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Opinión

El régimen que se implantó hace veinte años pulverizó Venezuela. Predicaron que era necesario destruir algunas cosas para crear otras. Se intoxicaron con algunas de las obsoletas ideas de Marx y quizá alguien les contó sobre el libro de Schumpeter Capitalismo, socialismo y democracia, que postula la tesis de la destrucción creativa. Destruyeron lo mucho o poco que había y no construyeron nada. Además, sembraron odio y desconfianza, debilitando aún más nuestro escaso capital social.

Ante el cambio que se avecina, nuestra sociedad debe presionar para crear algo diferente al pasado. El ingreso petrolero ha sido administrado por el Estado, el cual poco antes de la estatización logró disponer del 86% del pastel, y de un cien por ciento a partir del 1976. Como consecuencia, nuestro Leviatán ha sido dueño de vidas y haciendas y muy pocas veces lo ha hecho bien, por lo que sufrimos sus consecuencias.

Cambiar la mentalidad es el reto que tiene la nueva generación de políticos y de dirigentes del resto de la sociedad civil. La situación actual de Venezuela no es la de la mítica Jauja andaluza, ni de la histórica Jauja peruana. ¿Tendremos la voluntad y el coraje de cambiar las instituciones y entender que el Estado está en la carraplana y por ello debe limitarse a invertir en educación, salud e infraestructura y dar incentivos, no subsidios, para que el sector privado desarrolle empresas competitivas, así como corregir desigualdades?

Instituciones como el sistema judicial y el Consejo Nacional Electoral no deben estar en manos de activistas políticos, ni de timoratos que acepten instrucciones de quien esté en MIraflores. Es una inmoralidad seguir pensando en una repartición de cargos, donde gobierno y oposición tienen una cuota y nuestros embajadores y cónsules deben ser profesionales de carrera que promuevan oportunidades de negocio.

El Estado no puede ser mudo, ni indiferente ante las injusticias sociales, pero tampoco dueño de compañías, tener poder de decisión sobre las empresas que deben existir, ni sobre el control de precios. Aquello que predicaba Ludwig Erhard de tanto mercado como sea posible y tanto estado como sea necesario, puede ser una guía.

Recientemente, el ingeniero Enrique Vásquez escribió sobre Privatización: la vía obligatoria para la reconstrucción de Venezuela, en donde señala que todos nuestros gobiernos, desde 1958 hasta 1998, han sido de izquierda. Recalca la diferencia entre el primer período de Carlos Andrés Pérez, cuyas políticas abonaron el terreno para la crisis actual, entre ellas la nacionalización del hierro y el petróleo, complementadas por un enorme crecimiento del gasto público, emisión de deuda y aumento desproporcionado del tamaño del Estado. Por el contrario, en su segundo período, decidió revertir sus políticas socialistas y populistas mediante la liberalización de la economía, pero ciertos egoísmos políticos frustraron los planes basados en la competitividad y el libre mercado. Vásquez destaca los logros de la Cantv, Sidor y Electricidad en manos del sector privado y recomienda la privatización de Pdvsa.

Leer La ilusión de la siembra del petróleo, publicado por el Cendes, al que nos referimos en artículo pasado, nos motivó a releer Por qué fracasan las naciones, de Acemoglu y Robinson, quienes sostienen que las causas de las desigualdades entre países no se deben a la geografía, a la cultura o a la ignorancia, sino a problemas básicos relacionados con las instituciones políticas y económicas. Estas deben asegurar la propiedad privada, contar con un sistema no sesgado de la ley y proveer servicios públicos que permitan intercambiar y contratar, así como permitir la entrada de nuevos negocios.

La recuperación económica será difícil. La producción de petróleo es de apenas un millón de barriles por día. Se requerirán grandes inversiones y recursos humanos calificados. Estos últimos tuvieron que emigrar porque aquí, tanto Pdvsa, como las empresas de servicios les negaron empleo. Antonio Cardona, uno de los gerentes meritocráticos de la Mesa de Guanipa nos recuerda que la empresa Schlumberger rechazó contratar a personal despedido de Pdvsa a raíz del paro cívico del 2002. Lo mismo sucedió con las petroleras Total, Statoil y Chevron, así como con otros profesionales en diferentes organismos. Para que regresen parte de estos profesionales, se revierta la fuga de capitales y se logre el desarrollo deseado serán necesarios cambios institucionales que garanticen estabilidad y confianza, entre otras cosas.

Como (había) en botica:

Luis Urrutia fue un destacado profesional petrolero en la Costa Oriental del Lago. Para defender principios y valores de la democracia y no ser cómplice de la dictadura se sumó al paro cívico del 2002, por lo cual fue despedido, pero hasta hace unos días, continuó la lucha por una mejor Venezuela. Gente del Petróleo, Unapetrol y los demócratas lloramos su partida prematura.

También lamentamos el fallecimiento de Alfredo Weill, quien luchó por la transparencia electoral.

Respetamos y apreciamos la fracción 16J, liderada por María Corina y Ledezma, pero sería deseable que no hagan público sus diferencias con el resto de la oposición y que no presionen a Guaidó.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

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Pedro Vicente Castro Guillen

El gran filósofo alemán Enmanuel Kant, definió lo sublime como aquello que nos causa una mezcla enorme de fascinación y de estupor que no se puede asimilar, que no es integrable a la conciencia, que no es simbolizable, lo notable de esta concepción es que tiene que ver con la ética, la enormidad que requiere el cumplimiento de un esfuerzo ético. El filósofo de Königsberg, ejemplificó esta noción con los fenómenos de la naturaleza los estallidos volcánicos, las grandes tormentas que nos dejan atónitos por su mezcla de violencia y belleza que nos deja sin habla. Igual de excesivo es para Kant el acto ético.

Este mismo concepto se puede aplicar a fenómenos sociales de forma invertida como los que está viviendo Venezuela en estos momentos, más de 72 horas pasamos sin energía eléctrica, que nos priva de los más elementales servicios básicos, sin los soportes de vida necesarios en una sociedad, todo el país sin agua, sin poder adquirir bienes y servicios por falta de medios electrónicos o de moneda corriente, sin los más elementales servicios de salud lo que ha dejado víctimas por falta de los cuidados necesarios en toda la red de hospitales y clínicas del país. Este fenómeno nos deja estupefactos, sólo que no hay mezcla de belleza y fascinación, sino mezcla de perplejidad y horror, es lo que se puede calificar de lo sublime horroroso, aquello que es imposible de integrar en nuestra conciencia, de simbolizar porque la imaginación (como facultad de la razón) no alcanza a reducir este acto maligno a parte de un proceso del entendimiento.

Pero no queremos dejar la falsa impresión de que este fenómeno pasó, el horror de vivir sin servicios básicos, sin soporte vital es una situación que llegó para quedarse, la situación ha mejorado en Caracas que es la parte del país que el mandarinato madurista todavía teme, pero el resto del país está sometido a la ignominiosa situación de abandono, de carencias de todo tipo desde hace años, muchas ciudades no sólo sufren de manera inclemente y sin ninguna piedad todo tipo de atrocidades sino que también a esto se suma la brutalidad de la represión.

Esta situación que vivimos los venezolanos con el comunismo castro-chavo-madurismo, a pesar de lo que se crea no es nuevo, es típico de todos los procesos en los que se implementado (o intentado implementar) un régimen radical de izquierda. Paso en Rusia donde la experiencia leninista-estalinista con el comunismo de guerra y el totalitarismo dejo el saldo de millones de muertos por inanición y otras carencias sociales y otros tantos millones en campos de concentración. Otro tanto sucedió en la China de Mao Tse Tung, con la revolución cultural, que se redujo a millones de muertos sólo para satisfacer el sueño de un genocida de cumplir las leyes de la historia. Igual pasó en Camboya con los jemeres rojos, Corea del Norte, la Cuba de Fidel Castro y otros experimentos fallidos como sendero luminoso en Perú, la FARC y el ELN en Colombia, que cobro ciento de miles de víctimas y ahora en Venezuela donde el experimento comunista fracasado suma miseria, muerte y destrucción por todo el cuerpo de la Nación.

Tenía razón Kant al asociar el fenómeno de lo sublime a la ética, el más grandioso y admirado logro de su filosofía, porque la ética es un acto imposible en que el hombre debe persistir como un esfuerzo siempre más. El significante del comunismo en su temprana concepción entre los siglos XVI y XIX, quedo atado a una concepción paradisiaca en donde el hombre podía vivir una vida inmarcesible y de felicidad, quedo vinculado a una cierta noción ética. Pero lo que en realidad terminó siendo como experiencia histórica fue un horror de violencia genocida inhumana, que ha dado refugio a los más horrorosos actos de brutalidad –recomiendo leer las Actas de la CPI sobre Camboya-. Una verdadera ética del mal que enlaza los regímenes políticos totalitarios desde el nazi pasando por el estalinismo hasta el castro-chavo-madurismo.

La respuesta de los venezolanos debe ser también ética, no debemos dejarnos engañar, la lucha contra el mal que asola al país es una lucha de todo el mundo occidental, no es hora de patriotismo baratos, sin los Aliados (sin el petróleo venezolano que fue la mayor fuente energía de esa ominosa guerra) los judíos y demás víctimas se hubiesen podrido en los campos de concentración, es la hora de la firmeza y la valentía. Debemos cerrar filas con la Asamblea nacional como cuerpo legítimo de la Nación, con Don Juan Gerardo Guaidó que es nuestro Presidente(E), que sienta la unión y la fuerza de todos los venezolanos de bien para que realicemos la tarea de dar la baja histórica a este ominoso régimen.

@pedrovcastrog

 3 min


Ocurre con frecuencia: más de una vez me he encontrado en el trance de estar frente a un desconocido que, al saber que soy venezolano, me pregunta: “¿Es cierto todo lo que está pasando allá?”. La duda siempre me sorprende. Uno de los obstáculos fundamentales para poder analizar lo que sucede en Venezuela es la verdad. Siempre hay más de una, queriendo imponerse como única, inapelable, cargada de la más honesta emoción. Estuve en Caracas el fin de año y durante casi todo el mes de enero. Dentro del país no hay mucho lugar para las dudas. La verdad es una experiencia física. La miseria y el hambre no tienen matices. La confusión comienza cuando esa verdad se transforma en noticia.

El pasado 23 de febrero, en la mitad de uno de los puentes que cruza la frontera entre Colombia y Venezuela, un camión cargado de ayuda humanitaria ardió en llamas. Esta imagen, en sí misma, ya era una información inflamable. Se trataba de uno de los vehículos que la oposición trataba de ingresar al país. Rápidamente, las redes sociales también se incendiaron. Era muy difícil no contagiarse. De lado y lado cruzaron acusaciones. Anatoly Kurmanaev, corresponsal de The New York Times con mucha experiencia en Venezuela, señaló muy temprano la complejidad del caso: destacó las dos versiones que se manejaban y alertó sobre la necesidad de “hacer más esfuerzo para averiguar qué pasó exactamente con los camiones, dado el significado que las imágenes de la ayuda en llamas adquirirán en los próximos días”.

Tras días de indagación y cotejo de las diferentes informaciones, el Times publicó un serio trabajo donde demuestra que el origen del incendio no estuvo en las fuerzas de choque de Maduro, sino en los manifestantes que estaban en el lado de la oposición. Las redes sociales volvieron a echar humo. En rigor, el reportaje ponía en entredicho las dos verdades oficializadas de lo ocurrido, la del madurismo y la de la oposición, y ofrecía una tercera alternativa, aferrada a los hechos, que señalaba que el incendio se había producido debido al desprendimiento accidental de una mecha de las bombas molotov que los manifestantes de la oposición lanzaban hacia las barricadas del régimen de Maduro. La realidad fue tan simple como incómoda. Pero en contextos tan erizados emocionalmente hay que saber y poder discernir entre la verdad de la vehemencia y la verdad de la investigación periodística.

Pero eso a veces no resulta tan fácil. Hace unos días, el periodista estadounidense Max Blumenthal filmó para The Grayzone un video de sí mismo paseando por un supermercado de Caracas, para mostrar los estantes llenos de variados productos. Blumenthal hizo incluso malabarismos con varias frutas, como queriéndose burlar un poco de quienes denuncian escasez en el país y aseguró que el verdadero problema era la hiperinflación causada por la elite capitalista de Venezuela. En esos mismos días, el periodista argentino Joaquín Sánchez Mariño también colgó en la red otro video, en el que mostraba otro hipermercado en la misma ciudad, donde los anaqueles estaban llenos… pero de un único producto. El desabastecimiento en el local era contundente. ¿Alguno estaba mintiendo u ofreciendo una visión distorsionada, demasiado recortada, de una realidad más amplia? ¿En cuál de los dos se podía confiar?

Mientras la oposición realizaba una campaña de denuncia, de petición de apoyo y de recolección de fondos, para enfrentar una enorme crisis humanitaria en el país, el gobierno de Nicolás Maduro enviaba un barco con 100 toneladas de ayuda humanitaria a Cuba como apoyo a las víctimas de un tornado que provocó destrozos en varios barrios de La Habana a fines de enero. ¿Cómo pueden convivir dos versiones tan opuestas de la realidad en un mismo mapa y en un mismo tiempo? ¿A quién se le debe creer?

La crisis que viene escalando desde comienzos de este año ha puesto de relieve el problema de opacidad que envuelve a la sociedad venezolana. Con frecuencia, lo que aparece en las noticias es y no es Venezuela. Por ejemplo, desde 2018 están activados en el país dos de los fondos humanitarios más importantes del planeta: el Fondo de Gestión de Emergencias (CERF, por su sigla en inglés) de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y los de la Comisión Europea (ECHO). Ambos fondos han trabajado con varias organizaciones de la sociedad civil y son un apoyo en medio de la crisis, aunque, obviamente, son insuficientes. Este es, sin embargo, un dato que se conoce poco.

La oposición evita mencionarlo porque su discurso está centrado en atacar la negativa oficial a permitir la ayuda internacional en el país. Y el gobierno no lo reconoce públicamente porque no está dispuesto a aceptar que existe una crisis, porque no desea admitir su fracaso. Todo es y no es cierto completamente. Todo siempre puede ser o pudo haber sido. Mientras, la realidad se vuelve cada vez más urgente. Las proyecciones de la ONU sostienen que este año la migración venezolana alcanzará los 5,3 millones de personas.

Con el apagón que en estos días dejó a oscuras por más de cien horas al país ocurre lo mismo. Para el mundo exterior puede ser atractiva la verdad que remite a una conspiración imperialista. Pero no es la primera vez que Nicolás Maduro denuncia un sabotaje en el sector energético. En septiembre de 2013, tras un apagón en varias regiones del país, aseguró que la “derecha” pretendía dar un “golpe eléctrico”. En 2015, el propio Maduro creó el Estado Mayor Eléctrico, una instancia para manejar de manera directa y prioritaria el problema de la electricidad en el país. En 2016, una rigurosa investigación de la periodista Fabiola Zerpa ya anunciaba un posible colapso del suministro de energía en Venezuela. Nada de esto, sin embargo, está en la verdad que distribuye el oficialismo por el mundo. Maduro denuncia un “golpe electromagnético” pero no ofrece ninguna prueba. Como si el solo relato de la conspiración pudiera, en sí mismo, ser la evidencia de la conspiración. No hay más nada que investigar. La historia es un videojuego.

El chavismo insiste en decir que existe un “cerco mediático”, denuncia la creación de un “país paralelo” e invita a todo el mundo a conocer “la Venezuela de verdad”. En lo que casi parece una invitación a la psicosis colectiva, Maduro en medio de la crisis ha prometido que invertirá 1000 millones de euros en obras de ornato, en la “Misión Venezuela Bella”. Todo se trata de lo mismo: un ejercicio del poder cuya principal tarea es sembrar dudas sobre lo que es o no es real. Es una maniobra perversa, deliberada, para promover lo que en psicoanálisis se conoce como un mecanismo psíquico de “ataque a la percepción” de la realidad.

Mi vecino en Ciudad de México, al saber que estuve en Venezuela recientemente, me pregunta con genuina intriga: “Y todo eso que sale por la tele, ¿es cierto?”.

Creo que es necesario contrastar cualquier noticia, dudar de aquello que fácilmente refuerza nuestros sesgos personales. Existen medios independientes como Efecto Cocuyo, Armando.info, Runrunes, El Pitazo, Crónica Uno, Tal Cual, Correo del Caroní, entre otros, que están comprometidos con el periodismo de calidad y que son una referencia imprescindible a la hora de informarse. Pero también es necesario hacer una gran campaña contra la institucionalización del engaño. La posverdad debería ser considerada un crimen. Es otra cruda forma de violencia. El ruido delirante de un poder que solo busca confundir, que solo pretende borrar a sus víctimas.

New York Times

17 de marzo 2019

https://www.nytimes.com/es/2019/03/17/la-verdad-en-venezuela/?action=cli...

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Amanda Mars

La primera vez que EL PAÍS lo entrevistó, en 1986, Elliott Abrams se encontraba enfrascado en la crisis nicaragüense. Secretario de Estado adjunto para Latinoamérica, era entonces un joven halcón de Washington que, a sus 38 años, tenía enmarcada en su despacho una página de Granma, el diario oficial del Partido Comunista de Cuba, con un gran titular que decía: “Abrams es una bestia”. Miembro de la Administración de Ronald Reagan entre 1981 y 1989, Abrams fue, en puridad, uno de los arquitectos de la política reaganiana en Centroamérica, que hoy reivindica con pasión ante las críticas. Volvió a la Administración años después de la mano del presidente George Bush hijo, para quien sirvió como asesor del Consejo de Seguridad Nacional, y se le considera uno de los muñidores de la estrategia en Irak.

Político, diplomático y abogado de formación, el pasado 25 de enero dejó el puesto de analista que ocupaba en el Consejo de Relaciones Exteriores y regresó a la trinchera. Donald Trump acababa de reconocer al opositor Juan Guaidó como nuevo presidente interino de Venezuela, exigía la salida de Nicolás Maduro y había escogido al veterano halcón como representante especial para el país. “Irónicamente, en los 80, cuando yo era secretario adjunto, Venezuela era uno de los pocos países latinoamericanos sin dictadura militar”, comenta Abrams desde su nueva oficina en el Departamento de Estado. Su nombramiento ha suscitado algunas críticas en la izquierda. En 1991 Abrams se declaró culpable de haber ocultado información al Congreso sobre el caso Irán-Contra, la venta secreta de misiles a Irán y la entrega de los fondos a la contrarrevolución nicaragüense, pero fue indultado en 1992 por Bush padre.

Ahora, en las paredes no cuelga ya aquella página de Granma, que dice tener guardada por algún cajón, pero sí una fotografía de la época de la Administración de Reagan, una placa del Consejo de Seguridad Nacional y otra, en un lugar preferencial, de “La CONTRA”, o resistencia nicaragüense, en la que se le reconoce por su “dedicación y obstinación”. Elliott Abrams (Nueva York, 1948), bestia o no, ha vuelto y en su punto de mira tiene a Nicolás Maduro, un hombre enrocado en el poder pese a la creciente presión internacional.

“Si piensa en Mubarak, Gadafi, Ben Ali, Rusia en 1991, Rusia en 1917… Nadie era capaz de predecir cuándo un cambio de esta importancia tendría lugar. Nadie predecía la caída de Ben Ali o Mubarak. Todos estos regímenes parecen sólidos y de repente dos semanas después se han ido. Así que le daría un plazo, pero no tenemos ninguno”, afirma.

Es jueves por la mañana y Abrams responde a las preguntas entre reunión y reunión, acribillado por llamadas. El martes, en una entrevista radiofónica, el ministro español de Exteriores, Josep Borrell, explicó que la Administración de Trump ha tanteado a España sobre la posibilidad de escoger a líderes chavistas con el fin de facilitar la transición.

“España es en algunos aspectos un destino lógico para algunas personas del régimen”, afirma Abrams. “¿Cuáles son los destinos lógicos? Desde el punto de vista de cuáles son sus aliados, Cuba y Rusia. Pero nadie quiere vivir en Rusia o Cuba, así que ellos presumiblemente querrían ir, algunos de ellos, a un país en el que se hable español. Y ese es un lugar maravilloso. Diría que ha habido lo que yo llamaría una conversación preliminar con España, con la idea de: ¿es esto planteable? ¿Está en el terreno de la posibilidad? Y creo que la respuesta que hemos recibido es 'Bien, deberíamos ver, ¿a quiénes? ¿bajo qué condiciones?' No lo sabemos. Pero si entramos en estas conversaciones, y creo que lo haremos, con gente del régimen que quiere salir, volveremos al Gobierno español y podemos decir: 'Bueno, este tipo dice que se irá con su familia si puede ir a España, pero no quiere ir a Moscú'. Pero no estamos ahí aún”, explica.

¿Y estas posibles conversaciones incluirían a Maduro? “Nuestro punto de vista es que Maduro debe irse. No podemos ver que él pueda presidir una transición democrática ni podemos ver unas elecciones libres con Maduro. Diría que espero tener esa conversación con España u otros países”, responde el diplomático.

¿Entonces existe la posibilidad de que Maduro vaya a un país como España sin problemas con la justicia? “Bueno, no, hay varias consideraciones aquí. Una de ellas es España. Qué piensa el Gobierno español, qué quiere. Otra son las sanciones estadounidenses y las acusaciones. Algunos miembros del régimen son objeto de acusaciones y está el tribunal internacional de justicia. Si su principal preocupación es esa, tendrán que ir a un lugar como Turquía o Rusia, creo, donde no los llevarán ante el tribunal internacional. Y en ese caso España no sería el lugar al que querrían ir, pero no estamos ahí aún”.

Sobre el número de personas que podrían irse, el estadounidense calcula que en lo alto de la jerarquía serían 10 o 20. "Algunos dirán que debe quedarse en Venezuela, otros quizá quieran Cuba. Otros pueden querer estar más cerca, y en Europa. Otros, por ejemplo, condenados por tráfico de drogas, querrán ir a un sitio más allá de la ley internacional, que sería Rusia", remarca.

Hay otros motivos por los que los líderes chavistas pueden querer retirarse en España. Algunos miembros del régimen, dice Abrams, “ya tienen a sus familias y su dinero en España. Así que para ellos es lógico decir que quieren unirse a sus familias y a sus cuentas bancarias”, afirma. Esta es, asegura, una vieja idea, que en los 80 ya habló con el presidente Felipe González. “Él me dijo en un momento dado: '¿Qué puede hacer España para ayudar a Latinoamérica en la transición de dictaduras militares a la democracia?' Bueno, quizá algo que podemos hacer es tomar a uno o dos de esos tipos, de esos generales que estáis tratando de sacar de allí. Quizá les ayude saber que no van a ir a prisión, que pueden venir a España y nosotros… Le recuerdo diciendo: ’Les aseguro que les vigilaremos, porque no queremos que interfieran en los asuntos del país que acaban de dejar, que traten de regresar’. Eso no ocurrió finalmente”.

No sucedió entonces, pero sí hay un precedente, como recuerda Abrams al finalizar el encuentro. El dictador venezolano Marcos Pérez Giménez, expulsado del poder en 1958, acabó recalando en España en los sesenta y falleció en 2001 en su casa de La Moraleja, en Madrid.

-¿Ha tenido conversaciones últimamente con Felipe González sobre Venezuela?

-No, no las he tenido. Es una buena idea.

-¿Y con Rodríguez Zapatero?

- Tampoco.

-¿Y sería una buena idea también?

-No me atrae tanto.

La próxima semana se cumplirán dos meses desde que Guaidó se juramentara presidente interino de Venezuela para celebrar elecciones libres. EE UU, Canadá y varias potencias latinoamericanas lo reconocieron de inmediato y a los pocos días ya había más de medio centenar de países que había dado la espalda a Maduro tras la escalada autoritaria del país. Washington no se cansa de repetir que “todas las opciones están sobre la mesa”, dejando claro que la intervención militar es una de ellas. Y el líder chavista, pese a toda la presión diplomática, económica y psicológica, resiste. El Ejército, pese a algunas bajas, sigue de su lado.

Abrams niega que la estrategia esté fallando. “No esperábamos que esta situación se resolviese de forma instantánea. Además, nuestras sanciones, que están empezando a morder, no están completamente en marcha. En las sanciones de la petrolera PDVSA damos periodos de gracia de 90 días para que la gente tenga tiempo de ajustarse, en algunos casos damos 180 días, así que su efecto crecerá”.

-¿Hay negociaciones en marcha con Nicolás Maduro?

-No, diría que Maduro continúa pensando que puede esperar, su política es: “Me quedo aquí, soy El Asad, me quedo y todos se cansarán, la oposición se dividirá, los americanos se aburrirán y se centrarán en otras prioridades…” Creo que es de los pocos que quedan en el régimen que piensan que esa política funcionará.

-¿Tampoco hay conversaciones a través de terceros?

-No hay conversaciones directas con Maduro. Lo dejaré ahí.

El País

Washington 17 MAR 2019

https://elpais.com/internacional/2019/03/15/estados_unidos/1552671707_36...

 6 min


El deterioro venezolano es producto del modelo intervencionista que ha demolido la inversión, confianza y producción, llevándonos a hiperinflación y deterioro. La infraestructura esta demolida y cualquier imprevisto se convierte en un Tsunami que afecta dramáticamente al país.
Las sanciones internacionales no causaron la crisis, esa es exclusiva responsabilidad de la revolución, pero comienzan a complicar más la situación, sin haber generado, todavía, el impacto que buscan en términos de explosión social e implosión militar.

Guaidó mantiene un alto nivel de soporte popular, comparable con los mejores niveles de Chávez y ha logrado mantener unida a la oposición alrededor de su figura, la única capaz de alinear gente y esperanzas. Pero ese soporte no es suficiente para provocar la ruptura del chavismo. Los intentos de introducir ayuda humanitaria no fueron exitosos en términos de su entrada, aunque sí para colocar al gobierno como bloqueador de la ayuda que la gente obviamente necesita. Una parte de la población se entusiasmó entonces con la idea de que ante ese bloqueo, Estados Unidos y el Grupo Lima avanzarían a una siguiente etapa, más dura y contundente: la intervención humanitaria. Latinoamérica dejó claro su rechazo a esa acción y EEUU ha dicho, hasta el cansancio, que no es su estrategia básica, aunque esté sobre la mesa. Sin entrar a evaluar los aspectos éticos y operativos de esa medida, el problema central es que cuando se masifica la idea de que la solución al problema sólo puede venir de afuera, se produce el equivalente a un estudiante con chuleta, que bloquea su conocimiento y depende de sacarla para pasar, abandonando su esfuerzo personal y concentrándose en sacarla sin que lo vean. Cuando creen que viene una invasión, desechan cualquier intento de generar presiones y negociaciones para provocar la fractura, apertura o cooperación del adversario, un paso muy impopular, pero siempre indispensable para terminar la historia. El tema es que cuando esa invasión esta más en la imaginación de quien la desea que en la realidad o, en todo caso, cuando su posibilidad de ocurrencia requiere más tiempo que el disponible para sostener la esperanza, la situación se complica y puede comenzar a generar frustración y apatía.

Si tuviera que resumir cómo vamos, diría que se mantiene una oposición claramente mayoritaria, un deseo monumental de cambio y un líder que unifica. Pero al momento, no ha entrado la ayuda humanitaria, que se prometió introducir, el sector militar no se ha fracturado, como se prometió fracturar y no hay información que nos permita estimar que vaya a ocurrir, porque no se ha generado una oferta creíble, que permita a la elite militar tener confianza en que puede abrirse a un cambio, sin garantizar su propia destrucción. El tiempo juega en contra de Maduro, porque mientras más tiempo más destrucción y aislamiento, más riesgos de explosión social, más ingobernabilidad, más riesgo de implosión chavista y más se acerca la elección presidencial americana, que aumentará el riesgo de intervención militar extranjera. Pero para Guaidó, el tiempo también es riesgoso. Mientras más se deteriore el país, sin resolver el cambio de gobierno, las sanciones serán relacionadas con la crisis y la paciencia se agotará. Para un líder político que maniobra en un país heterogéneo, no hay forma de no decepcionar a alguien, incuso en su propio grupo. Es normal. Lo inteligente es escoger cuanto antes a quien NO decepcionar, para amplificar la probabilidad de éxito. Menuda tarea, incomoda y fronteriza, la del político maniobrando en crisis, pero como decía Ortega y Gasset: a ellos sólo se les debe evaluar políticamente: es decir por resultados y el tiempo lo dirá.

luisvleon@gmail.com

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Carlos Raúl Hernández

El apagón previsto por los expertos desde hace por lo menos cinco años nos alcanzó y con él la crisis da pasos de siete leguas, se multiplica. Acelera el aterrador Estado fallido del que hablamos constantemente en esta columna desde hace tiempo. Venezuela se desvertebra, según la idea de Ortega, se africaniza, pierde la civilidad por la combinación entre el socialismo, una de las creaciones más sufrientes de la humanidad, y unas alocadas élites sociales, políticas y culturales que despreciaban los partidos políticos, destruyeron la democracia, apostaron al caudillo salvador y su claque, y luego arruinaron todos los chances de sacarlos del poder en veinte años.

Desde diciembre de 2015, por no hablar de la etapa anterior, se empeñaron en demostrar su terrible, inenarrable candidez, y suicidaron al país en tres actos luego del esplendoroso triunfo de las elecciones parlamentarias. Será muy difícil que alguien de entendimiento normal no se escandalice por su precisión en tomar siempre las vías más delirantes y descabelladas en 2016, 2017 y 2018. Apenas comienza 2019 y explota la bomba de horror subsecuente, la acumulación de errores. Miles de personas recogen baldes de agua de quebradas e incluso de charcas infectas.

Son escenas del mundo salvaje o de las distopías ochentosas según las cuales el “capitalismo” se dirigía al colapso. Desde hace más de medio siglo Cornelius Castoriadis, J.F. Lyotad, Henri Simon y varios otros, inspirados por Rosa Luxemburgo, tenían socialismo o barbarie como consigna. En los ochenta una oleada de pensadores de primera línea argumentaban corrientemente el supuesto final de la sociedad abierta que implosionaría frente al comunismo. Paul Kennedy anunció la decadencia final de EEUU. Pero para asombro universal, lo que se desplomó fue el comunismo dejando a los teóricos con la brocha en la mano.

Veinte años es algo

En Venezuela triunfó la revolución y apenas veinte años después que el país más moderno y de democracia más estable en Latinoamérica cayera en manos de los paladines de la justicia social, se convierte en Somalia o Etiopía. Lo hicieron entre un régimen que encarna las peores maldiciones del continente y unos adversarios sin neuronas para manejarse políticamente frente a él. Burrada tras burrada se les fue entre los dedos y así llegamos a estos extremos de destrucción, solo comparables a los de Cuba o a los de una nación en guerra. No sé si el cerco contra el Estado venezolano conducirá a un cambio de régimen.

Lo que sí parece es que luego del colapso eléctrico la política como forma civilizada de confrontación entre grupos con objetivos surgidos en la modernidad, cede el paso a la matchpolitick, el choque de fuerza bruta. Aunque el desplome eléctrico estaba anunciado porque no se hicieron las inversiones necesarias, es lógico preguntarse quién sale beneficiado del blackout, ya que algunos sugieren que pudiera ser una autoagresión y el gobierno acusa a sus adversarios.

Lo cierto es que las carencias agudas que obligan ahora más que nunca a la sociedad civil a buscar desesperadamente electricidad, agua, alimentos y demás servicios y bienes básicos, son un factor entrópico que tiende a desorganizar la dinámica política opositora. Quien debe salir con la familia a buscar botellones de agua y bolsas de pan, tiene menos posibilidades de actuar políticamente. Lo analizó con amplitud Samuel Huntington en su clásico en el que explica por qué las revoluciones surgieron en etapas de prosperidad (incluso el golpe del 4F), entre otras porque quien necesita dedicarse a buscar proteínas, está muy ocupado para ir a reuniones.

Hilos, arañas y conspiraciones

Aunque me resulta estúpida la teoría de la conspiración que sospecha que los mandamases colapsaron deliberadamente en estos días el sistema eléctrico, conviene evaluar sus efectos políticos en los actores, porque parece tender, como vimos, a sustituir la política por el salvajismo. La experiencia indica que hay una relación inversamente proporcional y entre menos política, partidos, instituciones, negociaciones, diálogos, polémicas, elecciones, mayor es el índice de salvajismo, violencia, paramilitares, aparato policial, amenaza de guerra, golpe de Estado. Creo que el apagón profundizó estos terribles factores.

Y las perspectivas no se aclaran porque en ese contexto la política desaparece y solo queda el choque brutal entre el bloque de gobierno venezolano y el gobierno norteamericano, lo que aleja aún más las posibilidades de una solución política endógena. Elliott Abrams afirmó enfáticamente que Estados Unidos no piensa invadir a Venezuela y que su plan es la asfixia económica del gobierno, “ahorcarlo” como expresó una periodista que lo entrevistaba. Y la ciudadanía debe prepararse para eso porque el gobierno lo está. Que seguirán con las sanciones económicas y personales, todo con el fin de lograr que los militares abandonen a Maduro.

“No sabemos cuánto tiempo más, lo que sí sabemos es que presionaremos hasta recuperar la democracia”. El ex embajador William Brownfield declaró hace unos meses “en este momento quizás la mejor solución sería acelerar el colapso, aunque produzca un periodo de sufrimiento mayor, por un periodo de meses o quizás años”. Hay que imaginar las condiciones del país en ese esquema si no aparece algún nuevo factor en el debate, como la Unión Europea

@CarlosRaulHer

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Lo que vivimos desde el pasado jueves 7 de marzo, es el resultado de la desidia, la corrupción y la incompetencia; simplemente ocurrió lo que muchos venían advirtiendo desde hace tiempo: falta de inversiones, falta de mantenimiento, pérdida de recursos humanos y un largo etcétera. En efecto se trata de una “guerra eléctrica”, que no ha concluido aun y de la cual veremos más episodios en el futuro, pues según los informes que han circulado –que por cierto ninguno proviene del Gobierno– los daños han sido grandes y las secuelas en subestaciones y otros componentes del sistema, que estamos viendo al restablecer el servicio, así lo permiten prever.

Pero el apagón, esa “guerra”, que es desatada por la dictadura por las razones que ya he señalado, algunos dicen que fue provocada, pero no por el imperio, sino por la propia dictadura. Yo no voy a especular al respecto, ya dije que considero que el apagón es el resultado de lo mencionado, pero de lo que si no me cabe duda es que el restablecimiento del servicio probablemente ha estado sesgado, por la incompetencia, pero además por las preferencias políticas del régimen.

Esta “guerra” no es sino una consecuencia de otras que ya hemos sufrido. La primera, fue la “guerra de destrucción” o socialismo del siglo XXI, que desde 1999 el régimen chavista/madurista ha desatado destruyendo y desmantelando al país. Las primeras víctimas de esta “guerra de destrucción” del régimen fueron las instituciones democráticas del país, empezando por la Constitución de 1961, sustituida por ese galimatías de la Constitución de 1999; el régimen acabó también con el sistema de justicia, que había llegado a tener jueces elegidos por concurso y que hoy está encabezado por un TSJ ilegítimamente designado, con magistrados que no reúnen los requisitos constitucionales; la destrucción sistemática del país ha puesto al CNE y los demás poderes ciudadanos, al servicio de una parcialidad política. Diezmaron a los partidos políticos, quitándoles todo financiamiento del estado, declarándolos ilegales, inhabilitando, persiguiendo y apresando a sus líderes y dirigentes.

En esa “guerra” destruyeron la principal industria nacional, la petrolera, que de producir 3.5 millones de barriles en 1998 ha pasado a producir escasamente 900 mil barriles en 2019; además de que acabaron con su capital social y recursos humanos calificados, que fueron despedidos o se vieron obligados a abandonar la industria y el país. Destruyeron, además, la industria manufacturera nacional, que ha perdido desde 1998 más del 60% de sus establecimientos industriales y los que quedan apenas producen al 20% de su capacidad. Han destruido la agricultura y la ganadería del país, que de ser exportadores de carne y algunos alimentos, hemos pasado a ser importadores netos. Han acabado con la infraestructura del país, autopistas, carreteras y calles –ya insuficientes–, están mal mantenidas y llenas de peligrosos huecos; puertos y aeropuertos que se caen a pedazos; hasta el Metro de Caracas, que en su momento fue modelo de industria de transporte, tiene fallas continuas, estaciones mal mantenidas, sucias y sin luz. Ni que hablar del resto del transporte público, destruido, sin unidades, ni repuestos, ni cauchos, ni baterías.

Han destruido, como ya hemos visto y estamos sufriendo, el sistema eléctrico del país, que fuera uno de los más avanzados de América Latina (AL), al estatizar la generación y distribución de la energía eléctrica. Han destruido también un sistema de salud que fue modelo en AL y que hoy está en el suelo, con hospitales sin camas suficientes, sin quirófanos esterilizados o que funcionen, sin servicios de emergencia, sin insumos médicos y quirúrgicos, ni medicinas; y lo más grave, sin médicos, que han emigrado por miles buscando condiciones de vida y trabajo que el país no les brinda; ni siquiera los Barrio Adentro –que ellos promovieron a partir de 2004– funcionan en su mayoría.

Han destruido el sistema educativo del país, universidades sometidas a la miseria, sin presupuesto, sin poder siquiera renovar sus autoridades; escuelas y liceos derruidos, sin pupitres, ni comedores, con paredes cayéndose y sin pintura; y lo que es más grave, sin maestros ni profesores, con materias básicas, como matemáticas, física, química, biología, que tienen años que no se imparten en algunos liceos porque no hay profesores que las puedan dictar. Y así pudiéramos seguir llenando páginas y páginas.

A esa “guerra de destrucción” le siguió, desde 2013, la “guerra económica” desatada por el madurismo, cuyos resultados más notables son: una caída del 53% del PIB, una contracción económica que para 2019 se prevé estará entre el 15 y el 30%; industrias básicas de acero y aluminio trabajando por debajo del 7% de su capacidad; una hiperinflación interanual superior a 2.3 millones %; nueva modificación del cono monetario, con deficiente, casi nula, distribución de los nuevos billetes; con grave escasez de insumos, medicinas y alimentos que ha obligado a que muchos venezolanos tengan que buscar la comida escarbando en la basura.

Ahora, estamos sumidos en una “guerra eléctrica” que como hemos dicho fue desatada por la negligencia e incompetencia de la dictadura, a pesar de que se venían haciendo serias y fundamentadas advertencias desde hace varios años. De esta guerra aun no nos reponemos y todo indica que el sistema eléctrico del país quedará seriamente afectado, lo que hace prever racionamientos severos y nuevos apagones, esperamos que parciales y no tan largos, en el futuro.

Esta no será la última guerra que enfrentemos, a menos que ocurra un cambio importante en el país, que permita enfrentar estos problemas con otra óptica; y de allí la importancia de trabajar activamente para cambiar las condiciones políticas y económicas actuales del país, pues nos tocará enfrentar aun, al menos otras dos situaciones importantes, con el agua y la gasolina, para lo cual debemos estar preparados.

En efecto, se estima que está en puertas la “guerra del agua”, pues ya millones de venezolanos están viviendo con racionamiento formal de agua desde 2014; en concreto, más de 9.7 millones de venezolanos vivieron con racionamiento de agua entre 2016 y 2017. Los especialistas –por ejemplo, José María de Viana– advierten la precaria condición del sistema nacional de agua, que además consume más del 10% de la energía eléctrica del país, para bombear agua a las principales ciudades que solo distribuye ya, en promedio, 48 horas de agua a la semana. Esta escasez de agua potable ha hecho que en estos días del apagón los venezolanos hayamos tenido que recurrir a comprar el agua a precios viles, a buscarla en manantiales, quebradas y en algunos casos en las negras aguas que abastecen el Guaire. No es difícil suponer que algo así será el escenario que nos depara el futuro con la “guerra del agua”

Es de esperar también una “guerra de la gasolina”, que no es solamente escasez de gasolina, en la medida que siga cayendo la producción petrolera del país y se paralice la venta al país de disolventes, diluyentes, aditivos e insumos indispensables para producir gasolina y otros productos.

No obstante, los venezolanos, así como sobrevivimos a la falta de luz, sobreviviremos a las guerras que vengan, como hemos sobrevivido a todas las anteriores, las que hemos padecido durante 20 años de “construcción” socialista que solo ha traído atraso y destrucción del país, del estado y sus instituciones, porque hay un deseo, determinación y voluntad cívica y ciudadana indetenible de vivir nuevamente en bienestar, progreso, paz y democracia. Nunca rendidos, ¡sobreviviremos!

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