1. Panorama general
Todo el tiempo están pasando cosas que obligan a recalcular el futuro. Venezuela viene de una secuencia de lecturas que, hasta hace muy poco, parecían empujar hacia la hipótesis de una Delcy Rodríguez consolidada como administradora indefinida del poder; pero el cuadro más reciente sugiere algo distinto: el escenario que vuelve a ganar densidad es el de una elección relativamente cercana, una victoria de María Corina Machado y una recuperación gradual de la institucionalidad mínima necesaria para que el país vuelva a ser legible, confiable y operable tanto para los de adentro como para los de afuera.
Ese cambio de lectura no significa que el camino sea lineal ni cómodo, sino que la dinámica de fondo parece estar moviéndose, así no nos guste ni el ritmo, ni las prioridades, ni la velocidad.
Visto con frialdad, empieza a observarse que el plan de las tres fases sí podría estar funcionando mejor de lo que se percibe en la superficie: primero, presión y contención; luego, reacomodo y rediseño institucional; y finalmente, un desenlace político-electoral que permita trasladar el poder con alguna base de legalidad y de gobernabilidad.
La dificultad está en que, mientras ese proceso avanza, la percepción cotidiana sigue siendo errática. Un día parece que el reciclaje autoritario gana tiempo; otro día parece que Washington endurece su posición; y al día siguiente aparece una señal institucional que modifica otra vez el tablero.
Esa volatilidad no invalida la tendencia de fondo, lo que obliga a dejar de leer cada episodio como un hecho aislado y comenzar a interpretarlo como parte de una secuencia.
2. El escenario que pierde sustento
La hipótesis de una continuidad indefinida tiene una ventaja táctica evidente: le permite al chavismo ganar tiempo, administrar señales contradictorias, explotar la fatiga de la sociedad y apostar a que algo cambie dentro de la Casa Blanca o dentro del ecosistema internacional que le dé oxígeno al continuismo. Y si bien esa estrategia existe, y sería ingenuo subestimarla, otra cosa es confundir la capacidad de demora con viabilidad estratégica.
El problema de fondo del escenario de continuidad reciclada es que no ofrece condiciones reales para el despegue del país; simplemente no es sustentable. Podrá administrar escasez, moderar algunos excesos, mejorar ciertas formas y abrir canales selectivos con actores externos, pero no logra ni logrará producir el tipo de confianza que exige una recuperación sostenida.
No alcanza para reconstruir institucionalidad, no alcanza para atraer capital a largo plazo, no alcanza para ordenar una justicia transicional seria y no alcanza para devolverle a la mayoría social la idea de futuro.
Por eso, más allá de las idas y venidas, el escenario del continuismo debería leerse como uno de sustentabilidad decreciente. No solo para la sociedad venezolana, que ya muestra agotamiento con la simple administración de la ruina, sino también para Estados Unidos, que puede tolerar transiciones lentas, pero no una estabilización indefinida que deje intacto el problema político, moral y de seguridad que Venezuela representa.
La tesis útil aquí no es que ese escenario haya desaparecido, sino que su probabilidad estratégica debería seguir cayendo, aunque su visibilidad táctica todavía sea alta.
3. Escenarios de salida y probabilidades
Mirando hacia adelante, los escenarios planteados no buscan explicar el pasado, sino estimar, con las mejores señales disponibles, qué caminos de salida son hoy más probables y cuáles vienen perdiendo sustento político y social.
- Escenario A: Transición de rediseño institucional (Probabilidad: 50%) Este escenario ha recuperado impulso porque vuelve a instalarse la expectativa de una transición democrática con rediseño regulatorio, desmontaje progresivo del Estado empresario y apertura ordenada al capital privado
- Escenario B: Reciclaje autoritario con maquillaje corporativo (Probabilidad: 20%) Pierde base social y política, porque cada vez parece menos aceptable para la mayoría una versión mejor administrada del mismo modelo, aunque todavía conserve capacidad táctica para ganar tiempo y producir señales ambiguas
- Escenario C: Ruptura por fatiga social y colapso de expectativas (Probabilidad: 30%) Si el Escenario A no termina de materializarse, la sociedad difícilmente aceptará regresar al Escenario B como salida estable. En ese caso crecería la probabilidad de una ruptura, impulsada por la frustración acumulada, el agotamiento social y la pérdida de credibilidad del continuismo.
4. Geopolítica comparada: Por qué Venezuela no es Irán
El peor error analítico hoy sería suponer que Estados Unidos puede replicar en Venezuela la lógica aplicada a Irán, dejando que el régimen sobreviva, levantándole sanciones de forma amplia, permitiéndole reconstruirse bajo el mismo núcleo de poder y presentando ese arreglo como una Pax funcional basada en estabilidad, energía y contención de riesgos.
Ese esquema, además de moralmente problemático por la magnitud de la represión y de las violaciones de derechos humanos, sería estratégicamente inestable en el caso venezolano.
El llamado "modelo Irán" solo funciona cuando el régimen combina control territorial, resignación social, ausencia de alternativa legítima y capacidad para convertir la fatiga internacional en aceptación práctica. Venezuela no cumple esas condiciones.
En el país existe una clara mayoría social que exige un cambio, legitimidad acumulada alrededor de María Corina Machado, memoria viva del mandato popular y una ciudadanía que no parece dispuesta a aceptar como solución definitiva una versión más tecnocrática del mismo sistema.
Aplicar a Venezuela una Pax de continuidad equivaldría a congelar el reciclaje autoritario como desenlace final, justo cuando ese escenario viene perdiendo aceleradamente base política y social.
Para Washington, por tanto, el problema no es solo ético, sino práctico: una estabilización con el chavismo intacto no cerraría el conflicto venezolano, solo lo postergaría bajo una forma más cara y menos gobernable, alimentando escenarios de ruptura… y habría perdido todo el espacio geopolítico que ganó desde agosto de 2025, cuando comenzó con el bloqueo.
Tampoco conviene ignorar un contraste decisivo: en Irán, la comunidad internacional puede racionalizar acuerdos parciales porque no enfrenta una alternativa democrática tan claramente personalizada y legitimada como ocurre en Venezuela.
Machado representa la referencia opositora con legitimidad social suficiente para encarnar una salida electoral creíble y una transición con mandato popular, lo que eleva sustancialmente el costo político de cualquier arreglo que intente desplazarla para negociar con una élite reciclada.
Asimismo, Washington puede tolerar transiciones lentas e imperfectas, pero no una de estabilización ficticia que deje intacta la matriz de criminalidad, arbitrariedad institucional y fragilidad económica. Una Pax con el statu quo intacto no resolvería el problema hemisférico; apenas lo maquillaría hasta que reaparezcan la presión migratoria, la economía criminal y la conflictividad política.
5. El liderazgo de María Corina Machado en el centro del tablero
Frente al desgaste del reciclaje autoritario, reaparece con más fuerza el escenario que ya se había perfilado como el más confiable a mediano plazo: elecciones y victoria de María Corina Machado.
No porque sea el desenlace más cómodo para todos los actores, sino porque hoy no hay otra figura con el capital político, la legitimidad social y la densidad simbólica suficiente para recibir el mandato de cambio y traducirlo en una transición creíble.
Esa centralidad no es retórica, es operativa. En la medida en que la transición exige reconstruir autoridad, rediseñar reglas, hablarle al país y al mundo, y pedir sacrificios iniciales a cambio de estabilidad futura, la variable decisiva vuelve a ser quién tiene la legitimidad de origen para administrar ese proceso.
Los análisis previos ya mostraban que, incluso en materia monetaria, institucional y económica, la viabilidad del rediseño dependía menos de la técnica pura que del sujeto político con capacidad para conducirla.
Lo importante ahora es entender que esta vigencia no elimina la necesidad de recalcular, porque si bien su plan conserva validez en el núcleo, ya no puede expresarse solamente como un programa de gobierno final. Debe aparecer también como un plan de transición ajustado a condiciones nuevas: habrá caja disponible al asumir, proyectos de mejora ya comenzados que revisar, reformas en curso que confirmar o corregir, y un conjunto de decisiones heredadas que deberán pasar por el filtro de una justicia transicional capaz de separar la continuidad útil de la complicidad impune.
6. El riesgo de cerrar la salida electoral
Si el escenario electoral con un triunfo opositor no termina de abrirse, lo que aumenta no es la probabilidad de una estabilidad resignada, sino la de una reacción social más dura y más masiva. Esta es una de las lecturas más importantes del momento. La población venezolana puede tolerar incertidumbre por un tiempo, pero difícilmente tolere una nueva captura del futuro si percibe que el mandato de cambio vuelve a ser administrado por otros en nombre del realismo.
En otras palabras, el verdadero escenario alternativo a la salida electoral no es la estabilización del régimen, sino el crecimiento del riesgo de ruptura desde abajo. La ruptura por fatiga social y colapso de expectativas es una posibilidad que sube cuando el reciclaje autoritario se convierte en un horizonte bloqueado. El dato clave no es solo la protesta, sino la posibilidad de que la frustración acumulada termine desbordando a todos los actores si el sistema intenta cerrarse otra vez sobre sí mismo.
Eso obliga a leer el presente con una lógica distinta: el escenario electoral no debe verse solo como una preferencia democrática, sino como un mecanismo de contención racional de un conflicto que, si no encuentra cauce institucional, tenderá a buscar otra salida. Por eso la secuencia más responsable para todos los jugadores relevantes, incluyendo a Washington, no es congelar una transición administrada indefinidamente, sino empujar hacia una elección capaz de redefinir el poder con base en la legitimidad.
7. Dinorah Figuera como pieza institucional
Dentro de este proceso, el movimiento alrededor de Dinorah Figuera merece una lectura más cuidadosa. Su valor no está en competir con el liderazgo de calle ni en sustituirlo, sino en expresar que todavía existe un poder institucional independiente del Ejecutivo de facto y reconocido por Estados Unidos.
Eso la convierte en una pieza útil dentro del rediseño, porque ofrece una referencia formal para ordenar la Asamblea Nacional en el único marco de legalidad venezolana que Washington sigue reconociendo sin subterfugios.
La ratificación de su interlocución con el frente externo confirma que la estrategia internacional no está trabajando solo con la lógica de la calle, sino también con la arquitectura institucional remanente.
En otras palabras, hay indicios de que la reinstitucionalización no se quiere hacer únicamente desde el liderazgo político de base, sino también desde una base jurídica que permita reconstruir la continuidad estatal donde todavía queda institucionalidad rescatable.
Esta dinámica abre un carril complementario para las fuerzas democráticas: mientras se ordena el plano institucional reconocido externamente, el liderazgo principal debe concentrarse en refrescar el plan político y social de transición, actualizar conversaciones en las bases y convertir el mandato de cambio en una hoja de ruta compartida, no solo en una expectativa emocional.
Allí es donde el trabajo bottom-up (desde abajo hacia arriba) vuelve a ser indispensable, junto con ejercicios top-down (desde arriba hacia abajo) que reorganicen la lectura estratégica a la luz de los nuevos acontecimientos.
8. El plan de las tres fases en marcha
La hipótesis que mejor ordena el momento actual es que el plan estratégico está avanzando. No de forma prolija, ni al ritmo deseado, ni con la transparencia que muchos quisieran, pero sí en un sentido de dirección reconocible.
- Fase 1: Presión y contención. Implementación de sanciones, cierre relativo de circuitos opacos, limitaciones a las fuentes de financiamiento irregular y señales claras de que la continuidad pura del modelo no es una opción de bajo costo
- Fase 2: Rediseño institucional y preparación del terreno. Aquí entran la reforma de hidrocarburos, la discusión sobre amnistía con exclusiones claras para crímenes graves, la activación del factor de la Asamblea Nacional de 2015, el rol institucional de Dinorah Figuera y la construcción de puentes para una transición que no comience desde cero, sino desde una mezcla de desmontaje, corrección y reaprovechamiento selectivo de lo existente
- Fase 3: El evento político-electoral. Esta etapa, todavía incompleta, permitirá cerrar la ecuación. No solo necesita un cronograma y garantías, sino también una contraparte preparada para asumir el poder
El reto para las fuerzas democráticas en esta tercera fase es doble: sostener la legitimidad que ya se tiene y actualizar el plan con realismo operativo. No se trata de abandonar principios, sino de adaptarlos a un escenario en el que habrá recursos, contratos, proyectos, actores económicos y estructuras administrativas que no podrán ser tratadas como si el país se refundara desde una hoja en blanco.
9. La necesidad de un plan refrescado y justicia transicional
Precisamente por eso, hoy no basta con decir que existe una propuesta. Hace falta un plan refrescado. Las nuevas condiciones del entorno político y macroeconómico incluyen caja disponible, proyectos de mejora ya iniciados, redes institucionales en movimiento, actores que buscarán reciclarse y una presión internacional que parece querer combinar la transición política con cierta continuidad funcional mínima.
Este nuevo contexto obliga a un riguroso trabajo de selección y jerarquización. Habrá decisiones que confirmar porque sirven al interés nacional, otras que revisar porque fueron diseñadas para perpetuar privilegios, y otras que desmontar sin vacilaciones porque forman parte del andamiaje de captura del Estado.
El criterio ordenador no debería ser puramente ideológico, sino funcional, moral y ético: qué ayuda a restablecer la normalidad, qué favorece la recuperación y qué resulta incompatible con una convivencia honrada.
Allí entra con fuerza la idea de la justicia transicional; no como una herramienta de venganza, pero tampoco de amnesia. La transición necesitará un filtro institucional estricto que impida que los responsables de la corrupción masiva queden impunes, que los colaboracionistas retengan las prebendas obtenidas de forma ilícita, y que asegure que los ciudadanos honestos no tengan que competir en un sistema donde la decencia sea una desventaja.
Establecer estas bases sólidas e incorruptibles es fundamental para dejar un mensaje rotundo de institucionalidad hacia el futuro ("Nunca Más") y erradicar cualquier resquicio de criminalidad residual. Esta arquitectura será decisiva para sostener la legitimidad social no solo durante los primeros meses del nuevo gobierno, sino como plataforma de lanzamiento hacia la recuperación nacional.
10. Directrices inmediatas para la alternativa democrática
La tarea inmediata del liderazgo democrático es ajustar secuencia, lenguaje y organización.
- En secuencia: Debe pasar del discurso de llegada al discurso de puente: cómo se asume, cómo se estabiliza, cómo se protege a la población y cómo se desmonta el aparato de control sin provocar un vacío de poder
- En lenguaje: Necesita explicarle al país que el cambio no será mágico, pero sí puede ser serio, rápido en lo esencial y claramente distinto al continuismo ineficiente
- En organización: Hace falta volver a reunir, actualizar y sincronizar a las bases sociales que siguen siendo el principal activo de legitimidad democrática. Esto supone reactivar espacios de actualización en la sociedad, hacer pedagogía política y bajar el plan a un formato compartible
El trabajo bottom-up tiene que servir para que la transición se internalice como un proyecto colectivo, mientras el trabajo top-down debe permitir que las nuevas condiciones se traduzcan en prioridades concretas para el gobierno, el parlamento, la justicia, la economía y la seguridad. No se trata solo de ganar; se trata de llegar con un país que entienda hacia dónde va.
11. Conclusión: Recalculando
La mejor lectura del momento que vivimos no es que todo esté resuelto, sino que el escenario de fondo parece estar ordenándose más de lo que aparenta. Las señales siguen siendo mixtas, las idas y venidas continuarán, y el oficialismo todavía conserva capacidad para demorar, confundir y negociar tiempo.
Pero, aun con esas reservas, la tesis más útil hoy es que el plan de las tres fases parece estar funcionando. El escenario de una continuidad indefinida debería seguir perdiendo probabilidad a mediano plazo, aunque a corto plazo todavía produzca ruido y ansiedad. El escenario más confiable sigue siendo la ruta electoral con un triunfo democrático y la posterior recuperación institucional.
Y si ese camino se frustrara, lo que crecería no sería la paz administrada, sino el riesgo latente de una reacción social masiva. Por eso conviene recalcular ahora, refrescar el plan y actuar como si la transición ya hubiera comenzado, aunque todavía no haya sido formalmente declarada.
Contactos:
Mail: btripierntn@gmail.com
Instagram: @benjamintripier
Twitter: @btripier