunque menos dramático, ocurrió cuando los países del sur de Europa adoptaron el euro el 1ero de enero de 2000: cayó la tasa de interés sobre su deuda interna, ayudando a cerrar la brecha fiscal y las expectativas de devaluación.

La situación actual de Venezuela no podría ser más distinta. En nuestro país, la deuda interna es totalmente insignificante y está contratada a unas tasas de interés del veintitantos por ciento en bolívares, cuando la inflación está en más de 4000%. Es decir, que el que compre un bono público interno pierde más del 97% del valor de su inversión en 1 año. Y por eso, nadie lo hace. A pesar de esto, tenemos un déficit fiscal tal cuyo financiamiento hace que el dinero que emite el Banco Central crezca al 3.493%, como lo hizo en las 52 semanas previas al 16 de marzo de este año, última cifra publicada.

Con la dolarización, ¿qué ocurriría de manera automática con el déficit fiscal? Nada. Quedaría un déficit fiscal gigantesco. Y, ¿cómo haría el gobierno para pagar sueldos, pensiones, bonos y transferencias a gobiernos sub-nacionales? Buena pregunta, pues con la dolarización se acaba la forma actual en la que el gobierno hace esos pagos –la emisión inorgánica–, pero no se crea una fuente alternativa. La teoría que a menudo se esgrime en estos casos es que el gobierno se verá obligado a ajustar su déficit fiscal a lo que pueda pagar. Es algo así como pensar que, si uno se compra la ropa tres tallas menores a la que a le corresponde, perderá peso. Cuando los gobiernos provinciales de Argentina enfrentaron esta situación en 2001, comenzaron a emitir monedas locales. Al final, Argentina tuvo que abandonar la convertibilidad. Zimbabwe, a los 10 años de la dolarización, es 32% más pobre que hace 20 años.

Imaginemos a Venezuela dolarizada y calculemos algunas implicaciones fiscales de este escenario. En la actualidad, el salario mínimo, medido en dólares de Cúcuta, no llega a $6. Medido al tipo de cambio de 70.000 Bs/$ que se ha propuesto para la dolarización, no llega a $20. En los países dolarizados de América Latina, como El Salvador, el salario mínimo es de $300, en Ecuador es $386 y en Panamá es $744. Si los venezolanos van a poder comprar, en un país dolarizado, suficientes calorías y proteínas para no seguir perdiendo peso, el salario en dólares va a tener que ser muchos múltiplos de lo que es hoy.

En Venezuela, el gobierno paga el sueldo de unos 3 millones de trabajadores y las pensiones de unos 3 millones de jubilados. Es decir, 6 millones de familias dependen directamente de lo que les paga el Estado. En el mes de febrero, la recaudación no petrolera representó 57 millones de dólares calculado al tipo de cambio en Cúcuta y unos 180 millones de dólares al tipo de cambio propuesto de 70.000 bolívares. Si fuésemos a utilizar el 100% de esa recaudación para remunerar a los 6 millones de empleados y pensionados del Estado, da para pagarles un sueldo de $9.5 al tipo de cambio de Cúcuta o $30, si lo calculamos a 70.000 BsF/$. Esos serían salarios y pensiones de hambre, pero la dolarización no genera ingresos fiscales para pagar mejor.

Pero ¿que le haría la dolarización a la catástrofe humanitaria que vive Venezuela? Para analizar este tema es necesario entender la causa de la crisis. El chavismo acabó con los derechos económicos en Venezuela y eso llevó a un sistema económico muy ineficiente, como el que teníamos en 2013. Hoy el ingreso per cápita en Venezuela es menos de la mitad de lo que era en ese momento. El colapso con respecto a 2013 se debe al desplome de las importaciones. Ese derrumbe redujo en un 85% las materias primas, los insumos intermedios, los repuestos y las medicinas que utilizaba el aparato productivo interno, causando una caída de la producción nacional y de la disponibilidad de bienes y servicios. Por eso no hay comida, atención hospitalaria, energía, transporte y tantas otras cosas. La caída de las importaciones y, a consecuencia de ésta, de la producción nacional, también explica que la recaudación fiscal no petrolera se haya hecho trizas. Los ingresos fiscales por aranceles, IVA a la producción y a las importaciones y el impuesto sobre la renta, todos colapsaron junto con la economía. Por eso, el déficit fiscal y la inflación son consecuencia y síntomas de la crisis, no su causa. La dolarización no ataca a la enfermedad, sino a la fiebre.

Recuperar la economía va a requerir aumentar drásticamente la capacidad de importar. En este momento, esa capacidad de importar está restringida por la caída de la producción petrolera, el enorme servicio de la deuda externa y la incapacidad de acceder al financiamiento internacional, debido a que somos, por largo rato, el país con la mayor deuda pública externa del mundo medida como años de exportación, que en Venezuela representa más de seis años.

¿Que le haría la dolarización a la capacidad de importar? La dolarización per se no cambia la capacidad de exportar petróleo. Tampoco reduce ni el servicio de la deuda ni nuestros índices de sobreendeudamiento. Pero la dolarización va a requerir usar los pocos dólares que tenemos, no para importar insumos, materias primas y repuestos, sino para hacernos de medios de pago. Si la dolarización hubiese ocurrido el 16 de marzo al tipo de cambio de 70.000 bolívares por dólar que se ha propuesto, necesitaríamos 3.571 millones de dólares sólo para recomprarle al público la base monetaria que ha emitido el Banco Central. Esto es más que todas las importaciones del sector privado del 2017. Y como la base monetaria se está duplicando cada 12 semanas, para junio ya costaría el doble, 7.142 millones de dólares (a menos que lo conviertan a 140.000 en vez de 70.000).

Más aún, el nivel actual de la base monetaria medido en dólares es bajísimo. Si la dolarización es exitosa, el país va a necesitar muchos más dólares para funcionar. Por ejemplo, en Colombia y Argentina, la base monetaria representa 390 y 743 dólares per cápita, respectivamente. En Venezuela llega escasamente a $33 medido al tipo de cambio de Cúcuta o 110 dólares al de 70.000 propuesto por en el plan de dolarización. Eso quiere decir que hacernos de medios de pago nos va a costar múltiplos de los 3,571 millones de costo inicial.

Por eso, la dolarización no va a generar ahorros fiscales como en Ecuador y tampoco va a aligerar la escasez de divisas –es decir, la causa principal del colapso de la producción y de la recaudación fiscal en Venezuela–, sino que la agravará en el corto plazo.

Además, es muy probable que la dolarización no sea apoyada por la comunidad financiera internacional, pues la interpretará como un incremento en los compromisos financieros de un gobierno que no puede con los que ya tiene. La dolarización eliminaría una fuente de flexibilidad en un momento en el que el gobierno ya tiene demasiado pocas. Por eso, la dolarización probablemente implique menos apoyo financiero internacional en la recuperación, y por tanto una recuperación más lenta que en una estrategia alternativa.

Si el problema principal de la economía venezolana es la escasez de divisas para importar, la solución pasa por aumentar sustancialmente esa disponibilidad. Esto requiere una reestructuración profunda de la deuda externa con un recorte drástico de su valor y una posposición de pagos. Eso mejoraría la disponibilidad de divisas a corto plazo y nos haría más solventes y, por tanto, más atractivos como lugar para invertir o prestar. Pero, como esto no alcanza, necesitaríamos una inyección muy grande de recursos financieros provenientes de entes multilaterales liderados por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el cual es visto por todos los demás actores globales como el líder en el manejo de crisis macroeconómicas y financieras. Además, para poder tener, a mediano plazo, más disponibilidad de divisas necesitaremos mayores ingresos petroleros y eso requerirá abrir el sector petrolero a la inversión privada sin que PDVSA sea dueña del 50%, pues eso limitaría la inversión a lo que ésta pueda cofinanciar. Dado el desastre gerencial, operativo y financiero de PDVSA, esto es poco o nada.

Renegociación de la deuda, apoyo financiero internacional y apertura del sector petrolero son los temas que debiéramos estar discutiendo, sin los cuales la catástrofe humanitaria no podrá ser resuelta.

Por otra parte, nos debemos preguntar si, a largo plazo, la dolarización es el esquema monetario más adecuado para Venezuela. Eso depende de si los salarios en Venezuela, medidos en dólares, pueden ser relativamente estables a lo largo del tiempo. En un estudio comparativo de unos 50 países publicado en 2006, Roberto Rigobon, Ugo Panizza y yo estudiamos la inestabilidad a largo plazo de una estadística equivalente al salario de equilibrio medido en dólares. Demostramos que esta variable es en promedio 3 veces más volátil en países en desarrollo con respecto a países desarrollados. El más volátil de la muestra fue Nigeria, seguido de Venezuela. Resultados similares los obtuvo mi colega Miguel Ángel Santos en un estudio en que encontró que los salarios y el desempleo en Venezuela son mucho más volátiles que en E.E. U.U. y no están sincronizados con éstos. La implicación es que, si Venezuela se dolariza, va a enfrentar un importante dilema: o los salarios van a ser estables, pero el desempleo va a ser muy inestable o el desempleo va a ser estable, pero los salarios en dólares van a tener que ser muy inestables, con largos periodos de caída de salarios y de deflación, cosa que podría ser muy inconveniente y además inconsistente con la legislación laboral vigente.

Los países petroleros del Golfo Pérsico pueden mantener un tipo de cambio fijo con el dólar porque tienen reservas internacionales muy elevadas que las pueden usar en años de vacas flacas, pero también porque más de la mitad de su fuerza de trabajo es extranjera y cuando cae el precio del petróleo, muchos se van a su casa. Kazajistán, un país que tenía, hasta el colapso reciente de PDVSA, una producción petrolera per cápita similar a la de Venezuela, y unas reservas internacionales per cápita 20 veces superiores a las nuestras, no ha sido capaz de mantener un tipo de cambio estable. Todo esto indica que Venezuela es uno de los países menos indicados para adoptar la dolarización, desde el punto de vista de su viabilidad a largo plazo.

El que proponga la dolarización en Venezuela nos tiene que decir, en detalle, cómo va a hacer para cuadrar las cuentas fiscales, pues la dolarización va a hacer esa tarea más difícil. Nos tiene que decir, en detalle, cómo va a aumentar la capacidad de importación del país, porque la dolarización nos lo hará más difícil. Nos tiene que decir, en detalle, como va a obtener financiamiento externo, si la comunidad internacional se opone, como probablemente lo hará, a apoyar la dolarización. Y nos tiene que decir, en detalle, qué reformas a las actuales leyes laborales y de seguridad social van a proponer para hacer que los salarios y pensiones puedan adecuarse en el tiempo a los vaivenes de una economía tan volátil como la nuestra.

Creo que las respuestas a estas preguntas dejarán en claro que, si dolarizamos y no hacemos las demás cosas que tenemos que restaurar, los derechos económicos y aumentar la disponibilidad de divisas, no saldremos de la catástrofe humanitaria en la que estamos y la dolarización no se sostendrá porque el gobierno no tendrá cómo hacer frente a sus compromisos. Si hacemos las cosas que nos permitan aumentar fuertemente las importaciones, cuadrar las cuentas fiscales sin emisión inorgánica de dinero y recuperar los derechos económicos, el bienestar se recuperará rápidamente. Y si en ese contexto dolarizamos, la recuperación será más lenta y difícil, no más rápida, como se ha dicho. Y ese costo de corto plazo lejos de estar compensado por beneficios posteriores, nos traerá enormes dificultades a largo plazo.

Ricardo Hausmann

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Lester L. López O.

Apreciación de la situación política número 136

La situación de crisis multifactorial que sufre el país parece que no da para más. Por una parte un régimen que su preocupación principal es conservar el poder mediante unas elecciones que ya todos reconocen como fraudulentas pero que además, de concretarse en las condiciones actuales, las ganará el candidato oficialista del hambre y cuya única oferta electoral es seguir rodando por el precipicio de la destrucción de Venezuela, sin fórmula de cambio, y que sea lo que Dios quiera; y por otra parte, una oposición que no se logra encontrar ella misma, está tan dividida que ya hay que hablar de oposiciones: una radicalizada que ya se opta por llamarla la oposición de las otras oposiciones, otra que está tratando de ganarse y lavarse el rostro con buena parte de la sociedad civil opositora y finalmente la que tiene inscrita una candidatura presidencial pero que está consiente que sin el apoyo decidido de los partidos opositores, que tienen la organización electoral para lograr el triunfo el 20M, será derrotada igualmente.

Es difícil entender que estas oposiciones no entiendan cual es el enemigo por vencer y el peligro inminente que significa para nuestro país la continuación de esta tragedia por mucho más tiempo.

Las medidas económicas anunciadas como la implementación del Petro, una moneda virtual sin garantías de ningún tipo desde el punto de vista financiero, y el nuevo cono monetario con tres ceros menos que aún no se sabe con que recursos se va a implementar, solo es presagio de una catástrofe económica en puerta con una posible alteración del orden público, ya precario, que solo se podrá controlar con el poder de las armas en manos del régimen. A partir de allí cualquiera cosa puede pasar y parece que esa es la apuesta tanto del gobierno como de las oposiciones. Triste apuesta, por cierto.

¿Se puede hacer algo para evitarlo? ¿Pueden las oposiciones hacer algo, ya que el gobierno no da señales de poder salir de la crisis económica que ellos mismos han generado? Un hecho cierto es que se necesita dinero, mejor dicho, dólares o euros fresco en suficientes cantidades como para estabilizar la moneda y comenzar a controlar la inflación, importar insumos en cantidades suficientes para reactivar el aparato productivo privado nacional especialmente en medicinas y rubros alimenticios, así como la importación de muchos rubros acabados que se dejaron de producir y un largo etcétera.

Como es sabido, el régimen para lograr este dinero fresco en suficientes cantidades requiere la aprobación de la Asamblea Nacional que ellos se empeñan en desconocer, pero que es el único poder legitimado por la comunidad internacional y por ende de los organismos financieros internacionales multilaterales que son los que pueden aportar esos recursos.

Tanto el gobierno como la oposición saben que la inflación descontrolada puede llevar al caos económico al país antes del 20 de mayo, por lo que es necesario llegar a un acuerdo, que no significa cohabitación, entre ambos, para evitar que se produzca la catástrofe en puerta si no se hace nada, como dice la película: alguien tiene que ceder, para evitar males mayores a la población en general.

Una propuesta es que el régimen suspenda las actuales elecciones y las convoque para la primera quincena de octubre cumpliendo con la ley electoral, posibilite la observación y acompañamiento electoral de la ONU, garantizando mejores condiciones electorales y en contra partida la AN, conjuntamente con el gobierno, y garantes internacionales, elaboren un plan de emergencia financiera internacional que permita superar, en el corto y mediano plazo la catástrofe que se avecina, si quieren llegar a la fecha de las elecciones.

@lesterllopezo 29/03/18

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Recordado y estimado amigo:

He leído la carta abierta que me has dirigido. Procedo a contestarla y a formularte algunos comentarios.
Hay gente que sólo piensa en sus propios beneficios. Hay también quienes procuramos servir a nuestras convicciones, a nuestros principios y al modo como apreciamos el interés nacional. Fundados en reflexiones serias y razones de peso.
Todas las investigaciones de opinión publica en Venezuela ponen de manifiesto que el gobierno está muy mal. La opinión negativa del gobierno se coloca, en todas ellas, por encima del 70%. En esas circunstancias creo que es un error no aprovechar la ruta electoral para salir del gobierno.
Tenemos elecciones presidenciales este año porque las ordena la Constitución. Es por mandato de la Constitución, no por la convocatoria de la írrita Asamblea Nacional Constituyente.
La fecha de las elecciones las conocía el gobierno y las conocía la oposición. Había que prepararse. El gobierno se ha preparado. Decidió presentarse con un candidato, con un programa y con una organización.
La oposición llegó al año electoral sin candidato, sin programa -al menos conocido- y sin organización. Ademas, sin una estrategia definida y consensuada.
Tú piensas que mejor es no votar. Respeto tu opinión, pero no la comparto. Es más, creo que es un error. Un grave error.
Algo hemos hecho mal los venezolanos que tenemos 20 años sin podernos quitar de encima un gobierno tan malo y que tanto daño le ha hecho y le continúa haciendo a Venezuela.
Tienes la amabilidad de recordar, con palabras elogiosas, mi actitud frente a los acontecimientos del 4 de febrero de 1992. En aquella oportunidad me limité a cumplir mi deber. A defender la Constitución y la democracia. También entonces fui muy criticado. Ahora, como entonces, actúo de acuerdo con los dictados de mi conciencia y procurando servir a los más altos intereses nacionales. Allí no estuvieron presentes ni intereses partidistas ni intereses personales. Solamente el interés nacional y mis principios democráticos. Hoy actúo de la misma manera, pensando en el interés de Venezuela y de los venezolanos.
También fui objeto de muchas críticas cuando me opuse a la Asamblea Nacional Constituyente, convocada por Hugo Chávez en 1999. Y cuando me opuse al paro petrolero “indefinido” y cuando me opuse a la tesis de la abstención electoral frente a las elecciones de la Asamblea Nacional en diciembre de 2005. Muchos de los que proponían aquella política hoy reconocen que fue un error, un grave error, cuyas consecuencias todavía estamos pagando.
En noviembre del año pasado, a raíz de las elecciones de gobernadores, escribí un memorándum que hice llegar a personas influyentes de la opinión publica venezolana en el que recordaba que el año 2018 sería año de elecciones y que tenía la impresión de que la dirección política de la oposición no se estaba preparando. Advertí que serían elecciones para Presidente de la República, pero también para diputados a los Concejos Legislativos regionales y para concejales en cada uno de los municipios.
Recomendé vivamente que se hiciera el esfuerzo de llegar al año electoral con un candidato presidencial acordado por todos y rodeado de un gran programa de consenso, con una organización eficiente para enfrentar y derrotar las maniobras y trampas previsibles del gobierno y con una estrategia convenida.
Por cierto, las elecciones de gobernadores no fue que las ganó el gobierno, fue que las perdió la oposición. En diciembre del año 2015 la oposición ganó la Asamblea Nacional de una manera contundente porque hizo bien su trabajo Las de gobernadores y alcaldes se perdieron porque no se hizo bien el trabajo.
El gobierno sacó su misma votación de siempre. Esas elecciones tenía que haberlas ganado la oposición. Tanto las de gobernadores como las de alcaldes.
También las elecciones presidenciales podemos y debemos ganarlas. La abstención no resuelve nada. Se queda Maduro y se queda el gobierno.
A Venezuela le conviene salir de este gobierno lo mas pronto posible y lo menos traumáticamente posible. Al país no le conviene ni una acción de fuerza desde el exterior, ni tampoco una decisión de origen militar. El cambio debe ser con votos, fruto de un esfuerzo de los venezolanos y no con balas. Eso lo dije en la madrugada del 4 de febrero y eso lo repito hoy.
Una oposición que tiene una votación potencial de 70% contra 30% tiene que ganar.
Por supuesto, si esa fuerza está fracturada, sin candidato, ni programa conocido, sin estrategia y sin organización será difícil que logre la victoria.
No olvidemos que durante todo el transcurso del año 2017 voceros muy calificados de la oposición desafiaron al gobierno a que convocara elecciones generales adelantadas, para elegir todo, desde Presidente de la República hasta concejales.
La solidaridad de la comunidad internacional con Venezuela es algo que debemos apreciar, valorar y agradecer. Pero eso no puede hacernos olvidar que, al final, la solución de los problemas venezolanos nos corresponde a nosotros, los venezolanos.
Creo que es una magnífica noticia que se haya constituido ese gran frente de unidad nacional que va mas allá de los partidos políticos. Es indispensable que el liderazgo nacional, no solo el de los partidos, se haga presente en esta hora tan dramática de la vida nacional.
¡Ojalá esa reunión se hubiera celebrado antes y ojalá esa decisión de unir esfuerzos se mantenga hacia el futuro!
Inteligencia y patriotismo es lo que reclama Venezuela en esta hora. Inteligencia para comprender la magnitud de la crisis que atravesamos y patriotismo para poner de lado intereses partidistas y ambiciones o resentimientos personales y hacer prevalecer los altos intereses del país.
Votando podemos cambiar al gobierno. Votando no lo estaremos legitimando.
Tampoco la oposición chilena legitimó a Pinochet cuando asumió la vía electoral.
Tampoco los de Polonia legitimaron al régimen comunista cuando asumieron la vía electoral.
Tampoco la señora Violeta Chamorro y la oposición democrática en Nicaragua legitimaron al régimen sandinista cuando resolvieron concurrir a las urnas electorales.
De lo que se trata es de rescatar a Venezuela.
Prefiero la lucha democrática y electoral en cada estado, en cada municipio, en cada parroquia, en cada barrio y en el corazón y la inteligencia de cada venezolano.
No quiero soluciones que supongan más derramamiento de sangre, ni más violencia. Lo que deseo para Venezuela es muy concreto:
Paz, Justicia, Libertad, democracia y acabar con el hambre y con la desesperanza. ¡Nada más!
De lo que se trata es de lograrlo lo más pronto posible y no derramar más sangre de venezolanos en ese empeño.
De lo que se trata es de hacer valer nuestro derecho a resolver con votos los problemas que pueblos mas atrasados tratan de resolver con la violencia.
Entre votar y no votar, yo prefiero votar.
Entre Maduro y Falcón, yo prefiero a Falcón.

Recibe un cordial saludo de tu amigo,

27 de marzo de 2018

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Gustavo Coronel

These our actors,
As I foretold you, were all spirits and
Are melted into air, into thin air;
And, like the baseless fabric of this vision,
The cloud-capp'd towers, the gorgeous palaces,
The solemn temples, the great globe itself,
Yea, all which it inherit, shall dissolve,
And, like this insubstantial pageant faded,
Leave not a rack behind. We are such stuff
As dreams are made on…..

Prospero, THE TEMPEST, Act 4, Scene I, William Shakespeare

Mi traducción:

Estos actores nuestros, te lo dije, eran todos espíritus convertidos en aire,

Solo en aire sutil

Y, como la materia sin sustento de esta visión, las torres en las nubes, los Hermosos palacios, Los solemnes templos y el mismo globo,

Todo lo que heredamos se evaporará

Sin dejar el más pequeño rastro.

Somos apenas el material del cual se hacen los sueños….

Próspero, Acto IV, Escena I. LA TEMPESTAD, William Shakespeare

Para concebir la nacionalización de la industria petrolera se arroparon con la bandera nacional. Fue un acto de machismo. Se preguntaban: ¿Si otros países tienen una empresa petrolera nacional, por qué nosotros no? Podrían haber estado hablando de una línea aérea bandera (VIASA), de una flota de barcos (CVN), ambas creadas por la misma razón patriota o patriotera, ambas fallecidas hace tiempo. El mundo político dijo: Un país petrolero debe tener una empresa petrolera y ella debe ser la única que maneje el tesoro. El petróleo es nuestro, era el grito unánime. De nada valió que algunos dijéramos, en su momento, que para ejercer efectivo control no era necesario tener empresa propia o el monopolio de la actividad. Lo más que se logró fue un artículo, el vituperado Artículo Quinto, que abría una pequeña puerta de asociación con empresas extranjeras, el cual fue definido como traición a la patria por mucho del mundo político. Por haberse incluido este artículo la “nacionalización” fue definida como chucuta. El tiempo se encargó de poner las cosas en su sitio y mostró que estas asociaciones eran el pan nuestro de cada día en una actividad internacional. Hasta los más rábidos ultra patriotas las han utilizado, aunque el chavismo las ha tenido solo para tratar de sacarles dinero a los Rusos y a los Chinos, sin que conduzcan a un desarrollo petrolero real.

De nada valió que en el momento en el cual se tomó la decisión ya el estado capturaba un 85% de los ingresos, sin que él tuviese que invertir en el negocio, por lo cual lo que se terminó “nacionalizando” fue el riesgo.

Ello le fue advertido a quienes tomaron la decisión, pero la nacionalización petrolera no fue una decisión basada en cálculos económicos sino políticos. Fue un asunto de soberanía, entendida como “lo mío lo manejo yo y nadie más que yo”.

Y así fue. Durante unos 5 a 6 años se dio el milagro de que el mundo político dejase a Petróleos de Venezuela hacer su trabajo sin interferencias. Fue un milagro hecho posible por el inmenso prestigio de Rafael Alfonzo Ravard, unos de los escasos mandarines que ha tenido nuestra función pública. Su presencia en PDVSA creó, por cierto número de años, el dique que contenía las apetencias del sector político sobre la industria que generaba dinero, es decir, poder. En la década de 1980 se comenzaron a ver las fisuras, se terminó la luna de miel entre PDVSA y el país político. El éxito de la empresa pareció indicarles a los miembros del mundo político que eso de producir y vender petróleo no era asunto tan complicado. Hubo quienes dijeron que “el petróleo se vendía solo”. A medida que le empezaron a perder el temor reverencial al General Alfonzo Ravard y a los tecnócratas los políticos más osados comenzaron a criticar a PDVSA: “Esos gerentes ganan mucho dinero”, decían algunos copeyanos. “Toman champaña a bordo de sus aviones”, decían algunos adecos. “Los gerentes petroleros son apátridas”, acusaban los ñángaras. Comenzó una actividad de penetración política en PDVSA que culminó, durante la presidencia de Luis Herrera Campins, con la confiscación del Fondo de Inversión que PDVSA requería para sus inversiones de capital y mantenimiento. La politización de PDVSA fue un proceso insidioso, persistente, sin vuelta atrás. El sueño de los gerentes y técnicos petroleros de lograr que la administración pública venezolana se contagiara con los buenos hábitos de PDVSA se revirtió y PDVSA se fue contagiando con los malos hábitos de la administración Pública. No era lógico esperar que el pez chico se comiera al pez grande. A pesar de la importancia de PDVSA para la economía del país, PDVSA era una empresa de un relativamente bajo número de empleados, mientras que la Administración pública era un gigante desordenado que engullía todo lo que encontraba a su paso.

Una temprana muestra de lo absurdo de tener una empresa petrolera estatal de naturaleza global se refería a los salarios. Mientras los gerentes de PDVSA ganaban $2500 o $3000 al mes, sus contrapartes de Shell o Exxon ganaban $15-20000 al mes, más bonos y participaciones accionarias. Sin embargo, estos gerentes de PDVSA eran criticados por gente tan influyente como Gonzalo Barrios por ganar “obscenas” cantidades, mientras sus contrapartes en el Ministerio apenas ganaban unos $600 al mes. En este drama nadie realmente tenía la culpa pero nadie era justamente tratado. “¿Cómo podía un gerente petrolero ganar más que un ministro?, se preguntaban los políticos. El desequilibrio era un producto del absurdo de tener una empresa del Estado compitiendo en la arena internacional pero sujeta a los reglamentos de una mediocre y politizada administración pública.

Cuando Hugo Chávez llegó a la presidencia ya PDVSA mostraba claras señales de deterioro. Tenía más empleados de los necesarios, sus directivas eran seleccionadas con criterios predominantemente políticos. Aunque la meritocracia no había fallecido del todo, ya los niveles altos de la gerencia eran ocupados preferentemente por los gerentes simpatizantes del partido de turno. El presidente de PDVSA se perfilaba como candidato a la presidencia del país, lo cual era clara señal de que algo no andaba bien.

Sin embargo, nadie imaginaba lo que se le vendría encima a PDVSA. Chávez necesitaba el dinero petrolero para “hacer” su revolución, no para desarrollar al país. Dijo: “Primero atiendo lo político, después lo económico”. Para ello requería del control sobre PDVSA y ni Giusti ni Mandini se lo iban a permitir. Por ello montó allí a un bate quebrado llamado Ciavaldini. Lo remplazó al poco tiempo por un militar, Lameda, quien resultó ser institucionalista, no un títere de Chávez. Y por ello fue despedido. Entonces llegó la debacle con Gastón Parra, un profesor marxista quien nunca había visto un taladro, excepto en fotos. La reacción de los gerentes petroleros no se hizo esperar. Su protesta se convirtió en un masivo movimiento cívico que obligó a Chávez a pedir la represión a sus jefes militares, quienes rehusaron y lo sacaron del poder. Un general, hoy embajador en Portugal, le pidió la renuncia, “la cual aceptó”. Después de su retorno, apuntalado por el general Baduel, regresó decidido a vengarse de los tecnócratas petroleros y a saquear a PDVSA. El y su mensajero, Maduro, nombraron la macabra línea de presidentes que la destruiría: Ali Rodríguez Araque, Rafael Ramírez, Eulogio del Pino, Nelson Martínez, Manuel Quevedo, gente deshonesta e incompetente.

Ellos, sobre todo los tres primeros, promovieron una corrupción nunca vista en Venezuela. Desviaron los ingresos de PDVSA hacia fondos paralelos sin transparencia, importaron comida podrida a groseros sobreprecios, alquilaron gabarras inservibles para ganar obscenas comisiones, contrataron con familiares y amigos, convirtieron a PDVSA en una empresa lavadora de dinero, permitieron que los sectores militares se apoderaran – a través de sus empresas fantasmas - de una buena parte del mundo de las contrataciones petroleras a fin de repartirse a PDVSA entre el chavismo y la Fuerza Armada. Hicieron de PDVSA un refugio de reposeros y enchufados que ha llegado a tener cinco veces más empleados de los que necesita, dedicaron la empresa a criar cerdos, a sembrar sorgo, a hacer casas mal hechas, a vender pollos, todo lo cual la desnaturalizó como empresa petrolera.

El resultado no se hizo esperar. Especialmente desde 2007 en adelante la empresa se vino abajo, aún en momentos en los cuales el barril de petróleo había llegado a altísimos niveles. Nada era suficiente para la codicia de la obtusa nómina gerencial petrolera y los sátrapas en el poder político. Destruyeron la empresa, la quebraron financieramente llevando su deuda a unos $80.000 millones, la llevaron a producir la mitad de lo que producía al llegar Chávez al poder, arruinaron sus refinerías, ordenaron barcos que nunca llegaron a navegar, permitieron miles de derrames petroleros en toda la geografía venezolana, se aliaron con empresas de medio pelo para “desarrollar” la Faja del Orinoco, barrieron el piso con el nombre de la empresa en el mundo petrolero y la hicieron sinónimo de mediocridad y carencia de honorabilidad en sus negocios.

Así como prostituyeron el nombre de Bolívar apropiándoselo para su “revolución” y destruyeron al Bolívar, la moneda, así corrompieron de tal manera el nombre de PDVSA que ese nombre rueda hoy por los pantanos más pestilentes del mundo financiero y petrolero.

Petróleos de Venezuela no es recuperable. Es un nombre destruido, sin “good will” en el mundo petrolero. Una nueva Venezuela debe implantar un nuevo modelo de gestión petrolera, después de haber aprendido amargas lecciones. Una, que el patrioterismo lleva al desastre. Dos, que el Estado casi nunca es apto para la actividad económica. Que los venezolanos que clamaban con estridencia por la “nacionalización” petrolera fueron de los primeros en saquearla, en ver su tragedia con indiferencia y en guardar silencio cómplice ante el desastre. Tres, que Venezuela requiere un estado pequeño, eficiente en su supervisión de actividad privada pero no empresario.

PDVSA debe ser enterrada junto con los mitos del estatismo, de la soberanía mal entendida, del patrioterismo, del orgullo desbocado, de la arrogancia de los líderes mediocres, del culto a la personalidad, del caudillismo incompetente y bocón.

Y, para la PDVSA que se creó con loables propósitos y que luego fue martirizada y asesinada por una horda salvaje, le pedimos al piadoso señor:

Pie Iesu Domine, dona eis requiem

Dona eis requiem sempiternam

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Luis Manuel Aguana

Es natural el escepticismo de la gente ante una nueva Consulta Popular. Y no es para menos. Después de la estafa a la voluntad popular perpetrada por la Asamblea Nacional expresada el 16J, aplica el viejo dicho que el pueblo asume: el picado de culebra le tiene miedo al bejuco.

Sin embargo, el hecho que los factores políticos de la Asamblea Nacional no hayan obedecido el mandato del pueblo el 16J, no invalidó la consulta como la herramienta política, al punto que esta sentó definitivamente a Venezuela y el mundo lo que el pueblo venezolano desea.

La consulta del 16J tuvo resultados políticos tangibles en todo el mundo, tanto que el respaldo dado a la oposición venezolana fue de tal magnitud que era posible ejecutar el mandato sin ningún obstáculo en el país. Un gobierno surgido desde la Asamblea Nacional el 17J hubiera tenido una legitimidad incuestionable ante el mundo, y a las Fuerzas Armadas se les hubiera puesto muy cuesta arriba no obedecer ese mandato.

Y aun cuando los partidos se hayan escondido detrás de un supuesto “no vinculante” legal muy discutible para no hacerle caso a lo que el pueblo grito y demostró con sangre en las calles antes de la misma consulta, el pueblo se expresó claramente en relación a lo que deseaba: un rechazo a la Constituyente del régimen y un cambio inmediato de gobierno. Eso todavía gravita sobre las cabezas de quienes son todavía los principales responsables de los partidos de la Asamblea Nacional.

Cualquier consulta que se le haga al pueblo de Venezuela es políticamente vinculante. Aquí no hablo de lo legal, hablo de lo político. Esto es, de obligatorio cumplimiento por los factores políticos convocantes. Es la voluntad popular de la mayoría expresada abiertamente, en temas de trascendencia nacional, a través del voto en una consulta. ¿Quiénes son los partidos, que son precisamente los mandatarios de esa voluntad, para ignorar un mandato expreso de esa naturaleza?

Entonces el mecanismo de la Consulta Popular no es el problema. El problema surge cuando una vez expresado el mandato, se garantice su cumplimiento por aquellos que deben ejecutarlo. Y para todo el mundo no existe ninguna duda que el 16J la Asamblea Nacional era el mandatario e ignoró la voluntad del pueblo.

¿Qué debemos hacer entonces? Debemos volver a crear el escenario político de la fuerza popular expresada en las urnas, con un árbitro transparente tal y como ocurrió el 16 de julio de 2017, pero con un enfoque completamente diferente. En ese día se creó ese escenario, y la fuerza popular se hizo presente pero nadie la canalizó hacia el objetivo planteado, que no era otro que el rechazo a las acciones del régimen y su sustitución. Debemos canalizar ahora esa fuerza popular.

Lo que paso el 16J-2017 se asemejo en mucho a lo que sucedió el 11A-2002 aunque los resultados no fueron similares: El pueblo se expreso de una manera objetiva y contundente a los ojos de todo el mundo. El 11A-2002 las calles de Caracas se llenaron de gente exigiendo la salida de Hugo Chávez y este respondió con una masacre en la Av. Baralt. Ante ese hecho, las Fuerzas Armadas como un todo se pronunciaron. Y no estamos hablando de un batallón que se alzó o que algunos Generales o Comandantes decidieron que Chávez debía salir, sino el consenso general de todas las Fuerzas cuyos principales actores gritaban días antes “Patria, Socialismo o Muerte” en el desfile de Los Próceres. Es esa fuerza la que debemos expresar de nuevo en las urnas pero en esta ocasión con un dispositivo para canalizarla.

Si el 16J los diputados de la Asamblea Nacional se escondieron detrás de eufemismos legales para ignorar lo que el pueblo les ordeno, esta vez el pueblo debe señalar expresamente el cómo y con quien se debe hacer efectivo ese mandato, dejando muy clara la ruta de actuación con preguntas precisas al pueblo venezolano.

¿Cómo debe activarse de nuevo esa Consulta? La ANCO ya hizo el 6 de Noviembre de 2017 -como para que no queden dudas- la solicitud a la Asamblea Nacional para activar el Articulo 71 de la Constitución. Esta comunicación es protocolar porque es la Asamblea Nacional la vía expedita y de primera instancia para activar inmediatamente por mayoría simple ese mecanismo, tal y como lo hizo el 5 de julio de 2017. En noviembre pasado proponíamos cuatro preguntas. En este momento la situación y las preguntas han cambiado, así como el país, pero no la esencia y la necesidad de que se exprese la voluntad popular.

Aunque tenemos razones para pensar que la Asamblea Nacional engavete esta solicitud, como ya lo ha demostrado hasta ahora, no se puede desestimar un cambio en la actitud política de los partidos que produjeron el 16J, aunque por sus actuaciones esto sea lamentablemente muy improbable. No hay que olvidar lo inestable de la situación política venezolana.

Si la Asamblea Nacional no activa de nuevo el mecanismo plebiscitario, entonces quienes deberemos activar ese mecanismo somos los ciudadanos, siendo convocado este nuevo plebiscito bajo las condiciones que la ciudadanía establezca. Esto no es otra cosa que la prerrogativa de participación ciudadana que nos da la Constitución de 1999 en su Artículo 70, y que fue refrendada por la decisión del Tribunal Supremo de Justicia Legítimo con sede en Washington DC, del 30 de noviembre de 2017: “…por lo tanto, cualquier salida de la crisis que se pretenda en el escenario político, debe hacerse dentro de los mecanismos de participación popular que consagra el artículo 70 de la Constitución, y nunca a espaldas del pueblo, con el fin primordial de provocar la salida inmediata de todo aquello que ha generado la crisis por la que atraviesa el país…”.

Si la ciudadanía decide abordar la crisis del país a través de una Consulta Popular que establezca dentro de ella la ruta a través de la cual se hará efectivo el resultado de esa consulta, entonces los ciudadanos estaremos haciendo uso de los mecanismos constitucionales establecidos, y dando una respuesta a la frustración del 16J. En la consulta está la respuesta. Y de eso se trata precisamente la Agenda Alternativa para Venezuela…

Blog: http://ticsddhh.blogspot.com/
Email: luismanuel.aguana@gmail.com
Twitter:@laguana

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