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La IA no agacha el lomo

AI
Tiempo de lectura: 3 min.

No te pierdas el reportaje de Luis Enrique Velasco sobre los trabajadores que no temen a la inteligencia artificial (IA). Dice un mecánico: “No puedes pedirle a ChatGPT que se agache y repare un coche”. Tiene razón. Hombre, pedírselo puedes pedírselo, pero que no lo va a hacer es que no lo va a hacer. Añade un electricista: “Aquí ChatGPT no tiene mucho que decir, porque lo que cuenta es la destreza”. Una agricultora que recorre a diario sus naranjos con la IA de Anthropic (Claude) sabe que los jóvenes granjeros deben apoyarse en la tecnología para renovarse.

Se puede imaginar un futuro en que también esas tareas físicas las haga un robot, pero el caso es que no estamos aún ahí. Hay grandes avances en robótica, pero su implantación requiere unas inversiones tan formidables que no van a merecer la pena durante el futuro previsible. El Foro Económico Mundial calcula que la agricultura y los oficios tradicionales son los únicos sectores que van a crear 35 millones de empleos en los próximos cinco años. Es para pensárselo, sobre todo si estás en esa edad difícil en que tienes que decidir qué hacer con tu vida.

Con el trabajo hay dos temas, el sueldo y el propósito vital. Lo primero es lo único que solemos mencionar los cínicos —“el trabajo es eso donde no te diviertes”, dijo Sam Shepard—, y lo segundo tiene una sonoridad antigua, adusta y cascarrabias, sobre todo últimamente, aunque mucha gente se siente realizada en su trabajo, o al menos dice estarlo en las encuestas. Pero las perspectivas no parecen halagüeñas ni para los cínicos ni para los trabajólicos. Robert Guest, subdirector de The Economist (que pertenece al segundo grupo) cree que los gobiernos “deben esperar lo mejor, pero prepararse para lo peor”. Aunque la IA no está destruyendo mucho empleo de momento, el avance de los modelos predice que lo hará, en lo que la revista británica denomina un “apocalipsis laboral”.

Los últimos modelos de IA han superado las expectativas más optimistas de hace solo un año en las tareas relacionadas con la programación y la generación de código de computación. Es una cruel ironía que los primeros en perder su empleo vayan a ser, o estén siendo ya, los mismos programadores que los crearon. Los agentes de IA, o sistemas autónomos que perciben, planean y actúan a voluntad del usuario, están creciendo como setas en un otoño soleado, el gasto de las empresas en ellos alcanza las decenas de miles de millones de dólares este año y no da el menor signo de remitir.

Incluso en los campos en que la cantidad de empleo se puede mantener, los salarios no lo harán y las condiciones laborales tampoco, y ello mientras la voracidad de los centros de datos encarecerá la energía y el suelo y, por tanto, todo lo demás. De cumplirse estas predicciones, los Estados tendrán que intervenir con mucho más que un par de parches. Una opción muy discutida estos días es aumentar los impuestos al capital y reducirlos al trabajo. Otra es freír a tasas a los centros de datos. La política fiscal, en cualquier caso, va a sufrir una revolución más pronto que tarde.

Entretanto, dos de los demiurgos del presente, Sam Altman y Elon Musk, andan enredados en un juicio que acaba de quedar visto para sentencia. Musk acusa a Altman de haberse aprovechado de sus “donativos” iniciales a OpenAI, la creadora de ChatGPT, para lucrarse. Que Musk, el hombre más rico del mundo, acuse a alguien de lucrarse no deja de tener narices, pero la demanda es tan brutal que puede acabar con Altman ganándose la vida como mecánico. A ver si ChatGPT agacha el lomo cuando su creador se lo pida.

https://elpais.com/opinion/2026-05-16/la-ia-no-agacha-el-lomo.html