El 8 de mayo de 2025, justo después de su elección como papa, cuando arreciaban las guerras de Gaza y Ucrania, León XIV clamó desde el balcón de la basílica de San Pedro: “¡Basta de guerras!”. ¿Cuántas guerras terminaron aquel día? Ni una sola. Ahora bien, si Netanyahu y Putin hubieran dado una orden, las masacres en Gaza y Ucrania hubieran cesado de inmediato. Eso es el poder político: el poder real, duro, ejecutivo. A veces parece olvidarse que el Papa no tiene ninguno, y que el tiempo de los papas guerreros pasó a la historia. Es verdad que el Papa sigue siendo jefe de un Estado, y además un Estado teocrático; pero es una verdad matizable, sobre todo si se recuerda que el rancho medio de Estados Unidos posee cuatro veces más extensión que el Vaticano, cuyo número de habitantes equivale a menos del 1% de los trabajadores de Mercadona. O sea: más o menos como Irán o Arabia Saudí, Estados teocráticos por excelencia.
Pero no, claro, el poder del Papa no es real: es simbólico, moral, y atañe a los casi 1.500 millones de católicos que pueblan el mundo. Esa clase de poder, sin embargo, también es muy relativa. Cuando un gobernante promulga una ley, la mayoría de los ciudadanos la obedece, porque quien la infringe comete un delito y se arriesga a una sanción; en cambio, cuando el Papa prohíbe tomar píldoras anticonceptivas o dice que no hay que usar preservativos, que no hay que divorciarse o que no hay que abortar, solo unos pocos católicos le obedecen: la mayoría sigue haciendo lo que le da la gana.
Eso es el poder moral: algo tan parecido a la falta de poder que a veces es muy difícil distinguirlo de ella. También es verdad que, en la secularizada Europa actual, con la religión en retirada y las iglesias desiertas, la influencia del Papa es aún más exigua que en otros lugares, como Estados Unidos, todavía una sociedad muy religiosa (y con un 20% de católicos).
Cuando León XIV fue elegido papa, algunos vaticanistas de ocasión, empeñados en entender la Iglesia en términos políticos —que es la mejor forma de no entenderla—, sostuvieron que el cónclave había elegido un Papa norteamericano con el fin de que suturase las heridas provocadas por el antinorteamericanismo de Francisco y se entendiese con Trump; son las mismas luminarias que ahora, cuando el Vaticano y la Casa Blanca andan a la greña y salta a la vista que León XIV sigue la estela de Francisco —aunque sus formas sean más tradicionales—, afirman que en realidad este Papa fue elegido para enfrentarse a Trump. Bobadas, por supuesto, pero la pregunta es: ¿alguien puede sorprenderse de que el Papa se oponga a la criminal política migratoria de Trump o condene su amenaza de arrasar la civilización persa? Claro que, a lo largo de la historia, muchos papas han respaldado salvajadas semejantes, o han incurrido en ellas, pero ¿lo normal no es que no lo hagan, que obren de acuerdo con el Evangelio —“Amarás al prójimo como a ti mismo”— o simplemente con el catecismo —“No matarás”—? “¿Cuántas divisiones tiene el Vaticano?”, preguntó Stalin a un político europeo que, en la Conferencia de Yalta, insistía en hablarle de la postura de la Santa Sede; la pregunta era pertinente: se exagera hasta el ridículo el poder del Papa.
Éste, sobra decirlo, tiene derecho a opinar sobre política, que es lo que nos atañe a todos, y nosotros tenemos derecho a aplaudir cuando creemos que acierta —como León con Irán— o a abuchear cuando creemos que yerra —como Francisco con Ucrania—; pero nada más: la pretensión de que el Papa se convierta en la némesis de Trump, o de que pueda obligarlo a cambiar de políticas, es una fantasía a la vez infantil y peligrosa. A Trump no pueden echarlo más que los norteamericanos y los políticos que tienen legitimidad y poder para echarlo, o para oponerse a él. El Papa solo es el Papa: un líder religioso, no político; el poder simbólico del Papa no puede suplantar al poder real de los políticos. Tampoco debe hacerlo.
La mezcla de religión y política es letal. La época en que los papas decidían el destino del mundo quedó atrás; y fue nefasta. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.