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Opinión

Américo Martín

A propósito del arte de la negociación, cuando las partes se guardan una hostilidad extrema pueden esperarse desenlaces graves en medio de la pólvora guerrera; como también inusitados acuerdos de paz, capaces de abrir cauces de agua cristalina que calmen los temperamentos más capciosos y violentos.

Desgraciadamente, la historia puede traducirse en una consolidación constructiva de la detente belicosa, como también de la quiebra de la paz para que asome de nuevo el peor de los demonios del averno.

No me estoy perdiendo en hipótesis sobre confrontaciones acicateadas por el odio y la violencia sino en las guerras verdaderas, activas, que han brotado una vez más en Afganistán, con signos claros de que la respuesta de aquel martirizado pueblo frenará la brutal ofensiva del talibán, en una lucha que sacudirá y podría expandirse por Europa y buena parte de Indochina.

Me refiero igualmente a Colombia, en trance de presenciar la quiebra de los acuerdos de paz entre el gobierno de Santos y las FARC, que provocaron la división de la que fuera la principal organización guerrillera de Colombia. A esa escisión siguió otra, y probablemente otras, al punto de extenderse de nuevo el clamor por volver a una paz sin duda fructífera, dado que incluyó el lomito de la negociación, la desmovilización y desarme, sin los cuales sería imposible garantizar nada, como en efecto está ocurriendo. Pero la flexibilidad negocial históricamente probada del liderazgo colombiano da para no descartar el éxito de la causa de la paz y la reconciliación en la república hermana.

Una de las primeras manifestaciones de esa mezcla de habilidad y audacia, para terminar resolviendo los problemas más complejos por vías pacíficas, es la referida al Movimiento 19 de abril (M-19) que, de ser una guerrilla diseñada para imaginar actos irregulares de gran impacto publicitario, pasó a ser un partido político reconocido, que contribuyó con eficacia a la elaboración de la nueva Constitución del país hermano.

En su momento, se enfrentó a la Anapo, plataforma del anciano exdictador Gustavo Rojas Pinilla, cuya popularidad no era escasa, y obtuvo una importante representación parlamentaria que encabezó su hija María Eugenia Rojas, con éxito singular. Esa forma de tolerancia facilitó el restablecimiento democrático en aquel meritorio país.

En mi libro La violencia en Colombia, comparo los estilos de negociación de Colombia y Venezuela. La superioridad colombiana obedece a los muchos años de acciones encarnizadas desde el asesinato de Gaitán, en 1948, hasta los acuerdos determinados por la certera Operación Jaque, decidida por el presidente Uribe, que causó bajas notables y destrozos en la infraestructura organizada por el legendario Marulanda, muerto, el cual fue sucedido por Alfonso Cano, quien ordenó el viraje que condujo a la paz negociada.

A diferencia con los mandatarios venezolanos, que trazaron la rígida línea de no negociar con disidentes armados, los presidentes colombianos Belisario Betancur, Virgilio Barco, Cesar Gaviria y Andrés Pastrana así lo hicieron. Pastrana fue quien llegó más lejos, antes que la Operación Jaque cambiara el perfil de la lucha.

La renuencia de Marulanda a responder a las amplias concesiones del presidente Pastrana, incluso a la enorme zona de despeje del Caguán, se debió a que esperaba llegar militarmente al poder como Fidel en Cuba y el sandinismo en Nicaragua. Contaba con 20 mil hombres perfectamente entrenados y experimentados.

¿Para qué negociar un pedazo de la torta –pensaría– si puedo tenerla entera? Ese sueño se desvaneció después de la decisiva Operación Jaque y la cadena de certeros ataques que liquidaron la poderosa infraestructura de las FARC.

Cuando se reanudó la guerra, los paramilitares, inicialmente organizados por los Castaño, quienes acompañaron a Pablo Escobar en el cartel de Medellín, se denominaron AUC e hicieron afluir raudales de droga a la lucha.

Muy justificadamente comenzó a hablarse de «narcoguerrilla», pero estoy convencido de que un país que ha sufrido, como el que más, por largas y ruinosas guerras y ,en cambio, ha obtenido logros casi milagrosos por su excelente manejo del arma de la paz, se inclinaría por negociar con quien sea, resaltándose así su luminoso modelo institucional y por su sólido apego a las elecciones, a las que han convertido en su indisputado emblema universal.

En varias naciones de la América hispana torpes intentonas de imponer desasidos de la democracia parecen impulsar regímenes autocráticos o proyectados en semejante dirección. No puede asegurarse, por ejemplo, que el presidente electo de Perú, ante la evidencia de lo que está ocurriendo en Venezuela, Cuba y Nicaragua, guarde el deseo de repetir experiencias en trance de ser colocadas frente a la realidad de los notables virajes democráticos que vienen asomando un limpio rostro libertario.

El arrebato represivo de Ortega de acabar con las elecciones, metiendo en chirona a todos los candidatos adversarios, sería risible si no se tratara de un despreciable zarpazo de oso herido y muerto de miedo por lo que pudiera ocurrirle si pierde el poder. A un personaje de esa índole habría que recordarle que, respetando la institucionalidad democrática y la dignidad de los valientes que se atreven a competir en condiciones tan miserables, siempre será la mejor decisión y, sin duda, la peor es despreciar a sus maltratados compatriotas, especialmente si piensan con cabeza propia. Desde una jaula de perros con hidrofobia no se puede gobernar un país.

Twitter: @AmericoMartin

 4 min


Carlos Raúl Hernández

En la ciencia ficción de Marx, las revoluciones corresponden a la “ley histórica”, estadio final de las naciones avanzadas antes del comunismo y la felicidad. La historia humana según él, es una secuencia en orden, comunidad primitiva, esclavismo, feudalismo, capitalismo, comunismo. El detalle es que África, Asia, ni América vivieron esas etapas, y ni siquiera toda Europa. “La rueda de la historia” la mueven fuerzas motrices desatadas, incontrolables, que hacen de los hombres briznas de paja en el huracán. La revolución sería un resultado inevitable de condiciones materiales objetivas (la industrialización convierte al proletariado y sus familias en mayoría social, la “depauperación absoluta y relativa”, pobreza, explotación, tiranía, injusticia, desencadenan la lucha de clases, indetenible según su ciencia de la historia.
Durante los 35 años que vivió en Londres, mantenido por Engels, descubrió con amargura una clase obrera con alto standard de vida, la “aristocracia obrera” que no era revolucionaria. Los crímenes de la Comuna de París de 1870 que tanto lo entusiasmaron, tenía menos que ver con obreros que con manadas de terroristas y lumpen que trataron incendiar el Louvre y la Notre Dame (la habían embadurnado de petróleo para darle candela a ese “símbolo de la opresión”) y se salvó porque los ciudadanos de París protagonizaron batallas en defensa de ambos. Al final no hubo revolución comunista en Europa sino en países que carecían de las condiciones supuestas por Marx, ni proletariado mayoritario, ni gran industria. Las revoluciones venían a castigar la crueldad del “capitalismo, pero la “etapa superior de la historia” fue una pesadilla desde 1793, hasta el socialismo XXI.
Pone el asunto en orden analítico la estasiología que estudia los partidos políticos y su relación con revueltas, jackeries, turbas, golpes de Estado, guerras civiles. Diferencia enfáticamente los desórdenes de las revoluciones propiamente dichas, que quebrantan la propiedad, la familia, las relaciones de poder y el derecho a la vida, con el fin de crear la nueva sociedad. Esta perspectiva permite varias conclusiones. Por ejemplo, que la relación de las revoluciones con la pobreza se limita a dos aspectos: la demagogia de los pretendientes a dictadores y el futuro que espera a los países que sucumben. No estallan en la miseria, sino por el contrario, en sociedades de riqueza creciente, pues seres postrados de hambre se concentran en buscar proteínas para sus hijos. Es por eso que asedios económicos no promueven cambios sino los dificultan.
Los gobiernos cercados actúan con síndrome de Stalingrado, la desesperación del cul de sac, lo que analizan autores paradigmáticos del tema, Crane Brinton, Gordon Tullock, Samuel Huntington, Chalmers Johnson. Ellos desmontan los mitos de la pobretología política, el “mientras peor mejor” de Marx. Por ejemplo, Rusia pre revolucionaria vivía una incipiente modernización y rápido proceso industrial por impacto de la producción petrolera de Bakú. El comité central de los bolcheviques no tenía que ver con proletarios reales y era de caballeros ideólogos, que vivían de remesas de sus familias, amigos (a Lenin lo mantuvo 30 años su mamá) y tenían simbólicamente un solo obrero, Tomsky. Esos fueron los jefes de la pequeña minoría que asaltó el poder, dirigidos por Trotsky (quien si trabajaba y era rico) sin un tiro ante adversarios inútiles.
Francia en 1789 era próspera por años de crecimiento, pero tuvo el invierno más rudo del siglo, perdió el trigo, y el gobierno ese año padecía un alto déficit fiscal por haber financiado la independencia norteamericana. El régimen cae en 1793 por las torpezas de los defensores conjugada con el talento político de los revolucionarios. Perdura la mentira de la “miseria” del pueblo francés a través de la imagen romántica y falsa de Jean Valjean de Víctor Hugo, preso y perseguido toda su vida por “por robar un pan”. Cuba en 1958 era un edén turístico y de negocios con altos niveles de vida, pero los ideólogos impusieron el ícono lastimero del “guajirito”, mientras los negros, y todo el mundo, ascendían meteóricamente con el boom de música afrocubana y la industria turística. Es común que se confundan acciones de calle impulsadas por activistas, con “el pueblo”.
Según Tullock en la modernización surgen resentimientos por lo que llama “privación relativa”, gaps de ingresos entre sectores medios. Profesionales de punta y empresarios ganan más que otros menos calificados, y líderes e intelectuales convencen a parte sustancial de las élites y clases medias de que la situación es desastrosa, para resquebrajar así el bloque de poder que mantiene el orden. Ocurrió en Venezuela cuando la democracia corregía sus errores en un período de renacimiento, con descentralización, reforma municipal, reforma del Estado, desempleo mínimo y crecimiento económico más alto del mundo, 10%, igual que China. Lo que si parece una ley histórica es la memez de quienes impulsaron sanciones económicas contra Venezuela para producir un levantamiento popular y un golpe de Estado. Pagaron los pobres y las clases medias.
@CarlosRaulHer

 3 min


Fernando Mires

1. La retirada de los EE. UU. de Afganistán puede ser comparada con la retirada de Vietnam.

Falso. En ningún caso. El objetivo de la presencia de los EE. UU. en Vietnam fue impedir la penetración imperial de la URSS, potencia que apoyaba militarmente a Vietnam en el Sudeste Asiático. Si Vietnam era reducido a dominio soviético, sucedería lo mismo con Laos y Camboya.

Pero cuando Kissinger descubrió que la China de Mao estaba tan interesada como los EE. UU. en impedir la hegemonía de la URSS en la región, cedió inteligentemente la hegemonía militar a China. El gobierno chino arreglaría el problema en pocos meses. Desde esa perspectiva la URSS no estaba en condiciones de enfrentar a una alianza China- EE. UU. Fue así que debió despedirse de sus pretensiones en el sudeste y en el sur de Asia.

Visto así, la retirada de los norteamericanos de Vietnam no fue una derrota norteamericana frente al Vietkong, sino una derrota soviética frente a China. La historia ha terminado por dar la razón a Kissinger. El sudeste asiático – partiendo por Vietnam - está hoy poblado por pujantes economías capitalistas que mantienen excelentes relaciones comerciales con China y los EE UU.

2. EE. UU. invadió a Afganistán para crear una democracia

Falso. EE UU invadió Afganistán después del 11-09-2011 cuando advirtió que desde ese país se había formado un frente terrorista islámico en el marco de una guerra declarada a Occidente, con vinculaciones en casi todos los países del Medio Oriente. Con la ocupación de Afganistán se trataba además de cortar los nexos que unían a Arabia Saudita, Al Quaida y los talibanes. Ese objetivo fue cumplido

Hoy, el peligro de la expansión terrorista ha sido reducido, gracias sobre todo a la diplomacia e influencia de Arabia Saudita, cuya confesión mayoritaria es la suníe, al igual que en Afganistán (80%).

Arabia Saudita y gran parte de los Emiratos mantienen excelentes relaciones con el Talibán y con los EE UU. A la vez son los principales enemigos de Irán en la región. Lo más probable es que Arabia Saudita tomará a El Talibán bajo su “protección”.

3. Al retirar sus tropas de Afganistán los EE. UU. han abandonado a la región islámica a su suerte.

Falso. Para los EE. UU. el principal problema ahora es detener la expansión iraní en la región. En ese objetivo coincide plenamente con Israel. Por eso EE. UU. apoya al ejército saudíe en contra del ejército chiíe (pro-Irán) en Yemen. La razón de la oposición de EE. UU. a Irán es simple: Irán ha restablecido su unidad con Siria y es apoyado por Rusia y China. Arabia Saudita, por su parte, ha establecido relaciones diplomáticas con Israel. Puede ser que ya en el plano de ese reconocimiento mutuo, estuviera estipulado el retiro de las tropas norteamericanas de Afganistán. Hay indicios.

Hay en consecuencias dos frentes político-militares: uno hegemonizado por Irán, otro por Arabia Saudita. EE. UU. e Israel toman partido a favor del último. Si atendemos a esas razones, hablar de una derrota de EE. UU. frente a El Talibán es, definitivamente, una ridiculez.

4. La retirada de las tropas estadounidenses muestran las diferencias entre Trump y Biden con respecto al tema de Afganistán

Falso. Evidentemente, no. La retirada de las tropas de Afganistán es en los EE UU asunto de Estado y no de gobierno ni mucho menos de partidos. Independientemente a estilos personales, hay en ese punto una continuidad entre Trump y Biden, así como antes la hubo entre Bush y Obama.

5. Al abandonar Afganistán los EE. UU. han entregado las mujeres afganas a la represión patriarcal.

Falso. Los EE. UU. no controlaban la totalidad de Afganistán sino solo las principales ciudades y algunas áreas militarmente estratégicas. Las relaciones socioculturales de la nación no fueron alteradas en lo más mínimo. Por lo demás, la liberación femenina nunca va a ser alcanzada por medio de invasiones territoriales. Es un tema de profundas raíces culturales y religiosas.

La liberación de la mujer de sus patriarcas musulmanes deberá ser obra de ellas mismas, no de soldados asalariados.

A la cultura patriarcal islámica pertenecen hombres y mujeres. No podemos olvidar que la caída del Shah de Irán (1979) y la implantación de los ayatolahs en el poder fue consecuencia de una revolución tradicionalista y religiosa cuya vanguardia estuvo formada por aguerridas mujeres musulmanas, todas embutidas en sus respectivos burkas. Ese fue un triunfo de la tradición en contra de la modernidad, de la religión en contra de la razón, del pasado en contra del presente.

Corolario: nunca hay que dejar en manos de los medios periodísticos – por muy importantes que sean – la interpretación de la historia. Mucho menos la de la política.

21 de agosto 2021

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2021/08/fernando-mires-cinco-grandes-me...

 3 min


Ismael Pérez Vigil

Resulta inevitable referirse al proceso de negociación iniciado la semana pasada en México, entre el régimen venezolano y la oposición democrática. Como quiera que, del proceso como tal, es muy poco lo que podemos decir, me voy a referir, básicamente, a algunas de las reacciones que ha levantado esa reunión.

Todos los que estamos de acuerdo con la negociación ya lo hemos venido expresando por diversas vías: redes sociales, artículos de opinión, entrevistas en los pocos programas de radio o televisión a los que aún tenemos acceso. Algunos alaban sin miramientos, otros apoyan remolonamente, después de hacer algunas críticas; entre los “apoyos críticos”, aparte de algunos escépticos y desengañados por experiencias anteriores, hay críticas −muy duras algunas− que provienen de los que seguramente no se sienten representados por el sector opositor que negocia o porque en lo personal piensan que ellos merecían estar incluidos en el equipo negociador, aunque fuera como asesores. Yo me incluyo en el grupo de los que dejamos “colar” alguna crítica, por ese complejo intelectual de que siempre hay que criticar algo −con la “cortesía” y educación apropiada− pero, paso rápidamente y sin ambages a incluirme entre los que apoyamos sin mayores reservas la negociación y los negociadores.

Como quiera que son muchos los que apoyan y es imposible leerlos, resumirlos o nombrarlos a todos −con el peligro de dejar alguien afuera− prefiero no nombrar a ninguno, con dos notables excepciones a las que me referiré más adelante, y pasar de una vez a comentar algunos aspectos, no todos, de las críticas negativas. Pero debo decir, para sorpresa de muchos, que han sido más las voces a favor que las voces contrarias. Las críticas negativas son menos que las positivas, solo que, como es usual, son amplificadas por el régimen y mucho más ruidosas. A estas me referiré.

Disculpen la frase o lugar común, pero no se había “secado la tinta” del documento en el que pusieron sus firmas delegados y testigos y ya las redes sociales se desangraban en insultos, criticas e improperios acerca del contenido del documento firmado, los delegados, el país escogido y demás aspectos de lo poco que aún se conoce de la negociación.

Las críticas más furibundas de este sector provienen de algunos grupos, denominados −y autodenominados− radicales y de los que podríamos llamar sus mentores o asesores, de muy diversa procedencia y ubicación. Son muy activos en redes sociales y muchos en el exterior; algunos son “opinadores” individuales, de los tuiteros del “jajaja…” el insulto y la descalificación fácil, de los que se las ingenian para cometer varios errores ortográficos en tan solo 240 caracteres, a los que usualmente se limita su argumentación y pensamiento.

Hay que decir que las criticas provienen de grupúsculos, de escasa influencia en la población, pero muy influidos por ella y sobre todo por eso que se llama “opinión pública” y las encuestas. Dispersos organizativamente, pero unidos en torno a la idea de solo aceptar una salida del régimen aplicando una “fuerza”, que no terminan de definir y que por supuesto están en contra de la “traidora negociación en México” −como algunos la denominan− pues solo aceptan negociar con el régimen, para acordar su salida y rechazan por supuesto la participación electoral.

Los que se oponen a la negociación −cualquier negociación, valga decir− se oponen sobre todo a los términos concretos de la actual, especialmente al Memorándum de Entendimiento, que es el único hecho objetivo al que pueden echar mano. Vamos a examinar algunos de esos argumentos, algunas de las críticas −no todas− que se han formulado.

Reconocimiento del régimen.

Alguien puede explicar cómo se negocia con alguien a quien no se “reconoce”; ¿Se puede negociar con un gobierno usurpador, de facto, tirano, dictatorial sin reconocerlo? ¿Se puede negociar con un delincuente que tiene secuestrada tu propiedad o un familiar sin “reconocerlo” ?; más aún, ¿quién ha dicho que reconocer significa aceptar o estar de acuerdo?

Para complementar este punto sobre el “reconocimiento” voy a hacer la excepción, que mencioné más arriba, de citar dos artículos de notable interés, que resumen mejor el tema que cualquier cosa que yo pueda añadir. El Dr. Ramon Duque Corredor, bien conocido por todos, ha escrito varias cosas, pero especialmente hay un artículo que ha “corrido” profusamente por las redes, de largo título, que recomiendo leer: “No existe ningún reconocimiento a Maduro en el Memorando de Entendimiento suscrito en México el 13 de agosto de 2021”, publicado en La Patilla el 18 de agosto de 2021. (https://bit.ly/3mjmxJT, los que estén en Venezuela seguramente necesitaran un VPN para leerlo)

Pero la frase de oro, la que mejor define esta situación, de manera contundente, es: ““No negociamos con quién queremos sino con quienes tienen poder de ejecutar decisiones que nos afectan…”; es decir, no se trata del simplismo de “negociar con quien toma el teléfono en Miraflores”, como algunos tratan de desacreditar la negociación, se trata de hacerlo, con quien tiene la fuerza y ejerce el poder de facto y de afectar nuestras vidas. La frase, de oro, la tomo de un extraordinario escrito –“Como funciona la mediación” − de la Dra. Nelly Cuenca, cuyo escrito se ha difundido también por las redes, que no lo he podido encontrar publicado, pero que invito a todos a que lo busquen. Remata la Dra. Cuenca, de manera magistral: “Resulta obvio que Nicolás Maduro, que no lo buscamos para padrino de nuestros hijos y, más allá de si es legítimo para los chavistas o ilegítimo para la oposición, lo cierto es que tiene poder de decisión en la fuerza armada, tsj, ministerio público, contraloría, recursos públicos, etc.” Creo que no hay que argumentar más en torno a este tema del “reconocimiento”, que algunos han pretendido esgrimir como crítica para deslegitimar la negociación.

La fuerza del régimen

La última semana de mayo de este año, en un video que recorrió profusamente las redes, el presidente del régimen puso sus condiciones para sentarse a negociar en México; entre otras, estaban estas tres fundamentales: 1) El levantamiento inmediato de todas las sanciones y medidas coercitivas, unilaterales, contra Venezuela; 2) El reconocimiento pleno de la Asamblea Nacional legitima y de los poderes establecidos; y 3) La devolución de las cuentas bancarias a las instituciones y de los activos a PDVSA, el BCV y otras. Nada de eso ha ocurrido y sin embargo sus representantes están sentados en la denostada y denigrada por algunos, mesa de negociación. Y además aceptaron varias condiciones, muy importantes, de la oposición, a las que me referiré más adelante.

En un artículo de hace dos semanas (https://bit.ly/3jBbLM4) insistí en el tema de la fuerza y debilidad de los negociadores, señalando que el régimen no es tan fuerte como parece o que la oposición no está tan debilitada y que se haya firmado ese Memorándum, así lo demuestra; si el régimen fuera tan fuerte, ¿Por qué accedería a negociar? Con intensificar la represión y mantener la fuerza, que sin duda la tiene, le bastaría, para controlar al país y mantenerse en el poder, no necesita hacer concesiones a un rival considerablemente más débil. Dada la “supuesta” fortaleza del régimen; ¿Qué lo lleva a aceptar esas condiciones y esa negociación? ¿Son las sanciones? ¿Es la presión internacional? ¿Es el resquebrajamiento del bloque de poder? ¿Es una mezcla de todo eso? Es importante profundizar en ese aspecto, para no cometer errores en la estrategia opositora y sobre todo para avanzar en el aspecto en el que la oposición sigue en deuda: la presión interna que debe desplegar, en favor de cualquier opción, participar o abstenerse, negociar o no hacerlo.

Legitimación.

En la filosofía del vaso medio lleno y el vaso medio vacío, yo soy de los que lo ve medio lleno y entonces me parece muy bueno que el régimen venezolano, el gobierno de facto de Venezuela, el gobierno autoritario, la dictadura, o como la quieran llamar, haya firmado un documento, frente a testigos internacionales, en el cual reconoce, en paridad de igualdad a la oposición venezolana, y no cualquiera, a la oposición del llamado gobierno interino; y reconoce además que su régimen carece de algunos elementos fundamentales, que comprometen su gobernabilidad y legitimidad.

A muchos les molesta que en el memorándum de entendimiento se diga que el régimen vaya a obtener el levantamiento de las sanciones y la restauración de derecho a activos, que en este momento no tiene. Lo que no dicen, los que así piensan, es que a cambio de eso vamos a negociar: 1. Un cronograma electoral con observadores internacionales; 2. plenos derechos políticos para todos, que implica limpiar las cárceles de presos políticos; 3. que no haya inhabilitados, ni personas ni partidos; 4. que quien ejerce la violencia en el país, que es el régimen como todos sabemos, renuncie a ella y se comprometa a reparar a las víctimas de la violencia ejercida; y 5. que se dé protección social al pueblo venezolano y a la economía nacional, que permita atenuar la pobreza y miseria, sin servicios públicos, en los que viven millones de venezolanos.

Y todo lo anterior, en el contexto del respeto a la Constitución y el estado de derecho y bajo una condición muy importante, que no se ha resaltado suficientemente: Garantías; bajo garantías de implementación, garantías de seguimiento y garantías de verificación de lo acordado, que ya procurarán los negociadores que sea con garantes internacionales, a los que no se les olvide, como se les olvidó a los del acuerdo que se firmó bajo el manto de la OEA de César Gaviria, en el año 2003. No sé a Uds. pero a mí no me parece un mal negocio haber firmado ese Memorándum de Entendimiento.

Ganar tiempo.

Este es un argumento que muchos esgrimen y al cual me he referido otras veces. Siempre se dice que, con la negociación, o las elecciones, o lo que sea, lo único que se logra es que el oficialismo salga fortalecido y “gane tiempo”, para mantener el poder; y yo siempre me pregunto ¿Quién los estaba apurando? ¿Quién los estaba empujando fuera del poder? ¿Quién amenaza al régimen tan seriamente con desalojarlo del poder, como para que esté interesado en “ganar tiempo”? ¿Qué hubiera pasado si no firman la semana pasada? ¿Está semana alguien los sacaría del poder? ¿Quién? Creo que cometemos un error en ese análisis; lo he dicho otras veces, pensar que “ganar tiempo” es el objetivo del régimen, es alimentar la fantasía del fin inmanente e inminente, en la que hemos caído varias veces. El régimen tiene todo el tiempo que necesita, nadie lo está apurando, nadie −que represente una amenaza real− lo está empujando para que se vaya. No nos engañemos, si hay algo que le sobra al régimen es tiempo.

Somos nosotros, en la oposición, los que tenemos que recuperar el tiempo que hemos desperdiciado en disputas internas y estériles, por el poder en la oposición, por el liderazgo, descabezando inmisericordemente a cuanto líder aparece y levanta la cabeza. Antes hablé de la supuesta fuerza del régimen, pero no mencioné nuestra debilidad, de la que he hablado en otras ocasiones. Creo que ambas partes acudimos a México debilitados, pero sin duda, somos nosotros la parte más débil; apenas podemos mostrar los números de algunas encuestas, pero que no se reflejan en un sólido apoyo interno y en capacidad de movilización.

Concluyo este examen, pero dejo para otro momento, para otro artículo, la referencia al divertido argumento de la “cohabitación” y paso a formular alguna conclusión y advertencia.

Conclusión y advertencia.

Dije al principio que no haría ninguna crítica al proceso negociador, con las que ya han hecho otros, unos de buena fe y otros de mala fe, es suficiente; pero, si creo que es sano hacer una advertencia: No podemos lucir exultantes o jubilosos, pero mucho menos generar falsas expectativas. No va a ser una negociación corta, ni fácil. No se van a resolver en ella los problemas del país. No estamos a punto de tomar el poder. De ella seguramente no surgirá la renuncia del presidente y todo su tren de gobierno. No confundamos la retórica política y las aspiraciones con la realidad.

La negociación lo que si puede es ayudar a fortalecer a la oposición, en consecuencia, debilitar al régimen y pavimentar un camino de esperanza, el que comencemos simultáneamente con un proceso de consulta y movilización interna, empezando por los activistas de partidos políticos e integrantes de los grupos de la sociedad civil, que continúen con el proceso de movilización y motivación de la población opositora, y de todo el país, señalando que si hay una esperanza para la superación de este régimen de oprobio.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 10 min


Trino Márquez

Después de más de dos décadas de confrontación entre el proyecto hegemónico chavista y las fuerzas democráticas, hay cansancio y hastío en la población. La gente siente la necesidad de que se produzca un encuentro transparente entre el gobierno y la oposición. Son muchos y graves los problemas causados por el afán continuista del régimen. Venezuela ha sido arrastrada por procesos desconocidos desde que se estabilizó como nación a comienzos del siglo XX. La caída del producto interno bruto, el cierre de empresas, el aumento del desempleo, la informalidad y la pobreza, el colapso de los servicios públicos y el éxodo masivo y constante hacia los países vecinos y más allá, no tiene antecedentes en América Latina y el mundo en períodos del paz. Es comprensible que los ciudadanos quieran que se logre una tregua permanente que permita enderezar los planos y darle al país la oportunidad de crecer de forma continua por un largo período.

Las cifras de los estudios que conozco muestran ese deseo. Destaco los datos de Consultores 21, de las empresas que mejor recogen esa aspiración. Su más reciente estudio, que abarca el segundo trimestre de este año, señala que 49% de los venezolanos está de acuerdo con una negociación en torno de los temas más acuciantes de la realidad nacional. Los puntos de la negociación deberían ser: un nuevo CNE, liberar los presos políticos, elecciones libres en todos los niveles, aprobación de una ley de amnistía que traiga sosiego y levantar las sanciones para que Venezuela sea parte armónica de la comunidad internacional.

En el sector chavista, 64% piensa que el gobierno debe negociar para buscarle salidas a la situación nacional. Esta cifra disminuye entre los opositores: 51% indica que debe negociarse con el gobierno. Entre los adversarios del régimen, 23% sostiene que debe discutirse y presionar al mismo tiempo al gobierno en la calle. 57% del país está de comparte el Acuerdo de Salvación Nacional. Entre los opositores, este respaldo aumenta a 87%. En los chavista se reduce a 16%.

Ese deseo de la mayoría de los venezolanos fue recogido por la oposición que decidió sentarse con los representantes de Nicolás Maduro en México, con el fin de firmar el Memorando de Entendimiento, documento que en siete puntos reúne algunos de los aspectos cruciales de la situación nacional.

Frente al acercamiento entre el gobierno y la oposición existe un optimismo razonable y lógico porque a ningún pueblo le gusta vivir bajo el asedio de la crisis permanente. Ninguna comunidad opta de manera consciente por el martirio. Los pueblos que han vivido en democracia y conocen la prosperidad, como fue Venezuela en el pasado reciente, aspiran a recuperar el bienestar del cual una vez disfrutaron.

Junto a esa esperanza convive el escepticismo de una sólida franja de compatriotas descreídos porque el régimen que se instaló hace veinte años en Miraflores ha pulverizado en varias oportunidades las posibilidades de llegar a acuerdos estables. Conviene recordar lo ocurrido en Oslo, en República Dominicana y en Barbados para no perder el realismo en las discusiones. Pero también hay que conocer lo sucedido en Polonia y Checoslovaquia cuando dominaban los comunistas, o en Chile cuando gobernaba Augusto Pinochet, para estar conscientes de que los regímenes autoritarios, por infranqueables que parezcan, siempre poseen fisuras que pueden ahondarse. Rupturas abruptas de las conversaciones, como las provocadas por el gobierno de Maduro, suelen producirse cuando el bloque dominante no siente amenazada su existencia debido a que el adversario aún se muestra demasiado débil.

Esta vez la oposición fue a México en un cuadro internacional más favorable que en oportunidades anteriores. Estados Unidos recuperó la iniciativa diplomática. La amarga experiencia con los talibanes debe de haberle mostrado a Biden que los aliados débiles no deben ser abandonados a su propia suerte, menos cuando se encuentran en sus propios predios. La situación de Cuba es desesperada. Su papel como soporte de Venezuela resulta cada vez más frágil. La isla requiere con urgencia que los norteamericanos al menos le atenúen el embargo. El coronavirus y las sanciones han develado la miseria en la que ha vivido desde hace sesenta y dos años, sólo que estuvo encubierta por las naciones que le brindaban apoyo incondicional. El comportamiento despótico de Daniel Ortega ha alertado al continente. No es saludable otro sujeto como ese en el continente. Resulta muy mal ejemplo. La otra figura negativa es el señor Pedro Castillo. La región mide sus pasos. Los primeros no han sido alentadores.

En el plano interno, las sanciones del gobierno norteamericano han erosionado a Maduro. Los chinos y los rusos preferirían asociarse con gobiernos que mantengan relaciones cordiales con la primera potencia del mundo. Ya Venezuela no posee el atractivo que antes tuvo. Ni siquiera puede considerarse una potencia petrolera. No es imprescindible ni dentro de la OPEP.

El nuevo marco global puede ser aprovechado para discutir los temas de la agenda, definir un calendario electoral razonable y, por qué no, establecer el referendo revocatorio para 2022. Ya veremos la talla de nuestros negociadores.

@trinomarquezc

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Analítica.com

Editorial

No se apure que tengo prisa, dicen que le indicaba Napoleón a su edecán cuando lo ayudaba a vestirse, el emperador no quería correr el riesgo de una falla en su vestimenta causada por la rapidez, o aquél viejo refrán castellano que advierte que del apuro sólo queda el cansancio.

Es decir, las cosas que cuentan no pueden hacerse a la carrera, mucho menos en política. Avanzar a saltos no es avanzar, es jugarse una caída, y las caídas duelen, rompen huesos, convierten el apuro en humillación.

Diálogos o negociaciones o como prefiera usted llamarlos entre el régimen castromadurista y la oposición venezolana tiene objetivos de parte y parte pero es un proceso de paso a paso, no puede ser una carrera de 100 metros. Es un maratón en el cual no se juega una medalla de oro sino dos de plata.

Las dos delegaciones están siendo, y eso es signo de seriedad tanto como la seriedad es síntoma de funcionamiento adecuado, discretas y poco habladoras. Un paso a la vez, los acuerdos no se logran en encuentros de todos contra todos, sino en las negociaciones intermedias.

Hay suspicacias populares porque ninguno de los dos grupos, que en el fondo son mas o menos lo mismo, la participación en el poder, cuenta con la credibilidad de las mayorías ciudadanas, ni con los resultados de unas elecciones forzadas para generar una imagen de democracia organizada.

Paso a paso, sin revelaciones parciales, llegarán a un acuerdo que tranquiliza a la opinión internacional y logre algo conveniente para cada parte que, en el fondo, son lo mismo: la imagen polvorienta de una Venezuela destruida.

Y todos coinciden en que el interinato sólo ha sido un aspecto de la totalidad, y que las sanciones no derrumban gobiernos ni convienen a nadie. Es una cuestión de dinero disponible.

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Humbero García Larralde

La permanencia de Maduro en el poder, no obstante las movilizaciones en su contra a partir de 2014, el repudio a sus atropellos y el desconocimiento de su “relección” por parte de la comunidad internacional, y el destrozo económico que fraguó, obedece al cultivo de militares dispuestos a violar su mandato constitucional y a traicionar los intereses de la nación venezolana, para que siga ahí. A pesar del discurso patriotero y los esfuerzos de adoctrinamiento, el instrumento principal que forjó esta perversión fue la corrupción. Fundamental en ello ha sido el desmantelamiento del Estado de Derecho desde los inicios del chavismo. Se ha promovido a militares afectos a altos cargos políticos y se les ha puesto al frente de una variada gama de responsabilidades económicas que, en ausencia de transparencia y de rendición de cuentas, les han deparado significativas oportunidades de lucro.

Notoriamente, el apoyo del gobierno de Chávez a la guerrilla colombiana llevó a facilitar el tráfico de drogas por el territorio nacional, lo cual derivó luego en el llamado Cártel de los Soles. El compromiso de garantizar la impunidad de oficiales incursos en irregularidades, siempre y cuando sostuviesen al régimen, hizo de ellos cómplices y guardianes supremos del régimen de expoliación en que devino la “revolución” bolivariana. A la par, se procuró purgar y reprimir a aquellos militares leales a su misión institucional.

El elemento distintivo de un régimen de fuerza está en su capacidad y disposición de aplicar los medios de violencia del Estado para mantenerse en el poder y aplacar la voluntad popular, por encima del ordenamiento legal. Estos medios conforman un aparato de coerción y coacción integrado por militares y policías a las órdenes de la dictadura, y por órganos jurídicos abyectos, puestos a su servicio.

Un análisis reciente de Harold Trinkunas[1] resume los elementos de corrupción y de transgresiones legales presentes en el mundo militar venezolano. Plantea la necesidad de que las fuerzas democráticas tengan una política hacia la fuerza armada, destinada a superar esta situación de manera de lograr su retorno al redil constitucional. Sin embargo, parte de considerar a las FAN actuales como una institución, lo cual es discutible. Implica la existencia de unidad de mando, de una disciplina férrea basada en la subordinación a una jerarquía estricta y centralizada, y de un carácter obediente, no deliberativo. No parece compaginarse con lo que existe en el Estado fallido chavo-madurista. Éste ha tenido que tejer alianzas con factores internos y externos variados para mantenerse en el poder, muchas al margen de la ley, lo cual ha degenerado en una situación de anomia. Militares y/o policías son, frecuentemente, el eje de tales alianzas, conformando una red de mafias dedicadas en depredar cotos particulares de lucro.

Lo anterior encuentra un ambiente propicio en la desconcentración de las FAN en REDIS (Regiones de Defensa Integral), ZODIS (Zonas de Defensa Integral) y ADIS (Áreas de Defensa Integral). Las bandas delictivas que explotan y comercializan oro, diamantes, coltán y otros minerales al sur del Orinoco se ven obligadas a establecer tratos con la REDI de Guayana. Las oportunidades que depara el tránsito fronterizo de personas y bienes caerían bajo la custodia de la REDI de Los Andes, los traficantes muy probablemente se entiendan con las REDIs de Los Llanos y de Oriente, y así sucesivamente. A nivel local, las actividades de extorsión a comerciantes, productores y viajeros en peajes, pueblos, ciudades, puertos y aeropuertos serían de usufructo particular de los integrantes de las ADI respectivas.

De ser así, se está ante una FAN desdibujada, compartimentada por “negocios” específicos, corroída por la corrupción, con pertrechos modernos que no son mantenidos y con una tropa desmoralizada que pasa hambre. Difícilmente puede entenderse como una institución. Esto plantea un desafío importante para una política orientada a desarmar el funesto papel de algunos militares en apoyo a Maduro.

La descomposición social y la anomia que ha producido el chavo-madurismo, hacen de una FAN institucional saneada un referente obligado en la estabilización de un gobierno de transición democrática. Producir este cambio cualitativo requeriría de su depuración significativa. Si el sueldo de un general de división era equivalente a USD 17 mensuales a comienzos de año, ¿Cómo esperar que no incurriera en acciones ilícitas si, además, sabe que goza de impunidad? Un proceso realista de recuperación del país deberá desmontar la dinámica de expoliación de que tanto han disfrutado los militares cómplices de Maduro. Luego, aquellos oficiales honestos, con vocación institucional, deberán contar con una remuneración digna, acorde con sus expectativas, lo cual implica superar el actual Estado fallido.

Pero el abuso de los medios de violencia para sostener a la dictadura que encabeza Nicolás Maduro implica un aparato de terror que va más allá de la simple complicidad de militares corruptos. Además de abusos de Guardias Nacionales, los informes sobre violación de derechos humanos en Venezuela mencionan irremediablemente a las FAES, la Policía Nacional y el CICPC, responsables de atropellos diversos y de ajusticiamientos arbitrarios, sobre todo en sectores populares. La DGCIM y el SEBIN se concentran más en acosar, apresar y torturar a opositores y a militares institucionalistas, bajo la acusación de que están involucrados en “actividades terroristas”. En realidad, como todo régimen fascistoide, se ha constituido desde el Estado un régimen de terror con estos cuerpos, amparado en un tribunal supremo abyecto que tuerce, como sea, el ordenamiento legal para sustentar las imputaciones tramadas desde el poder. Como lo señala Robert Conquest en su libro, El Gran Terror, que trata de los juicios de Moscú bajo Stalin, el alcance de un régimen de terror se incrementa con su arbitrariedad, pues nadie se siente seguro de que, aun “portándose bien”, no será aprehendido. En la Alemania Nazi eran los Juristas del Horror –título de un libro de Ingo Müller[2]--, cuyo encargo era fabricarle delitos a quienes habían sido apresados por oponerse al régimen. Finalmente, si a medios de violencia nos referimos, el chavismo alentó, en distintos momentos, la beligerancia de grupos paramilitares –colectivos armados, bandas delincuenciales—con el fin de atemorizar a los opositores. “Cría cuervos …”

En fin, nos encontramos ante un régimen que, ya sin poder de convocatoria y apoyo popular, apela a la violencia o a la amenaza de ella para perpetuarse, violando el ordenamiento constitucional. Se encubre, claro está, con una narrativa maniquea que invoca el combate al enemigo para absolver sus atropellos ante sus partidarios. Pero tal blindaje, de resultar exitoso, es caldo de cultivo de una crueldad extrema. Hannah Arendt lo denominó la “banalidad” del mal, en referencia a lo revelado en el juicio del nazi, Adolf Eichmann, en Jerusalén. Guardando las distancias, el régimen de Maduro tiende a promover a aquellos militares y civiles que demuestran no detenerse por escrúpulos o consideraciones morales o legales a la hora de emprender acciones a favor de la “revolución”. Las esperanzas de que el inicio del proceso negociador con representantes del régimen rinda eventualmente frutos con la apertura del país a un régimen de libertades, pasa porque comprendamos la naturaleza de este apoyo.

Quizás el país se vea en la necesidad de ofrecerles a algunos de quienes han cometido violaciones a los derechos humanos, y sobre quienes pesan sanciones y/o requisitorias por ello, un régimen de justicia transicional para alentarlos a que abandonen el poder. El dilema entre priorizar sobre todo la acción de la justicia, sabiendo que provocará una reacción defensiva de los inculpados que dificultará su salida, y un arreglo que obvie –al menos temporalmente—muchos de sus crímenes, en aras de superar cuanto antes el terrible costo social que significa la permanencia del chavo-madurismo, representa un problema moral y político sumamente delicado, pero crucial. Deberá plantearse, además, en el marco de la decisión de la Corte Penal Internacional de investigar al régimen venezolano por la comisión de delitos de lesa humanidad. Las experiencias de países que han transitado exitosamente desde dictaduras atroces a regímenes en que impera la libertad, pueden ofrecer enseñanzas provechosas. Mecanismos similares probablemente tengan que ser abordados para lograr el retorno a la democracia en Venezuela.

Economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela.

humgarl@gmail.com

[1] Wilson Center, “Venezuela’s Bolivarian Armed Force: Fear and Interest in the Face of Political Change”, July, 2021

[2] Los juristas del horror. La “justicia de Hitler: el pasado que Alemania no puede dejar atrás, Editorial Actum, Caracas, 2006.

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