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Opinión

Ante los acontecimientos de los últimos días, que involucran al sector opositor, a mí ya no me cabe duda: lo nuestro tiene que ser una vaina relacionada con los astros, esto es: una determinación astrológica, una mala estrella, una confabulación de la bóveda celeste, un Mercurio retrógrado que se nos instaló en el destino nacional per secula seculorum, porque de otra manera uno no se explica nuestra insistencia acabar con nosotros mismos. Vaya -para decirlo en cubano-, que esto es obra de Plutón, asere y de la confluencia interestelar del intergaláctico con Aries en Saturno aquel 4 de febrero, porque no se puede entender que un país que cuenta con las mayores reservas petroleras del planeta, con oro, hierro, coltán, ríos caudalosos, tierras fértiles para la agricultura y la ganadería, lugares paradisíacos para el turismo, clima de eterna primavera, esté entre los peores del planeta en todas las mediciones de progreso.

Es como si fuese un castigo de la constelación de Cáncer, nuestro signo regente: tendrás todas las riquezas, pero solo podrás disfrutarlas cuando tu rumbo sea guiado por la inteligencia, mientras tanto, cada nueva bendición que se descubra será una contribución a tu ruina (Simón Bolívar). Es decir, pa’tras como el cangrejo.

Esto ya no es un asunto de políticos, ni de sesudos analistas, sino de astrólogos. Claro que la primera complicación al determinar la carta astral del país, es la de establecer la fecha exacta de nuestro nacimiento: ¿fue el 19 de abril de 1810?, ¿fue el 5 de julio de 1811? En ambos casos el lugar de nacimiento es Caracas. Pero si somos más acuciosos y atendemos a la fecha de nuestra separación de la llamada Gran Colombia, tanto la fecha de nacimiento, como el lugar cambian. Este último se traslada a Valencia y dependiendo del criterio, la fecha de nacimiento podría ser el 6 de mayo de 1830, cuando se instala el Congreso constituyente o el 22 de septiembre del mismo año cuando se aprobó la nueva constitución y Páez asume la presidencia. Como puede verse, realizar la carta astral de Venezuela es más difícil que hacérsela a Maduro, que le gana al país en lugares y fechas de nacimiento.

Que Mercurio esté causando estragos no es nada nuevo, el frágil equilibrio del ecosistema del sur, da cuenta de ello con su participación en la criminal extracción del oro. En nuestra carta astral, Urano aparece en cuadratura con el Sol. Esta deshonesta conjunción del astro y el planeta determina que el enchufamiento intergaláctico sea parte de nuestras determinaciones.

La Luna, astro regente de Cáncer con Acuario, le ha dado un perfil lunático a algunos dirigentes, mientras otros se mueven con habilidad, como peces en el agua. ¿Y qué decir de Leo como signo regente? a quienes muchos atribuyen la culpa de todo lo que sucede. Mientras, el Sol se aparece a decirle a algunos líderes “no aclares que oscureces”, especialmente en el hemiciclo estelar, donde ya no quieren a Marte, sino odiarte.

Por su lado, siempre actúa Saturno, el viejo Cronos, que devora a sus hijos sin piedad. Desde el otro extremo del planeta, tampoco se puede negar que Rusia y China, son emblema de la presencia de Géminis arrebatando por igual, como si de un hueco negro en la galaxia –que nos devora– se tratase. Gracias a ellos, el gobernante usurpador continúa su agresión, pero de la que puede salir victorioso porque recibe un trígono de Júpiter desde Escorpio. No es culpa suya, es su sino, diga usted si no.

Dicho más claramente: si la oposición astral a la hegemonía solar no se pone las pilas, esta debacle va a continuar hasta que el sol se convierta en una supernova y el big bang, cansado de expandirse, inicie su retroceso a la pelotita primigenia.

https://talcualdigital.com/sera-una-confabulacion-astral-por-laureano-ma...

 3 min


DW

El secretario de Estado, Mike Pompeo, dejó claro este lunes (02.12.2019) que Estados Unidos no planea una intervención militar en Venezuela, aunque aseguró que Nicolás Maduro dejará pronto el Gobierno, en un discurso este lunes en el que se refirió a América Latina como "patio trasero" del país.

"Hemos visto a gente pidiendo un cambio de régimen mediante medios violentos y, desde enero, hemos dicho que todas las opciones están sobre la mesa para ayudar al pueblo venezolano a recuperar la democracia y la prosperidad. Eso es desde luego todavía verdad, pero hemos aprendido de la historia que los riesgos de usar la fuerza militar son significativos", dijo Pompeo.

Cambio de postura

En un discurso en la Universidad de Louisville, en Kentucky, el jefe de la diplomacia estadounidense destacó la importancia del "realismo" en las acciones de Washington hacia Venezuela y habló de una "política para Venezuela mezclada con moderación".

Sus declaraciones contrastan con la línea que ha defendido hasta ahora la Administración estadounidense, que durante meses insistió en que "todas las opciones estaban sobre la mesa" en relación con la crisis en Venezuela y, en todo momento, aseguró que eso incluía la opción militar.

Ahora, Pompeo dejó entrever que el Ejecutivo estadounidense ya no baraja la posibilidad de una invasión militar, aunque no llegó a decirlo claramente. En vez de la opción militar, EE.UU. ha "privado a Maduro y sus compinches del petróleo que no va a los bolsillos del pueblo venezolano, sino a los del régimen", defendió.

Estados Unidos ha pedido a Maduro desde enero que deje el país, y en abril Pompeo dijo, tras un levantamiento de militar sofocado, que el líder venezolano tenía un avión listo para huir a Cuba.

A diferencia del resto de la agenda internacional de Estados Unidos, en el caso de Venezuela, Washington ha contado con el apoyo de gran parte de los países occidentales y de América Latina para aplicar sus políticas orientadas a aislar al Gobierno venezolano y reconocer a Guaidó.

"Estoy orgulloso de lo que hemos hecho en la región, queda mucho trabajo por hacer en nuestro patio trasero, en nuestro Hemisferio", dijo Pompeo.

2 de diciembre 2019

DW

https://www.dw.com/es/pompeo-usar-fuerza-militar-en-venezuela-tendría-riesgos/a-51506190

 1 min


Cristina Monge

Mientras resurge con fuerza el debate sobre las múltiples amenazas que acechan a las democracias, hay una que suele pasar desapercibida, pese a que, en realidad, lo trastoca todo. El cambio climático ha sido tratado durante mucho tiempo con la única perspectiva de las ciencias naturales, y siendo estas imprescindibles para su conocimiento, la comprensión de sus consecuencias apela también a lo económico, lo social y lo político. Se necesita investigar más y desde perspectivas transdisciplinares para entender y gestionar este reto.

De momento, existe evidencia de, al menos, tres efectos que la crisis climática tiene sobre las democracias.

1. En primer lugar, el cambio climático es un multiplicador de problemas previos. Aunque afecta a todos los seres humanos, impacta mucho más sobre los países más pobres, que son, precisamente, los menos responsables de su existencia y los que menos posibilidad tienen de hacerle frente. Entre ellos, afecta más a las mujeres, y, más aún, a las niñas. Como nos están diciendo numerosas investigaciones de organismos internacionales, la crisis climática golpea a las personas y comunidades en proporción directa a su previa vulnerabilidad.

El mismo fenómeno se da en el interior de las sociedades del mundo desarrollado. Está comprobado que fenómenos como la pobreza energética, que impide vivir en condiciones mínimas de confort cuando llegan, por ejemplo, olas de calor sofocante, afectan de forma especial a las mujeres solas con hijos a su cargo. Las consecuencias se dejan sentir tanto en la economía como en la salud. Todo esto hace de dicha crisis un factor de incremento de las desigualdades justo cuando estas son ya un desafío para la cohesión social. A los más pobres no sólo les hace más pobres, sino también más enfermos. Resurge así una pregunta repetidamente formulada en la última década. ¿Cuánta desigualdad pueden soportar nuestras democracias?

2. Por otro lado, es evidente que las democracias actuales carecen de herramientas para gestionar problemas complejos, cuyas consecuencias se perciben como algo futuro. El hecho de que sean desafíos a escala global hace que sea muy fácil justificar la inacción por la ausencia de un acuerdo planetario, sin entender que las crisis mundiales requieren asumir la parte de responsabilidad de cada cual. Y solo así se tiene legitimidad para presionar al resto a hacer lo propio.

La complejidad, por otro lado, casa mal en tiempos de comunicación rápida, eslóganes fáciles y búsqueda de salidas simples, pero el cambio climático es un fenómeno que necesita de conocimiento experto transdisciplinar, con vocación de entender y transformar la realidad. En definitiva, conocimiento para la acción. Además, aunque los efectos de la crisis climática se sienten ya, lo que ahora se haga repercutirá sobre las próximas generaciones. Es decir, los sacrificios para cambiar el modelo deben ser asumidos por una generación distinta a la que disfrutará sus ventajas. Se impone, por tanto, un acuerdo ético con el futuro, algo a lo que las sociedades actuales no parecen muy dispuestas.

3. En tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, están reapareciendo con fuerza discursos ecoautoritarios que exigen actuar con urgencia ante la emergencia climática, prescindiendo si fuera necesario de los procedimientos democráticos por lentos, engorrosos, y porque las medidas que deben tomarse son impopulares. A esta visión hay que sumarle, en el lado opuesto, los discursos de las nuevas extremas derechas que hacen del negacionismo una seña de identidad en su disfraz de antisistema.

Estas son sólo tres de las amenazas que el cambio climático proyecta sobre las democracias, pero no es descartable que, conforme se profundice en su conocimiento, aparezcan más. Por eso la lucha contra esta crisis es también una batalla por más y mejor democracia, por fortalecer los valores de convivencia. En este sentido, la idea de transición justa que aportaron hace ya décadas los sindicatos en las cumbres internacionales sobre cambio climático es imprescindible.

Toda transición tiene sus víctimas, y esta no será menos. Si no queremos que, además de las condiciones de vida sobre el planeta, el cambio climático acabe también con la democracia, habrá que adoptar medidas justas que ayuden, arropen y acompañen a los perdedores de dicha transición.

2 de diciembre de 2019

El País

https://elpais.com/sociedad/2019/12/01/actualidad/1575227028_007090.html

 3 min


El totalitarismo Siglo XXI se ha logrado imponer por las armas y la corrupción, pero la oposición tiene una alícuota de responsabilidad por no alinearse en momentos requeridos. Hemos sido constantes defensores de la unidad y del liderazgo político, con sus más y sus menos. Sin embargo, aunque no somos dueño de la verdad, a veces es conveniente expresar algunos desacuerdos con la esperanza de que se produzcan rectificaciones, si es que son necesarias, o al menos que se aplique una dosis de prudencia a la hora de tomar decisiones. El desentono de la oposición, con algunas interrupciones que nos dieron esperanzas, no es nuevo. Tomemos como ejemplos un suceso del cual ayer se cumplieron diecisiete años, como fue el paro cívico, y la reciente destitución de Humberto Calderón Berti como embajador en Colombia.

El paro petrolero iniciado el 4-5 de abril del 2002 desencadenó un paro cívico al sumarse días después la CTV y Fedecámaras, con el desenlace de la renuncia de Chávez y su posterior regreso, consecuencia de errores de los protagonistas y también a la falta de sintonía de políticos de oposición. El paro cívico que arrancó tal día como ayer, hace diecisiete años, fue consecuencia del incumplimiento de la promesa de Hugo Chávez de rectificar su política económica y de no volver a violar la Constitución, ni perseguir a sus oponentes, lo cual ofreció cuando pidió perdón el 14 de abril de ese año. Este paro fue convocado por la CTV, Fedecámaras y la Coordinadora Democrática en la que estaban representados todos los partidos de oposición. Al mismo se sumaron los petroleros por decisión individual, sin ser convocados por las organizaciones Gente del Petróleo y Unapetrol, creadas en junio de ese año.

Gradualmente, la mayor parte del liderazgo político marcó distancia y tildaron el paro de petrolero. Lo que muchos olvidan o quieren olvidar es que ese paro cívico obligó al gobierno a firmar un acuerdo que contemplaba designar árbitro electoral confiable, desarme de la población civil, compromiso con la libertad de expresión, adhesión a la Carta Democrática Interamericana, no utilizar cuerpos de seguridad para reprimir arbitrariamente y en forma desproporcionada. Este Acuerdo fue suscrito por representantes del gobierno y de la oposición, por el Secretario General de la OEA, Centro Carter y PNUD. Desde luego el gobierno no cumplió y una oposición no sincronizada no protestó con firmeza, ni acudió a las instancias internacionales firmantes para reclamar el incumplimiento.

Diecisiete años después, cuando el régimen está en su momento más débil y cuando contamos con un joven valioso que ha despertado muchas esperanzas, nos cayó un balde de agua fría con la destitución torpe de Humberto Calderón Berti, quien era nuestro embajador en Colombia, designado por la Asamblea Nacional y por el presidente (e) Juan Guaidó. En su carta en respuesta a su destitución, Calderón Berti destaca que el presidente (e) Guaidó y su equipo se distanciaron de él desde que la auditoría ordenada detectó “manejo impropio de unos recursos”, por lo cual acatando las leyes colombianas, Calderón la pasó a la Fiscalía General de ese país.

Así mismo, Calderón señaló que la injerencia de la Asamblea Nacional y particularmente de dirigentes políticos en el manejo gerencial de la empresa Monómeros Colombo Venezolanos es inconveniente e impropia y ha sido una pésima señal. En su carta Calderón reconoce que en programa de televisión hizo una referencia “somera” al diálogo en Oslo, del cual “dudó sobre sus posibilidades y resultados reales”, punto sobre el cual se puede o no estar de acuerdo, pero que no correspondía juzgar a un embajador y que solo requería de un llamado de atención y no su destitución. Su señalamiento posterior de responsabilizar a Leopoldo López por los fracasos de la oposición, sea o no cierto, no venía al caso.

A raíz de estas declaraciones que Calderón tenía que dar para informar de su actuación y alertar al país sobre conductas inapropiadas, le han llovido aplausos, críticas y hasta calumnias. El presidente (e) Guaidó, a quien siempre hemos apoyado, cometió un grave error al destituir al embajador, quien venía cumpliendo una excelente ¿Fue una pifia del presidente (e)? ¿Tomó esa decisión presionado por otros actores políticos? En todo caso él es el responsable, pero seguimos confiando en su coincidencia con el sentir generalizado de rechazo a la corrupción y al clientelismo político. Los partidos políticos deben rectificar y tocar al mismo son. Se lo deben a los ciudadanos asesinados, torturados, encarcelados y exiliados. Unámonos alrededor de los principios y valores necesarios para construir una nueva Venezuela. El régimen es quien no investiga a sus corruptos, salvo cuando tienen luchas internas de poder.

Como (había) en botica:

Primero Justicia , Voluntad Popular y Un Nuevo Tiempo enviaron una buena señal al separar e investigar a varios diputados señalados de corrupción gracias a Armando.info.

El distinguido venezolano e incansable luchador Gustavo Coronel propone crear un Plan de Educación Ciudadana, es decir una fábrica de ciudadanos activos que prediquen y practiquen los principios y valores de la democracia.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

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María Ramírez Delgado

Podemos coincidir en que Andrés Bello fue uno de los hombres con mayor participación en la causa de la libertad mediante el proceso de Independencia y de consolidación de las nuevas repúblicas americanas. Bello, que nació en Caracas el 29 de noviembre de 1781 y murió en Santiago de Chile el 15 de octubre de 1865, a los 84 años. Vivió la época colonial, padeció y conoció la miseria en el exilio en Londres, los desastres de la guerra y enfrentó la obligación de edificar una república. Su vida es evidencia de que la lucha por la libertad suele implicar un poco más que sostener un fusil en un campo de batalla, pues la guerra, como toda violencia, dura un instante. Sin la independencia es imposible alcanzar la libertad, pero ese resultado es preciso construirlo para hacerlo perdurable. Coincidimos en la importancia de su legado, pero coincidir no significa comprender y por tanto no nos conduce a un hacer.

A Bello le preocupaba precisamente ese hacer de la libertad, ¿cómo actúan los pueblos con la libertad entre las manos?, ¿son capaces de manejarla? Sabía que la libertad puede conquistarse gracias a la desesperación, pero no puede practicarse desde esa desesperación, requiere de la propia certeza del concepto para ser conservada.

Pero, ¿cómo tener certeza sin saber de qué hablamos? Entendemos la libertad como la posibilidad de hacer nuestra voluntad, de actuar basados en nuestras decisiones, como la facultad de auto determinarnos. Los griegos y los romanos la entendían como la negación de la esclavitud, la condición de autosuficiencia que implica pertenecer y también participar de un Estado. Para Bello, fiel seguidor del pensamiento greco-latino, esta posibilidad de cumplir la propia voluntad se encontraba atada a una serie de elementos como la responsabilidad sobre las acciones y el atarse al cumplimiento de la ley.

La libertad sólo puede ser practicada desde los propios límites y desde el respeto a la libertad de otros. En un editorial en El Araucano (periódico bisemanal publicado en Santiago entre 1830 y 1877), Bello señaló: “¿Con qué título, con qué razón se queja el que ve arrebatada su propiedad, si él mismo ha tomado la libertad de arrebatar la propiedad de otros?”. Y es que, precisamente, en ese deseo de hacer nuestra voluntad terminamos alejándonos de los límites propios y abrazando los límites que podemos poner sobre otros, así, por la causa de la libertad, se someten pueblos a los designios de los gobernantes o se justifican crímenes y desastres, olvidando que la libertad debe provenir de cada uno.

Andrés Bello solía cuestionarse ante el problema de la adopción que las naciones americanas habían hecho del concepto de libertad. En la polémica que sostuvo con José Victorino Lastarria señala: “En nuestra revolución la libertad era un aliado extranjero que combatía bajo el estandarte de la Independencia, y que aun después de la victoria ha tenido que hacer no poco para consolidarse y arriesgarse”, y es que cuando alguien nos señala un concepto podemos aprenderlo, el asunto es que las naciones sólo aprenden desde el hacer, desde el fracaso. Adoptar un término evita que los individuos lleguen a su propio desarrollo, comprensión y aplicación de tal concepto. La libertad no sólo significa conquistarla sino valorar lo que ha significado este proceso y trazar la ruta para conservarla por encima de todo, repasando los posibles riesgos que se encuentran en el camino de construir una nación. Por eso la libertad está atada al tiempo y también a la naturaleza, en tanto que determina el crecimiento de la civilización, y señaló: En Bello desemboca su comprensión de la patria como una regla de conducta que establece el orden y afianza las relaciones entre los individuos.

La libertad, así entendida, es capaz de abarcar todas las formas de vida de una comunidad y de mejorarlas, pero aceptando que defender la propia libertad es defender también la de otros, permitirnos a nosotros y a los demás tomar las propias decisiones. Libertad de equivocarse, libertad de aprender.

Ser libres es comprender la unión de esa libertad con la responsabilidad de nuestros propios actos. Existe una relación intrínseca entre libertad y responsabilidad, si actuamos de forma impulsiva estamos sometidos a nuestros impulsos, el que actúa así lo hace desconociendo las consecuencias de sus acciones. Somos más libres tanto más entregados estamos a nuestro compromiso. Por eso no se puede ser libre y culpar a otros de lo que nos ocurre, así como tampoco es libre aquel que incansablemente busca controlar la libertad de los demás, puestos que es esclavo de su propio deseo.

Eso nos lleva a encontrar que la garantía de la libertad es la ley y la administración de la justicia. La ley como ejercicio de la razón protege de los errores del juicio humano y de la pasión, sostiene el derecho de todos a poseerla.

Vale el esfuerzo repasar estas consideraciones bellistas sobre la libertad ahora que tanto se lucha por ella, ahora que tanto la buscamos, para atender nuestra responsabilidad frente a ella, y volver sobre la máxima simple de Andrés Bello: “La libertad no puede existir sin el orden”. Coincidamos también con Bello en esto.

29 de noviembre

La Gran Aldea

https://lagranaldea.com/2019/11/29/el-concepto-de-libertad-en-andres-bello/

 4 min


La toma de poder por asalto, en cualquiera de sus variantes, parece estar cada vez más presente en las noticias. Golpes y contragolpes, reales o imaginarios, fácticos o tan solo denunciados, empiezan a tener una puntual frecuencia en el continente. Bolivia es el ejemplo más reciente y, de nuevo, nos ofrece una señal sobre el fracaso de la política en América Latina.

Finalmente, la polarización, que tan rentable fue en algunos momentos, ha terminado por destruir la credibilidad en la política y en los políticos. No importa la ideología o el color de su partido, su sentido del humor o su cursilería. Lo que está en crisis es su sentido mismo, su función. Los ciudadanos hemos comenzado a pensar que la política y los políticos ya no sirven para dirimir nuestras diferencias, para resolver los problemas fundamentales de la vida en común.

Ya la ecuación pavloviana, que ante cualquier suceso reacciona de manera instantánea culpando al “imperio norteamericano” o al “castrocomunismo”, se agotó, no logra dar cuenta de la compleja realidad que vivimos. El esquematismo que pretende explicar todo en términos de izquierda y derecha resulta todavía más frívolo en Bolivia, un país que —precisamente— ha construido gran parte de su propia historia sobre la lucha por reconocer, pronunciar y ejercer su propia heterogeneidad, su enorme diversidad.

Los problemas son más hondos y las narrativas simples comienzan a naufragar. Nuestras historias siguen a veces pareciendo inverosímiles pero, ahora, vamos dejando atrás el realismo mágico y avanzamos firmemente hacia el absurdo trágico. Tenemos presidentes que se autoproclaman, instituciones que se reconocen y se desconocen con sorprendente rapidez, autoridades sin autoridad y poderes simbólicos… Lo único que permanece intacto es la represión. Los ejércitos no se detienen, los asesinatos siempre son más.

Desde la interrupción en el recuento de los votos en las elecciones del 20 de octubre hasta el día de hoy, todo en Bolivia ha ido empeorando, enredándose. Los propios liderazgos, de los distintos sectores, han ido asfixiando la crisis, acabando con la política, simplificando el conflicto a los ámbitos de la emoción o de la violencia.

Evo Morales ha sido errático y contradictorio. Mantuvo un silencio cómplice durante las 24 horas que el sistema electoral suspendió inexplicablemente el proceso de conteo rápido de votos. Basado en un informe de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Morales anunció una nueva convocatoria a elecciones. Pero más tarde acusó de fraude a la OEA y la denunció como parte de una conspiración internacional en su contra. Renunció a la presidencia para que hubiera paz en Bolivia. Pero dos días después, desde México, dijo que iba a regresar a La Paz para “pacificar” al país. En medio de esta marea, sin embargo, ha tenido un éxito importante: logró salir de un agujero, donde estaba condenado a explicar un fraude, y saltar al relato épico donde vuelve a ser un pobre indígena cocalero, víctima de una conspiración blanca y universal. Abandonó la política y se refugió en la telenovela.

Los distintos liderazgos de las diferentes oposiciones bolivianas también han actuado de manera caótica e incoherente. Destaca, por supuesto, Jeanine Áñez Chávez, quien en medio de una situación confusa, termina asumiendo la presidencia como si ella misma hubiera obtenido una victoria histórica en contra de sus adversarios. Renuncia a un papel de mediadora en el conflicto y pretende entonces apropiarse de un protagonismo heroico que no tiene ningún respaldo y que, encima, se sostiene sobre la legitimación de la represión. Por no mencionar a Luis Fernando Camacho, un dirigente con ambición de cristero, que propone arrasar con la pluralidad de la sociedad boliviana gritando: “¡Satanás, fuera de Bolivia!”. Otra vez: el fervor sustituye a la política.

Los excesos narrativos siempre enturbian el cuento. Que Luis Almagro, el secretario general de la OEA, se comporte a veces como un predicador religioso, no implica que los 36 técnicos de la OEA que auditaron el proceso electoral boliviano sean una secta ciega al servicio de los oscuros intereses de Estados Unidos. Así como tampoco que Daniel Ortega y Nicolás Maduro —ambos en el poder después de elecciones igualmente fraudulentas— cuestionen “el golpe” en Bolivia implica que el proceso haya sido transparente y esté apegado a las leyes. Hay que dejar de pensar y de vivir la historia en términos de las Cruzadas. El sábado 16 de noviembre, Juan Guaidó, líder de la oposición venezolana, culminó una manifestación popular convidando a los presentes a marchar hasta la embajada de Bolivia. Como si la confusa situación boliviana pudiera funcionar de alguna manera en el contexto de la exhausta batalla por la democracia en Venezuela. La invitación parecía, más bien, una acción desesperada por encontrar algún milagro para resucitar la esperanza.

Los terribles errores de la dirigencia de la oposición boliviana no mejoran a Evo Morales. Pero tampoco su intención de perpetuarse en el poder, el fraude electoral cometido y la manipulación posterior, mejoran a Áñez ni le dan un permiso para actuar como le dé la gana. Ninguno de los dos son los únicos actores. Ninguno de los dos son la representación exclusiva de modelos políticos y utopías excluyentes. Creer que todo lo que ocurre es consecuencia de una pugna entre la izquierda y la derecha supone pensar desde la narrativa y no desde la realidad.

Las protestas en Chile dicen otra cosa, hablan de una crisis que ha desbordado a los políticos y a sus paradigmas. El caso de Bolivia ahora también desnuda la tentación de explicar cualquier conflicto con la denuncia de una conspiración ideológica internacional. Para no ver y enfrentar lo que sucede, se va más allá, a un lugar distante, donde una fuerza oscura mueve los hilos de lo real. Los políticos se denuncian y se acusan mutuamente, se aferran al supuesto enfrentamiento antagónico entre dos modelos, mientras las poblaciones se enfrentan cada vez más solas a sus tragedias. Hace una semana, una delegada sindical en Venezuela, en una protesta por la salud pública, se vio obligada a aclarar: “No queremos tumbar a nadie, queremos que reabran el hospital”. Los golpeados de siempre ahora deben vivir advirtiendo que ellos no son golpistas.

La polarización se devuelve y juega en contra de sus protagonistas. Si no se desactiva esta dinámica, el horizonte seguirá bamboleándose entre el autoritarismo y las sociedades disfuncionales. La multiplicación de los golpes. Antes de que nos devore el caos, urge recuperar y reinventar a la política.

24 de noviembre de 2019

Alberto Barrera Tyszka es escritor venezolano. Su libro más reciente es la novela Mujeres que matan.

New York Times

https://www.nytimes.com/es/2019/11/24/espanol/opinion/golpe-bolivia-evo....

 5 min


Alexandra Borchardt

Según cuáles sean sus fuentes informativas, su visión de cómo está yendo el proceso de destitución del Presidente estadounidense Donald Trump puede ser muy distinta a la de sus amigos, familiares o vecinos. También puede usted pensar que cualquier versión que difiera de la suya es sencillamente falsa. Esta falta de consenso sobre los hechos básicos –que, en gran medida, es consecuencia de las redes sociales- conlleva serios riesgos, y no se está haciendo casi nada para abordarla.

En los últimos años, la necesidad de mejorar la “alfabetización mediática” se ha convertido en una de las exhortaciones favoritas de quienes buscan combatir la desinformación en la era digital, especialmente aquellos que prefieren hacerlo sin hacer más estrictas las normativas hacia los gigantes tecnológicos como Facebook y Google. La lógica tras ello señala que, si la gente tuviera los suficientes conocimientos de los medios, podría separar la paja del trigo y prevalecería el periodismo de calidad.

Hay algo de verdad en ese argumento. Tal como es peligroso conducir en un lugar del cual se desconoce las reglas del tráfico, navegar con seguridad en el nuevo ambiente de medios digitales -evitando no solo las “noticias falsas”, sino además amenazas como el acoso en línea, el porno no consensuado (“de venganza”) y los discursos de odio- requiere conocimiento y atención. En consecuencia, resulta crucial el que se emprendan iniciativas sólidas para mejorar la alfabetización mediática a nivel global. Los medios informativos libres, creíbles e independientes son uno de los pilares de toda verdadera democracia, esenciales para que los votantes tomen decisiones informadas y hagan que las autoridades electas rindan cuentas de sus actos. Considerando esto, la alfabetización mediática se debe impulsar dentro de una campaña más general para mejorar la alfabetización democrática.

Desde su invención en la Grecia antigua hace más de 2500 años, la democracia ha dependido de reglas e instituciones que logren un equilibrio entre participación y poder. Si el punto fuera simplemente hacer que todos hablaran, plataformas como Facebook y Twitter serían la máxima expresión de la democracia, y movimientos populares como la Primavera Árabe de 2011 habrían producido con naturalidad gobiernos plenamente funcionales.

En su lugar, el objetivo es crear un sistema de gobernanza en que los líderes electos aporten su experiencia y conocimientos a fin de beneficiar los intereses de la gente. El estado de derecho y la separación de poderes, garantizados por un sistema de controles y contrapesos, son vitales para el funcionamiento de un sistema así. En pocas palabras, la movilización significa poco sin un grado de institucionalización.

Y, sin embargo, hoy las instituciones públicas padecen la misma falta de confianza que los medios informativos. En cierta medida esto es merecido: muchos gobiernos no han satisfecho las necesidades de sus ciudadanos y la corrupción es rampante. Todo ello ha agravado en escepticismo hacia las instituciones democráticas: la gente suele preferir plataformas en línea más igualitarias, donde se pueda escuchar la voz de todos y cada uno.

El problema es que tales plataformas carecen de los controles y contrapesos que exige la toma informada de decisiones. Y, contrariamente a lo que algunos pioneros de la internet creían al principio, ellos no surgirán orgánicamente. Por el contrario, los modelos de negocios guiados por algoritmos de las compañías tecnológicas no hacen más que obviarlos, porque amplifican las voces según clics y “me gusta”, no según su valor o veracidad.

Los políticos populistas han aprovechado la falta de controles y contrapesos para obtener poder, que usan a menudo para beneficiar a sus partidarios, pasando por alto las necesidades de sus oponentes o de las minorías. Este tipo de régimen de las mayorías se parece mucho a la imposición de las mafias: los líderes populistas intentan suprimir legislaturas y tribunales para cumplir los deseos de sus votantes, a menudo moldeados por mentiras y propaganda. Un buen ejemplo es el reciente intento del Primer Ministro británico Boris Johnson de suspender el Parlamento para reducir su capacidad de evitar un Brexit sin acuerdo.

En una democracia, los ciudadanos deben poder confiar en sus gobernantes garantizarán sus derechos y protegerán sus intereses básicos, con independencia de por quién votaron. Deberían poder seguir con su día a día, confiados en que las autoridades públicas dedicarán su tiempo y energía a tomar decisiones informadas, y que el resto someta a controles y contrapesos a las que no lo sean. Los medios independientes creíbles apuntalan este proceso.

En el caso de Johnson, el poder judicial cumplió su deber de ser un contrapeso del poder ejecutivo. Sin embargo, con cada ataque a las instituciones democráticas se debilita su capacidad de rendición de cuentas, más gente se desilusiona y disminuye la legitimidad del sistema. Con el tiempo, esto reduce los incentivos a que las personas talentosas trabajen en ámbitos como el periodismo y la política, erosionando más aún su eficacia y legitimidad.

Para romper este círculo vicioso es necesaria la rápida expansión de la alfabetización mediática y democrática, abarcando temas como el modo en que funciona el sistema y quién lo rige y le da forma. Y, no obstante, como muestra un estudio de próxima publicación del Comité de Expertos sobre Periodismo de Calidad en la Era Digital (en el cual colaboré) del Consejo de Europa, la mayoría de los programas actuales de la alfabetización mediática se limitan a enseñar a los escolares a usar plataformas digitales y entender el contenido de las noticias. Muy pocos apuntan a personas mayores (que son quienes más los necesitan), explican quién controla los medios y la infraestructura digital, ni enseñan los mecanismos de una opción algorítmica.

En todo el mundo, las democracias están pasando por una prueba de esfuerzo. Para que la aprueben, es necesario reforzar sus bases institucionales. Y eso requiere, en primer lugar y antes que todo, entender cuáles son esas bases, por qué importan y quién intenta eliminarlas.

28 de noviembre 2019

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/media-literacy-not-enough-t...

 4 min