Somos fuerzas políticas y sociales democráticas del país, agrupadas en la Alianza por Venezuela, representadas por dirigentes de partidos políticos nacionales y regionales y por los movimientos e individualidades que emergen de los diversos sectores de la sociedad civil.
Somos, hermanos venezolanos, compatriotas todos que desde cualquier rincón del mundo mantenemos encendida la esperanza en la libertad y la democracia. Quienes te hablamos hoy no desde la vanidad del verbo, sino desde la densidad de la historia y el imperativo de la resistencia para convocarte a sumar tu voluntad a esta causa común.
En mayo pasado, convocados por el sino de la patria, nos congregamos en la ciudad de Panamá —esa tierra de tránsito y de encuentros, donde el viento del istmo aún susurra memorias de gestas libertarias— no para dirimir mezquindades ni para repartir herencias, sino para sellar un compromiso que nos trasciende y nos hermana.
Allí, las fuerzas concurrentes, en la diversidad de sus orígenes, pero en la unidad de sus propósitos, coincidimos en fundar la Alianza por Venezuela, poniendo en común la única certeza que nos queda: que la unidad es el camino y que la soberanía nacional y popular constituyen sus metas ineludibles.
Concurrimos a esa cita hombres y mujeres que llevamos sobre los hombros el fardo de décadas de resistencia; los que hemos estado en las movilizaciones de calle, en las luchas sociales, en las contiendas electorales y en el ejercicio parlamentario. Los que hemos sostenido sin claudicación la bandera de una Venezuela democrática, libertaria, justa y soberana, aun cuando el silencio cómplice la represión y la amenaza explícita han querido doblegarnos.
No siempre tuvimos la razón de nuestra parte, pero siempre tuvimos la certeza de que la lucha era el único sitio posible para el encuentro; no siempre recogimos el fruto de nuestro esfuerzo, pero nunca nos faltó la esperanza. El adversario no respetó las reglas, pero nunca abandonamos el empeño de que algún día le haremos respetarlas.
Hemos dudado, como dudan los hombres, pero la duda no nos ha impedido avanzar, porque sabemos que la historia no premia a los indecisos, sino a los que persisten. Y persistimos.
Quizá lo primero que debería aclararse, antes de que el ruido de las consignas o el polvo de la propaganda lo desfiguren todo, es que hoy en Caracas no venimos a mendigar nada. No venimos en busca de cuotas de poder, que son la moneda falsa con la que los tiranos compran conciencias, ni de privilegios, porque el privilegio es siempre el disfraz de la cobardía.
Venimos a reivindicar, con la entereza de quienes han aprendido que la fuerza de la razón prevalece sobre la razón de la fuerza, el carácter pacífico y cívico de nuestra contienda, en nítido contraste con la violencia de Estado que la autocracia usurpadora ha desplegado deliberadamente para doblegar voluntades y silenciar conciencias.
No empuñamos armas, sino convicciones; no invocamos el odio, sino la justicia; no pretendemos la venganza, sino la restauración de la legalidad vulnerada. Porque sabemos que la democracia se edifica sobre la palabra empeñada y el sufragio limpio.
Venimos porque hay una fecha, el 28 de julio de 2024, que funciona como paradigma de la determinación de cambio de la inmensa mayoría nacional y como una grieta irreparable en el relato oficial: por más que intenten rellenarla con decretos y con fuerza, la voz de la soberanía popular se cuela por ella como el agua, como el viento, como esa verdad insoslayable que ningún poder logra silenciar.
María Corina Machado y Edmundo González Urrutia. No los nombramos para elevarlos a la categoría de mito, porque los mitos se desgastan y ellos, en cambio, son de una solidez casi doméstica, casi cotidiana; son la encarnación firme de una voluntad democrática que el régimen, en su paranoia de equilibrista, pretende sepultar en el olvido.
Pero el olvido no es un cementerio, es una trampa para ingenuos. Porque la voluntad de un pueblo, hemos aprendido viendo a este país resistir, no se entierra: se pudre bajo tierra si la dejamos, sí, pero también germina si la regamos con perseverancia, crece a ciegas buscando la luz entre las losas, torciendo las raíces hasta que un día, sin previo aviso, estalla.
Y entonces, cuando estalla, ya no hay decretos que valgan ni dictadura que la contenga. Eso, y solo eso, es lo que hoy venimos a certificar en Caracas: que la semilla no ha muerto, que sigue germinando y que es un cauce de río que va reuniendo aguas de todos sus afluentes. El cambio democrático, quieran o no quienes usurpan el poder, ya es cuestión de tiempo.
Reivindicamos, pues, el Manifiesto de Panamá, que en su letra unánime estableció a María Corina Machado como la persona llamada a liderar, en representación de la unidad nacional, cualquier proceso de negociación con el régimen y los factores facilitadores.
Por eso, alzamos la voz para exigir, sin ambages, la presentación de un cronograma electoral claro que tranquilice a la población y nos conduzca a unas elecciones presidenciales y parlamentarias lo más pronto posible. La celebración de estos comicios se erige como una condición ineludible, al igual que el levantamiento de las inhabilitaciones arbitrarias, en particular la que pretende vedar la postulación de la dirigente.
Nuestro respaldo a su conducción no es capricho ni cálculo, sino el reconocimiento firme de que encarna el sentir de las mayorías nacionales y refleja la unidad superior del país. La articulación que hoy refrendamos no es un pacto de conveniencia, sino un imperativo de la hora presente y un clamor popular; es la constatación de que, divididos, seremos presa fácil de la arbitrariedad, pero juntos somos una muralla inquebrantable.
Por eso exigimos, sin titubeos, un Consejo Nacional Electoral que no sea correa de transmisión del poder, sino árbitro imparcial de la contienda ciudadana. Exigimos un registro electoral que abrace a los millones de venezolanos que hoy pueblan el exilio y que no son ausencia, sino presencia doliente.
Exigimos el fin de las inhabilitaciones arteras, la amnistía que limpie las manchas de la persecución y la restitución de los partidos políticos —hoy afectados por una variedad de torvos procedimientos— como espacios legítimos de la deliberación republicana.
Alertamos sobre la pretensión de adelantar simulacros electorales montados sobre el miedo y la mentira; frente a ello, demandamos elecciones presidenciales libres, justas y verificables, que refrenden la manifestación prístina de la soberanía popular.
Pero no habrá democracia verdadera mientras un solo venezolano gima en las mazmorras de la represión. Por eso alzamos la voz por la liberación plena e incondicional de todos los presos políticos, civiles y militares, y por el cese definitivo de la tortura y el hostigamiento.
Exigimos el retorno libre y seguro de los exiliados, para que la patria vuelva a ser hogar y no destierro. La reconciliación nacional no es un eslogan, es el horizonte que alcanzaremos cuando cada ciudadano pueda disentir sin miedo y caminar sin cadenas.
Y mientras los terremotos del 24 de junio aún retumban en la memoria de los damnificados, de los heridos, de los familiares de las víctimas, no podemos ni debemos mirar hacia otro lado. La tierra se ha movido, pero también se ha movido el alma de un pueblo que reclama auxilio y justicia.
La tragedia exige un plan nacional de atención y reconstrucción que ponga la vida por encima de los cálculos políticos y un país que asegure salarios y pensiones dignos, servicios públicos eficientes y al alcance de todos, fortalecidos sistemas públicos de educación y salud de calidad, como cimiento indispensable de una vida decorosa, en una nación soberana y próspera.
No hay tiempo para la indiferencia; hay urgencia de autoridades legítimas, de transparencia y de cooperación internacional que llegue a quien realmente lo necesita, sin intermediarios del dolor.
Venezuela no se salva con parches ni con promesas vacías. Se salva con instituciones independientes, con una economía que premie el trabajo y no el favor, con una educación que forje ciudadanos libres, con servicios públicos dignos y con un Estado que sirva al ciudadano, no que lo avasalle. Por eso esgrimimos la Constitución como herramienta para desenmascarar y derrotar el continuismo , como Programa para unir a todos los venezolanos y como marco general para conducir la transición a la democracia.
Aspiramos a un país donde el mérito desplace al privilegio, donde el que se fue pueda regresar sin temor y donde el disenso sea, por fin, expresión de la democracia y no causa de persecución.
El Compromiso de Panamá, profundizado ahora en Caracas, es, pues, mucho más que un documento: es un juramento que se sustenta en una historia de luchas y sacrificios libertarios, libradas siempre por la vía de la civilidad y la palabra, aun frente a la represión sistemática.
Es la promesa de que no cejaremos en la tarea de coordinar fuerzas, de preservar la unidad en la diversidad, de mantener encendida la llama de la esperanza mientras haya un venezolano en pie de lucha. No hay espacio para la resignación o el pesimismo; la historia nos ha puesto a prueba y los venezolanos siempre hemos sabido levantarnos de las ruinas.
Que sepa la comunidad internacional, que sepa el mundo entero: aquí hay un pueblo que no negocia su libertad, que no transa su soberanía, que no claudica ante la tiranía, que no responde a la violencia con violencia, sino con la inquebrantable certeza de que la razón, la organización y la conciencia cívica son las únicas armas que dignifican a un pueblo.
Aquí hay una generación que ha visto y vivido el exilio y la cárcel, el empobrecimiento y la exclusión, pero que aún cree en la fuerza de la palabra empeñada y en la justicia de la causa que nos reúne.
Porque Venezuela merece ser libre. Porque el pueblo merece vivir y progresar en paz. Porque la soberanía popular no es una concesión, es un derecho. Porque la democracia no se implora, se conquista. Y sin democracia no hay soberanía nacional. Y la conquistaremos.
¡Democracia por siempre!
Alianza por Venezuela (AVE)
Caracas, septiembre de 2026