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Opinión

Adriana Moran

En Venezuela hay una mayoría muy bien identificada: la que formamos todos los que nos oponemos a ese proyecto de destrucción encabezado por Nicolás Maduro y que queremos un cambio. Una mayoría que si bien comparte un objetivo común, es diversa y no responde a un solo liderazgo o a un solo color a pesar de los esfuerzos de algunos grupos por atribuirse su representación y llamarse oposición verdadera en detrimento de otros que serían los falsos, o en algunos casos, y para coincidir más aún con la jerga revolucionaria, los traidores.

Y es cierto que una vez el grupo formado por los que nos oponemos al régimen y la unidad opositora fuimos un mismo gran grupo. Un grupo que pasó por encima de intereses individuales y partidistas y logró reunir, con el objetivo de enfrentar electoralmente al régimen, una fuerza que nos contenía a todos los que estábamos dispuestos a manifestarnos para cambiar. Y entonces actuamos como un solo bloque y ganamos las parlamentarias en 2015.

Pero hoy, ese gran grupo de 2015 ya no existe. Muchos ya no estamos allí. Y no dejamos de estar porque cambiamos. Nosotros seguimos queriendo lo mismo que queríamos entonces y queríamos seguir usando las mismas armas que entonces usamos para irle arrebatado al régimen espacios de poder y hacernos más fuertes.

Muchos ya no estamos porque los que cambiaron fueron ellos. Porque el voto ya no les pareció suficiente ni necesario si no estaba acompañado del cálculo que les aseguraba la victoria a uno u otro grupo. Porque se impusieron la mezquindad y la ambición que una vez lograron sofocar por el bien de todos. Porque desde las mismas curules que consiguieron con el voto le dijeron a sus votantes que el voto no era la herramienta que necesitábamos. Porque empezaron a jugar el juego del todo o nada en el que hasta ahora, Maduro se sigue quedando con todo y nosotros con nada.

Nosotros no cambiamos. Ellos nos cambiaron por un proyecto que se volvió personal y desconectado de las mayorías que solo han visto como el paso del tiempo sigue deteriorando sus vidas. Y para ser mayoría y poder llamarse así, hay que medirse. No es un título nobiliario ni un cargo vitalicio. Ser mayoría es ser el reflejo de lo que la mayoría quiere y se consigue cuando la gente se expresa en las urnas electorales.

noviembre 27, 2019

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2019/11/quienes-son-la-mayoria.html?utm...

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Con voz propia

La Constitución Federal para los Estados de Venezuela convirtió a la Patria en tercer país de Hispanoamérica, en proclamar esta Ley Fundamental, redactada por Cristóbal Mendoza y Juan Germán Roscio; sancionada por un Congreso Constituyente instalado el 2 de marzo de 1811, que se perfiló como más antiguo de América Latina. Fue promulgada el día 21 de diciembre de ese año.

Además de las influencias del liberalismo político de la revolución francesa, recibió la directa ascendencia de la constitución estadounidense en la configuración del Estado. Esta fue adoptada el 17 de septiembre de 1787 por la Convención de Filadelfia (Pensilvania) y ratificada en cada estado en el nombre de «Nosotros el Pueblo» (We the People). Contenida en 7 artículos es la más añeja en vigencia y sólo acepta enmiendas, las cuales totalizan 27 en los 232 años de existencia.

Cronológicamente la de Inglaterra de 1215 resulta la vetusta, pero se omite por no ser escrita.

Predominio en cuantía constitucional está la nuestra. Hasta la de 1999, la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV), totalizan 27. De los textos fundamentales, cinco han sido aprobados en Congresos Constituyentes, comenzando por el de 1811 y seis en Asambleas Constituyentes. El resto en reformas y enmiendas.

Una Constituyente (ANC) fue la que aprobó el 15 de diciembre de 1999, hace 20 años la nueva Carta Magna. La redactaron en 6 meses los 131 miembros: 24 electos en circunscripción nacional, 104 en regionales y 3 de comunidades indígenas. Solo 6 correspondieron a la Oposición. 125 fueron del Movimiento V República (MVR) partido vencedor en la Asamblea conformada en referendos, medio en el cual fue ratificado el texto fundamental.

"Nuestra Constitución, una de las mejores del mundo, está blindada de cualquier capricho personal", afirmaba el hoy difunto Hugo Chávez. Pero no tardó en solicitar por referendo la reforma de 69 artículos y como el pueblo votante se lo negó, recurrió ilegalmente a la enmienda que impuso la reelección indefinida.

Ahora su legatario Nicolás Maduro, por ilegal decreto, implanta una ANC con nominación del excesivo número de 545 miembros para elaborar nueva Carta Magna. Se dio plazo de 3 años y nada de cumplir.

Su objetivo: abusar de poderes plenipotenciarios para arrasar con la Asamblea Nacional, que la Oposición conquistó con ejercicio de la mayoría absoluta.

Tal política implanta el dominio del narcorégimen, grotescamente diseñado por Cuba con la indigna sumisión de la cúpula militar lidera por G/J Padrino López.

Así se actúa en el Foro Sao Paulo, iniciado en 1990 con instauración del socialismo XXI, para destruir democracias.

En el 20º aniversario la robolución, impuesta en la hegemonía expresada en cadenas de radio y tv permanentes, con apatía de gerencia de medios. Excluidos están los impresos confiscados y eliminados en gran parte.

¡Que ONG suplan la ineficiencia de oposición¡ claman. Para bien del pueblo sometido a hiperinflación, hambruna y condenado a muerte por falta de medicina, se manifiesta con la proclamación del jefe del Parlamento, Juan Guaidó, como presidente de la República con reconocimiento de 60 países ante la usurpación del paisano Maduro.

Oportuno los cuatro lustros de la CRBV para su reflexión. Evitemos decires como el de Chateaubriand: “Prefiero la libertad sin Constitución a la Constitución sin libertad”.

Recordemos la Constituyente francesa de 1789: "Una sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de poderes determinada, no tiene Constitución"

Al MARGEN. A lo que nos han llevado: figurar con color rojo, y no precisamente con el que se apadrina el narcorégimen. Con esa indicación se alerta que para el 2020 “la delincuencia violenta y el terrorismo plantean importantes riesgos directos o incidentales para los viajeros y cesionarios internacionales”, según la definición de International SOS.

jordanalberto18@ yahoo.com.

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La desconfianza pulula en nuestros días. Es un mal mundial y generalizado que se hace más evidente en la vida política, pero que abarca todos los sectores. Desconfiamos de los alimentos, de las vacunas, de los médicos, de las investigaciones científicas, de los medios de comunicación, de nuestros vecinos y parientes. En fin, desconfiamos de todo y de todos. El francés Alain Peyrefitte, en su obra La societé de la confiance, atribuye a ese factor inmaterial el mayor o menor desarrollo de los pueblos. De ser cierta esta tesis, y apostamos que sí, estamos en vías de regresar al período neolítico. La mayoría de las informaciones que nos llegan son ciertas, pero tenemos la tendencia a darle más credibilidad a las más inverosímiles. La mayor parte de las personas son confiables, pero preferimos pensar que no lo son. Analicemos los casos de nuestros militares y políticos.

Durante muchas décadas hemos escuchado a los dirigentes civiles predicar que los militares no deben ser árbitros en política. Que las instituciones civiles son las que deben designar a los presidentes por la vía del voto y destituirlo cuando violan la Constitución y las leyes. En teoría esto es lo correcto. El problema se complica cuando un presidente viola la Constitución y las instituciones civiles se hacen las desentendidas o incluso avalan las fechorías, como sucede frecuentemente en Venezuela. Nuestra Constitución contempla en su artículo 333 que Todo ciudadano, investido o no de autoridad, tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia, lo cual es un mandato que no excluye a los militares. El punto es quién decide cuándo se viola la Constitución y quienes son los culpables. Obviamente, en condiciones normales no deben ser los militares los que deben calificar el delito.

Por otra parte, algunos políticos consideran que sería nefasto que los militares intervengan, lo cual envía un mensaje confuso a quienes están en los cuarteles. Los oficiales que decidieron actuar o que expresaron su desacuerdo con el régimen están presos, algunos fueron torturados, uno fue además asesinado, el capitán de corbeta Rafael Acosta, y otros pasados a retiro o exiliados. A pesar del elevado número de militares que han sufrido atropellos, existe una fuerte tendencia a descalificar a la institución armada. Desconfiamos de todos los verde oliva y los tildamos de corruptos.

Los políticos constituyen el otro sector frecuentemente vilipendiado. Muchos desconfían porque no actúan como solicitan quienes ven los toros desde la barrera o quienes están en el ruedo, pero son solo ayudantes en la cuadrilla. Dos políticos fueron asesinados Albán y Rada y hay muchos políticos presos, refugiados en embajadas y exiliados, pero eso tiende a no valorarse.

Desde luego que la desconfianza hacia militares y políticos tiene alguna base. Hay militares militantes del PSUV como Padrino López y Remigio Ceballos, muchos corruptos y también hay torturadores, como en la Dirección General de Contrainteligencia Militar, y en la Guardia Nacional hay oficiales y guardias que reprimen manifestaciones con uso abusivo de la fuerza.

Entre los políticos hay corruptos y también integrantes de la quinta columna del régimen. Escarrá y Arias Cárdenas son ejemplos evidentes de hipocresía. Otros, como Timoteo Zambrano, Claudio Fermín, Felipe Mujica, Rafael Marín y Henry Falcón despiertan desconfianza más con razón, que sin ella, de ser colaboracionistas del régimen.

El llamado G4, integrado por Voluntad Popular, Primero Justicia, Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo, es visto con desconfianza por insistir en la vía electoral para salir de la usurpación. Por su parte Vente Venezuela y Alianza Popular no inspiran confianza por la terquedad de insistir en las protesta de calle y en un TIAR que ningún país quiere aplicar.

Con todo y sus errores y defectos, debemos aceptar que no saldremos de esta narcodictadura sin el concurso de militares y de políticos. Un paso necesario, aunque no suficiente, es que los ciudadanos de a pie dejemos de criticar a ambos sectores y que estos se unan alrededor de los principios y valores. Los militares solo darán un paso al frente si perciben que el sector político está unido y con un acuerdo y un plan de mediano plazo. Los ciudadanos de a pie solo dejaremos de desconfiar cuando los militares dejen de reprimir y los políticos depongan posiciones y remen en la misma dirección. La difícil situación que vivimos amerita que descartemos la desconfianza. Se debe seguir protestando y apoyando las sanciones, y paralelamente prepararnos para elecciones siempre y cuando se den las condiciones de transparencia que exigimos.

Como (había) en botica:

Por sustraer de un pesebre unas figuras para jugar, dos niños de 8 y once años fueron torturados por un oficial de la Guardia Nacional en San Tomé. Al general que acudió a conversar con la comunidad parece que le preocupó más que el video ruede en las redes que el hecho criminal.

La masacre en Ikabarú, Gran Sabana, evidencia que la Fuerza Armada brilla por su ausencia en ese municipio o es cómplice en el negocio del oro.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

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Jesús Elorza G.

Los abogados relacionados con el sector deportivo venezolano, manifestaban entre si su asombro y rechazo a los planteamientos formulados por el Presidente del Comité Olímpico Venezolano Eduardo Álvarez, en el acto recientemente celebrado en los salones del ilegitimo Tribunal Supremo de Justicia en Caracas.

-No puede ser, explicaba uno de los jurisconsultos, que este señor se presente con su cara muy lavada, a decir frente a los ilegales magistrados que “el Comité Olímpico es un Organismo Supranacional”. Que el Comité Olímpico Venezolano es una Asociación Civil de carácter privado, cuya vigencia solamente está dada por el reconocimiento del Comité Olímpico Internacional y no por ninguna ley nacional. Y remató señalando, que las querellas suscitadas en el Movimiento Olímpico deben ser dirimidas exclusivamente por el Tribunal Arbitral de Deportes con sede en Lausana Suiza y no en los tribunales del país.

-¿En serio, dijo eso? preguntó otro de los abogados. Ese tipo está fumao. Lo que señaló no es más que una aberración. En Venezuela, a partir de la Constitución de 1999, el deporte fue incluido como derecho cultural, en el que el Estado lo asumió como una política de educación y salud pública, con la subsecuente garantía de asumir los recursos para su promoción, la atención integral de los deportistas, el apoyo al deporte de alta competencia, la evaluación y la regulación de las entidades deportivas del sector público y privado.

-Colega usted tiene toda la razón en su argumento, dijo otro de los presentes en la conversación. Solo quisiera agregar que, bajo el paradigma de la Constitución de 1999, debe tenerse en cuenta que cuando se hace referencia a la materia deportiva, sin duda alguna se aborda un asunto que trasciende el orden particular, pues atañe al interés general y social el Estado Social de Derecho y de Justicia, y bajo esa óptica debe abordarse los asuntos que sobre este tema sean sometidos a consideración de los órganos jurisdiccionales. Una interpretación distinta a esto, solo busca imponer a trocha y mocha criterios que están por encima de la ley para justificar atropellos contra los Derechos de las personas u organizaciones.

-Un asesor de las Federaciones Deportivas, interviene para exponer que conforme a la Ley Orgánica de Deporte, Actividad Física y Educación Física, el Comité Olímpico Venezolano, es un ente del sector privado de la organización deportiva (artículo 26), que se rige por sus Estatutos y reglamentos, así como por las normas del Comité Olímpico Internacional en el marco del ordenamiento jurídico venezolano, esto es bajo el óbice de la Constitución, norma fundamental sobre la que descansa el ordenamiento jurídico.

-Creo recordar, señalo uno de los abogados especialista en materia electoral, que frente a una impugnación de las elecciones del Comité Olímpico, la Sala Electoral del TSJ, declaró improcedente la demanda alegando la supranacionalidad del organismo, fundamentando su decisión en la Ley de Arbitraje Comercial y la Convención sobre el Reconocimiento y Ejecución de las sentencias Arbitrales Extranjeras. Posteriormente la Sala Constitucional revocó la decisión de la Sala Electoral, alegando que la materia deportiva atañe al interés social y general del Estado y, por tanto, no es de naturaleza comercial, razón por la que el instrumento legal invocado como fundamento de derecho no resulta aplicable ni siquiera por analogía.

Colegas, creo que el problema planteado va más allá del Derecho Constitucional, señaló el abogado de mayor antigüedad en el Derecho Deportivo. Estamos en presencia de una pelea entre camaradas burócratas revolucionarios, forma elegante de decirles enchufados, que solo buscan adueñarse del control de los recursos dolarizados que se mueven en el olimpismo. Por un lado, el Ministro del Poder Popular para el Deporte interviene las Federaciones Deportivas para controlar a sus directivas y sumar votos para la elección del Comité Olímpico Venezolano y así lo dejo ver claramente con el caso de la intervención de la Federación Venezolana de Deportes Acuáticos al erigirse ilegalmente en el organismo rector del proceso electoral.

Por el otro lado, se encuentra el Presidente del Comité Olímpico, que no quiere desprenderse de esa teta que le permite manejar a discrecionalidad los recursos dolarizados del Movimiento Olímpico.

-¿Y los ilegales magistrados que papel juegan? preguntó alguien.

-Por el papel jugado en las decisiones contradictorias de la Sala Electoral y la Constitucional, podemos pensar en que el padrinazgo de uno u otro lado influyan en las decisiones o quizás las invitaciones para asistir a los Juegos Olímpicos. Rio de Janeiro o Tokio son destinos turísticos muy apreciados y apetecidos …y si es con los gastos pagos mucho más.

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Cuando Florentino Quitapesares, el personaje principal de la novela "Cantaclaro" del Maestro Don Rómulo Gallegos llegó al rancho de Juan el Veguero con la intención de colgar un chinchorro para descansar un rato, se encontró con que el rancho estaba abandonado y a un costado cuatro cruces de palos rústicos. Esta deprimente visión produjo en Florentino un quiebre espiritual de tal magnitud, que lo llevó a una profunda reflexión:

¡Se acabó Florentino Quitapesares!

“Se acabaron los amoríos, la cantadera, la contrapunteadera, los corríos, las parrandas, los viajes sin rumbo y el patirrolismo. Hay que hacer algo muy serio para que, en este país, un Juan el Veguero no tenga tres hijos y una mujer y se les mueran todos de hambre y fiebre: ¡Hay que hacer algo, Florentino Quitapesares!”

Y ese angustiante "hay que hacer algo" de Florentino Quitapesares, no es más que la urgencia que tenemos los venezolanos para cambiar de mentalidad. En este sentido, pareciera pedagógico recordar que a lo largo y ancho de los 188 años que llevamos de vida republicana, se produjeron en Venezuela 166 revueltas armadas sin incluir los golpes de estado que se dieron en las madrugadas del siglo XX. Es decir, nos hemos acostumbrado a dirimir nuestras contradicciones dialécticas a través de la conducta bélica. Y esta forma de aspirar y luchar por el poder ha creado dentro de los hemisferios cerebrales del pueblo venezolano, una especie de inconsciente colectivo que poco a poco y lentamente nos ha traído hasta el intrincado laberinto donde actualmente nos encontramos.

Ahora bien, por esta circunstancia y por otras muchas más, es necesario que comencemos a limpiar nuestro inconsciente colectivo a través de una pedagogía del cambio fundamentada sobre un proceso de metanoia progresiva que sea capaz de hacernos modificar nuestra manera de pensar. En consecuencia, ojalá que un día de estos demos un giro de 180 grados a través de la aplicación de un proyecto educativo fundado en la lectura sistemática, el civismo, las matemáticas, la historia del hombre, los idiomas, el método científico, el trabajo creador, la labor social, los deportes, la música, el arte, los valores morales, las ciencias experimentales, las ciencias sociales, el desarrollo de habilidades manuales y el respeto por las leyes, con el objetivo específico de que al egresar de la escuela secundaria o bachillerato, los jóvenes venezolanos sean capaces de:

-Proseguir estudios universitarios.
-Incorporarse al mercado de trabajo.
-Hablar dos idiomas.
-Entender dos religiones.
-Explicar dos culturas.
-Dominar un oficio manual.
-Amar la libertad.
-Salvaguardar la democracia.
-Luchar por los derechos humanos.
-Manejar correctamente la computadora.
-Defender sus derechos constitucionales.
-Cumplir sus deberes constitucionales.
-Leer dos libros por mes.
-Practicar la convivencia.
-Dominar dos deportes.
-Interpretar dos instrumentos musicales.
-Diseñar su propia escala de valores.
-Y entre otros, elaborar su particular manera de filosofar.
Por añadidura y finalmente, para este proyecto educativo se debería solicitar asesoramiento en los ministerios para la planificación educativa de Japón, Suecia, Finlandia y Suiza.
Solo así, el drama de Juan el Veguero llegará a su final, la reflexión de Florentino Quitapesares se habrá materializado y Venezuela se convertirá en la tierra donde todo sueño será posible y hasta "el náufrago porque el tifón rompió sus velas, querrá que entierren su cuerpo cerca del mar en Venezuela"

Villa de Cura, lunes 18 de noviembre del 2019

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Sí me hubieran preguntado a mediados del 2019 sobre mis visiones para América Latina hacia fin del año, yo habría dicho que viene un periodo electoral en donde se decidirá si en Argentina la supremacía del neo-peronismo será absoluta o relativa, si el Frente Amplio uruguayo consolidará sus posiciones o si en Colombia, después del retorno a la guerra de una de las fracciones de las FARC, el uribismo saldrá fortalecido. Tal vez ni siquiera habría mencionado a Bolivia pues el triunfo de Evo Morales lo daba por descontado.

En Argentina retorna el peronismo a través de los dos Fernández, uno encargado del gobierno, la otra de la plebe. Macri logró ascender algunos puntos. Más allá de ideologías, Argentina ha optado por una suerte de bi-partidismo (Frente de Todos y Cambiemos) Por el momento el principio de la alternancia en el poder parece estar a buen resguardo. En Uruguay la decisión entre el frenteamplista Daniel Martínez y el conservador Luis Lacalle Pou ha sido postergada hasta el próximo domingo. Y en las regionales de Colombia ha emergido de modo impresionante un centro político que ha terminado por descolocar tanto al uribismo como a la izquierda pétrea. El triunfo de la candidata ecologista Claudia López en Bogotá, fue espectacular.

Y bien, estos tres eventos electorales, muy importantes, han pasado a un segundo plano debido a estallidos indígenas, sociales y políticos aparecidos en tres países: Ecuador, Chile y Bolivia. Justamente aquellos donde todo parecía estar bajo control. Habrá entonces que concluir: las agendas de la historia no se ajustan a planes pre-establecidos.

ECUADOR: EL ESTALLIDO INDÍGENA

Todo comenzó en Ecuador.

Cuando el presidente Lenín Moreno firmó el decreto 833 que fijaba un aumento del precio del diésel, lo hizo con la buena conciencia de que llevaba a cabo una razonable medida económica. Por una parte - así lo dijo expresamente su ministro de economía, Richard Martínez- era un alza que afectaba en primer lugar a los ricos. Por otra, Moreno continuaba una política de racionalización siguiendo las recomendaciones del FMI orientadas a reducir el gasto público elevado hasta las nubes por el distribucionismo demagógico de su antecesor, Rafael Correa. Con lo que no contaba Moreno fue que esa medida no solo afectaba a los “ricos” sino fundamentalmente a los campesinos indígenas quienes en su gran mayoría dependen del precio de la bencina para sus tractores y para el transporte de la mercadería agrícola.

De haber sido implementada el alza del diésel, esta se habría traducido muy pronto en un alza de los productos alimenticios o, en su defecto, en su escasez, hecho que habría obligado al gobierno a importar alimentos. Algo así como el chiste del alemán que abrió un agujero en el bote para que saliera el agua que entraba por otro.

Más allá de la simple racionalidad económica, lo que entendió Moreno fue que mantener el alza del diésel lo estaba llevando a enfrentarse con la CONAIE (Confederación Nacional Indígena de Ecuador) probablemente la organización indígena más poderosa de América Latina.

Como era de esperarse, el ex presidente Correa, desmontado políticamente por Moreno, iba a aprovechar la situación para intentar desenmascarar al “traidor”. Durante los doce días que duró el conflicto, el presidente ecuatoriano estuvo amenazado desde dos frentes: el de las comunidades indígenas a la que se articulaban estudiantes y trabajadores urbanos, y el “correismo”, aún latente en el propio partido de gobierno. Fue entonces cuando Moreno decidió realizar dos actos: dialogar y ceder. Este fue sin duda el hecho más significativo del proceso ecuatoriano de octubre.

Dialogar y ceder son prácticas que no forman parte del léxico político de los gobiernos latinoamericanos. De acuerdo al concepto de poder predominante, dialogar y ceder ante fuerzas contrarias muestra debilidad y eso, desde un punto de vista maquiavelista, es lo que jamás debe mostrar un jefe de gobierno. En un conflicto entre sociedad y gobierno un gobierno no debe ser derrotado. Así reza el mandamiento.

Lenín Moreno demostró que el camino contrario también es viable: ceder ante demandas sociales no es un signo de debilidad sino de aproximación entre sociedad y estado. Si hubiera elegido el camino de la represión podría haber derrotado a sus contrarios, pero al precio de romper las correas de transmisión que se dan entre gobierno y sociedad. Moreno hizo lo contrario, demostrando al mundo que dialogar y ceder son prácticas imposibles de ser descartadas del uso político.

Cuando el 13 de octubre en un diálogo sin estridencias ni ideologías, Lenín Moreno, presidente de Ecuador, y Jaime Vargas, presidente de la CONAIE, acordaron la supresión del decreto 833, Moreno pareció perder algunas cuotas de poder. Pero por otra parte ganó lo que pocos presidentes latinoamericanos ostentan: respeto a su autoridad. El gran derrotado en esta ocasión no fue Moreno. Fue Correa.

La crisis ecuatoriana dejó también otra enseñanza: cuando la razón política se enfrenta a la razón tecnocrática, un presidente ha de optar por la primera. Un país no es una fábrica ni una empresa así como un presidente no es un gerente. No haberlo sabido entender a tiempo costó a Macri la no-reelección en Argentina. A su colega Piñera de Chile, casi le costó el puesto

CHILE: EL ESTALLIDO SOCIAL

No terminaba Sebastian Piñera de pronunciar las palabras “oasis latinoamericano” para metaforizar a Chile, cuando estudiantes llenaron las calles protestando por el alza del pasaje del Metro.

Al comienzo parecía una manifestación estudiantil más, una de las tantas habidas en Chile. Pero los estudiantes, como muchas veces se ha dicho, fueron solo el detonante de un gran estallido, uno que a diferencias de el de Ecuador no se articuló en torno de ningún eje, ni social ni político.

El movimiento se fue conformando a través de un contexto multidimensional donde diversas vertientes confluirían hacia un solo río torrencial cuyas aguas inundaban las principales ciudades del país. A la dimensión generacional no tardó en sumarse una social constituida por casi todas las organizaciones laborales y junto a ellas, miles de descontentos por distintas razones, casi todas económicas.

Si bien algunos grupos del Frente Amplio intentaron aparecer como guías del movimiento, fue evidente que carecía de jefatura, de partidos y de liderazgo. No amorfo como dijimos en una ocasión, más bien polimórfico.

Vanos fueron los intentos de los académicos de la izquierda para encajonar al emergente movimiento en una determinada matriz ideológica. A pesar de que con su reducido vocabulario repetían que estallaba una protesta en contra del neo-liberalismo, las encuestas revelaban que había tantos motivos para protestar como manifestantes en las calles.

Precisamente la falta de conducción reveló rápidamente que en Chile existía una seria crisis de representación política. Vacío que explica por qué en medio de la borrasca emergieron otras dos dimensiones que en no pocas ocasiones se cruzan entre sí. Uno, la de los saqueadores, vale decir, lumpen social duro y puro. La otra la de los ultrarevolucionarios en sus variadas formas, desde guevaristas, maduristas, anarquistas, fachos de izquierda, sociópatas y pirómanos, intentando todos transformar al movimiento generacional y social en una fuerza insurreccional destinada a cambiar radicalmente el orden político. Fue entonces cuando aparecieron todas las consignas que han precedido a la instauración de las dictaduras de izquierda: desde la prédica de odio en contra de la “clase política”, la sustitución de la democracia parlamentaria por una “democracia directa”, la infaltable propuesta para una asamblea constituyente, hasta llegar a fantasiosos cabildos, versión siglo XXl del “crear crear, poder popular” del antiguo mayonesismo altamiranista. En fin, cualquiera cosa que no tuviera que ver con la democracia liberal, tal como la conocemos.

El gobierno: mal primero, mejor después.

Comenzó muy mal, con la absurda declaración de guerra declarada por Piñera al movimiento estudiantil. Peor, con la fuerte represión policial y mucho peor, con la salida de los militares, hecho que produjo terribles asociaciones en el traumatizado Chile. En un segundo momento, sin embargo, parece que se acercaron nuevos consejeros al desolado presidente. Quizás alguno hizo mención al diálogo con que Macron desactivó al movimiento de “Los Chalecos Amarillos” en Francia. Tal vez otro sopló al presidente que Lenín Moreno había accedido a las exigencias de los manifestantes. El hecho es que casi al unísono Piñera ofreció dos propuestas: acceder a las demandas económicas y sociales más perentorias y llamar a un diálogo de todos los partidos políticos.

Pese a que al comienzo los socialistas se mostraron renuentes, al final la gran mayoría decidió ponerse de acuerdo en torno a un tema: convocar mediante vía plebiscitaria una Nueva Constitución (NC). La convocatoria -que no pone en peligro las competencias del Congreso- contó con el beneplácito de las “fuerzas vivas” de la nación ¿Y colorín colorado este cuento se ha acabado? No, no se ha acabado.

No solo la dimensión ultraizquierdista continúa su obra destructiva. La derecha post-pinochetista dispuesta a atacar a Piñera por su debilidad frente a los “violentistas de izquierda” llamará a pronunciarse militantemente por un rotundo NO. Está en su derecho. Tendrán su oportunidad. Ya afilan sus consignas.

También hay opinadores que no entienden –y no sin cierta razón- por qué una movilización originada en demandas económicas debe cristalizar en una NC. Algunos agregan desde las dos puntas, las de derecha y de izquierda, que ninguna movilización se planteó una NC, y por tanto se trata de una maniobra de “la clase política” para ponerse a la cabeza del movimiento desvirtuando sus contenidos sociales. A ellos se suman voces eruditas aduciendo que no existe la llamada Constitución de Pinochet pues esta fue solo una enmienda a la de 1925. Y no por último hay quienes opinan que la Constitución de 1980 ya ha sido reformada durante los gobiernos de Lagos y Bachelet, hasta quedar más zurcida que un calcetín de pobre, lo que también es cierto. ¿Para qué una NC entonces?

Hay una razón, práctica y simbólica a la vez. Ella nos dice que el estallido social debe ser finiquitado políticamente. Desde ese punto de vista la NC sería el acta que une a todos los sectores democráticos, la señal escrita de que Chile deja atrás un capítulo de su historia. No importa cuantos incisos deban ser modificados. Lo que importa es el signo simbólico de que la NC fue aprobada por un pueblo soberano y no por una detestable dictadura. En fin, que a través de la aprobación popular de la NC -aunque ella sea la misma que la anterior, coma más coma menos- los habitantes de Chile decidirán reconstituirse políticamente para intentar un “nuevo comienzo”.

La política posee una enorme carga simbólica. Quienes no entienden de símbolos jamás entenderán de política. Pero quien solo ve símbolos sin considerar los hechos de donde provienen, tampoco.

BOLIVIA: EL ESTALLIDO POLÍTICO

Evo Morales pensaba seguramente que la simbología que él representa era mucho más importante que los resultados de las elecciones del 20 de octubre de 2109.

Las elecciones parecían ser pan comido antes de que tuvieran lugar. El presidente era favorito en las encuestas. Su carta de presentación no podía ser mejor. Bolivia experimentaba, gracias a acertadas medidas de ajustes no ortodoxos, un fuerte crecimiento económico. El único peligro que enfrentaba Morales era no obtener la mayoría absoluta frente a una oposición que había acordado presentarse fragmentada. En ese caso debería tener lugar una segunda vuelta. Si, como ya estaba acordado, la oposición se unía en torno al opositor con más votos, la continuidad del evismo sería puesta en peligro. Y así sucedió. Fue entonces cuando Morales, siguiendo las patologías propias a los socialistas del siglo XXl -las que imaginan que todo está permitido en aras del poder, que la democracia es un medio y no un fin en sí, y que siempre les asistirá la razón histórica– decidió robarse los votos cometiendo un horrible fraude electoral. Con ese paso, Evo Morales por segunda vez, después de haber violado escandalosamente el resultado del plebiscito de 2016 que le impedía presentarse a elecciones por cuarta vez, pasó a ser un presidente inconstitucional.

¿Hubo o no golpe de estado? Digamos lo que digamos, si lo hubo o no lo hubo, no está determinado por textos politológicos sino por la intencionalidad de las fuerzas en contienda. Los evistas dirán que lo hubo porque la decisión final provino de los militares. Los no-evistas señalarán que la intervención militar fue consecuencia directa de una movilización popular de tres semanas frente al fraude perpetrado por Morales (golpe a la Constitución, lo llamaría Luis Almagro).

Mas importante será atenernos a los hechos. El fraude revelado por la consultoría de la OEA es indesmentible. El fraude es un delito criminal cometido por un gobierno a sus ciudadanos. La lucha en contra de los dos fraudes, el del desconocimiento del referéndum de 2016 y el de las elecciones de 2019 se enmarcan perfectamente en un contexto constitucional frente a un gobierno devenido inconstitucional.

La razón constitucional estaba al lado de la oposición y por eso mismo, al lado de ella también se encontraba la legitimación de la lucha. O si se prefiere: en Bolivia hay una conflagración entre dos tipos de legitimidad: la que proviene del carisma de un caudillo y la que se deduce de la constitución y las leyes. Esa conflagración continúa y seguramente continuará después de la caída de Morales. En cierto modo expresa en versión boliviana la principal contradicción latinoamericana: la de una pre- política basada en el seguimiento a un guía mesiánico y la política que se deduce del poder de una constitución situada arriba y no debajo de los líderes.

Al escribir estas líneas, Bolivia padece la crueldad de esa contradicción. Desde su asilo mexicano el megalómano ex presidente ha optado por el camino insurreccional. En la oposición a su vez debaten dos sectores: Por un lado, liderazgos extremistas intentan pacificar al movimiento evista con la fuerza de las armas, antes de llamar a elecciones. Por otro, los constitucionalistas que comanda el ex presidente Carlos Mesa, buscan dialogar con los sectores más políticos del MAS y llamar a elecciones con participación del mismo MAS. Evidentemente, el sector constitucionalista cuenta con el apoyo de la OEA y de la UE. La voz de los EE UU, en cambio, no cuenta. Afortunadamente.

Lo más importante: en Bolivia ha estallado un movimiento político más que social. Ese estallido fue posible gracias a que la oposición decidió participar en elecciones las que, después de la violación del referéndum eran, desde sus orígenes, ilegítimas. Un mensaje que resonaría como un latigazo en Venezuela, país que sufre con intensidad cada vez mayor, las consecuencias de una política abstencionista que la ha llevado al más profundo de los abismos.

EL NO-ESTALLIDO VENEZOLANO

En clave de síntesis: a pesar de sus enormes diferencias los estallidos andinos tienen tres puntos en común: Primero: surgieron de modo imprevisto. Segundo: carecen de ideologías y liderazgos. Tercero: el tema constitucional ha sido puesto en el centro de los debates. En Ecuador, donde Moreno prefirió ceder a gobernar de modo inconstitucional. En Chile, donde la multiplicidad de demandas cristalizará en un plebiscito por una nueva Constitución. En Bolivia, en defensa de la Constitución violada por el ilegal Morales.

Ahora bien, ninguno de esos puntos ha sido relevante en la lucha que libra la oposición venezolana en contra del régimen encabezado por Maduro. En referencia al primero, todos los caminos emprendidos por esa oposición han sido pre-anunciados – ahí se nota la marca del leopoldismo-. La última convocatoria de masas, la del 16-N, llamando a un “levantamiento” nacional, fue hecha con más de un mes de anticipación (¡!). El problema más grande es que esos llamados no solo carecen de imaginación sino, lo que es peor, de objetivos. Estos los perdió la oposición desde el momento en que fue descarrilada por Maduro con la ayuda del G4 de su única vía: la electoral.

En segundo lugar, el líder en lugar de conducir ha sido conducido por los partidos supuestamente mayoritarios de la coalición opositora. Por eso mismo Guaidó ha sido condenado por esa misma dirigencia a ser el chivo expiatorio de sus continuos fracasos. De hecho, ya lo es.

En tercer lugar, la oposición ha sido incapaz de imponer a sus movilizaciones un sello constitucional. En ese punto la dirigencia opositora se ha sometido al anti constitucionalismo impuesto por Maduro.

La oposición venezolana ya no tiene ruta. Los que fueran llamados sus cuatro puntos cardinales -electoral, constitucional, pacífica y democrática- ya no cuentan. Al renunciar a participar en las presidenciales del 20-M, la jefatura eliminó la que había sido gran carta de la oposición durante las candidaturas de Capriles: su constitucionalidad. Por eso Guaidó, al establecer la primacía del cese de la usurpación, es decir, la insurrección como condición para que tuvieran lugar elecciones libres, dio al traste con el principio constitucional. Un fin de la usurpación por vía no electoral no puede ser, en efecto, constitucional.

Más todavía, al comprobar la dirigencia opositora que para la insurrección anunciada no tenía ningún medio, aparte de llamar a infructuosas manifestaciones de calle, terminó pidiendo a los cuerpos armados intervenir en contra de Maduro. O a gobiernos extranjeros invadir a la propia nación. Eso significa: el líder, en representación del G4, optó por favorecer a vías violentas sobre las cuales no poseía el menor control. De este modo, embarcados en terrenos conspirativos más que políticos, la dirigencia del G4 terminaría cerrándose sobre sí misma, bloqueando toda posibilidad de discusión y descalificando a quienes no acataban su mandato (la mesita, los colaboracionistas) rompiendo así con la democracia interna que había regido durante los tiempos de la MUD.

La línea de la oposición, si es que tiene una, ya no es electoral, ni constitucional, ni pacífica ni democrática. La oposición ha llegado así a ser parte del problema, no de su solución. El extremismo se ha apoderado del contexto opositor. En cierto modo lo ha usurpado. El problema no es por tanto que la dirigencia haya cometido uno u otro error. El problema es que toda la estrategia diseñada desde enero del 2019 hasta ahora, ha sido un gran error.

Venezuela vive así un doble drama: un gobierno paradictatorial, anticonstitucional y antidemocrático y una oposición desconectada de la ciudadanía, descarrilada de su única vía posible. Todo parece indicar entonces que un estallido social y político en contra del régimen de Maduro no puede ser posible si es que no existe primero un estallido al interior de la propia oposición.

En el 2020 tendrán lugar las únicas elecciones posibles, las parlamentarias. Frente a ese evento ya se anuncian diferencias. Hay quienes ponen como condición un adelanto de las presidenciales sin tener con qué imponerlas. Después, los que aguardan un momento propicio para levantar candidaturas de última hora. Y por cierto, al final, quienes intentarán recuperar la ruta perdida, la que no se debió haber abandonado nunca, la de los cuatro puntos cardinales que llevaron al 6-D.

De cara a las parlamentarias la oposición se verá obligada a mostrar públicamente divisiones internas que apenas disimula. Quizás sea mejor así.

Pues los opositores bolivianos ya lo demostraron: Mas vale una oposición dividida participando que una oposición paralizada frente al altar antipolítico de la nada.

Polis

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Marc Bassets

Thomas Piketty (Clichy, 1971) se consagró hace cinco años como uno de los economistas más influyentes de su generación. Su libro El capital en el siglo XXI (Fondo de Cultura Económica) contribuyó a colocar las desigualdades de rentas y patrimonio en el centro del debate en Europa y Estados Unidos. Piketty, profesor en la Escuela de Economía de París, publica ahora Capital e ideología (Deusto). A lo largo de 1.200 páginas que cubren casi medio milenio y cuatro continentes, disecciona las ideologías que han justificado las desigualdades. Y fija el foco en la propiedad privada: la llave que todo lo explica.

PREGUNTA. Habla usted de “superar” el capitalismo y la propiedad privada. ¿Superar es un eufemismo? ¿Por qué no abolirlos, directamente?

RESPUESTA. Prefiero “superar”. Si dijésemos “abolir” o “suprimir”, sería meramente negativo. Superar permite mostrar que se trata de un proceso, y obliga a decir con qué sistema lo superaremos.

P. ¿El resultado, se “supere” o se “suprima” la propiedad, no es el mismo?

R. El buen resultado es el que funcione. Defiendo un sistema de socialismo participativo. También se puede hablar de economía participativa o circular. La idea es que necesitamos la participación de todos, no solo en la vida política, sino también en la económica. No puede haber una hiperconcentración del poder en un número reducido de personas. El poder debe circular. Y este movimiento está en marcha: el capitalismo hoy es diferente al del siglo XIX. El capitalismo puro consistiría en concentrar todo el poder en los propietarios y los accionistas, poder despedir a quien uno quiera y cuando quiera, o triplicar el alquiler al inquilino de la noche a la mañana. Un capitalista del siglo XIX vería como una herejía las reglamentaciones actuales para limitar los derechos de los propietarios.

P. ¿Las cosas mejoran?

R. Hay una evolución hacia una mayor igualdad. Las desigualdades, aunque hayan aumentado desde los años ochenta o noventa, son menores que hace un siglo. El mundo del siglo XIX, con una propiedad concentrada en unos pocos, no solo era injusto, sino que producía menos crecimiento que el que hubo en el siglo XX con la clara reducción de las desigualdades.

P. Este proceso hacia una mayor igualdad, ¿no es atribuible también a la propiedad privada y al capitalismo?

R. La cuestión es qué capitalismo. La lección de la historia es que la propiedad privada es útil para el desarrollo económico, pero únicamente si se equilibra con otros derechos: los de los asalariados, de los consumidores, de las diferentes partes. Yo digo sí a la propiedad privada, mientras se mantenga en lo razonable.

P. Podría explicarse la historia de Capital e ideología por medio de ideas como la libertad o la innovación. Usted opta por la propiedad. ¿Por qué?

R. El desarrollo de la propiedad privada es una transformación fundamental, con una dimensión emancipadora, ligada a la libertad, y a la vez una dimensión de alienación y de dominio. El paso de las sociedades que llamo trifuncionales del Antiguo Régimen, compuestas por los clérigos, los guerreros y el tercer Estado, a las sociedades de propietarios en el siglo XIX, tras la Revolución Francesa, representa un progreso. El problema es detenerse a medio camino: desarrollar la igualdad formal ante el derecho de la propiedad sin ir hacia la igualdad real, hacia la verdadera difusión de la propiedad. En el momento de la Revolución, no se hizo una gran reforma agraria en Francia. No se dio a los campesinos 10 hectáreas, ni se limitaron las propiedades individuales a 200 o 500 hectáreas. Otras sociedades lo hicieron. Cuando se ofrece a la gente la posibilidad de trabajar la tierra para sí mismos, se mejora la productividad. Lo mismo vale en general.

P. ¿En qué sentido?

R. La propiedad privada es un buen sistema para coordinar las acciones individuales y permitir a cada uno realizar sus proyectos, con una condición: que haya acceso a la propiedad. Y, en algunos casos, la sacralización del derecho de la propiedad convierte las relaciones sociales en algo brutal.

P. ¿Por ejemplo?

R. En los debates sobre la abolición de la esclavitud en el siglo XIX, intelectuales liberales como Alexis de Tocqueville consideraban que había que compensar a los propietarios de esclavos, en vez de a los esclavos. Y recuerde que en 1825 Francia hizo pagar a Haití —la mayor concentración de esclavos del mundo atlántico y la primera revuelta de esclavos en 1791-1792— el 300% de su PIB, con intereses enormes, por el precio de su libertad, y Haití lo arrastró hasta los años cincuenta del siglo XX. Ahí se ve la contradicción de la filosofía de la propiedad. Tiene una dimensión emancipadora y otra que sacraliza el derecho de la propiedad hasta tal punto que perpetúa las viejas desigualdades, incluso bajo su forma más brutal, que es la propiedad de seres humanos por otros seres humanos.

P. ¿Puede compararse la propiedad de esclavos con la propiedad de bienes no humanos?

R. El argumento entonces era que, si empezamos a redistribuir las propiedades, no sabremos dónde parar. Hoy, aunque las formas de propiedad sean diferentes, existe el mismo temor. Pienso que es posible debatir colectivamente para limitar la propiedad. Muchas personas lo rechazan diciendo, como Tocqueville, que, si se empieza a poner más impuestos a las personas que tienen mil millones, después serán los que tienen un millón y los que tienen 100.000 euros. Pero la historia muestra que, por medio de la deliberación democrática, se pueden encontrar límites a lo que es una propiedad privada razonable y lo que es una propiedad privada excesiva.

P. Propone un impuesto del 90% sobre el patrimonio de los más ricos. ¿Por qué el 90% y no expropiarlos?

R. El objetivo es hacer circular la propiedad, permitir que todo el mundo acceda a ella. El impuesto sobre la propiedad permitiría financiar una herencia para todos de 120.000 euros a los 25 años. Ahora la mitad de la población no posee patrimonio. Aunque uno tenga un buen diploma y un buen salario, puede que una parte importante del salario sirva para pagar toda la vida un alquiler a hijos de propietarios y carezca de medios para crear su propia empresa.

P. ¿Todos propietarios?

R. Quiero una sociedad en la que todo el mundo pueda tener algunos centenares de miles de euros, y en la que algunos que crean empresas y tienen éxito tengan unos millones de euros, quizá a veces unas decenas de millones de euros. Pero, francamente, tener varios centenares o miles de millones no creo que contribuya al interés general. Hoy tenemos muchos más ricos con mil millones o más en Estados Unidos que en los años sesenta, setenta u ochenta. La promesa de Ronald Reagan en los años ochenta era que se reducirían los impuestos para los empresarios y que, aunque esto crearía más desigualdades, no sería grave porque habría tanta innovación y crecimiento que los salarios e ingresos aumentarían como nunca. Lo que se observó fue que el crecimiento se dividió en dos.

P. En Europa no hubo revolución reaganiana, pero tampoco la innovación de Silicon Valley.

R. El problema es que esta innovación tampoco se traduce en un crecimiento de los ingresos. Lo que me interesa es el crecimiento y los salarios, y el crecimiento en Estados Unidos se redujo a la mitad. Hay dos razones. Reducir los impuestos a los más ricos y tener más milmillonarios no aporta nada al crecimiento. Pero la verdadera razón fue que se estancó la inversión en educación. El resultado es que hoy muchas personas van a la universidad sin los medios que necesitarían. La lección es que lo que llevará al crecimiento en el siglo XXI es, ante todo, la educación.

P. ¿Por qué los milmillonarios deben pagar un 90%? ¿Por qué esta cifra y no otra?

R. Un 90% a quien tenga 1.000 millones de euros significa que le quedarán 100 millones de euros. Con 100 millones todavía uno puede tener un cierto número de proyectos en la vida. El objetivo es regresar a un nivel de concentración de la fortuna que era más o menos el de los años sesenta, setenta u ochenta en Estados Unidos y en Europa. Mi enfoque es empírico. Lo que queremos evitar es la sedimentación. Mark Zuckerberg tuvo una buena idea a los 25 años. Pero, ¿esto justifica que a los 50 o 70 años continúe decidiéndolo todo sobre una red social mundial?

P. Si no se hace nada ante el aumento de las desigualdades, ¿qué ocurrirá?

R. El riesgo es una explosión de la Unión Europea, otros Brexit. O bien una toma del control por parte de movimientos xenófobos. Puesto que no logramos regular el capitalismo, hacer pagar impuestos a los más ricos y tener una economía más justa, nos desatamos golpeando a los pobres de origen extranjero. Lo hemos visto en la historia europea, o de Estados Unidos con la segregación racial. Mejor no probarlo.

P. ¿Usted es propietario?

R. Sí. Pero el presidente Emmanuel Macron decidió exonerarme del impuesto sobre la fortuna [en Francia, el impuesto de solidaridad sobre la fortuna o ISF se suprimió en 2017 y se sustituyó por el impuesto de solidaridad sobre la fortuna inmobiliaria o ISI, que no se aplica al patrimonio financiero].

P. ¿Le habría gustado pagarlo?

R. Sí. Cuando uno escribe un libro como El capital en el siglo XXI, del que se venden 2,5 millones de ejemplares, no significa que sea mil veces mejor que aquellos de los que se venden 2.500 ejemplares. En parte es la suerte. Y me beneficié de las ideas de colegas y del sistema educativo francés. Es una ilustración perfecta de que las rentas y la propiedad siempre tienen orígenes sociales. No lo inventamos todo nosotros solos. Desde el momento en que uno obtiene altos ingresos, se ha beneficiado de muchas otras personas. Mi experiencia ha confirmado mis convicciones.

24 de noviembre 2017

El País

https://elpais.com/elpais/2019/11/22/ideas/1574426613_189002.html

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