La fractura de esta época comienza en la incertidumbre instalada en el individuo, se amplifica en sociedades divididas y Estados debilitados y culmina en un orden internacional cada vez menos capaz de responder al dilema histórico que plantea la inteligencia artificial.
Tres fuerzas que se retroalimentan se consolidarán en 2026: un orden geopolítico regido por la presión y el castigo, una economía que revela la erosión del dinero fiduciario, y una carrera tecnológica por la superinteligencia que puede verse limitada por la falta de energía.
En la Guerra fría del siglo XXI no se disputan territorios, sino el control de los sistemas de inteligencia artificial que organizan la economía, la seguridad y la información global.
Mientras una nueva élite tecnológica promueve la idea de que la inteligencia artificial debe reemplazar a la humanidad, otras voces dicen que la tecnología solo amplificará la mente humana.
El capitalismo democrático está en crisis. En su lugar emergen alternativas que van de la nostalgia comunista al tecno autoritarismo. La encrucijada es clara: renovarlo o resignarse a modelos que no garantizan ni libertad ni prosperidad.
Washington se aísla y sus alianzas se fragmentan. Ucrania y Taiwán se consolidan como puntos de fractura de un orden internacional que ya no sostiene ni la estabilidad ni la disuasión.
En un mundo cada vez más dominado por la inteligencia artificial y la hiperconectividad, surge un movimiento que opta por la “appstinencia”. Más que un rechazo a la tecnología, busca recuperar el control sobre nuestra atención en un entorno saturado de estímulos digitales.
Los agentes de inteligencia artificial amenazan con sustituir a las personas en profesiones enteras. ¿Será necesario adaptarse a un mundo donde pensar ya no será una actividad exclusivamente humana?