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La esclavitud silenciosa del corazón/ Los ídolos modernos que gobiernan el alma

adoracion
Tiempo de lectura: 4 min.

Siempre, existen fuerzas subyacentes a lo que que palpamos o vemos. Cuando contemplamos la naturaleza en todos sus escenarios, nuestros ojos son capaces de capturar un paisaje, una forma, un color; no obstante, hay todo un universo de fenómenos que ocurren detrás de bastidores para que podamos percibir con nuestros sentidos. De la misma manera, los conceptos abstractos adquieren formas que se revelan en el comportamiento y actitudes de las personas. Por esa razón, al hablar de integridad es necesarioencontrar esas fuerzas y fenómenos que ocurren en el corazón y la mente de un ser humano para que lo abstracto del concepto cobre forma tangible.

Cuando profundizamos en los principios de la integridad cristiana, el camino nos lleva a los Diez mandamientos, porque en ellos Dios expresa lo que espera del ser humano; aquello que es necesario para tener comunión con Él. Y en el primer mandamiento se nos revela un pilar inconmovible de la integridad; la primera fuerza que subyace como sustento de la integridad es la adoración. El mandamiento no se trata solamente de una prohibición contra la idolatría. El primer mandamiento nos insta a entregar nuestro corazón al Señor, a ver a quién o qué tenemos como dios. Antes de comenzar el camino de santidad, Dios nos confronta con una pregunta esencial: ¿Quién ocupa el trono interior en tu vida?

Y la respuesta viene íntimamente ligada a la adoración, porque quién ocupa el trono de nuestro ser es objeto de nuestra dedicación, admiración, deseo, amor y ulteriormente de nuestra adoración. En la tradición judeo-cristiana la adoración se refiere a una orientación total del ser humano hacia Dios, con su mente, cuerpo, voluntad, afectos y conducta. La etimología, es decir, el origen de la palabra, nos ilumina; proviene del latín adoratio, que deriva del verbo adorare. Este verbo está compuesto por ad que significa hacia y por orare que significa: hablar, orar, suplicar. Así, adorare es dirigirse a alguien con palabras reverentes, rendir homenaje y veneración. En la antigua Roma, la adoratio incluí una actitud de reverencia con un gesto corporal: llevarse la mano a la boca y besarla en dirección a la divinidad.

En el hebreo una de las palabras más descriptivas para la adoración es shajáh, cuyo significado literalmente es: inclinarse, postrarse, caer al suelo y poner el rostro sobre la tierra. En este sentido, la adoración expresa tres condiciones necesarias para llegar al corazón de Dios: humildad delante de Él, rendición de nuestra voluntad a la suya y reconocimiento de su soberanía. Cuando Abraham decidió obedecer e ir a ofrecer el sacrificio con su hijo dijo: “Iremos hasta allá y adoraremos”. Génesis 22:5. En las traducciones del Nuevo testamento desde el griego, la palabra traducida como adoración es proskynéo compuesta por pros que significa hacia y kyneo que significa besar. Es la imagen de alguien que se inclina para besar. En otras palabras adorar significa: reverencia, cercanía, amor, sumisión y reconocimiento de la grandeza y majestad. Por consiguiente, un corazón que adora a Dios es un corazón que entrona al Señor como el centro de su vida. De tal forma que, la vida entera se organiza alrededor de aquello que adoramos.

Así pues, una vida íntegra comienza de rodillas delante de Dios. Es ese el lugar donde los dioses en minúscula, los ídolos, como el poder, la aprobación, el reconocimiento de los hombres, el dinero, la imagen, el ego, el éxito, la ideología, otras personas a las que rendimos nuestra voluntad y reemplazan nuestra dependencia de Dios, se desvanecen. Porque aquello que ocupe tu corazón será lo que determine tu proceder. En la actualidad son claramente visibles los dioses modernos que el ser humano ha erigido. La validación de parte de otros se ha convertido en la identidad de muchos. Contrariamente, cuando nuestra identidad y, con ella, nuestra dignidad, están fundamentadas en quién soy para Dios, entonces no dependo del reconocimiento externo. Cuando dejamos de querer controlarlo todo, cuando rendimos nuestra voluntad a la de Dios y confiamos en Su amor, entonces la ansiedad abandona el corazón.

La integridad es la expresión, a través de nuestra conducta, de un corazón entero rendido al Señor de Señores y Rey de Reyes. Es el corazón que obedece Su voz en público y en privado. Es el corazón que no está dispuesto a negociar sus principios por complacer voluntades humanas. El corazón que deja de estar fraccionado y se rinde para amar a Dios con todas sus fuerzas, con toda su alma y con toda su mente. Porque cada acto de obediencia genuina es un acto de adoración. La integridad cristiana implica examinar continuamente qué está ocupando el lugar de Dios en nuestro corazón. De la misma manera, cuando decidimos dejar de arrodillarnos ante el mundo y sus corrientes, nuestro vocabulario cambia, nuestras relaciones nos acercan a Dios, nuestras decisiones son iluminadas por Su Palabra, nuestras prioridades revelan la dirección que sigue nuestro corazón y, sobre todo, la paz de Cristo que sobrepasa todo entendimiento, guarda nuestro corazón.

«En cuanto a mí, me mantienes en integridad, y me afirmas en tu presencia para siempre”.

Salmo 41:12.

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